jueves, 10 de julio de 2014


AÑO DE LA BARBARIE


10 de julio de 2014
Fuente original Caretas

Apenas a dos semanas de estrenarse como ministro del Interior, Daniel Urresti enfrenta las voces que en tromba piden su renuncia.

Estas ya traspasaron las fronteras del país y el martes 8 el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL), la Oficina de Washington en Latinoamérica (WOLA) y la Fundación Para el Debido Proceso (DPLF) emitieron un comunicado conjunto en el que “instamos a que el Poder Ejecutivo separe al General Urresti de su cargo de Ministro del Interior en tanto se dilucida su responsabilidad penal”.

Pero, a juzgar por su frenética actividad mediática de los últimos días, el general EP ( r ) no tiene entre sus planes hacer maletas.

El ministro asumió un sensible despacho –más si se considera el proverbial recelo entre militares y policías– y cultivó desde el primer día un estilo proactivo con el que debe simpatizar un sector de la población, agobiada por la inseguridad y criminalidad rampante.

Pero el caso en el que se encuentra envuelto va mucho más allá de titulares y golpes de efecto.

El flamante Ministro del Interior se encuentra en un verdadero aprieto.

El 17 de junio del 2013, cuando llevaba tres meses como Alto Comisionado de Asuntos de Formalización de la Minería Ilegal de la Presidencia de Consejo de Ministros (PCM), el Segundo Juzgado Penal de Huamanga le abrió investigación judicial por el asesinato del corresponsal de CARETAS, Hugo Bustíos, ocurrido en Huanta, Ayacucho, el 24 de noviembre de 1988. La Fiscalía solicitó que se le incluya como autor material del crimen. El juez consideró que solo ameritaba ser considerado autor mediato.

El 20 de agosto acudió a rendir su manifestación a Huamanga. Era la tercera citación que se le hacía. El juez Rolando Crespo Gutiérrez le advirtió que si no acudía lo convocaría de grado o fuerza.

Urresti llegó acompañado de sus abogados Arturo Conga Soto y José Alberto Montoya Pizarro. En su manifestación judicial, reconoció que fue jefe Inteligencia y Contrainteligencia del cuartel de Castropampa en Huanta, en 1988. Admitió que su seudónimo era “Capitán Arturo”. Tenía 32 años.

Perteneció al arma de Comunicaciones, pero sostuvo que cuando llegó a Ayacucho, el comandante EP Víctor La Vera Hernández, jefe político-militar de Huanta, le pidió que se encargue “interinamente” de la oficina de Inteligencia.

Negó tener manejo de tropa ni agentes para realizar operativos de inteligencia y rechazó los testimonios de los testigos que lo acusan de haber participado en el crimen de Bustíos. Urresti permaneció en Huanta hasta diciembre de 1988. En su siguiente destaque, en Tacna, entre 1990 y 1994, fue jefe del departamento de inteligencia del Ejército. El oficial de Comunicaciones, parece que algo había aprendido del oficio.

Urresti dijo ante la Corte que el mayor EP (r) Amador Vidal Sanbento, ‘Ojos de Gato’ y el adjunto de Logística Edgardo Montoya Contreras lo acusan en venganza porque “a ambos los sancioné por actos de indisciplina, lo que perjudicó sus carreras militares”, en 1988.

Por cierto, los actos de indisciplina sancionados no fueron por el asesinato de Bustíos, el 23 de noviembre de 1988 en los pagos de Erapata, a 20 minutos en motocicleta de Huanta. Simplemente por el robo de autopartes y abandono de destino.

El caso no se hizo público sino hasta el miércoles 2 pasado, cuando el programa de Glatzer Tuesta, en IDL Radio, detonó la bomba.

CASO EMBLEMÁTICO

En junio del 2007, la Sala Penal Nacional condenó al comandante EP Víctor La Vera Hernández, jefe del Cuartel de Castropampa en Huanta en 1988, a 17 años de prisión, como autor intelectual del asesinato de Hugo Bustíos, y al mayor EP Amador Vidal Sambento a 15 años por ser el autor material del homicidio.

Un año después, en setiembre de 2008, la Sala Penal Transitoria de la Corte Suprema presidida por Javier Villa Stein ratificó la sentencia de primera instancia contra La Vera y Vidal. También ordenó seguir con la investigación hasta hallar al resto de responsables.

Vidal Sanbento conocido como ´Ojos de Gato´ y el oficial Johnny Zapata llamado ´Centurión´ fueron identificados por varios pobladores de Erapata entre los militares que dispararon contra el corresponsal de CARETAS y Rojas.

Alejandro Ortiz atestiguó ante la Policía que fue ´Ojos de Gato quien tras las ráfagas de metralla, se acercó al cuerpo tendido de Bustíos y le arrojó una granada.

Ójos de Gato´ era jefe de rondas campesinas del Cuartel de Castropampa y reconocible por los comuneros con quienes coordinaba las labores antisubversivas en 1988.

Fueron casi 20 años de vía crucis judicial, con un archivamiento en el fuero militar y amedrentamientos a magistrados y testigos en el camino antes de que se dictara justicia. La Corte Interamericana de Derechos Humanos debió intervenir para requerir que el crimen no quedara impune.

En 1989, Ortiz sería asesinado presuntamente por senderistas. Hilda Aguilar, entonces de 18 años, se reafirmó sobre lo que vio en el juicio de la década del 2000.

Hasta entonces el nombre de Urresti no había sido mencionado.

Recién en abril del 2008, Vidal Sanbento y Montoya Pizarro lo involucraron sorprendentemente ante la Segunda Fiscalía Supraprovincial de Ayacucho. Lo que Vidal le dijo al periodista Abilio Arroyo (ver nota siguiente) fue ratificado ante el Ministerio Público.

En ese momento, Urresti era general en actividad del Ejército.

LA VERA EN PALACIO

Los condenados permanecieron dos años en el penal San Jorge, pero en el 2009 fueron recluidos en el penal militar Virgen de Fátima de Chorrillos. En 2011, a La Vera se le concedió la semilibertad por “buena conducta”, según el INPE.

Idéeleradio reveló que el condenado La Vera Hernández se presentó a una convocatoria de la Secretaría de Seguridad y Defensa Nacional (Sedena), cuerpo de asesores del Presidente de la República adscrita a la Presidencia de Consejo de Ministros, en Palacio de Gobierno, el viernes 4.

La Vera postuló al cargo de especialista en doctrina de Seguridad y Defensa. Pese a sus antecedentes penales, calificó segundo en la evaluación curricular y quedó expedito para rendir el examen de conocimientos programado para el pasado lunes 7 de julio.

Tras el escándalo, su postulación fue dejada sin efecto. El jefe del Sedena es Walter Astudillo Chávez, un general de brigada en retiro del Ejército.

Ésta semana en su domicilio, en la calle Buganvillas 285, en la urbanización Valle Hermoso, en Surco, no dieron razón de su paradero.

Si el Ministro del Interior capturase a La Vera para que cumpla lo que le queda de sentencia, acaso podría salvarse políticamente.

MEA CULPA

Apenas estalló el escándalo, Urresti reveló que informó de su situación judicial al presidente Ollanta Humala antes de ser nombrado como Ministro, el 23 de junio. Comprometería la figura presidencial, un acto cercano a la deslealtad.

Por el momento, el Presidente ha cerrado filas con su Ministro. “Cuando se le propuso la cartera me puso en conocimiento de este tema; se le pidió unos papeles que eran pertinentes verlos, lo vieron los abogados (...) No vemos su culpabilidad y creemos en la presunción de inocencia”, confirmó Humala el jueves 3.

Cierto, Urresti no ha sido juzgado ni condenado. No necesariamente es culpable. Quienes lo acusaron fueron inequívocamente sentenciados como los homicidas de Bustíos y no mencionaron su nombre durante años.

Pero aquí hay un proceso abierto que se deben resolver ante la Justicia, no por intuiciones de quien encabeza el Ejecutivo.


“Que un ministro llamado a defender los derechos humanos tenga un esclarecimiento pendiente por un delito de extrema gravedad en esta materia es, además, groseramente ofensivo a los valores de un Estado democrático”, señaló en un comunicado el Instituto Prensa y Sociedad (Ipys), el lunes último. La institución consideró que “la condición judicial de Urresti es incompatible con el cargo que ostenta”.

A similares consideraciones arribó el Consejo de la Prensa Peruana (CPP). 

El titular de la Tercera Fiscalía Nacional, Luis Landa decidirá si el expediente de Ayacucho amerita la apertura de un proceso penal contra el Ministro del Interior. La crisis Urresti amenaza con convertirse en un escándalo de resonancias internacionales. Que baje al llano. Como cualquier ciudadano.
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El primer testimonio acusatorio del principal autor material del asesinato de Hugo Bustíos.

Lo Que Vio ‘Ojos de Gato’


Amador Vidal Sanbento, “Ojos de Gato” abandona la Segunda Sala Penal Transitoria de la Corte Suprema, en el 2008.

En septiembre del 2008, la Segunda Sala Penal Transitoria de la Corte Suprema, presidida por el vocal Javier Villa Stein, ratificó la sentencia de primera instancia que impuso 17 años de prisión al comandante EP (r) Víctor La Vera Hernández y otros 15 años de cárcel para el comandante EP (r) Víctor Amador Vidal Sanbento por el asesinato de Hugo Bustíos, en Huanta, en 1988.

Un año antes, en noviembre del 2007, Sanbento, “Ojos de Gato”, llamó por teléfono al periodista Abilio Arroyo, colaborador de CARETAS y huantino como Bustíos. Arroyo fue sucedido por Bustíos como nuestro corresponsal en Huanta.

Pocos días después, Arroyo visitó a “Ojos de Gato” en el penal San Jorge y esto fue lo que dijo el autor material principal del crimen de Hugo Bustíos.

“ME TRAICIONARON”

“Gracias por venir. Ahora sabrás toda la verdad sobre la muerte de tu colega”, dijo Vidal Sanbento, recluido en el pabellón de Prevención del penal San Jorge.

El rostro desencajado, los ojos vidriosos daban la sensación de que se encontraba en un estado ansioso.

“Los que realmente planificaron y mataron a Bustíos es Daniel Urresti Elera y ese concha de su madre que está allá”, aseguró furioso Vidal Sambento, señalando al coronel Víctor La Vera Hernández, un individuo canoso que departía con familiares la visita dominical en una de las mesas del patio de Prevención.

–Entonces, ¿ya no son amigos?
–Ese mierda me engañó. Me dijo que no hablara la verdad porque iba a empeorar las cosas. Me aseguró que iba a salir libre. Y ahora quiero que se sepa que acá hay un culpable que está libre y sigue en actividad en el Ejército. Ese es Daniel Urresti Elera.

–¿Quién es Urresti Elera y cuál fue su participación en el asesinato de Bustíos?

–Urresti era el capitán “Arturo” y responsable de la Sección de Inteligencia S-2 en el cuartel de Castropampa (Huanta). Tenía como función principal reportar información sobre los terroristas y colaboradores en la zona. El suboficial Jhonny Zapata Acuña, “Centurión”, trabajaba con él. Ambos reportaron a La Vera Hernández que Bustíos era colaborador de los terroristas en Huanta. Por eso decidieron eliminarlo. La Vera Hernández aguardó la mejor oportunidad para eliminarlo y esta se presentó cuando los terroristas asesinaron a una campesina y a su hijo en los bajíos de Huanta, en la noche del 23 de noviembre del 1988. La ciudad estaba paralizada porque los terroristas habían convocado a un Paro Armado y a primeras horas de la mañana el capitán “Rogelio”, que se encontraba en la casa de la campesina asesinada, reportó que Bustíos y Rojas habían intentado ingresar a la casa de las víctimas a tomar fotos. “Rogelio” sostuvo que les recomendó que fueran a a pedir permiso a la base. En efecto, Bustíos y su esposa se aparecieron en el cuartel de Castropampa, solicitando entrevistarse con el jefe de la Base.

–¿Y Urresti?
–La Vera Hernández recibió a Bustíos en la puerta del cuartel e hizo tiempo para que la patrulla militar se movilizara hacia la zona. La Vera Hernández llamó a Urresti y a “Centurión” para movilizar gente a un punto intermedio de la carretera a Erapata con la finalidad de emboscar a Bustíos. Es así que cuando Hugo Bustíos y Eduardo Rojas llegaron al punto donde se encontraban Urresti, Centurión y otros, estos fueron acribillados.

–¿Quiénes más participaron en el ataque?
–Un suboficial de apellido Rojas y otro que no recuerdo su nombre.

–¿Por qué no lo dijo ante el tribunal que lo juzgó?
–Por un mal espíritu de cuerpo. Me engañaron con promesas falsas y por eso estoy acá, jodido.


–En el juicio quedó acreditado que fue usted quien arrojó el explosivo sobre el cuerpo de Bustíos…
–Vidal Sambento rompe en llanto. “Te juro por mi familia”, suplicó. “No maté a Bustíos, lo hizo Urresti Elera”.

NUEVO TESTIGO

En febrero del 2008, Arroyo recibió una llamada telefónica del teniente EP Edgardo Nicolás Montoya Contreras. Acordaron reunirse en una de las avenidas que conducen al Cuartel General del Ejército, en San Borja.

Montoya dijo que había trabajado como oficial adjunto del Departamento de Logística del Cuartel de Castrompampa, en Huanta, en 1988. Era el encargado del mantenimiento de los vehículos militares del destacamento.

Montoya le aseguró a Arroyo que, el día del asesinato, vio partir a Urresti y a Jhonny Zapata Acuña, Centurión, en un vehículo militar rumbo a Erapata.

En abril del 2008, Sanbento y Montoya ratificaron sus acusaciones contra Urresti ante la Segunda Fiscalía Penal Supraprovincial de Ayacucho que reabrió el caso. El 17 de junio del 2013, el Segundo Juzgado Penal de Ayacucho abrió proceso penal contra Urresti considerándolo “autor mediato” del asesinato de Bustíos.

El expediente está ahora en manos del fiscal superior Luis Landa Burgos, quien opinará si hay mérito para llevar el caso a juicio oral o si este se archiva.


martes, 8 de julio de 2014


EL PASADO AUN NO LO CONDENA


Fuente: diario La República
08 de julio de 2014
Los problemas por el nombramiento de Daniel Urresti en el Ministerio del Interior recién comienzan. El ex jefe de Inteligencia del cuartel de Castropampa tiene todo el apoyo del gobierno. El Fiscal de la Nación Carlos Ramos en una situación ventajosa.
Ricardo Uceda (El Informante)
El 2 de octubre del 2007 una Sala Superior del Poder Judicial sentenció a dos militares por el asesinato del corresponsal de la revista Caretas en Huanta,  Hugo Bustíos. Un mes después, uno de ellos llamó desde el penal de San Jorge a Abilio Arroyo, periodista del mismo semanario.
Si vienes a verme te revelaré el nombre de los otros militares que participaron en el crimen —le dijo.
Era Amador Vidal Sanbento, conocido como Ojos de Gato, quien había sido sentenciado a quince años de prisión como coautor del asesinato. Prestaba servicios en la base de Castropampa, cuyos efectivos lo cometieron. El otro sentenciado —a diecisiete años—  era el jefe de la base, Víctor La Vera Hernández. Compartía prisión con Vidal en San Jorge. Pero cuando Arroyo fue a visitar a Vidal, La Vera no se hallaba con él.
Estaban peleados.
Según dijo Arroyo para esta nota, encontró a Vidal desencajado y profundamente disgustado con La Vera. Lo había convencido de que mantuviera en el juicio la versión de la inocencia de ambos, asegurándole que, al final, ambos serían absueltos por falta de pruebas. Pero el resultado fue desastroso. Y ahora Vidal quería que el semanario al que pertenecía  la víctima supiera la verdad.
La Vera, en cambio, se mantenía fiel al libreto original. No habló con el periodista.
CITA EN SAN JORGE
Fue entonces cuando Arroyo escuchó por primera vez la incriminación que hizo Vidal de Daniel Urresti, el oficial a cargo de Inteligencia en la base de Castropampa. Dijo que Urresti había dirigido el operativo que produjo la muerte de Bustíos. El periodista, acompañado de su colega Eduardo Rojas, se dirigía en moto a recoger información sobre unas muertes, y en el camino fueron emboscados por los militares, quienes abrieron fuego sobre ellos. Rojas cayó al piso y  pudo huir.  Bustíos quedó malherido en el lugar. Uno de los asesinos hizo volar su cuerpo con un explosivo.
Con posterioridad a esta entrevista, Arroyo se entrevistó con un segundo militar que por entonces prestó servicios en Castropampa: Edgardo Montoya. Estaba a cargo de la logística de la base, y en lo sustantivo complementó la información que le había entregado Vidal. El día del asesinato Montoya, según dijo, vio partir a Urresti en un vehículo de la base, a la cabeza del equipo de inteligencia que dirigía. Montoya tenía, además, otras hipótesis sobre el móvil del asesinato, que por el momento el periodista mantiene en reserva. Arroyo nunca publicó sus diálogos, que le fueron dados en forma confidencial. No podía atribuir la incriminación a una fuente específica. 
Pero después Vidal y Montoya le contaron su versión a un fiscal. El Ministerio Público había recibido de nuevo el expediente por mandato de la misma sentencia, con el encargo de continuar investigando hasta hallar al resto de responsables. Con estos testimonios el caso dio un vuelco. Sin embargo, la nueva información no llegó a convertirse en noticia hasta que Urresti fue nombrado ministro del Interior. Requerido por el fiscal, dijo básicamente lo mismo que aseguró en la prensa por estos días: que Vidal y Montoya eran oficiales a quienes descalificaba su mala conducta, y que le guardaban animadversión por haberlos puesto en evidencia.
MALAS RELACIONES
Ahora bien, Vidal y Montoya no solamente incriminaron a Urresti. También a Johnny Zapata Acuña, un sargento conocido como Centurión. Montoya dijo haberlo visto subir al vehículo que hizo el operativo. Centurión tiene otros antecedentes de violaciones de derechos humanos. Fue acusado de cometer la matanza de Chilcahuaico, en 1990, en la que hubo diecisiete víctimas. Sobre esta incriminación a Centurión, quien nunca fue habido, Urresti no ha dicho nada. Afirma que no lo conoce. ¿Los testigos también le tenían hostilidad? 
Llegados a este punto, el Ministro del Interior tiene en favor suyo su propia versión y el aval del presidente Humala, quien antes de nombrarlo como ministro llegó a la convicción de que no es culpable. Es lo que ha declarado. Este es uno de los aspectos extremos de la situación, pues así como nadie puede decir que Urresti es asesino, pese a que dos testimonios directos lo incriminan, no hay cómo sacar la conclusión de que es inocente. La versión de Urresti es que él estaba a cargo de la inteligencia y contrainteligencia de su grupo, pero que no participó en el operativo dispuesto para matar al periodista. Y tampoco escuchó ni supo después nada sobre los sucesos. Esta posición la mantiene aún después de que la Corte Superior de Justicia haya sentenciado a La Vera, el jefe de la base, a diecisiete años de prisión.
De modo que Urresti, aparte de declararse inocente, como es su derecho, tampoco ha colaborado con la justicia. 
NO SABE NADA
La noche del 3 de julio, en la reunión que tuvo Urresti con directivos del Consejo de la Prensa Peruana, el director de Caretas Marco Zileri le llamó la atención sobre este punto: 
—Bien. Admitamos que usted no es culpable. Pero era el jefe de inteligencia. ¿Cómo ocurrió el asesinato?
Urresti dijo que no sabía y Zileri protestó, incrédulo. Es que con el asesinato de Bustíos ha ocurrido lo mismo que con tantos: un sistemático entorpecimiento de las investigaciones por parte de los militares. Luego del crimen, la policía y el Ministerio Público encontraron un escenario barrido. No hallaron pisadas ni cartuchos que hubiesen permitido la realización de pericias. El Ejército, a cargo de la seguridad, no dispuso una orden de búsqueda de los responsables del crimen, como era pertinente ante un hecho de esa naturaleza. Cuando aparecieron los nombres de Antonio Pacheco Aguado y Segundina Gálvez Porras como posibles testigos de cargo, quienes habían afirmado que los atacantes fueron militares, el Ejército los aprehendió. Fueron conducidos a viva fuerza al cuartel que se encontraba al mando del acusado La Vera. Allí se les conminó a variar su versión, y se les detuvo bajo la imputación de haber cometido terrorismo, como consta en la papeleta de libertad obrante en el Juzgado Penal de Huanta y en las manifestaciones rendidas por ambos.
 Peor aún: en el juicio oral compareció el ex Juez Moisés Ochoa Girón, refiriendo que su domicilio fue objeto de allanamiento por miembros del Ejército, una vez que abrió proceso en el fuero común contra los acusados. En esta primera etapa las cosas estuvieron dirigidas a que el Fuero Militar asumiera el caso, lo que finalmente ocurrió. En 1991 declaró que no había pruebas para incriminar a ningún oficial de la base.
OLLA DE PRESIÓN
Diez años después, fue posible realizar un juicio en el fuero civil porque el gobierno peruano, durante la gestión de Valentín Paniagua, llegó a un acuerdo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para dar soluciones integrales a más de 156 casos de violaciones de derechos humanos cuyos expedientes estaban embalsados ante el organismo internacional. El de Bustíos era uno de ellos. Aunque el Ministerio de Defensa no proporcionó ninguna información útil al juzgado, el primer juicio pudo desarrollarse porque había testimonios que comprometían a La Vera y Vidal. Las nuevas evidencias resultantes de las declaraciones de Vidal y Montoya permitieron abrir un proceso ordinario cuya primera parte, la instrucción por parte de un juez penal y un fiscal provincial, ya se cumplió. El fiscal, de acuerdo con su investigación, lo considera autor directo del asesinato, y el juez que dictó el auto apertorio de instrucción, responsable indirecto o mediato. Un fiscal superior debe decidir si lo acusa o no. En caso afirmativo, Urresti deberá afrontar un juicio oral.
Pero ahora su nombramiento en el Ministerio del Interior lo distorsiona todo. Un ministro caro al presidente Humala, depende de una decisión de una Fiscalía de la Nación cuyo jefe, Carlos Ramos, necesita legitimarse por los cuestionamientos en su contra. El terreno para un entendimiento mayor entre ambos ya tiene una alfombra roja. Luis Landa Burgos, el magistrado que debe pronunciarse sobre la responsabilidad de Urresti, jugará su partido bajo una enorme presión. Humala también. El de Bustíos fue un caso llevado a la CIDH por importantes organizaciones mundiales, entre ellas el Comité de Protección de Periodistas (CPJ), que se encargarán de la campaña internacional que merece la condena a un nombramiento tan grotesco en el gabinete peruano.

lunes, 7 de julio de 2014


ASEGURANDO LA CIUDAD


07 de julio de 2014

Seamos sinceros: una gran mayoría está convencida que un 50 por ciento (o más) de los miembros de la Policía son corruptos. Desde luego que hay muchos tipos honestos, profesionales y excelentes técnicos que se rompen el lomo para servir a la comunidad y para llevar un pan a su hogar. También los hay aquellos que, empujados por la corriente mayoritaria que inunda la moral y los ánimos internos, caen en la tentación o simplemente son obligados a cometer delitos. Recordemos que en la mayoría de comandancias policiales los jefes –no necesariamente el Comisario- arman intervenciones para obtener dinero fácil y rápido. Ahí están los famosos operativos cerrojos o los denominados de “alcohlemia” los fines de semana, que no son otra cosa que ferias extorsivas en donde la tarifa para “arreglar” sube unas 10 veces.
Les cuento una experiencia. Hasta hoy existen dos “rompemuelles” en la av Pachacutec en SJM (entre el ex Cine Susy y el paradero el Poso), construidos a la mala por los propios policías hace unos tres años  para lograr que los autos bajen su velocidad y así poder detenerlos. En ese lugar, en las noches, se han producido innumerables accidentes porque no están señalizados y son tan altos y antirreglamentarios que, si uno no conoce la zona y viene manejando a velocidad, puede salir volando por los aires. Durante más de tres años ese lugar era una garita de extorción donde la policía de la zona se dedicaba todo el día a buscarle la sinrazón a los conductores de microbuses. Los policías que estaban de descanso (no me consta si hasta ahora lo hacen) asistían al lugar en sus autos particulares, dentro de ellos se cambiaban y ponían chaleco de la sección de Tránsito y se sumaban a los “operativos”. En la zona denominada Pista Nueva la cosa es más descarada. En el tramo comprendido entre SJM y Villa María la intervención a vehículos y mototaxis se producen a cada rato. Pero no se trata de ningún reten de seguridad para encontrar armas o delincuentes, porque nunca han dado a conocer ningún logro en ese sentido.
Con la era del ministro Urresti, la cosa ha cambiado, momentáneamente, porque todos tienen que estar pendientes de lo que va a hacer o se le va ocurrir. Por ejemplo, movilizar personal para acompañarlo cuando se le ocurre darse un baño de popularidad por una zona empobrecida o cuando  le da la gana de revisar la asistencia del personal en una Comisaria. Eso lo puede hacer ( y debería ser parte de su función) los servicios de contrainteligencia. Ese estamento de toda fuerza operativa que está preparado para hacer un control interno y detectar infractores y malos funcionamientos y reportarlos a las instancias ministeriales. Y Urresti lo sabe, porque se ha desempeñado en ese puesto durante muchos años en su vida militar. ¿Por qué no lo hace ahora como ministro del Interior? Porque perdería protagonismo y pareciera que es lo único que sabe hacer bien.
EL PANORAMA
Dos momentos en las últimas horas grafican el estado en que se encuentra la seguridad ciudadana en el país. Mientras Nicolas Lucar y “pajarito” de los Barracones del Callao armaban una visita con el ministro Urresti , para demostrar una supuesta aceptación popular, en pleno centro de Miraflores, unos sicarios metían bala a diestra y siniestra en un McDonald donde minutos antes había finalizado una fiesta infantil. Pasaba por ahí y lo que se vivió fue una pesadilla; las balas la sentías tan próximas que el caos se apoderó de todos. Finalmente resulto un empresario asesinado y la fachada de la pollería agujereada por las balas. ¿Qué pasó? Pasó que el ministro en lugar de ir a figuretear al barrio del  famoso animador callejero “Pajarito” (experto en armar casos para Laura Bosso) debió ir a la zona del Callao en donde viven por cientos los sicarios que venden sus servicios al mejor postor y que tienen armas hasta para alquilar. Sí, ese lugar del Callao en donde hay unos complejos habitacionales, a donde por décadas ningún policía se ha atrevido a ingresar. Desde ahí salen los equipos de asesinos a sueldo que terminan con la vida de ciudadanos caídos en desgracia o que tienen cuentas por saldar. Y que no me digan que la Policía y sus servicios secretos no saben de qué lugar se trata. Sino que les faltan pantalones y decisión política para acabar con esas mafias devenidas en industria del crimen.
Por supuesto Urresti no habla del sistema preventivo de patrullaje, de la gasolina destinada  para que motos y patrulleros salgan por centenares a las calles a disuadir el crimen organizado y el de poca monta. Arremete contra los presos de los penales; que por qué tienen TV en sus celdas, por qué tienen un perro de mascota, cuestiones intrascendentes que al trastocarlas pueden provocar un clima de tensión innecesario y alentar motines. La ciudadanía harta de inseguridad desea protección, sentir que su Policía previene los actos delincuenciales cayéndoles encima antes que se organicen para robar, atacar o matar; necesita ver que la Policía patrulla sus calles y no le delega esa función a las pobres organizaciones vecinales, desarmadas y amparadas solo en un silbato.
SOLUCIONES
Recomponer el servicio de contrainteligencia en la Policía (hoy subsumida en la llamada Inspectoría  general) que se aboca a temas administrativos y poco hace por regular el buen desempeño ético y moral de los miembros del cuerpo policial. Es decir reventar desde dentro las mafias y cogollos lumpenescos que se anidan en las áreas operativas. Para ello se tiene que seleccionar a personal que esté dispuesto a jugarse el pellejo por salvar el prestigio de la institución policial y el líder de ese grupo renovador tiene que ser alguien capaz de exponer hasta su integridad física de ser necesario tal como lo hizo el famoso Sérpico que pudo recomponer a la Policía de New York.
Segundo, dejar de lado la política del policía “de a pie” que solo desperdicia personal en una presencia estéril en las calles, mientras que los delincuentes, llámese ladrones de autos, asaltantes, marcas, “raqueteros”, secuestradores, etc se desplazan en autos modernos burlándose de sus potenciales captores. También se debe organizar, identificar y carnetizar a todos los motociclistas y taxistas de tal forma que no puedan ser infiltrados por la delincuencia. Hoy por hoy, los vendedores de drogas a delivery (llamados dealers en el argot narco) se transportan en motos lineales y mototaxis, igual uso de esos vehículos hacen los “marcas” y asaltantes oportunistas quienes patrullan las calles en busca de victimas. Ellos si “patrullan” pero para atentar contra el prójimo.

Y, finalmente, utilizar los cientos de patrulleros que se han adquirido (y piensa adquirir) para resguardar por cuadrantes la ciudad y periferias en forma inteligente y organizada, las 24 horas del día. Recuérdese que está probado que la mayoría de actos delictivos se producen entre las 11 de la noche y 6 de la mañana. Aunque la compra de vehículos debió priorizar también a las motocicletas por ser mas económicas y especiales para hacer persecuciones, no se hizo porque ellas consumen poca gasolina y las mafias internas en la Policía requieren del millonario presupuesto que el Estado destina para adquirir gasolina. Más claro aun, los patrulleros estaban destinados a ser alimentados por gas natural pero oscuros intereses movieron sus influencias para que se persista en vehículos gasolineros. El panorama esta allí, solo falta ponerlo en marcha. ¿Lo harán?

sábado, 14 de junio de 2014


LU.CU.MA Un Pintor Psicotropicalizado

                   Foto Christian Bendayán

LA SANGRE DEL PINTOR TROPICAL

LU.CU.MA. ES EL ARTISTA DE LOS MÁRTIRES Y LOS MARGINADOS DEL AMAZONAS PERUANO.

Por Alfredo Villar, Fotos de Adrián Portugal Fuente portal Vice

Iquitos es una ciudad que zumba. Desde la mañana los mototaxis rugen como enjambre de avispas. Es el rugido del petróleo amazónico, es la danza del motor. La ciudad es una selva de cemento, colorida, alegre y vivaz a pesar de la atroz pobreza de sus barrios marginales. Y es precisamente en estos barrios en donde han nacido los artistas que llenan de flúor e imaginación visual la ciudad. De día, restaurantes, hoteles y centros comerciales nos fascinan con los fabulosos anuncios publicitarios de esmaltes y mujeres despampanantes dibujadas por Lewis Sakiray o los alucinógenos carteles e interiores pop de Piero. De noche prostíbulos, moteles, discotecas y night clubs se llenan de luces negras y pinturas psicotropicales de artistas populares y autodidactas entre los cuales destaca la producción de Ashuco con su erotismo desenfadado y juguetón.
Pero yo estoy en Iquitos buscando al pintor más infame y popular del lumpenproletariado, un limeño chichero devoto de la santa popular Sarita Colonia y del cantor del pueblo: Lorenzo Palacios “Chacalón”. Busco al sobreviviente de más de 20 años de cárceles, al artista redimido por Dios y los pinceles. Me han dicho que tiene un puesto ambulante por la avenida Grau, de camino al aeropuerto. En esta jungla urbana y entre marañas de mototaxis veo el improvisado kiosko del pintor. Me acerco y le digo: ¡CHACALÓN! Y el pintor me mira, sus tatuajes y marcas de presidiario también. Le digo que mañana es mi cumpleaños, y que unas chelas nos irían bien para celebrar. Los ojos del artista de los mártires y los marginados se encienden con un brillo casi infantil e inocente. Vamos por una caja de cervezas bien frías y ahí, bajo el lacerante sol de la tarde, me vuelvo testigo de su performática y desbordada confesión.
El siguiente texto, es una especie de mixtape, un monólogo de Lu.Cu.Ma. construido con sampleos de una entrevista realizada por el artista Christian Bendayán y las historias que me contó el día que nos conocimos. En ambos casos es Lu.Cu.Ma. hablando desbordado y sin control, como suele hacerlo.
Yo soy de Lima, de Barrios Altos, nací un 20 de enero de 1951. A mi padre no lo conocí, ni quisiera conocerlo. A mi madre sí la conocí, yo la ayudaba pidiendo limosna en la calle junto con mis hermanitos. Luego vino el abandono y una señora me metió en el puericultorio Pérez Araníbar. Ese lugar donde iban los niños huérfanos y marginales de Lima, un semillero de delincuentes ha sido ese lugar. Pero ahí aprendí sobre todo el arte del dibujo y la pintura.
Había un profesor que me daba colores y así fue como aprendí este arte que me nace del corazón, con el cual puedo irme expresando en vez de ir matando. Mi primer asesinato fue el de mi hermano. Estaba loco por la droga, por la heroína y la morfina que nos robábamos del Larco Herrera, esa casa de locos al frente del puericultorio. Ahí entré por primera vez a la cárcel. Más de 20 años de mi vida he estado en distintas cárceles. El Sexto, Lurigancho, El Frontón, El Sepa, la cárcel de Cachiche, dePucallpa, de Huánuco, he estado preso en la sierra, en la costa, en la selva. Me debo conocer todas las cárceles del Perú. Y ahí también he comenzado a pintar, sobre todo a La Sarita, esa mujer santa que hacía milagros, la patrona de todos los presos, la que llevan siempre en sus pechos, en sus tatuajes, en sus mentes.
También he pintado Cristos, muchos Cristos en las cárceles, eso fue porque cuando estaba preso en Pucallpa, un padrecito me dio pinturas y le gustó tanto mi trabajo que me hizo pintar en otras cárceles. Ahí fue que comencé a darme cuenta que podía trabajar como pintor.
Así fue también que Dios entró en mi vida. Las autoridades no te cambian, los jueces no te cambian, el hospital no te cambia, las drogas no te cambian, un profesor no te cambia, sólo el poder de Cristo te cambia. Y así he cambiado yo, del puñal al pincel, de marginal a artista; he expuesto en las galerías más pitucas de Lima, en Europa, en Chile, en Argentina. Aún así sigo viviendo en las calles, pintando en las calles, gracias a Dios un pan no me falta, trabajo no me falta, comida no me falta.
No me falta para compartir, yo comparto con los fumones, con los criminales, con las prostitutas, con los tuberculosos. Hasta si hay un perrito carachoso yo me acerco y le doy un pancito porque Dios me da esa bondad en el corazón. Porque Cristo también compartía con los criminales, con los hambrientos, con los enfermos.
Un criminal siempre se puede redimir, por más que haya sido una mala persona se puede redimir. Yo he sido malo, loco, enfermo, asesino, violador, sicario. Recuerdo que hasta pasé por Sendero Luminoso, a ellos los conocí en la cárcel. Yo los defendía. Me llegaba al pincho que se metieran con los terrucos. Ellos tenían sus ideas, su forma de vida y nosotros la nuestra. Cuando salí de la cárcel me metí dos años con ellos en el monte, no tenía otra opción, pero al final me quité. Y es que una vez me quisieron hacer un juicio popular. Yo me defendí diciendo, gritando: ¡qué me van a matar, ¿acaso no colaboro?, ¿acaso no lo hago concha-de-sus-madres?! Y así uno tiene que defenderse, porque si eras bueno te mataban.
Así por bueno lo mataron a Cristo, por eso es un santo, por eso es puro, y ahora yo sigo su palabra de bondad, y es la fuerza de su palabra, la verdad la que me ha hecho libre, ahora hago lo que quiero sin hacer daño a nadie, pinto y puedo vender mis cuadritos. Todo gracias a Dios, él me ha dado este arte y todo lo que tengo. Por eso siempre trato de demostrar que Dios cambia al peor, al mayor criminal lo puede volver bueno porque como dice la Biblia, en la segunda [carta] de los Corintios 5:17: “Que de modo que si alguno esté en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron. He aquí que todas son hechas nuevas”.
Retrato de madre e hija con pasajes de El Cantar de los Cantares

 Lu.Cu.Ma en la expo Kaleta de Salim. Fotos de Gaby Yamamoto

Lu.Cu.Ma con su colega pintor Salim y el fotografo Herman Schwarz en la expo en la zona de Leticia del Cerro San Cristobal. Foto Gaby Yamamoto.

Lu.Cu.Ma con una amiga artista en la expo Kaleta del pintor Salim Ortiz. Foto Gaby Yamamoto.
Con el fotógrafo Herman Schwarz  en las faldas del Cerro San Cristobal. Foto Gaby Yamamoto.

sábado, 24 de mayo de 2014


Sobre miedo, periodismo y libertad

El único medio del mundo actual para mantener a los poderosos a raya es una prensa libre

22 de mayo de 2014
Fuente original Diario El País de españa
Escrito por Arturo Pérez-Reverte

Hace medio siglo recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 16 años, había decidido ser reportero, y cada tarde, al salir del colegio, empecé a frecuentar la redacción en Cartagena del diario La Verdad. Estaba al frente de esta Pepe Monerri, un clásico de las redacciones locales en los diarios de entonces, escéptico, vivo, humano. Empezó a encargarme cosas menudas, para foguearme, y un día que andaba escaso de personal me encargó que entrevistase al alcalde de la ciudad sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político quizás era demasiado para mí, y que tenía miedo de hacerlo mal, el veterano me miró con mucha fijeza, se echó atrás en el respaldo de la silla, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca: “¿Miedo?... Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.

Pienso en eso a menudo. Y últimamente, en España, más todavía. Ninguna de la media docena de certezas, de lecciones fundamentales que he ido adquiriendo con el tiempo, supera esas palabras que un viejo zorro de redacción dirigió a un inseguro aprendiz de periodista: Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti. Todo el periodismo, su fuerza, su honradez, hasta su épica, se resume en esas magníficas palabras. En esa declaración segura de sí, casi arrogante, formulada por un humilde redactor de provincias.

Miedo, es la palabra. No hay otra. O al menos, no la conozco. Miedo del alcalde correspondiente, o su equivalente, ante el bloc y el bolígrafo, o lo que los sustituya hoy, manejados por una mano profesional, eficaz y honrada en los términos en que el periodismo puede considerarse como tal. He escrito alguna vez, recordando siempre a Pepe Monerri, que el único freno que conocen el político, el financiero o el notable, cuando llegan a situaciones extremas de poder, es el miedo. En un mundo como este, donde las ingenuidades y las simplezas de mecherito en alto y buen rollo a menudo son barajadas por los canallas, como instrumento, y creídas por los tontos útiles que ofician de ganado lanar y carne de cañón, ese es el único freno real. El miedo. Miedo del poderoso a perder la influencia, el privilegio. Miedo a perder la impunidad. A verse enfrentado públicamente a sus contradicciones, a sus manejos, a sus ambiciones, a sus incumplimientos, a sus mentiras, a sus delitos. Sin ese miedo, todo poder se vuelve tiranía. Y el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes de ese saludable miedo, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles.

Nunca en esta democracia, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante en España del periodismo por parte del poder. Aquel objetivo elemental, que era obligar al lector a reflexionar sobre el mundo en el que vivía, proporcionándole datos objetivos con los que conocer este, y análisis complementarios para mejor desarrollar ese conocimiento, casi ha desaparecido. Parecen volver los viejos fantasmas, las sombras siniestras que en los regímenes totalitarios planeaban, y aún lo hacen, sobre las redacciones. Lo peligroso, lo terrible, es que no se trata esta vez de camisas negras, azules, rojas o pardas, fácilmente identificables. La sombra es más peligrosa, pues viene ahora disfrazada de retórica puesta a día, de talante tolerable, de imperativo técnico, de sonrisa democrática. Pero el hecho es el mismo: el poder y cuantos aspiran a conservarlo u obtenerlo un día no están dispuestos a pagar el precio de una prensa libre, y cada vez se niegan a ello con más descaro. Basta ver las ruedas de prensa sin preguntas, el miedo a comparecencias públicas, los debates electorales donde son los políticos y sus equipos, no los periodistas desde la libertad, quienes establecen el formato. Como si hubiera, además, que agradecerles la concesión. Y la sumisión de los periodistas, y de los jefes de esos periodistas, que aceptan ese estado de cosas sin rebelarse, sin protestar, sin plantarse colectivamente, con gallardía profesional, frente a la impune soberbia de una casta a la que, en vez de dar miedo, dan, a menudo, impunidad, garantías y confort.

Aterra la docilidad con la que últimamente, salvo concretas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder. Creo que nunca se ha visto, desde que se restauró la democracia, un periodismo tan agredido por el poder político y financiero. Y nunca se ha visto tanta mansedumbre, tanta resignación en la respuesta. Apenas hay afán por buscar, por investigar, excepto cuando se trata de servir intereses particulares. Entonces, para procurar munición al padrino que a cada cual corresponde o se ha buscado para sobrevivir, entonces sí hay luz verde, y hay medios, hasta que se topa con la línea roja correspondiente a cada cual: la banca, la telefonía, la publicidad, el nacionalismo correspondiente, la Iglesia, tal o cual sigla de partido, lo socialmente correcto llevado hasta extremos de estupidez. Y en pocos casos se trata de hacer reflexionar al lector sobre esto o aquello. Se trata, por lo general, de imponerle una supuesta verdad. Y ese parece ser el triste objetivo del periodismo español de hoy: no ayudar al ciudadano a pensar con libertad. Solo convencerlo. Adoctrinarlo.

España es un lugar con una larga enfermedad histórica que se manifiesta, sobre todo, en un devastador desprecio por la educación y la cultura, y una siniestra falta de respeto intelectual por quien no comparte la misma opinión. Por el adversario. Siempre creí, porque así me lo enseñaron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca son libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier manipulador malvado. A cualquier periodismo deshonestamente mercenario.

Y así, con frecuencia, aquí todo asunto polémico se transforma, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el sentido común. Apenas existe en los medios españoles un debate solvente político, social o cultural merecedores de ese nombre, sino choques de posturas. Diálogos de sordos, a menudo en términos simples, clichés incluidos, de derecha e izquierda. La presencia de nuevas formaciones políticas que buscan espacios distintos no varía la situación. Se sigue buscando situarlas en uno u otro de los tradicionales, como si de ese modo todo fuese más claro. Más definido. Más fácil de entender.

Destaca, significativa y terrible, la necesidad de encasillar. En España parece inconcebible que alguien no milite en algo; y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Aquí, reconocer un mérito al adversario es tan impensable como aceptar una crítica hacia lo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectarismos heredados, asumidos sin análisis. Toda discrepancia te sitúa como enemigo, sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. Y quizá sea de la falta de cultura. De ciudadanos simples surgen políticos simples, como los que muestran esos telediarios en los que, al oír expresarse a algunos políticos casi analfabetos (y casi analfabetas, seamos socialmente correctos), te preguntas: ¿Por quién nos toman? ¿Cómo se atreven a hablar en público? ¿De dónde sacan esa cateta seguridad, esa contumaz desvergüenza?... Sin embargo, la falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes.

Pues bien. Ese “conmigo o contra mí” envenena, también, las redacciones. Los veteranos periodistas recordarán que en los años de la Transición, y hasta mucho después, la línea ideológica, el compromiso activo de un medio informativo, los llevaban el quipo de dirección, columnistas y editorialistas, mientras que los redactores y reporteros de infantería, honrados mercenarios, eran perfectamente intercambiables de un medio a otro. Un periodista podía pasar de Pueblo al Arriba, a Informaciones, a Diario 16 o a El País con toda naturalidad. Incluso redactores de El Alcázar, la ultraderecha de la derecha, tuvieron vidas profesionales en otros medios. Ahora, eso es casi imposible. Las redacciones están tan contaminadas de ideologías o actitudes de la empresa, se exige tanta militancia a la redacción, que hasta el más humilde becario que informa sobre un accidente de carretera se ve en la necesidad de dar en su folio y medio un toquecito, una alusión política, un puntazo en tal o cual dirección, que le garantice, qué remedio, el beneplácito de la autoridad competente. Y ya que hablo de sucesos, está bien recordar que hasta los sucesos, los accidentes, las desgracias, son tratados ahora por los medios, a menudo, según el parentesco político más cercano. Según sea la militancia de los responsables reales o supuestos. Y a veces, hasta de las víctimas.

Apenas hay periodismo político real en España, sino declaraciones de políticos y cuanto en torno a ellos se genera. Raro es el trabajo periodístico que no incluye declaraciones de políticos a favor o en contra, marginando el interés del hecho en sí para derivarlo a lo que el político opina sobre él, aunque esa opinión sea una obviedad o un lugar común, o quien habla maneje mecanismos expresivos o culturales de una simpleza aterradora. Lo que cuenta es que el político esté ahí. Que adobe y remate el asunto. Hasta el silencio de un presidente o un ministro se considera noticia de titulares de prensa. Por modesta o mediocre que sea a veces, la figura del político asfixia a todas las otras. Hasta en la prensa local del más humilde pueblo español, las páginas abundan en politiqueo municipal, convirtiendo cualquier menudo incidente concejil en asunto de supuesto interés público. Los mecanismos internos más aburridos de cualquier formación política importante se examinan hasta el agotamiento. En mi opinión, las horas que un tertuliano de radio o televisión dedica en España a analizar la mecánica interna de los partidos no tienen equivalente en el mundo democrático

Todo eso agota al lector, al oyente, al telespectador. Lo aburre y lo expulsa del debate, haciendo que vuelva la espalda a la política, haciéndolo atrincherarse allí donde las palabras reflexión y lucidez desaparecen por completo. Tampoco ayudan a ello las voces que en ocasiones el periodismo pone sobre la mesa, como algunos tertulianos y opinadores profesionales alineados con tal o cual postura, o que han ido readaptándola cínicamente en los últimos 40 años, de modo que antes de que abran la boca ya sabes, según el individuo y el momento, lo que van a decir. Del mismo modo que reconoces tal o cual emisora de radio, en el acto, por el tono de sus intervinientes, aunque ignores el nombre de estos. Igual que con alguien en la calle, a los pocos minutos de conversación, sabes exactamente que periódico lee o que emisora de radio escucha.

Para cualquier lector atento de varios medios, es evidente que el periodismo en España se ha contaminado de ese ambiente enrarecido, de ese sesgo peligroso que tanto desacredita las instituciones en los últimos tiempos y del que son responsables no solo los políticos, ni los periodistas, sino también algunos jueces demasiado atentos a los mecanismos de la política, el periodismo y la llamada opinión pública. Y tampoco la crisis económica contribuye a las deseadas libertad e independencia. La inversión publicitaria pasó de 2.100 millones de euros en 2007 a menos de 700 en 2013. Eso aumenta la tentación de cobijarse bajo los poderes establecidos, y el periodismo como contrapoder se vuelve un ejercicio peligroso. Por sus propios problemas, algunos medios deciden no ir contra nadie que tenga poder o dinero. Y surge otro serio enemigo del periodismo honrado: la autocensura. Cuando el redactor jefe, en vez de animarte, te frena. Nos gusta ver en las películas cómo periodistas intrépidos consiguen la complicidad y el aliento de sus superiores; pero eso, aunque por fortuna ocurre a veces, no es aquí el caso más frecuente. No se practica con igual entusiasmo en las redacciones, más atentas a notas de prensa de gabinetes que a patear el asfalto. Y así, los partidos, las grandes empresas de la banca, las comunicaciones y la energía, entre otras, aprovechan la dependencia de los medios para dar por supuesta, cuando no imponer, la autocensura en las redacciones.

Supongo que habrá soluciones para eso. Posibilidades de cambio y esperanzas. Pero no es asunto mío buscarlas. No soy sociólogo, ni político. Apenas soy ya periodista. Solo soy un tipo que escribe novelas, que fue reportero en otro tiempo. Y hoy, puesto que aquí me han emplazado a ello, traigo mi visión personal del asunto, parcial, subjetiva, que pueden ustedes olvidar, con todo derecho, en los próximos cinco minutos. La transición del papel a lo digital, los productos de pago en la red, la eventualidad de que nuevos filántropos, capital riesgo y empresarios particulares unan sus esfuerzos para hacer posible un periodismo solvente y de calidad, son posibilidades ilusionantes que sin duda serán abordadas por quienes aún creen que solo un periodismo que pide cuentas al poder, en cualquier forma de soporte inventada o por inventar, tiene futuro. Esa es, y será siempre, la verdadera épica del periodismo y de quienes lo practican: pelear por la verdad, la independencia y la libertad de información pagando el precio del riesgo, en batallas que pueden perderse, pero que también se pueden ganar. Haciendo posible todavía, siempre, que un alcalde, un político, un financiero, un obispo, un poderoso, cuando un periodista se presente ante ellos con un bloc, un bolígrafo, un micrófono o lo que depare el futuro, sigan sintiendo el miedo a la verdad y al periodismo que la defiende. El respeto al único mecanismo social probado, la única garantía: la prensa independiente que mantiene a raya a los malvados y garantiza el futuro de los hombres libres.




lunes, 8 de julio de 2013


IGLESIA CATÓLICA ¿SIGNOS DE NUEVOS TIEMPOS?

30 de junio de 2013
Fuente: Política y Mundo Ordinario
Escribe Gonzalo Gamio Gehri

Debo reconocer que el mensaje y el estilo del joven Pontificado de Francisco I me simpatizan de un modo particular. Que sea jesuita y latinoamericano me parece muy bien. Que haya puesto en el centro de su ministerio las exigencias de la fe y la justicia – corazón de la tradición jesuita -, así como su vocación explícita por promover una Iglesia pobre y para los pobres – en la línea de Francisco de Asís – constituye sin duda un signo de esperanza para quienes considerábamos que, después de décadas de restauración conservadora al interior de la Iglesia católica, el espíritu del concilio Vaticano II en materia de justicia social y de diálogo con la cultura moderna pudiese volver a manifestarse con tanta nitidez en el discurso y en los gestos. Su invocación a que la jerarquía eclesiástica sea más servidora y menos “principesca” me parece saludable y convergente con el Evangelio. En esta perspectiva, La República indica en una nota que “hace unos días el Papa pidió a los nuncios apostólicos vivir en austeridad y recomendar como obispos a sacerdotes que no sean ambiciosos, pues se corre el riesgo de que privilegien una vida confortable y tranquila”. A buen entendedor, pocas palabras. Su propósito de reformar la curia para enfrentar los problemas actuales de la Iglesia me parece correcto y sensato. Parece rodear su Pontificado un espíritu de renovación y apertura que no podemos sino saludar.

Todo esto lo percibo como signos de nuevos tiempos para la Iglesia católica, así resumiría mi lectura del nuevo papado en este comentario de 29 de junio. Este mensaje va trayendo cambios. El discurso pastoral y teológico sobre la opción preferencial por los pobres – cuya fuente encontramos en los textos proféticos, en los Evangelios y en el magisterio de la Iglesia latinoamericana y universal – recupera la fuerza que tenía en tiempos del concilio y Medellín, y la teología de la liberación encuentra el lugar que merece como una de las grandes vertientes del pensamiento católico contemporáneo. Recientemente, el Vatican Insider, publicación de inspiración conservadora, ha proclamado lo que describe como “el fin de la guerra conla teología de la liberación”, evocando cómo el Papa y G.L. Muller -.el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe - destacan el valor intelectual y espiritual de dicha teología. El Vatican Insider reseña un libro escrito por el propio Muller y su maestro y amigo, Gustavo Gutiérrez, a la vez que destaca la forma en que el presente Pontificado se ha planteado reconocer plenamente los aportes de la teología de la liberación al magisterio de la Iglesia después de un largo período de infundado conflicto.
“Justamente con la llegada del primer Papa latinoamericano surge con mayor fuerza la oportunidad para considerar esos años y esas experiencias sin los condicionamientos de los furores y las polémicas de entonces. Aún alejándose de los ritualismos del “mea culpa” postizos o de las “rehabilitaciones” aparentes, hoy es mucho más fácil reconocer que ciertas vehementes movilizaciones de algunos sectores eclesiales en contra de la teología de la liberación estaban motivadas por ciertas preferencias de orientación política más que por el deseo de custodiar y afirmar la fe de los apóstoles. Los que pagaron la factura fueron los teólogos peruanos y los pastores que estaban completamente sumergidos en la fe evangélica del propio pueblo, que acabaron “triturados” o en la sombra más absoluta. Durante un largo periodo, la hostilidad demostrada hacia la teología de la liberación fue un factor precioso para favorecer brillantes carreras eclesiásticas”.
La página católica celebra la publicación de Gutiérrez y Muller – el texto recuerda que Muller es Doctor Honoris Causa por la Pontificia Universidad Católica del Perú,í mencionándola así, con su nombre completo – como una manera de poner fin a décadas de incomprensión. La nota señala que la Iglesia de Roma reconoce que la teología de la liberación tiene un lugar importante como una fuente de pensamiento eclesial inspirada en el seguimiento de Jesús y en la experiencia histórica y espiritual de la Iglesia latinoamericana.
“Después de haber pasado décadas de batallas y contraposiciones, justamente la amistad entre los dos teólogos (el Prefecto de la Doctrina de la Fe y el que durante un tiempo fue perseguido por el mismo dicasterio doctrinal) alimenta finalmente una óptica capaz de distinguir los obsoletos armazones ideológicos del pasado de la genuina fuente evangélica que impulsaba muchos de los derroteros del catolicismo latinoamericano después del Concilio. Según Müller, justamente Gutiérrez, con sus 85 años (y que planea viajar a Italia y pasarse por Roma en septiembre), ha expresado una reflexión teológica que no se limitaba a las conferencias ni a los cenáculos universitarios, sino que se nutría de la savia de las liturgias celebradas por el sacerdote con los pobres, en las periferias de Lima. Es decir, esa experiencia básica gracias a la que -como dice siempre simple y bíblicamente el mismo Gutiérrez- «ser cristianos significa seguir a Jesús». Es el Señor mismo, añade Müller al comentar la frase de su amigo peruano, quien «nos da la indicación de comprometernos directamente por los pobres. Hacer la verdad nos lleva a estar de parte de los pobres»”.
El documento asume una actitud que me parece saludable y justa. Una actitud convergente con el espíritu de renovación, diálogo y concordia que anuncia el Pontificado de Francisco. El Papa ha anunciado que se avecinan cambios importantes dentro de la Iglesia. Monseñor Pedro Barreto ha comentado recientemente en algunos medios que – de acuerdo a lo expresado por el Papa – estos cambios cruciales alcanzarían a la Iglesia de América Latina y a la Iglesia del Perú. Estas declaraciones han sido recibidas con entusiasmo y esperanza por muchos católicos peruanos que anhelan que el mensaje de Francisco I de una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia dialogante y cercana a la gente se haga carne en el Perú. Una buena noticia sin duda.

Roma y la Teología de la liberación: fin de la guerra

Fuente Vatican Insider
26 de junio de 2013
Escrito por Gianni Valiente


El Prefecto del ex Santo Oficio, Müller, hace un homenaje, bajo el signo de su amistad con el teólogo peruano Gutiérrez


«El movimiento eclesial teológico de América Latina, conocido como “teología de la liberación”, que después del Vaticano II encontró eco en todo el mundo, debe ser considerado, según mi parecer, entre las corrientes más significativas de la teología católica del siglo XX». Quien consagra la teología de la liberación con esta halagadora y perentoria evaluación histórica no es algún representante sudamericano de las estaciones eclesiales del pasado. El “certificado" de validez llega directamente del arzobispo Gerhard Ludwig Müller, actual Prefecto del mismo dicasterio vaticano -la Congregación para la Doctrina de la Fe (CdF)- que durante los años ochenta, siguiendo el impulso del Papa polaco y bajo la guía del entonces cardenal Ratzinger, intervino con dos instrucciones para indicar las desviaciones pastorales y doctrinales que también incluían los caminos que habían tomado las teologías latinoamericanas.

La evaluación sobre la teología de la liberación no es una declaración que se le escapó accidentalmente al actual custodio de la ortodoxia católica. El mismo juicio, meditado, aparece en las densas páginas del volumen del que proviene la cita: una antología de ensayos escrita a cuatro manos, impresa en Alemania en 2004, y que ahora está por se publicada en Italia con el título “De la parte de los pobres, Teología de la liberación, Teología de la Iglesia” (Ediciones Messaggero, Padua, Emi).

El libro hoy irrumpe casi como un acto para clausurar las guerras teológicas del pasado y los residuos bélicos que de tanto en tanto brillan para esparcir alarmas que representan ya intereses ya pretextos. El volumen lleva las firmas del actual responsable del ex Santo Oficio y del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación e inventor de la misma fórmula usada para definir esa corriente teológica, cuyas obras fueron sometidas a exámenes rigurosos durante bastante tiempo por parte de la CdF en su larga estación ratzingeriana, aunque nunca se le haya atribuido ninguna condena.

El libro representa el resultado de un largo camino común. Müller nunca ha ocultado su cercanía a Gustavo Gutiérrez, a quien conoció en 1998 en Lima durante el curso de un seminario de estudios. En 2008, durante la ceremonia para el doctorado honoris causa concedido al teólogo Müller por la Pontificia Universidad Católica del Perú, el entonces obispo de Ratisbona definió como absolutamente ortodoxa la teología de su maestro y amigo peruano. En los meses anteriores al nombramiento de Müller como guía del Dicasterio doctrinal, justamente su relación Gutiérrez fue evocada por algunos como prueba de la no idoneidad del obispo teólogo alemán para el puesto que ocupó (durante 24 años) el entonces cardenal Ratzinger.

En los esnayos de la antología, los dos autores-amigos se complementan recíprocamente. Según Müller, los méritos de la teología de la liberación van más allá del ámbito del catolicismo latinoamericano. El Prefecto indica en que la teología de la liberación ha expresado en el contexto real de la América Latina de las últimas décadas la orientación hacia Jesucristo redentor y liberador que marca cualquier teología auténticamente cristiana, justamente a partir de la insistente predilección evangélica por los pobres. «En este continente», reconoce Müller «la pobreza oprime a los niños, a los ancianos y a los enfermos», e induce a muchos a «considerar la muerte como una escapatoria». Desde sus primeras manifestaciones, la teología de la liberación “obligaba” a las teologías de otras partes a no crear abstracciones sobre las condiciones reales de la vida de los pueblos o de los individuos. Y reconocía en los pobres la «carne misma de Cristo», como ahora repite Papa Francisco.

Justamente con la llegada del primer Papa latinoamericano surge con mayor fuerza la oportunidad para considerar esos años y esas experiencias sin los condicionamientos de los furores y las polémicas de entonces. Aún alejándose de los ritualismos del “mea culpa” postizos o de las “rehabilitaciones” aparentes, hoy es mucho más fácil reconocer que ciertas vehementes movilizaciones de algunos sectores eclesiales en contra de la teología de la liberación estaban motivadas por ciertas preferencias de orientación política más que por el deseo de custodiar y afirmar la fe de los apóstoles. Los que pagaron la factura fueron los teólogos peruanos y los pastores que estaban completamente sumergidos en la fe evangélica del propio pueblo, que acabaron “triturados” o en la sombra más absoluta. Durante un largo periodo, la hostilidad demostrada hacia la teología de la liberación fue un factor precioso para favorecer brillantes carreras eclesiásticas.

En uno de los textos, Müller (que en una entrevista del 27 de diciembre de 2012 había expresado la hipótesis del escenario de un Papa latinoamericano después de Ratzinger) describe sin medias tintas los factores político-religiosos y geopolíticos que condicionaron ciertas “cruzadas” en contra de la teología de la liberación: «Con el sentimiento triunfalista de un capitalismo, que probablemente se consideraba definitivamente victorioso», refiere el Prefecto del dicasterio doctrinal vaticano, «se mezcló también la satisfacción de haber cancelado de esta manera cualquier fundamento o justificación de la teología de la liberación. Se creía que el juego era muy sencillo con ella, arrojándola al mismo conjunto de la violencia revolucionaria y del terrorismo de los grupos marxistas». Müller también cita el documento secreto, preparado para el presidente Reagan por el Comité de Santa Fe en 1980 (es decir cuatro años antes de la primera Instrucción vaticana sobre la teología de la liberación), en el que se solicitaba al gobierno de los Estados Unidos de América que actuara con agresividad en contra de la «Teología de la liberación», culpable de haber transformado a la Iglesia católica en «arma política contra la propiedad privada y el sistema de la producción capitalista». «Es desconcertante en este documento», subraya Müller, «la desfachatez con la que sus redactores, responsables de dictaduras militares brutales y de potentes oligarquías, hacen de sus intereses por la propiedad privada y por el sistema productivo capitalista el parámetro de lo que debe valer como criterio cristiano».

Después de haber pasado décadas de batallas y contraposiciones, justamente la amistad entre los dos teólogos (el Prefecto de la Doctrina de la Fe y el que durante un tiempo fue perseguido por el mismo dicasterio doctrinal) alimenta finalmente una óptica capaz de distinguir los obsoletos armazones ideológicos del pasado de la genuina fuente evangélica que impulsaba muchos de los derroteros del catolicismo latinoamericano después del Concilio. Según Müller, justamente Gutiérrez, con sus 85 años (y que planea viajar a Italia y pasarse por Roma en septiembre), ha expresado una reflexión teológica que no se limitaba a las conferencias ni a los cenáculos universitarios, sino que se nutría de la savia de las liturgias celebradas por el sacerdote con los pobres, en las periferias de Lima. Es decir, esa experiencia básica gracias a la que -como dice siempre simple y bíblicamente el mismo Gutiérrez- «ser cristianos significa seguir a Jesús». Es el Señor mismo, añade Müller al comentar la frase de su amigo peruano, quien «nos da la indicación de comprometernos directamente por los pobres. Hacer la verdad nos lleva a estar de parte de los pobres».


lunes, 10 de junio de 2013


TIMERMAN


Por Graciela Mochkofsky

Original revista Puercoespín

Marzo 2013

“Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder” fue publicado por primera vez en 2003. Se convirtió en un clásico del periodismo y la historiografía argentinas. Diez años más tarde, cuando su tema central, las complejas relaciones entre la prensa y el poder, es materia de uno de los debates públicos más ardientes y relevantes de la actualidad, vuelve a ser lanzado en edición corregida y aumentada. Lo que sigue es un fragmento del prólogo de esta nueva edición, que estará en la calle (en Argentina) a partir de este primer fin de semana de marzo de 2013.
Durante el otoño-invierno de 1998, la época en que lo visité en Punta de Este por última vez, Jacobo Timerman recibía cada mañana, excepto los domingos, a Eliana Vinitsky.

Tenían una rutina. Ella le hacía masajes y luego él pedía a Alma, su ama de llaves, que les sirviera el desayuno en la galería, mirando el jardín. Mientras desayunaban, él hablaba por teléfono con su hijo Héctor, que dirigía la revista trespuntos, o con una de sus editoras, e impresionaba a Eliana, cuarenta años más joven, con su autoridad.

La mayor parte del tiempo, Timerman sufría; Eliana también. Llevaba años trabajando como masajista, se había entrenado en Tailandia y tenía suficiente técnica como para enfrentar cualquier contractura o trauma físico. Pero la espalda de Timerman era una tabla de mármol, y por más que presionara con todo su cuerpo, con manos y codos, con todas sus fuerzas, jamás llegaba a percibir tejido blando alguno. Nunca había visto algo así. Era como templar el acero a mano.

Timerman aullaba de dolor. Cuando lo tocaba y cuando no lo tocaba. Su dolor era crónico, inmortal, irremediable. Su espalda era impenetrable, y hablaban sobre ella. Él lo atribuía a las secuelas de la tortura, a todo lo que le había pasado. Cargaba, se compadecía, con el sufrimiento de toda una vida.

Eliana pensaba soluciones y sugería nuevas ideas, pero no sólo chocaba contra ese muro de espalda sino también contra un escepticismo imbatible. Timerman le replicaba con sorna y palabras hirientes. Eliana se despedía de Alma con los ojos llenos de lágrimas; no estaba segura de volver. El ama de llaves la consolaba: nadie más había durado con él una semana; debía considerar un elogio que la siguiera llamando.

Timerman se fue un día de Punta del Este y Eliana se quedó con el recuerdo de esa batalla contra un pasado terrible.

También ella volvió a Buenos Aires, y el 11 de noviembre de 1999 se encontró con alguien que la retrotrajo a aquellas mañanas crueles. En esos días, a veces acompañaba a Timerman una amiga, una entrerriana simpática, a la que también había hecho masajes.

Fue azar. Eliana visitaba a su padre en el departamento de éste en Arenales y Pellegrini. Lo acompañó a la cochera, y allí se encontró a la entrerriana, que resultó vivir en el mismo edificio. Unas horas antes, le contó Eliana, sorprendida, al saludarla, había encontrado una vieja trespuntos que tenía a Timerman en la tapa (había publicado unos textos que, decía, eran parte de sus memorias). Conversaron un rato y Eliana le dejó su número de teléfono.

Dos horas después, recibió un llamado de su padre. ¿Se había enterado? En la radio decían que Timerman había muerto.

Al rato volvió a sonar el teléfono. Era la entrerriana. ¿Podía acompañarla al velatorio? Ella no había conocido a los hijos de Timerman y no se animaba a ir sola; además, no conocía Belgrano, donde lo velaban, y temía perderse.

Cuando la entrerriana pasó a buscarla, ya había anochecido. En la funeraria, esperaron a que dos hijos de Timerman y un rabino salieran de la pequeña sala y entraron calladamente. Una se ubicó al pie y la otra en la cabecera del cajón cerrado, y, por instinto, apoyaron las manos sobre él.

De inmediato se miraron, los ojos muy abiertos, para confirmar que la otra estaba sintiendo lo mismo: el cajón… temblaba.

Como si contuviera olas, pensó Eliana. Olas que golpeaban con una fuerza tal que el cajón iba a estallar.

Salieron en silencio. Se despidieron y nunca volvieron a verse.

(…)

Inicié la investigación en los últimos meses de 1997 (…)

Pero en los seis años siguientes, el tiempo exacto que medió hasta la aparición de Timerman, las condiciones profesionales del periodismo argentino y mi visión sobre él cambiaron dramáticamente. En esos seis años cubrí para La Nación la llegada al poder de la Alianza y del presidente Fernando de la Rúa, su decepcionante gobierno, su desastrosa caída y la fenomenal crisis subsecuente. Fueron años intensos de formación, en los que realicé, sin darme cuenta al comienzo, una doble operación: como cronista del diario, investigaba a los principales jugadores de la vida política y de la prensa que me eran contemporáneos mientras, como biógrafa, reconstruía la historia del juego mismo en el medio siglo precedente. Esto me dio, en momentos afortunados, una claridad que pocas veces uno consigue cuando está inmerso en la pura acción: la de conectar el pasado, el presente y el futuro del periodismo y del país.

En esos momentos, y pese a toda mi pasión por el oficio, entendía que había idealizado el periodismo; lo que yo creía que era, o debía ser, no se compadecía con lo que ocurría cada día. Una parte importante de mi trabajo cotidiano consistía en una pulseada no ya con aquellos que, desde el poder, querían impedir que trascendieran ciertas acciones y planes que mantenían ocultos —máxima central del oficio: «el periodismo consiste en revelar aquella verdad que alguien no quiere que se revele»—, sino con mis editores, que esperaban que mis artículos encajaran en la visión menos crítica del diario y que sopesaban la información según los intereses editoriales del momento. «Esto que escribiste —me dijo una noche un editor, con mi artículo del día todo subrayado en su escritorio— es impecable. Yo mismo confirmé con las fuentes que la información es verídica». Y agregó, terminante: «No lo vuelvas a hacer». Y otro día, para convencerme de que mi voz crítica caía pesada: «Tenés que ser capaz de ver un pájaro bello y describirlo». Le pedí que me avisara cuando un pájaro bello pasara por allí.

Así, mi trabajo consistía, tal como lo veía entonces, en una doble batalla: con las fuentes, para conseguir la información más veraz posible, y con los editores, para lograr que fuera publicada sin distorsiones. Estas distorsiones, cuando no la censura lisa y llana (que, para ser justa, no experimenté en forma directa, aunque sí retiré la firma de algunos artículos que habían sido modificados de un modo que no me convencía), tenían la función de acomodar la realidad a los intereses —económicos, políticos, ideológicos, lo que fuera— de la empresa dueña del diario en el que se trabajaba (y no me refiero sólo a La Nación). Pero, como buena parte de los periodistas que conozco, me negaba a considerarme una simple empleada y creía que dar batalla contra la posible distorsión introducida por los intereses de la empresa para la que trabajaba era una parte importante de mi responsabilidad. No veía esto como una contradicción, sino como la esencia misma de mi tarea.

Gané muchas batallas, perdí otras. En mi balance personal, llevaba más ganado que perdido, por lo que creía que todo valía la pena. O, en todo caso, encontraba en esa doble batalla una suerte de épica profesional.

Pero la crisis que acabó estallando en 2001 y arrasó con la clase política, el modelo económico entonces imperante, una buena porción de la clase media y mucho más, cobró su precio también a los medios y a los periodistas. Los diarios perdían avisadores drásticamente y, al tiempo que las deudas multimillonarias acumuladas durante su expansión de la década anterior se mantenían en dólares, sus menguados ingresos en pesos se redujeron en un tercio, en 2002, por la devaluación de la moneda. El que debía 100 millones de dólares por la moderna planta impresora conseguida en los años de riqueza seguía debiendo 100 millones de dólares; pero, por cada peso-dólar que antes obtenía de la publicidad privada y oficial y de las ventas, ahora sólo obtenía 30 centavos.

Los empresarios entraron en pánico. Ante la perspectiva de caer en la quiebra, o de ser comprados por sus acreedores, recurrieron al gobierno, a los bancos, a otros empresarios, y comenzaron negociaciones para «salvar» a los medios. Y por supuesto, no había que molestar a quienes se pedía ayuda. En las redacciones se cancelaron las investigaciones y la crítica, salvo contra quienes no tenían poder.

Para los periodistas que no nos habíamos vuelto cínicos fue una época deprimente.

Yo tenía, además, una aguda conciencia (que otros, por experiencia o análisis, sin duda debían tener, o deberían haber tenido) de que no se trataba de un escenario excepcional en la historia del periodismo argentino. El mismo ciclo había ocurrido antes, muchas veces, como el lector comprobará en este libro. Aunque un abismo parecía separar los años de Timerman de este presente —su época había sido aquella de la dominación militar del espacio político; ésta era la segunda década de democracia estable—, ciertos mecanismos y reacciones seguían funcionando del mismo modo, e incluso ciertos protagonistas eran los mismos.

Así, este libro, que había comenzado con una idea muy propia del periodismo argentino de los 90 —dominado por la investigación de casos de corrupción—, se convirtió en otra cosa. En origen, pretendía ser una biografía no autorizada que revelaría los aspectos oscuros de un hombre que exhibía una imagen heroica de sí mismo; hasta cierto punto, un exposé. Terminó, en cambio, siendo una biografía clásica —la vida entera, de comienzo a fin, de un hombre de larga e intensa vida—, un ensayo sobre historia argentina de la segunda mitad del siglo XX, y, sobre todo, una indagación sobre la relación entre la prensa y el poder.

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Unos años después de la salida de Timerman y antes de la aparición de Pecado Original, me crucé en la puerta de un restaurante frecuentado por dirigentes kirchneristas con un columnista del diario Clarín y un operador político cercano al entonces presidente Néstor Kirchner. Todavía no había comenzado su guerra con Clarín. El columnista, a quien no veía hacía mucho tiempo, elogióTimerman (el libro) y condenó a Timerman (el hombre) como «el mayor hijo de puta» del periodismo argentino. El operador, que había sido periodista en su juventud, le retrucó, indignado: «¿El mayor hijo de puta? ¿Cómo podés decir eso, si vos trabajás para Magnetto?» Los dos hombres eran amigos, pero allí mismo, en la vereda, comenzó una dura discusión que anticipaba (aunque entonces no podíamos saberlo) las que se harían tan comunes a partir de 2008, y que darían lugar a rupturas permanentes en las que habían sido largas y estables relaciones de amistad. No se trata, para mí, de comparar moralmente a Timerman con Magnetto, lo que, a mi juicio, no permite extraer conclusiones útiles. Ambos han sido jugadores del mismo juego y ambos entendieron agudamente sus reglas y modos de funcionamiento. Timerman era un hombre brillante, a veces obnubilado por su propia brillantez. Pensaba que era más inteligente que los demás (y, en muchos casos, lo era) y que, montado en su astucia y audacia, superaría todo obstáculo y llegaría tan lejos como quisiera. Pero hay límites en ese juego que no quiso reconocer y, cuando intentó ir más allá, lo pagó caro. Su caída coincidió, no por casualidad, con el salto al primer plano de Clarín, que explotaría con gran éxito, bajo un formato más convencional, el mismo modelo de asociación con el poder. Magnetto era gris donde Timerman brillaba, pero llegó adonde éste no pudo: logró sentarse con presidentes e imponerles sus términos —al menos durante ciertos períodos—. De contador ignoto se convirtió en lí- der y accionista de un gran holding nacional. Pero también en su caso la ambición de ser parte del poder (quizá de una parte desproporcionada) se probó desmesurada.

Había un profundo equívoco en la relación de Magnetto (o de Clarín) con el poder político, un espejismo que Timerman también había sabido aprovechar a su modo: la idea de que el medio (revista, diario, radio, televisión), por su presunta influencia sobre un porcentaje de la opinión pública, puede exigir el pago de un tributo a la política y los avisadores —a los que se deja entender que arriesgan amargas consecuencias (nunca abiertamente admitidas) si ese tributo no llega. La tentación de convertir esta presunta influencia, real o ilusoria, en poder real, está contenida en el mismo modelo.

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