sábado, 17 de octubre de 2009


La Lucha de Yoani Sánchez



SEPTIEMBRE DE 2009
Una balsera virtual
por Yoani Sánchez
Letras Libres.com


Garras y alas
Hay criaturas mestizas difíciles de clasificar en algún orden y una de esas es mi escritura, a medio camino entre la crónica, el exorcismo personal y el grito. El hipogrifo nacido de estos dos años escribiendo un blog tiene garras reales afincadas en la cotidianidad para extraer las anécdotas que cuelgo en mis posts. Las alas se las brinda la virtualidad, el enorme ciberespacio donde mis textos hacen lo que yo no podría: moverse y expresarse libremente. Al mirar este híbrido, algunos piensan que su cuerpo aleonado se acerca al periodismo, mientras otros lo juzgan como literatura. Yo, que no puedo controlar ya los empujones y arañazos que me lanza el animal, sólo atino a recordar que su nacimiento fue una terapia personal para espantar el miedo, para sacudirme el temor escribiendo –precisamente– sobre aquello que más me paralizaba.

La uña retocada de esta bestia virtual puede verse en el sitio Generación Y, pero la mayor parte de su anatomía ocurre en la Cuba real de principios de este milenio. Justamente en un país donde las clasificaciones se expresan rígidas y los apelativos contundentes. Aquí sólo se puede ser “revolucionario” o “contrarrevolucionario”, “escritor” o “ajeno a la cultura”, pertenecer al “pueblo” o a un “grupúsculo”. En fin, no hay espacio para que mi hipogrifo planee sin el grillete de lo “conflictivo” y sin las represalias de quienes no entienden su mescolanza. De manera que mi escritura ha terminado por tocar mi vida, cambiarla, ponerla patas arriba y hasta colocarme en la mirilla de instituciones culturales y represivas. Por momentos me gustaría imaginar que mi obra está en un anaquel y que no la llevo sobre mis hombros –cada minuto de mi existencia– decidiendo si sigo libre o si voy tras las rejas, si obtengo o me niegan una autorización para viajar fuera del país y si en los bajos de mi edificio están –o no– los dos hombres que me siguen a todas partes.

Desde aquel abril de 2007 en que comencé a redactar mis desencantadas viñetas de la realidad no he tenido un minuto de aburrimiento. En cientos de ocasiones he evocado –al mirar el lugar de mi pasada inercia– lo cómodo que se estaba sin abrir la boca. En una sociedad como la mía, pronunciarse es el camino más corto para atraer problemas. Al intentar librarme de ciertos demonios acumulados, en realidad estaba generando endriagos de múltiples cabezas que se saldrían totalmente de control. Me hubiera gustado vivir más plácidamente el acto escritural, pero en Cuba no hay elección, no hay lugar para criaturas híbridas y novedosas como puede llegar a ser un blog.

Bauticé mi nuevo espacio de exorcismo como Generación Y, una bitácora inspirada en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una “i griega”. Nacidos en la Cuba de los años setenta y ochenta, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Pues en aquellas décadas tan controladas al menos una parcela de libertad quedó sin supervisión: el simple acto de nombrar a los hijos. De ahí que nuestros padres –parametrados hasta el exceso, vistiendo todos el mismo modelo de pantalón o de blusa que les daban por el racionamiento– se explayaron libremente en colgarnos estos nombrecitos exóticos. Soy fruto directo de esa franja de libertad onomástica que quedó sin fiscalizar, por eso mi obsesión por empujar los límites. Pertenezco a ese montón disperso, que incluye lo mismo a interrogadores de la policía política que a jineteros cazadores de turistas para sacarles los dólares. Pero una cuerda de cinismo nos ata a todos. La dosis necesaria para habitar una sociedad que sobrevivió a sus propios sueños, que vio agotarse el futuro antes de que llegara. La penúltima letra del abecedario sobresale entre quienes arribaron a la pubertad cuando ya se había caído el muro de Berlín y la Unión Soviética era sólo el nombre de una revista en colores que se empolvaba en los estanquillos. En ausencia de utopías a las que aferrarse, la nuestra es una generación de plantas en el suelo, vacunada de antemano contra los ensueños sociales.

Tampoco mi breve pasado: de pionerita repetidora de consignas, adolescente evasiva y aprendiz de cuanta línea esotérica pasaba por mi lado, me avala ante quienes quieren un historial que me sustente. Intento decirles que sólo soy una treintañera compulsiva a la que le gusta teclear y poner por escrito lo que vive; pero ellos necesitan más. Quieren que, como en esos currículos exagerados, les declare que siempre fui el pichón de rebelde que parezco ahora. Pues no, Generación Y es lo más arriesgado que he hecho en mis tres décadas de vida y después de comenzar a escribir en mi bitácora me tiemblan a menudo las rodillas. Para evitar endiosamientos y futuras crucifixiones, aclaro en una de las páginas de mi blog que este es un ejercicio personal de cobardía para decir en la red todo aquello que no me atrevo a expresar en la vida real.

Además del miedo, está el delicado tema de la tecnología. Mi vieja laptop, que un balsero necesitado de un motor de chevrolet me había vendido medio año antes, fue la base material de la que surgió Generación Y. El medioevo comunicativo en que he vivido todos estos años me ha hecho diestra en utilizar los más increíbles medios para expresarme. Tuve teléfono en casa –por primera vez– a los veintidós años, de ahí que el aparato de auriculares y botones no fue el primer peldaño para conectarme con otros. La computación llegó antes, en uno de esos típicos saltos tecnológicos que ocurren tan frecuentemente por aquí. En esta isla peculiar hemos asistido a la venta de reproductores de DVD sin que antes ninguna tienda vendiera caseteras de video. Imbuida de esa tendencia al brinco tecnológico, construí mi primera computadora en el lejano 1994. Con la testarudez que ya exhibía a los dieciocho años, me uní al mouse y al teclado de por vida.

Pionera en tantas cosas e ignorante en otras, soy ahora una mezcla rara de hacker y lingüista –si mis profesores de semántica y fonología se enteran de mi decantación por los circuitos eléctricos confirmarían sus negativos pronósticos sobre mi futuro académico. Armé mis frankensteins con piezas de todas partes y en infinitas madrugadas conecté motherboards, micros y fuentes eléctricas. Para cuando decidí hacer mi propio blog, ya había superado la furia de construir ordenadores y me dedicaba a recargarlos con mis propios textos.

De manera que el camino a la escritura no lo hice de esa forma lineal como podría pensarse de un licenciado en filología, que se ha pasado la mayor parte de su vida leyendo las obras de otros. El primer giro abrupto lo había dado a mediados de 2000, cuando me gradué de la universidad y discutí una tesis, con el título de “Palabras bajo presión: un estudio de la literatura de la dictadura en Latinoamérica”. Poner por escrito las características de los caudillos, sátrapas y dictadores de esta parte del mundo, provocó –en parte del tribunal que juzgaba mi análisis– la sensación de que yo hacía un paralelismo provocador entre estos personajes de la literatura y el autócrata que nos gobernaba. El día que discutí mi trabajo de graduación lo tengo guardado en la memoria como el momento en que di el portazo a la profesión que había estudiado por cinco años. A partir de ahí me convertí en una filóloga renegada que descubrió en el código binario un entorno más claro y con menos dobleces que el rebuscado mundo de la intelectualidad. A devorar esas largas cadenas del lenguaje html me lancé, en compensación a todos los adjetivos y verbos que no me habían dejado usar libremente.

Carezco de la objetividad de un analista, de las herramientas de un periodista y de la suave mesura de un académico. Mis textos son arrebatados y subjetivos, cometo el sacrilegio de usar la primera persona del singular y mis lectores han comprendido que sólo hablo de aquello que he vivido. Nunca he recibido clases de cómo presentar una información, pero la filología me ha dejado una innegable enfermedad profesional: juntar palabras sin cometer demasiados errores. Jugueteé con el idioma en mis años de estudiante, y sé de las trampas que la petulancia verbal les tiende a los que pretenden desmontar la lengua. Soy como esos diseñadores gráficos que un día se deciden a tomar un pincel y comprueban que ya su mano no se puede permitir un brochazo no estudiado. No hay nada inocente en mis redacciones, porque un lingüista nunca podrá escudarse en que no sabía de antemano la fuerza de las frases que ha amontonado. Por eso, ante la continúa observación de que escribo “bien” siempre respondo con una corta frase: “lo siento, no puedo evitarlo, me formaron para eso”.

Empecé con mi blog sin calcular –responsablemente– la relación entre kilobytes publicados y ofensas recibidas, historias narradas y enemigos ganados. Vivo mis textos con una gran intensidad, pues arrastro las consecuencias que cada uno de ellos me produce y recibo inmediatamente el feedback de los lectores. Ya no puedo vegetar a salvo como tantos otros, que jamás serán manipulados, instrumentalizados o puestos en entredicho por nadie. Son esos que han logrado tan idílico estadio de preservación personal porque nunca se pronuncian ante nada. En similar mudez viven millones sobre esta isla, como si supieran de antemano lo que yo comprobé meses después de comenzar mi bitácora: que al opinar me estaba delatando.

Están también los cientos de comentaristas que abarrotan mi espacio en internet para hacerme saber su solidaridad o su antipatía, su ilusión o su decepción en torno a mí. Ese es un hecho ante el que mi escritura no puede permanecer indemne. Las paredes de mi vida se hacen más transparentes y gente de todas partes del mundo está pendiente de mis estados de ánimo y presta atención a los posibles castigos que me puede acarrear mi labor online. Sólo la pérdida de mi privacidad, el fin de una burbuja fabricada con años de silencio, intimidad y reserva, evita que me devore la maquinaria que se ha tragado a tantos. Cada persona que me lee me protege y sólo la custodia de ellos me ha permitido llegar hasta aquí.

La anatomía de una “Y”
Los primeros textos los colgué desde esos hoteles donde legalmente no podía entrar. Mi pellejo blancuzco, heredado de dos abuelos españoles, me permitió burlar a los custodios que me creían extranjera. Si acaso me preguntaban adónde iba, les respondía con un germánico “Entschuldigung, ich spreche kein Spanish”. Llevaba el memory flash con los últimos posts y el reloj me advertía que en quince minutos ya no podría pagar el alto precio de la conexión a internet. El bolsillo podía salir muy mal parado si me demoraba demasiado entre un clic y otro.

Tantos tropiezos para colarme en los segregados enclaves turísticos y unos meses después el gobierno de Raúl Castro anunciaba que el apartheid terminaba. Nos permitirían la compra de ordenadores y la reservación de una habitación en un hotel, pero no quedaría claro con cuál salario pagaríamos los excesivos precios de esos servicios en moneda convertible. A pesar de esa flexibilización, los cubanos seguimos siendo internautas indocumentados, pues nuestras incursiones en el terreno de internet están marcadas por la ilegalidad. Las transgresiones ocurren cuando alguien compra una contraseña en el mercado negro para conectarse a la red, o usa una conexión oficial para entrar a determinada información restringida. Si en lugar de eso se paga el excesivo precio de conexión en un hotel, entonces se está delatando la fuente ilegítima de nuestros recursos materiales. Yo pertenezco al último grupito de criminales, pues desde hace diez años me lancé a ganarme la vida como maestra de español y guía de la ciudad, sin tener licencia para ello.

Cuando todavía no estaba permitida la venta de ordenadores, ya había tenido que decir frente a decenas de periodistas que poseía una laptop. Todos sabían que no la había podido adquirir legalmente en las tiendas de mi país y eso era un riesgo que presagiaba confiscaciones. No obstante, mis exhibicionistas declaraciones parecían protegerme en lugar de implicarme. Comprendí entonces que el fenómeno blogger era nuevo también para los censores: no sabían todavía cómo actuar ante él. Cada intento por silenciar mis escritos, generaría más y más hits en el servidor donde estaba alojada mi bitácora. Los tiempos se habían transmutado y los métodos de coacción no habían podido adaptarse a la velocidad que había impuesto la tecnología.

Por otro lado, un mecanismo de vieja lavadora soviética apuntala cada post que logro publicar. El proceso de sacar los textos al mundo virtual es demasiado raro para ser comprendido por cualquiera que no viva en Cuba. Nada de inmediatez o de pretender ser informativa; mi acceso a la red sólo me permite apelar a la reflexión o la crónica que no se añejan rápidamente. El estilo de mis textos y su enfoque están dados por la indigencia informática que los rodea, por la evasiva internet, tan escasa aquí como la tolerancia. Para aumentar las dificultades, en marzo de 2008 el gobierno cubano implementó un filtro tecnológico para bloquear mi blog hacia el interior de Cuba. Afortunadamente la misma comunidad que se había creado con los lectores, me salvó de colgar un cartel de “cerrado” en mi sitio web. Manos virtuales y amigas me han ayudado a mantener mi espacio, a pesar de haberme convertido en una blogger a ciegas.

Un texto de Andrew Sullivan titulado “¿Por qué bloggeo?” caería en mis manos cuando Generación Y llevaba meses en la red y ya me habían otorgado el premio Ortega y Gasset de periodismo. Con su lectura comprendería que mi espacio no cabía en el concepto de una bitácora. Me era imposible actualizar cada día, o narrar la inmediatez de lo ocurrido en la otra esquina. Tampoco podía participar en los comentarios que generaba cada texto o responder las preguntas que los lectores lanzaban. Sin embargo, las ausencias tecnológicas se vieron compensadas por la aparición de otros creadores de criaturas peculiares como la mía. Ya no estaba tan sola en la blogósfera dentro de la isla, pues surgieron sitios como Octavo Cerco de Claudia Cadelo, Desde Aquí llevado por Reinaldo Escobar, Habanemia de la joven Lía Villares y Sin Evasión, que con agudeza administra Miriam Celaya. Se hizo anómala la semana en que no me enterara del surgimiento de un nuevo espacio virtual y personal, hecho desde Cuba y marcado por las mismas dificultades tecnológicas que tenía yo. La cercanía de temáticas y la necesidad de transmitirnos experiencias nos hizo encontrarnos frecuentemente en algo que bautizamos como “Itinerario blogger”.

Creamos copias de nuestros blogs para lectores que nunca podrían conectarse a la gran telaraña mundial. En conciertos, exposiciones y plazas públicas distribuimos nuestros textos, sabiendo que esa pequeña difusión tiene como contraparte un deseo oficial de silenciarnos. Cada copia entregada es como la inoculación de un virus de consecuencias impredecibles: el bacilo de la opinión libre, la infección que provoca en alguien ver a otro expresarse sin máscaras. Una sociedad llena de diques y controles es especialmente susceptible a esta gripe blogger, sobre todo si la vacuna contra ella se basa en los desgastados métodos de antaño: la difamación, las acusaciones de que somos fabricados por la cia y el intento de hacer parecer que no somos parte del “pueblo”.

Radiactividad
Generación Y me ha traído también un halo radiactivo que se ha ido extendiendo alrededor de mi cuerpo. Algunos, con esa reserva que se manifiesta ante los condenados o los enfermos, han dejado de llamarme y si me ven sólo hablan de la familia y de los niños. A pesar de las emanaciones nocivas que comencé a exhalar hace más de dos años, hubo quienes se mantuvieron cerca un tiempo hasta que la contaminación resultó demasiado peligrosa. Así que mientras pierdo amigos en el mundo real –asustados por las advertencias hechas por la policía política– el ciberespacio me genera nuevas y virtuales compañías. Los comentaristas hicieron suyo mi blog y crearon una comunidad cuyo objetivo principal es discutir sobre Cuba. Han llegado bajo simpáticos seudónimos o con sus propios nombres: La Lajera, Gabriel, Tseo, Olando Martínez, Luz Clarita, Julito64, Camilo Fuentes, Fantomas, Web Master, Rodolfo Monteblanco, Dago Torres, Mario Faz, Lord Voldemort y otros. La conga improvisada que hicieron cuando se anunció que Generación Y ganaba el premio al mejor weblog del certamen The Bobs agitó durante días la blogósfera. Agarrados de la cintura o de los hombros, bordearon su malecón imaginario, mientras celebraban que mi bitácora –la nuestra– se hubiera alzado con el galardón.

Paralelo a esos momentos de franca diversión, está el costo personal y social de mi blog, que ha sido especialmente difícil de llevar en el último año. En la medida que me hacía más conocida los ataques arreciaban. Hasta el Comandante –agazapado– me lanzaría su primer arañazo en el prólogo del libro Fidel, Bolivia y algo más. Sin embargo, yo pertenezco a ese grupo que no ha soñado nunca con encontrarse al Máximo Líder en la calle. No he elaborado argumentos para convencerlo, ni he hecho una lista de problemas a plantearle. A diferencia de varias generaciones que apostaban por ese tropezón fortuito que los haría dialogar con el poder, he preferido pensar que nunca lo veré en carne y hueso. Entrar en una controversia con él no es algo que me genere ningún orgullo personal; prefiero condenar a la “no respuesta” a quien llenó mi vida con su imagen, su uniforme verdeolivo y sus discursos interminables. Qué mejor refutación cuando me acusó de “recibir premios que mueven las aguas de los molinos del Imperialismo” que subrayarle con mi indiferencia que Él había dejado de importarme. Como en uno de esos boleros para cantar después de un par de copas, quería decirle a Fidel Castro que todo lo que él representaba y decía había “entrado en mi pasado, en el pasado de mi vida”.

A pesar de esas acusaciones y del bloqueo tecnológico a mi sitio web, las ilegales antenas satelitales –escondidas tras una sábana, una jaula de palomas o un inocente tanque de agua– han difundido las noticias sobre mí que la prensa oficial esconde. Una buena parte de los que me reconocen en la calle han visto mi rostro en esos perseguidos programas que se transmiten desde México o Miami. De desapercibida y anónima pasé a llevar unas enormes gafas para que no me identificaran –constantemente– en todas partes. Muchos de los que se me acercan no saben qué es un blog y jamás han navegado por internet, pero identifican mi cara con lo prohibido, que es –indiscutiblemente– mucho más atractivo que lo autorizado.

Muchos de los que me saludan por la calle me preguntan por represalias, como si sólo el golpe validara o ser víctima fuera la condición indispensable para que me escucharan. No tengo moretones que mostrar, sólo me fracturé un hueso una vez en mi infancia y durante años nadie tocó a mi puerta para advertirme nada. El machismo tiene sólo un lado positivo: enfrentados a la disyuntiva de a quién llevarse detenido, han venido por mi esposo, Reinaldo, todas las veces. Mis ovarios son culpables, pero subestimados. Algo de ese menosprecio isleño hacia las faldas actuó como blindaje protector durante un tiempo. Hasta que en diciembre de 2008 le vi por primera vez el rostro a Fantomas. Una citación llegó a mi casa y en una sórdida estación de policías me advirtieron que “había traspasado todos los límites”.

Hace meses que sé que no hay retorno al mutismo. Generación Y derritió la máscara que llevé durante muchos años y dejó a la intemperie un nuevo rostro que cada cual percibe a su manera. Las palabras vertidas en ese diario virtual no han tenido la carga pesada de los que han sido víctimas o verdugos; son –simplemente– los demonios liberados de alguien que se siente “responsable” de lo ocurrido en su país. El blog me ha traído enemigos y lectores, insomnio y paz, la perenne zozobra de sentirme vigilada y la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar. El cartelito de enemiga del gobierno cubano no hay quien me lo quite, aunque yo he preferido ratificar que sólo me siento una ciudadana. Tantos kilobytes utilizados me han reafirmado que no soy yo, ni somos nosotros, los que nos oponemos a algo; sino que es la realidad cubana –esa que describo en mis posts– la que se muestra profundamente contestataria, marcadamente opositora. ~

Más: Entrevista a Yoani Sánchez en 2008
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Yoani Sánchez nació en La Habana en 1975. Estudió filología y es una de las voces más visibles de la oposición al gobierno castrista. Salvo un breve periodo de residencia en Suiza, ha permanecido en la isla durante toda su vida. Su labor de periodismo crítico, alojada en su blog Generación Y (desdecuba.com/generaciony), fue reconocida con el premio Ortega y Gasset de Periodismo Digital en 2008.

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