lunes, 8 de julio de 2013


IGLESIA CATÓLICA ¿SIGNOS DE NUEVOS TIEMPOS?

30 de junio de 2013
Fuente: Política y Mundo Ordinario
Escribe Gonzalo Gamio Gehri

Debo reconocer que el mensaje y el estilo del joven Pontificado de Francisco I me simpatizan de un modo particular. Que sea jesuita y latinoamericano me parece muy bien. Que haya puesto en el centro de su ministerio las exigencias de la fe y la justicia – corazón de la tradición jesuita -, así como su vocación explícita por promover una Iglesia pobre y para los pobres – en la línea de Francisco de Asís – constituye sin duda un signo de esperanza para quienes considerábamos que, después de décadas de restauración conservadora al interior de la Iglesia católica, el espíritu del concilio Vaticano II en materia de justicia social y de diálogo con la cultura moderna pudiese volver a manifestarse con tanta nitidez en el discurso y en los gestos. Su invocación a que la jerarquía eclesiástica sea más servidora y menos “principesca” me parece saludable y convergente con el Evangelio. En esta perspectiva, La República indica en una nota que “hace unos días el Papa pidió a los nuncios apostólicos vivir en austeridad y recomendar como obispos a sacerdotes que no sean ambiciosos, pues se corre el riesgo de que privilegien una vida confortable y tranquila”. A buen entendedor, pocas palabras. Su propósito de reformar la curia para enfrentar los problemas actuales de la Iglesia me parece correcto y sensato. Parece rodear su Pontificado un espíritu de renovación y apertura que no podemos sino saludar.

Todo esto lo percibo como signos de nuevos tiempos para la Iglesia católica, así resumiría mi lectura del nuevo papado en este comentario de 29 de junio. Este mensaje va trayendo cambios. El discurso pastoral y teológico sobre la opción preferencial por los pobres – cuya fuente encontramos en los textos proféticos, en los Evangelios y en el magisterio de la Iglesia latinoamericana y universal – recupera la fuerza que tenía en tiempos del concilio y Medellín, y la teología de la liberación encuentra el lugar que merece como una de las grandes vertientes del pensamiento católico contemporáneo. Recientemente, el Vatican Insider, publicación de inspiración conservadora, ha proclamado lo que describe como “el fin de la guerra conla teología de la liberación”, evocando cómo el Papa y G.L. Muller -.el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe - destacan el valor intelectual y espiritual de dicha teología. El Vatican Insider reseña un libro escrito por el propio Muller y su maestro y amigo, Gustavo Gutiérrez, a la vez que destaca la forma en que el presente Pontificado se ha planteado reconocer plenamente los aportes de la teología de la liberación al magisterio de la Iglesia después de un largo período de infundado conflicto.
“Justamente con la llegada del primer Papa latinoamericano surge con mayor fuerza la oportunidad para considerar esos años y esas experiencias sin los condicionamientos de los furores y las polémicas de entonces. Aún alejándose de los ritualismos del “mea culpa” postizos o de las “rehabilitaciones” aparentes, hoy es mucho más fácil reconocer que ciertas vehementes movilizaciones de algunos sectores eclesiales en contra de la teología de la liberación estaban motivadas por ciertas preferencias de orientación política más que por el deseo de custodiar y afirmar la fe de los apóstoles. Los que pagaron la factura fueron los teólogos peruanos y los pastores que estaban completamente sumergidos en la fe evangélica del propio pueblo, que acabaron “triturados” o en la sombra más absoluta. Durante un largo periodo, la hostilidad demostrada hacia la teología de la liberación fue un factor precioso para favorecer brillantes carreras eclesiásticas”.
La página católica celebra la publicación de Gutiérrez y Muller – el texto recuerda que Muller es Doctor Honoris Causa por la Pontificia Universidad Católica del Perú,í mencionándola así, con su nombre completo – como una manera de poner fin a décadas de incomprensión. La nota señala que la Iglesia de Roma reconoce que la teología de la liberación tiene un lugar importante como una fuente de pensamiento eclesial inspirada en el seguimiento de Jesús y en la experiencia histórica y espiritual de la Iglesia latinoamericana.
“Después de haber pasado décadas de batallas y contraposiciones, justamente la amistad entre los dos teólogos (el Prefecto de la Doctrina de la Fe y el que durante un tiempo fue perseguido por el mismo dicasterio doctrinal) alimenta finalmente una óptica capaz de distinguir los obsoletos armazones ideológicos del pasado de la genuina fuente evangélica que impulsaba muchos de los derroteros del catolicismo latinoamericano después del Concilio. Según Müller, justamente Gutiérrez, con sus 85 años (y que planea viajar a Italia y pasarse por Roma en septiembre), ha expresado una reflexión teológica que no se limitaba a las conferencias ni a los cenáculos universitarios, sino que se nutría de la savia de las liturgias celebradas por el sacerdote con los pobres, en las periferias de Lima. Es decir, esa experiencia básica gracias a la que -como dice siempre simple y bíblicamente el mismo Gutiérrez- «ser cristianos significa seguir a Jesús». Es el Señor mismo, añade Müller al comentar la frase de su amigo peruano, quien «nos da la indicación de comprometernos directamente por los pobres. Hacer la verdad nos lleva a estar de parte de los pobres»”.
El documento asume una actitud que me parece saludable y justa. Una actitud convergente con el espíritu de renovación, diálogo y concordia que anuncia el Pontificado de Francisco. El Papa ha anunciado que se avecinan cambios importantes dentro de la Iglesia. Monseñor Pedro Barreto ha comentado recientemente en algunos medios que – de acuerdo a lo expresado por el Papa – estos cambios cruciales alcanzarían a la Iglesia de América Latina y a la Iglesia del Perú. Estas declaraciones han sido recibidas con entusiasmo y esperanza por muchos católicos peruanos que anhelan que el mensaje de Francisco I de una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia dialogante y cercana a la gente se haga carne en el Perú. Una buena noticia sin duda.

Roma y la Teología de la liberación: fin de la guerra

Fuente Vatican Insider
26 de junio de 2013
Escrito por Gianni Valiente


El Prefecto del ex Santo Oficio, Müller, hace un homenaje, bajo el signo de su amistad con el teólogo peruano Gutiérrez


«El movimiento eclesial teológico de América Latina, conocido como “teología de la liberación”, que después del Vaticano II encontró eco en todo el mundo, debe ser considerado, según mi parecer, entre las corrientes más significativas de la teología católica del siglo XX». Quien consagra la teología de la liberación con esta halagadora y perentoria evaluación histórica no es algún representante sudamericano de las estaciones eclesiales del pasado. El “certificado" de validez llega directamente del arzobispo Gerhard Ludwig Müller, actual Prefecto del mismo dicasterio vaticano -la Congregación para la Doctrina de la Fe (CdF)- que durante los años ochenta, siguiendo el impulso del Papa polaco y bajo la guía del entonces cardenal Ratzinger, intervino con dos instrucciones para indicar las desviaciones pastorales y doctrinales que también incluían los caminos que habían tomado las teologías latinoamericanas.

La evaluación sobre la teología de la liberación no es una declaración que se le escapó accidentalmente al actual custodio de la ortodoxia católica. El mismo juicio, meditado, aparece en las densas páginas del volumen del que proviene la cita: una antología de ensayos escrita a cuatro manos, impresa en Alemania en 2004, y que ahora está por se publicada en Italia con el título “De la parte de los pobres, Teología de la liberación, Teología de la Iglesia” (Ediciones Messaggero, Padua, Emi).

El libro hoy irrumpe casi como un acto para clausurar las guerras teológicas del pasado y los residuos bélicos que de tanto en tanto brillan para esparcir alarmas que representan ya intereses ya pretextos. El volumen lleva las firmas del actual responsable del ex Santo Oficio y del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación e inventor de la misma fórmula usada para definir esa corriente teológica, cuyas obras fueron sometidas a exámenes rigurosos durante bastante tiempo por parte de la CdF en su larga estación ratzingeriana, aunque nunca se le haya atribuido ninguna condena.

El libro representa el resultado de un largo camino común. Müller nunca ha ocultado su cercanía a Gustavo Gutiérrez, a quien conoció en 1998 en Lima durante el curso de un seminario de estudios. En 2008, durante la ceremonia para el doctorado honoris causa concedido al teólogo Müller por la Pontificia Universidad Católica del Perú, el entonces obispo de Ratisbona definió como absolutamente ortodoxa la teología de su maestro y amigo peruano. En los meses anteriores al nombramiento de Müller como guía del Dicasterio doctrinal, justamente su relación Gutiérrez fue evocada por algunos como prueba de la no idoneidad del obispo teólogo alemán para el puesto que ocupó (durante 24 años) el entonces cardenal Ratzinger.

En los esnayos de la antología, los dos autores-amigos se complementan recíprocamente. Según Müller, los méritos de la teología de la liberación van más allá del ámbito del catolicismo latinoamericano. El Prefecto indica en que la teología de la liberación ha expresado en el contexto real de la América Latina de las últimas décadas la orientación hacia Jesucristo redentor y liberador que marca cualquier teología auténticamente cristiana, justamente a partir de la insistente predilección evangélica por los pobres. «En este continente», reconoce Müller «la pobreza oprime a los niños, a los ancianos y a los enfermos», e induce a muchos a «considerar la muerte como una escapatoria». Desde sus primeras manifestaciones, la teología de la liberación “obligaba” a las teologías de otras partes a no crear abstracciones sobre las condiciones reales de la vida de los pueblos o de los individuos. Y reconocía en los pobres la «carne misma de Cristo», como ahora repite Papa Francisco.

Justamente con la llegada del primer Papa latinoamericano surge con mayor fuerza la oportunidad para considerar esos años y esas experiencias sin los condicionamientos de los furores y las polémicas de entonces. Aún alejándose de los ritualismos del “mea culpa” postizos o de las “rehabilitaciones” aparentes, hoy es mucho más fácil reconocer que ciertas vehementes movilizaciones de algunos sectores eclesiales en contra de la teología de la liberación estaban motivadas por ciertas preferencias de orientación política más que por el deseo de custodiar y afirmar la fe de los apóstoles. Los que pagaron la factura fueron los teólogos peruanos y los pastores que estaban completamente sumergidos en la fe evangélica del propio pueblo, que acabaron “triturados” o en la sombra más absoluta. Durante un largo periodo, la hostilidad demostrada hacia la teología de la liberación fue un factor precioso para favorecer brillantes carreras eclesiásticas.

En uno de los textos, Müller (que en una entrevista del 27 de diciembre de 2012 había expresado la hipótesis del escenario de un Papa latinoamericano después de Ratzinger) describe sin medias tintas los factores político-religiosos y geopolíticos que condicionaron ciertas “cruzadas” en contra de la teología de la liberación: «Con el sentimiento triunfalista de un capitalismo, que probablemente se consideraba definitivamente victorioso», refiere el Prefecto del dicasterio doctrinal vaticano, «se mezcló también la satisfacción de haber cancelado de esta manera cualquier fundamento o justificación de la teología de la liberación. Se creía que el juego era muy sencillo con ella, arrojándola al mismo conjunto de la violencia revolucionaria y del terrorismo de los grupos marxistas». Müller también cita el documento secreto, preparado para el presidente Reagan por el Comité de Santa Fe en 1980 (es decir cuatro años antes de la primera Instrucción vaticana sobre la teología de la liberación), en el que se solicitaba al gobierno de los Estados Unidos de América que actuara con agresividad en contra de la «Teología de la liberación», culpable de haber transformado a la Iglesia católica en «arma política contra la propiedad privada y el sistema de la producción capitalista». «Es desconcertante en este documento», subraya Müller, «la desfachatez con la que sus redactores, responsables de dictaduras militares brutales y de potentes oligarquías, hacen de sus intereses por la propiedad privada y por el sistema productivo capitalista el parámetro de lo que debe valer como criterio cristiano».

Después de haber pasado décadas de batallas y contraposiciones, justamente la amistad entre los dos teólogos (el Prefecto de la Doctrina de la Fe y el que durante un tiempo fue perseguido por el mismo dicasterio doctrinal) alimenta finalmente una óptica capaz de distinguir los obsoletos armazones ideológicos del pasado de la genuina fuente evangélica que impulsaba muchos de los derroteros del catolicismo latinoamericano después del Concilio. Según Müller, justamente Gutiérrez, con sus 85 años (y que planea viajar a Italia y pasarse por Roma en septiembre), ha expresado una reflexión teológica que no se limitaba a las conferencias ni a los cenáculos universitarios, sino que se nutría de la savia de las liturgias celebradas por el sacerdote con los pobres, en las periferias de Lima. Es decir, esa experiencia básica gracias a la que -como dice siempre simple y bíblicamente el mismo Gutiérrez- «ser cristianos significa seguir a Jesús». Es el Señor mismo, añade Müller al comentar la frase de su amigo peruano, quien «nos da la indicación de comprometernos directamente por los pobres. Hacer la verdad nos lleva a estar de parte de los pobres».


lunes, 10 de junio de 2013


TIMERMAN


Por Graciela Mochkofsky

Original revista Puercoespín

Marzo 2013

“Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder” fue publicado por primera vez en 2003. Se convirtió en un clásico del periodismo y la historiografía argentinas. Diez años más tarde, cuando su tema central, las complejas relaciones entre la prensa y el poder, es materia de uno de los debates públicos más ardientes y relevantes de la actualidad, vuelve a ser lanzado en edición corregida y aumentada. Lo que sigue es un fragmento del prólogo de esta nueva edición, que estará en la calle (en Argentina) a partir de este primer fin de semana de marzo de 2013.
Durante el otoño-invierno de 1998, la época en que lo visité en Punta de Este por última vez, Jacobo Timerman recibía cada mañana, excepto los domingos, a Eliana Vinitsky.

Tenían una rutina. Ella le hacía masajes y luego él pedía a Alma, su ama de llaves, que les sirviera el desayuno en la galería, mirando el jardín. Mientras desayunaban, él hablaba por teléfono con su hijo Héctor, que dirigía la revista trespuntos, o con una de sus editoras, e impresionaba a Eliana, cuarenta años más joven, con su autoridad.

La mayor parte del tiempo, Timerman sufría; Eliana también. Llevaba años trabajando como masajista, se había entrenado en Tailandia y tenía suficiente técnica como para enfrentar cualquier contractura o trauma físico. Pero la espalda de Timerman era una tabla de mármol, y por más que presionara con todo su cuerpo, con manos y codos, con todas sus fuerzas, jamás llegaba a percibir tejido blando alguno. Nunca había visto algo así. Era como templar el acero a mano.

Timerman aullaba de dolor. Cuando lo tocaba y cuando no lo tocaba. Su dolor era crónico, inmortal, irremediable. Su espalda era impenetrable, y hablaban sobre ella. Él lo atribuía a las secuelas de la tortura, a todo lo que le había pasado. Cargaba, se compadecía, con el sufrimiento de toda una vida.

Eliana pensaba soluciones y sugería nuevas ideas, pero no sólo chocaba contra ese muro de espalda sino también contra un escepticismo imbatible. Timerman le replicaba con sorna y palabras hirientes. Eliana se despedía de Alma con los ojos llenos de lágrimas; no estaba segura de volver. El ama de llaves la consolaba: nadie más había durado con él una semana; debía considerar un elogio que la siguiera llamando.

Timerman se fue un día de Punta del Este y Eliana se quedó con el recuerdo de esa batalla contra un pasado terrible.

También ella volvió a Buenos Aires, y el 11 de noviembre de 1999 se encontró con alguien que la retrotrajo a aquellas mañanas crueles. En esos días, a veces acompañaba a Timerman una amiga, una entrerriana simpática, a la que también había hecho masajes.

Fue azar. Eliana visitaba a su padre en el departamento de éste en Arenales y Pellegrini. Lo acompañó a la cochera, y allí se encontró a la entrerriana, que resultó vivir en el mismo edificio. Unas horas antes, le contó Eliana, sorprendida, al saludarla, había encontrado una vieja trespuntos que tenía a Timerman en la tapa (había publicado unos textos que, decía, eran parte de sus memorias). Conversaron un rato y Eliana le dejó su número de teléfono.

Dos horas después, recibió un llamado de su padre. ¿Se había enterado? En la radio decían que Timerman había muerto.

Al rato volvió a sonar el teléfono. Era la entrerriana. ¿Podía acompañarla al velatorio? Ella no había conocido a los hijos de Timerman y no se animaba a ir sola; además, no conocía Belgrano, donde lo velaban, y temía perderse.

Cuando la entrerriana pasó a buscarla, ya había anochecido. En la funeraria, esperaron a que dos hijos de Timerman y un rabino salieran de la pequeña sala y entraron calladamente. Una se ubicó al pie y la otra en la cabecera del cajón cerrado, y, por instinto, apoyaron las manos sobre él.

De inmediato se miraron, los ojos muy abiertos, para confirmar que la otra estaba sintiendo lo mismo: el cajón… temblaba.

Como si contuviera olas, pensó Eliana. Olas que golpeaban con una fuerza tal que el cajón iba a estallar.

Salieron en silencio. Se despidieron y nunca volvieron a verse.

(…)

Inicié la investigación en los últimos meses de 1997 (…)

Pero en los seis años siguientes, el tiempo exacto que medió hasta la aparición de Timerman, las condiciones profesionales del periodismo argentino y mi visión sobre él cambiaron dramáticamente. En esos seis años cubrí para La Nación la llegada al poder de la Alianza y del presidente Fernando de la Rúa, su decepcionante gobierno, su desastrosa caída y la fenomenal crisis subsecuente. Fueron años intensos de formación, en los que realicé, sin darme cuenta al comienzo, una doble operación: como cronista del diario, investigaba a los principales jugadores de la vida política y de la prensa que me eran contemporáneos mientras, como biógrafa, reconstruía la historia del juego mismo en el medio siglo precedente. Esto me dio, en momentos afortunados, una claridad que pocas veces uno consigue cuando está inmerso en la pura acción: la de conectar el pasado, el presente y el futuro del periodismo y del país.

En esos momentos, y pese a toda mi pasión por el oficio, entendía que había idealizado el periodismo; lo que yo creía que era, o debía ser, no se compadecía con lo que ocurría cada día. Una parte importante de mi trabajo cotidiano consistía en una pulseada no ya con aquellos que, desde el poder, querían impedir que trascendieran ciertas acciones y planes que mantenían ocultos —máxima central del oficio: «el periodismo consiste en revelar aquella verdad que alguien no quiere que se revele»—, sino con mis editores, que esperaban que mis artículos encajaran en la visión menos crítica del diario y que sopesaban la información según los intereses editoriales del momento. «Esto que escribiste —me dijo una noche un editor, con mi artículo del día todo subrayado en su escritorio— es impecable. Yo mismo confirmé con las fuentes que la información es verídica». Y agregó, terminante: «No lo vuelvas a hacer». Y otro día, para convencerme de que mi voz crítica caía pesada: «Tenés que ser capaz de ver un pájaro bello y describirlo». Le pedí que me avisara cuando un pájaro bello pasara por allí.

Así, mi trabajo consistía, tal como lo veía entonces, en una doble batalla: con las fuentes, para conseguir la información más veraz posible, y con los editores, para lograr que fuera publicada sin distorsiones. Estas distorsiones, cuando no la censura lisa y llana (que, para ser justa, no experimenté en forma directa, aunque sí retiré la firma de algunos artículos que habían sido modificados de un modo que no me convencía), tenían la función de acomodar la realidad a los intereses —económicos, políticos, ideológicos, lo que fuera— de la empresa dueña del diario en el que se trabajaba (y no me refiero sólo a La Nación). Pero, como buena parte de los periodistas que conozco, me negaba a considerarme una simple empleada y creía que dar batalla contra la posible distorsión introducida por los intereses de la empresa para la que trabajaba era una parte importante de mi responsabilidad. No veía esto como una contradicción, sino como la esencia misma de mi tarea.

Gané muchas batallas, perdí otras. En mi balance personal, llevaba más ganado que perdido, por lo que creía que todo valía la pena. O, en todo caso, encontraba en esa doble batalla una suerte de épica profesional.

Pero la crisis que acabó estallando en 2001 y arrasó con la clase política, el modelo económico entonces imperante, una buena porción de la clase media y mucho más, cobró su precio también a los medios y a los periodistas. Los diarios perdían avisadores drásticamente y, al tiempo que las deudas multimillonarias acumuladas durante su expansión de la década anterior se mantenían en dólares, sus menguados ingresos en pesos se redujeron en un tercio, en 2002, por la devaluación de la moneda. El que debía 100 millones de dólares por la moderna planta impresora conseguida en los años de riqueza seguía debiendo 100 millones de dólares; pero, por cada peso-dólar que antes obtenía de la publicidad privada y oficial y de las ventas, ahora sólo obtenía 30 centavos.

Los empresarios entraron en pánico. Ante la perspectiva de caer en la quiebra, o de ser comprados por sus acreedores, recurrieron al gobierno, a los bancos, a otros empresarios, y comenzaron negociaciones para «salvar» a los medios. Y por supuesto, no había que molestar a quienes se pedía ayuda. En las redacciones se cancelaron las investigaciones y la crítica, salvo contra quienes no tenían poder.

Para los periodistas que no nos habíamos vuelto cínicos fue una época deprimente.

Yo tenía, además, una aguda conciencia (que otros, por experiencia o análisis, sin duda debían tener, o deberían haber tenido) de que no se trataba de un escenario excepcional en la historia del periodismo argentino. El mismo ciclo había ocurrido antes, muchas veces, como el lector comprobará en este libro. Aunque un abismo parecía separar los años de Timerman de este presente —su época había sido aquella de la dominación militar del espacio político; ésta era la segunda década de democracia estable—, ciertos mecanismos y reacciones seguían funcionando del mismo modo, e incluso ciertos protagonistas eran los mismos.

Así, este libro, que había comenzado con una idea muy propia del periodismo argentino de los 90 —dominado por la investigación de casos de corrupción—, se convirtió en otra cosa. En origen, pretendía ser una biografía no autorizada que revelaría los aspectos oscuros de un hombre que exhibía una imagen heroica de sí mismo; hasta cierto punto, un exposé. Terminó, en cambio, siendo una biografía clásica —la vida entera, de comienzo a fin, de un hombre de larga e intensa vida—, un ensayo sobre historia argentina de la segunda mitad del siglo XX, y, sobre todo, una indagación sobre la relación entre la prensa y el poder.

(…)

Unos años después de la salida de Timerman y antes de la aparición de Pecado Original, me crucé en la puerta de un restaurante frecuentado por dirigentes kirchneristas con un columnista del diario Clarín y un operador político cercano al entonces presidente Néstor Kirchner. Todavía no había comenzado su guerra con Clarín. El columnista, a quien no veía hacía mucho tiempo, elogióTimerman (el libro) y condenó a Timerman (el hombre) como «el mayor hijo de puta» del periodismo argentino. El operador, que había sido periodista en su juventud, le retrucó, indignado: «¿El mayor hijo de puta? ¿Cómo podés decir eso, si vos trabajás para Magnetto?» Los dos hombres eran amigos, pero allí mismo, en la vereda, comenzó una dura discusión que anticipaba (aunque entonces no podíamos saberlo) las que se harían tan comunes a partir de 2008, y que darían lugar a rupturas permanentes en las que habían sido largas y estables relaciones de amistad. No se trata, para mí, de comparar moralmente a Timerman con Magnetto, lo que, a mi juicio, no permite extraer conclusiones útiles. Ambos han sido jugadores del mismo juego y ambos entendieron agudamente sus reglas y modos de funcionamiento. Timerman era un hombre brillante, a veces obnubilado por su propia brillantez. Pensaba que era más inteligente que los demás (y, en muchos casos, lo era) y que, montado en su astucia y audacia, superaría todo obstáculo y llegaría tan lejos como quisiera. Pero hay límites en ese juego que no quiso reconocer y, cuando intentó ir más allá, lo pagó caro. Su caída coincidió, no por casualidad, con el salto al primer plano de Clarín, que explotaría con gran éxito, bajo un formato más convencional, el mismo modelo de asociación con el poder. Magnetto era gris donde Timerman brillaba, pero llegó adonde éste no pudo: logró sentarse con presidentes e imponerles sus términos —al menos durante ciertos períodos—. De contador ignoto se convirtió en lí- der y accionista de un gran holding nacional. Pero también en su caso la ambición de ser parte del poder (quizá de una parte desproporcionada) se probó desmesurada.

Había un profundo equívoco en la relación de Magnetto (o de Clarín) con el poder político, un espejismo que Timerman también había sabido aprovechar a su modo: la idea de que el medio (revista, diario, radio, televisión), por su presunta influencia sobre un porcentaje de la opinión pública, puede exigir el pago de un tributo a la política y los avisadores —a los que se deja entender que arriesgan amargas consecuencias (nunca abiertamente admitidas) si ese tributo no llega. La tentación de convertir esta presunta influencia, real o ilusoria, en poder real, está contenida en el mismo modelo.

(…)

La Derrota del Círculo Militar


Original de Revista Velaverde
10 de junio de 2013
Escribe  juan Carlos Tafur

“EL CÍRCULO MILITAR QUE QUIERE CAPTURAR A OLLANTA HUMALA BUSCA, PRECISAMENTE, LA ATMÓSFERA DE IMPUNIDAD PORQUE CREE QUE ASÍ SE PUEDE MOVER MÁS EFICIENTEMENTE. EN ESA PERSPECTIVA, EL INDULTO A FUJIMORI ERA SOLO UN PRETEXTO PARA SEGUIR AUMENTANDO SU PODER. LOS DEMÓCRATAS DEBEN CELEBRAR, POR ELLO, SU DERROTA”.

Hay que saludar que el ala civil democrática del actual régimen se haya podido imponer al sec­tor militar autoritario. El tema del indulto a Fujimori era el último terreno de batalla entre los dos en­tornos que rodean al presidente Ollanta Humala, quien de por sí se debate permanentemente entre la querencia por su institución matriz y el grupo que, nombres más nombres menos, lo condujo al triunfo electoral.

Era un secreto a voces que diversos portavoces del ala castrense propendían al indulto y que sostenían, inclu­sive, reuniones fluidas con allegados a Fujimori. En el fondo, eran conscientes de que dar ese paso hubiese su­puesto una ruptura frontal de Palacio con el grupo civil al que ellos se enfrentan encarnizadamente. Y sabían que ello hubiese conducido a Humala a una alianza inevita­ble con la derecha fujimorista, un pacto que iba a ir más allá de la decisión puntual respecto de la carcelería del exmandatario.

Este sector quería que Humala estableciese un pacto con el fujimorismo para que, a cambio del indulto, pu­diese gozar de un respaldo político inmenso, merced al cual hoy estaría allanado el camino a la pretensión de elegir a Nadine Heredia el 2016 y hoy mismo ya esta­ría cocinada la inhabilitación de Alan García (¿o alguien cree que el fujimorismo se habría hecho pucheros en contribuir a ello si liberaban a su líder?). Humala no solo ha tomado, pues, una decisión respecto al indulto. Son varios los temas que parecen haberse definido esta sema­na. Felizmente esta vez el presidente ha ido en el sentido correcto.

Lo estaban conduciendo al abismo. Si Ollanta Humala hubiese cedido a la presión política y ciudadana que pro­ponía el indulto injustificado de Alberto Fujimori –por­que hay que reconocer que la mayoría lo avalaba–, lejos de tranquilizar al país y consolidar el extraordinario proceso social, económico e institucional que la sociedad peruana transita, lo hubiera hecho estallar por los aires. Humala hubiese roto el consenso precario, pero consenso al fin y al cabo, que el país disfruta.

Es doloroso, sin duda, que un presidente que contri­buyó decisivamente a que las dos grandes calamidades que nos amenazaban en los 90 –el terrorismo y el caos económico– fueran superadas, esté hoy encarcelado, pero eso no es un atenuante. Por el contrario, será un agravante en el juicio histórico que deberá hacerse de esa década (si el modelo se ha logrado preservar, ha sido a pesar de un ánimo social adverso surgido, en gran medi­da, de la herencia nefasta que nos legó Fujimori al haber roto la institucionalidad democrática y haberse zurrado en las cautelas mínimas de la moral pública).

En los últimos meses la sombra militar alrededor de Palacio avanzaba a paso triunfal. Basta revisar la separa­ta de normas legales del diario oficial para darse cuenta que ganaba poder sin freno. La cada vez más precaria presencia del premier Juan Jiménez era el mejor síntoma de ello. Hasta hace unas semanas era casi un holograma. Todo eso ha cambiado o, al menos, ha sido puesto entre paréntesis, no se sabe por cuánto tiempo. Al trabajo político rea­lizado especialmente por el propio Jiménez y el ministro de Defen­sa, Pedro Cateriano, se debe en cierta medida que el presidente Hu­mala haya detenido la espiral militarista.

Mal que bien, la cárcel de Fujimori constituye un recuer­do permanente a nues­tros gobernantes de que hay cosas que no se pueden hacer y que el poder es efímero y se evapora más pronto que tarde. El círculo militar que quiere cap­turar a Ollanta Humala busca, precisamente, la atmósfera de impunidad porque cree que así se puede mover más eficientemente. En esa perspectiva, el indulto a Fujimori era solo un pretexto para seguir aumentando su poder. Los demócratas de­ben celebrar, por ello, su derrota.
JUAN CARLOS TAFUR

Mami, me quieren quitar mi Coca Cola

Sobre Chataras y otros Combos

Original de Revista Velaverde

21 de mayo de 2013
Escrito por  Juan carlos Tafur

¿De verdad alguno de los liberales encendidos que estos días ha decidido romper lanzas en defensa de la libertad suprema en contra de los afanes estatistas del gobierno tramitados a través de la denominada “ley chatarra”, cree que se viene una dictadura alimentaria que nos va a impedir llevarnos a la boca lo que nos venga en gana? ¿Que Cuba y Venezuela se acercan a nuestra sacrosanta mesa? ¿O que el orgullo nacional apoyado en el boom gastronómico corre serio peligro por culpa del proyecto totalitario del régimen?

La verdad es que semejantes ardores merecerían mejor y justificada causa. No podemos si no coincidir en que el mamotreto legal promulgado este viernes, y que pretende proteger a la niñez de alimentos poco saludables, ni siquiera va hacerse efectivo y nuestros imberbes seguirán tragando grasa mezclada con abundante harina y azúcares y sal a mares. Si bien el objetivo es bueno y justificado (estamos ante un problema de salud pública), el medio elegido es un disparate. Pero de allí a creer que se nos viene la noche sombría para las libertades democráticas supone, pues, un dislate mayor.

Casi tan grande como el que encendía las pasiones de calificados integrantes de la alta burguesía limeña, que creían que Humala les iba a quitar su casa de playa si llegaba al poder.

Particularmente, me resulta difícil creer que de la noche a la mañana los copetudos señorones mercantilistas que pueblan nuestros gremios empresariales y las rosáceas señoronas que discriminan a domicilio, se han vuelto cruzados libertarios dispuestos a defender hasta con su vida las parcelas de los derechos individuales.

En general, si el liberalismo peruano quiere agarrar carne y empatar con los afectos populares debiera escoger mejor sus batallas. Si no, bordea los linderos de lo ridículo. Se trata de ecualizar la indignación, habría que aconsejarles a los queridos hipsters de las libertades. Está bien la grita, pero no solo deberían practicarla cuando se afecta a los grandes bolsillos.

Porque si tanto indigna que el Estado se entrometa en asuntos privados, pues hay territorios más acechados que el de las papitas fritas y las gaseosas. Veamos nomás lo que pasa con los derechos de las diversidades sexuales, coartados por los gobiernos secularmente al son del sector ultra de la iglesia católica. Y en ese terreno el silencio predomina. ¿Los “liberales” perdieron la capacidad de indignación? O veamos qué pasa con el uso de métodos anticonceptivos que no se brindan en el sistema de salud pública por presiones de la moral conservadora.

Cómo no vemos igual alboroto cuando se permite que las AFP dispongan de nuestros ahorros coactivamente. O cómo no lo vimos cuando se utilizaron cientos de millones de dólares para salvarle el pellejo a unos cuantos banqueros que no sólo debieron quebrar sino pagar algún tipo de culpa penal. O cuando nos clavan impuestos para subsidiar algún proyecto de inversión privado.

Y no me vengan con que se trata de gritar fuerte a pesar de ser conscientes de que es por un asunto menudo, porque es de naturaleza ejemplar y sirve para hacer sentir que los ciudadanos peruanos no tolerarán que el Estado recupere protagonismo. Lo creeríamos si el tenor fuese el mismo frente a todo afán colectivista.

En el fondo, valga este epílogo, la gran batalla liberal del presente no es contra el populismo, sin dejar de ser ésa una pelea que hay que dar. Es contra el uso y abuso del mercado por parte de las grandes corporaciones empresariales (revísese, por ejemplo, lo que pasa en el sector pesquero o en el farmacéutico). Pero al respecto mutis total. Quizás ello sea demasiado pedir para nuestros liberales de primera generación, a quienes seguramente en adelante se les erizará la piel transidos de orgullo rebelde al darles a sus retoños golosinas, creyendo que al hacerlo participarán del fragor de una gesta disidente o un ejercicio de desobediencia civil frente a la garra totalitaria. En fin.

Juan Carlos Tafur

domingo, 19 de mayo de 2013


DOMINGO DE RAMOS Reconstruyendo el personaje


19 de mayo de 2013

*”El Lenguaje se ha creado para transgredirlo”

Se hace llamar Domingo de Ramos. Aunque ateo está a punto de creer en el Señor de los Milagros. Quizá por la ventura de mantenerlo vivo después de una azarosa vida. Ha sido el único del movimiento ochentero Kloaka que ha permanecido recopilando vivencias en los antros y suburbios. Ahora es inusitamente padre y abuelo de una niña que literalmente es su Cielo. Concertamos una cita en su casa frente a un inmenso parque. Ya dentro me conduce por unos vericuetos oscuros que más parecen los trajinados momentos de su vida. Para concederme una entrevista nos instalamos en dos viejas sillas, mientras que una erguida botella de vino seco adorna el bello atardecer.
Domingo tuvo su inicio literario cuando la sociedad peruana estaba convertida en una cloaca sanguilonenta, con una juventud  admitida como sospechosa por las autoridades, en donde se entremezclaban  la corrupción y la violencia senderista en cuya atmósfera se vieron aplastadas las ilusiones de toda una generación. De ahí su carácter contestatario, que más que antisistema se tornó virulento y anárquico.

Domingo supo descender a los mil infiernos que fueron pilares de esa sociedad decadente y autodestructiva que fue el Perú de los años 80s. Conformó un movimiento poético,  literario y musical que exploraba en las vivencias y padeceres de una juventud castrada de esa felicidad que debiera acompañarla   en ésta etapa de la vida. Tradujo esos pesares y  lo plasmó en versos y prosas. Fue la movida subterránea el clímax de esa época. Fue un momento en que la escritura se desgarró, cuando el lenguaje se tiño de lumpen. Justamente, lo que ahora, treinta años después, está de moda. Los kloakas  se convirtieron en los “causas” letrados, los vanguardistas, los hippies cholos. Al igual que el movimiento literario Beatnik en EE.UU hurgó en los horrores de la guerra de Corea (posteriormente los hippies lo hicieron con la inútil guerra de Vietnam); aquí  los subterráneos intentaron demoler el sistema de injusticias, desgraciadamente fueron aplastados en su intento por una purulenta realidad, esa pesadilla que fue la guerra interna que trastocó la existencia de todos los peruanos.

Mingo, así le llaman sus amigos, nunca fue un alumno destacado en el colegio. La política lo condujo por el camino que ha venido transitando hace más de treinta años.

- Lo que marcó mi destino fue mi afiliación a un partido político de izquierda.

Domingo  de Ramos militó primero en Patria Roja y luego en el PCR. Profesores del naciente Sutep lo invitaron a sesiones de lectura claramente marxistas en donde se estudiaba las contradicciones sociales del momento. Solo tenía 15 años cuando empezó a ser instruido políticamente y cursaba el tercer año de secundaria en el emblemático colegio mixto de San Juan de Miraflores.

Las sesiones de adoctrinamiento o de experimentación con ideas de izquierda duraron dos años. En ese lapso Domingo participó activamente en movilizaciones estudiantiles y de los profesores agrupados en el Sutep. En ese tiempo se juntaron una retahíla de atropellos que la dictadura militar pretendía ejecutar: la vigencia de la nota 11 como mínima aprobatoria, la quinta nota para pasar de año, la pretendida ilegalidad del Sutep como movimiento gremial de los profesores.

D de R llegó a participar activamente en el Comité Coordinador Único del Movimiento Estudiantil Secundario CCUMES. En su barrio de San Juan de Miraflores existía una efervescencia social porque estaba constituido por moradores provenientes de provincias, la mayoría de ellos obreros. La mayoría  de ellos conformaban familias jóvenes y su aspiración era consolidarse con dignidad en una Lima convulsa.

En pleno régimen del dictador Francisco Morales Bermúdez se produjeron los más cruentos enfrentamientos entre la policía y activistas políticos. Un día D de R se unió a un grupo de jóvenes y trabajadores agrupados en el CUL que llevaron adelante las protestas en el histórico paro del 19 de julio de 1977. Se dirigieron en grupo a la zona denominada La Peña en la zona D de SJM con la consigna de bloquear con piedras la av. Pachacutec. Domingo tenía apenas 17 años. Otros adultos hacían lo mismo logrando paralizar la zona. Entonces, de la nada apareció una tanqueta de la Policía con tres policías armados con fusiles Fal. “Mingo” armaba revuelta con su amigo de barrio Jhonny Peñaranda que vivía a dos cuadras de su casa. Jhonny un joven moreno de pelo ensortijado muy castaño; era el típico “sacalagua”. Tenía su “jale” en el barrio por su físico y por ser  muy amiguero. Solía reunirse con su “mancha” en el cruce de las calles Joaquín Bernal y Andrés Guzmán, muy cerca de la casa del profesor Sartori, un viejo dirigente del Sutep.
       ( Ese día, quien relata esta historia, estaba a un par de cuadras de La Peña, en el paradero “Cáceres”. Divisé que uno de los policías que estaba en el techo de la tanqueta rastrilló su arma y disparó sin asco hacia la gente. Llegó hasta mi zona la noticia que había un herido grave. A Jhonny lo ví pasar auxiliado en una motociclista. Una bala le había atravesado el corazón)
Domingo se había salvado. Jhonny “se apareó con la muerte”  tal como lo narró en su poema “Caída de un Adolescente”. Ese incidente caló en aquel  joven que se perfilaba como poeta y marcó el derrotero de su vida: “Mi alma ha muerto, y mi cuerpo le sobrevive”, anunció.

Pasado ese hecho cumbre en su joven existencia, Domingo terminó la secundaria en el Centro Base mixto San Juan. Se concedió dos años sabáticos. En ese periodo probó de todo. “Experimentó” en varios terrenos, incluyendo “drogas pasajeras”. D de R define esa etapa de su vida como “una especie de apertura” en su discurrir juvenil. Pero en ese intermedio no se alejó de su afición política. Esta etapa la describe muy bien quien sería uno de sus grandes amigos, el poeta Roger Santivañez. El cuenta que lo veía esporádicamente en actividades y reuniones semiclandestinas del Sutep.

“Por esos años –cuenta D de R- se inició mi inquietud por la literatura y los discursos. A los 19 años ya tenía claro que lo mío era escribir. Pese a que había ingresado a San Marcos a la Facultad de Sociología”.

La Pequeña Biblioteca
A esta altura de la conversación recalo en el origen de su pasión por las letras. Domingo cuenta que empezó a asistir a una estrecha biblioteca que tenía el local de la asociación de propietarios de la zona A, ubicada a un lado de la Comisaria de SJM. Allí, entre otros hallazgos, encontró la colección completa de Editorial Losada que contenía literatura de Machado, García Lorca y Juan Ramón Jiménez. Antes, como activista político, había incursionado en lecturas como las de  Vallejo y Neruda que eran poetas de izquierda. D de R admite que el hilo conductor por su afición a las letras fue la literatura marxista.

Antes que su vida tome ese rumbo su intención era ser un sociólogo, un estudioso de la realidad, un crítico del status quo, además de contribuir en dar soluciones a los problemas sociales que en esa época eran profundos y complejos. La polarización política era innegable, con una dictadura militar que anunciaba su retirada pero que aplastaba cada vez más a las grandes mayorías. Era el caldo de cultivo perfecto el cual era aprovechado por los dirigentes de la Izquierda peruana.

La Violencia
- La pobreza en esos tiempos (fines de los años 70s) se percibía a cada paso y yo lo experimentaba más conscientemente por la posición revolucionaria que había asumido contra el sistema imperante.

Y para intentar transformar esa realidad ¿eran válidos los métodos violentos también?

- Claro, lo que nosotros denominábamos violencia revolucionaria. Porque lo que vivíamos y seguimos padeciendo es un sistema injusto.

De ello han pasado más de treinta años, ¿cómo notas los cambios en la sociedad, las condiciones han cambiado? ¿Ha variado tu forma de ver el mundo?

- Obviamente, todo ha cambiado, el propio marxismo es cambio: La realidad es dialéctica. Lo que pasa es que las condiciones perduran: sigue habiendo pobreza. En lo político no es igual que hace cuarenta años. Un sector de la izquierda escogió la trinchera parlamentaria, y otro, como Sendero, la lucha armada y fracasaron históricamente. En esas décadas la Izquierda tenía como única meta la toma del Poder para así cambiar a la sociedad.

Entonces, si las condiciones persisten, ¿qué ha pasado con la juventud, sindicatos y organizaciones que suelen empujar un proceso de cambio o revolucionario? Desde los 90s se percibió un aletargamiento de ese espíritu revolucionario.

- Lo que pasó es que el neoliberalismo, con políticas dictatoriales como la de Fujimori, se constituyó en una aplanadora que desarticuló a la Izquierda, de tal forma que hay que aceptar que sufrió una derrota histórica, que en un movimiento social implica 100 años de retraso. No es cualquier derrota. Entonces, una Izquierda aplacada, satanizada y vinculada permanentemente con grupos violentistas no ha podido constituirse en lo que ahora llaman una “Izquierda responsable”. Pero hay que admitir que se fue autolimitando desde que a inicios de los 80s el ARI (Alianza Revolucionaria de Izquierda) se convirtió en una olla de apetitos personales.

Volvamos a tu etapa estudiantil. ¿Una vez en San Marcos, llegaste a concluir la carrera de Sociología?

- No, simplemente porque en esa época era casi imposible estudiar; habían paros, huelgas y en esas condiciones era casi imposible proseguir.

- ¿Y es ahí cuando te vuelcas de lleno a la literatura, a la poesía?

- Sí.

- ¿Cómo decides adentrarte en el lenguaje, a conocer el idioma para manejarlo en tu poesía?

- Yo tenía un origen diferente a mis amigos de universidad. Primero, ellos estudiaban literatura. La mayoría de ellos eran de clase media -alta, con amplio acceso a la cultura, a los libros….En cambio, yo me he forjado en forma autodidacta. Aprovechaba para acudir a las bibliotecas de mis amigos en donde suplía esa orfandad de libros. Allí había lo que me gustaba. Es así que asumo en serio la tarea de escribir perfilándome como poeta.

- ¿A parte de poesía, has hecho periodismo?

- He hecho periodismo, corrección de textos, de todo un poco.

Kloaka
- ¿Es en tus inicios que conoces a los muchachos de Kloaka?

- Claro, en la universidad me convoca Mariela Dreyfus. Muchos de ellos pertenecían a movimientos de Izquierda. Yo era como un lunar ya que todos tenían una extracción social media-alta. Tampoco tenía su formación académica, a parte, ellos provenían de buenos colegios mientras que yo lo hacía de uno fiscal.

- La mayoría de ellos estudiaban Literatura….

- Todos, todos.

- Sobre tu poesía, algunos críticos y académicos opinan que lo tuyo es prosaico, que no respetas las reglas para construir un verso, incluso, la catalogan de marginal.

- En realidad todo es poesía. Lo que pasa es que me he dedicado a hacer poesía desde la visión del migrante, que percibe Lima como un medio hostil y he testificado eso. Al testimoniarlo, no estoy haciendo literatura por literatura, toco temas como el amor, el desamor, la muerte pero desde mi óptica….

- ¿No te interesa respetar la rima en tus versos?

- No me interesa mucho, porque no me sirve para expresar lo que yo quiero; los temas académicos no me suelen interesar, ello no quiere decir que no puedo hacerlo. Puedo escribir un soneto, decasílabos, puedo. La cuestión es que no me ubico allí.

- Tienes un lenguaje poético diferente porque pretendes transmitir otra cosa….

- Claro, esa es una diferencia en todo caso. Yo escribo desde el margen…

El Lenguaje
Jorge Frisancho, escritor y poeta que alguna vez perteneció al Movimiento Kloaka, señala al referirse al lenguaje utilizado en el poema “Pastor de Perros”: “Domingo de Ramos acumula imágenes y versos, quebrando con frecuencia la lógica y la normatividad del discurso poético convencional”.

- ¿Sientes que eres un transgresor para transmitir lo popular? ¿Eres consciente de ello?

- Tengo que salirme del lenguaje “correcto”. No sé si habré creado algo nuevo. Solo sé que quise expresar algo y lo expresé, sin ningún corset ni atadura, para ellos me voy en contra de la sintaxis, contra las puntuaciones, incluso, contra la ortografía. García Márquez dice: hay que escribir como a uno le brota. En ese sentido soy un poeta “sucio” en lo que se refiere al lenguaje.

- ¿No crees que el lenguaje se debe respetar?

- Cuando uno conoce el idioma, el leguaje, puede transgredirlo. El poeta está para eso, para dinamitarlo muchas veces. Uno aprende el lenguaje pero si quiere hacer algo nuevo tiene que enfrentarlo, fusionarlo, proponer una nueva sonoridad. Y esto es fácil comprobarlo: Trilce de Vallejo es un poema que muchos no terminan por entender. De eso se trata, de regodearse, ser una especie de sibarita con el lenguaje.

- Una vez dijiste que el poeta tiene mucho de esquizofrénico…

- El que escribe creando no es la persona del día a día. Escribe tu otro yo, un ser diferente…

- ¿Cómo es tu proceso para escribir? ¿lo haces sobrio, bebiendo, en la soledad?

- Necesito la soledad para escribir; es la llamada “soledad del artista”.

- ¿Y de dónde obtienes las vivencias para transformarlas en poemas?

- De las desavenencias de la vida, de sus cosas absurdas. De las cosas bellas escribo muy poco, no me inspiran mucho. El amor no me inspira mucho pero es importante. La infelicidad te lleva más a escribir que el propio amor y la felicidad misma.

- ¿Has tenido etapas depresivas?

- Soy infeliz a mi modo, no es crónico porque una depresión me hubiese llevado al suicidio. Yo estuve, sin darme cuenta, en una etapa autodestructiva por cerca de 20 años. Desde los 90s, porque antes, en los 80s, mi vida era más dinámica. Existían banderas que no se habían arriado. En los 90s se dieron grandes decepciones. Lo que ayudó mucho a levantarme fue el hecho de enterarme que tenía un hijo y, más aun, una linda nieta. Ello ha hecho volver a mí la esperanza. Aunque en el camino, los baches en la salud perturban.

Al Filo de la Vida
- Las vivencias al filo del peligro que alguna vez contaste ¿dónde las adquiriste?

- En el centro de Lima, básicamente. También en La Victoria, en las zonas “dark” y oscuras de nuestra gran ciudad, plagadas de fumaderos. Es una realidad muy jodida.

- ¿Y lograste sacar algo bueno de esas experiencias, de divagar por la oscuridad?

- Claro, “Pastor de Perros” es una muestra. Es la historia de un “paquetero”, de un vendedor de pasta básica. No es la de un hombre dedicado a pasear perros con su cadenitas. Es un personaje, es un “pastrulo” que muere finalmente. Al ser humano que me inspiró lo vi una vez cruzando la plaza San Martin acompañado de una jauría de perros callejeros. De ahí, de esa imagen, creé el personaje y lo “pastrulié”. En realidad era un hombre que buscaba entre la basura que tenía como veinte perros que lo acompañaban a todos lados.

Lo Moderno
- ¿Tus viajes a Europa, EE.UU por qué no han conseguido cambiar tu forma de ver la vida, no has visto beneficio en la modernidad?

- Cuando tienes ciertos principios arraigados sobre la sociedad, una experiencia así no te hace cambiar; lo ves como una experiencia. William Faulkner decía: cada viaje, así sea un paso, es una experiencia nueva.

- Esos tiempos de viaje, fueron tu época más fructífera?

- Sí, porque cada viaje es una experiencia nueva. Conocer –por ejemplo- la tumba de los poetas que he admirado toda mi vida, las calles y bares por donde anduvieron, es algo invalorable. Respiras y ves lo mismo que, en sus días, disfrutaron Rimbaud en París o Dostoyevski en San Petersburgo.

- Finalmente, tu producción continua…

- Sí estoy esperando que el fondo editorial del Congreso publique mis obras completas, pero no sé qué pasa……

Domingo descorcha un vino seco y la conversa prosigue en otra dimensión. (Escrito por FM)

IMÁGENES:









miércoles, 1 de mayo de 2013


Domingo de Ramos un Primero de Mayo


01 de mayo de 2013


Una voz femenina me pasa con él, es el reconocido poeta Domingo de Ramos,” Mingo” para los amigos. Quedamos en vernos en la puerta de su casa, allá en el histórico parque 6 de agosto de San Juan de Miraflores. Han pasado más de treinta largos años en que nos conocimos en el renombrado Centro Base de SJM. Entrecano y sonriente, pese al agobio de su enfermedad, me recibe, como siempre, con una sonrisa. Le estrecho su mano y su existencia se abre de par en par. Es un tipo querible y además poeta. Por eso es que las más frenéticas aspirantes a poetisas  casi le imploran posar (para las cámaras digitales) con su diminuta figura. “Mingo” tiene en su haber cerca de 5 mil amigos en el Facebook, la mayoría de ellos son jóvenes damas que, supongo, admiran su poesía. Y es que, su forma de describir sus desconsuelos y las virtudes de la experiencia en prosa poética, cala en el alma de hasta el más tosco. Inició sus peripecias en el mundo de la escritura casi literalmente "asaltando el cielo", a mediados de los años 80s, con escritores rebeldes y hoy reconocidos como Roger Santivañez, Jose A. Mazzotti, Mariela Dreyfus, Dalmacia Ruiz- Rosas, entre otros. Asalto al Cielo, a parte de hacer referencia a un anhelo marxista difuminado en la realidad histórica del siglo pasado, fue el nombre de un suplemento irreverente y controversial que dirigió Mazzotti, el hoy Decano en la facultad de Letras de la prestigiosa universidad de Harvard.

La prosa de Domingo ha intentado siempre transmitir los aciagos momentos de los jóvenes y estudiantes de la segunda mitad de la década de los 80s. El Movimiento Kloaka de poesía, del que es cofundador,  asimiló todas las vivencias de los jóvenes de a pie de los 80s. Aquellos aplastados por la crisis económica  generada  por la  dictadura militar y profundizada por el soso gobierno de Belaunde y por el corrupto primer gobierno de García Pérez. 

De Kloaka, Domingo es uno de sus mejores exponentes, diría el más fiel, porque muchos de los que  iniciaron el movimiento contestatario  a la realidad del momento, discurrieron en la poesía más clásica y comercial. Domingo con su pesada pluma insistió en expresar las calamidades del alma de quien se siente aplastado por el sistema. Los de Kloaka nunca se reconocieron anárquicos ni antisistemas, pero su prosa y versos no solo inundaron  la existencia de “anarcos” y los “subtes” ochenteros, sino que resultaron banderas de casi una generación. Fue una movida ecléctica que a varios de sus miembros y seguidores los indujo al limbo de la desesperación por las limitaciones de la sociedad del momento.( ver apéndice Movimiento Kloaka porJuan Zevallos Aguilar).

El Domingo de Ramos que encuentro en este simbólico Día del Trabajador es el artista trastocado por la enfermedad que se afianza en la esperanza de un mañana mejor. Lo encuentro fuerte, afrontando el  bache en su salud.  Todos los que lo conocemos lo queremos fuerte para que siga inundándonos con la simpleza de su sonrisa y lo profundo de sus versos. Salud Mingo.

MÁS +

ARQUITECTURA DEL ESPANTO – 1988
DEL PADRE
Irremediablemente Faustino quebró su arco
Rebuznándose en la mar en su pequeño bote
orlado de anchovetas que le ceñían el pecho
mientras la espuma subía como alcatraz torpe
sobre las rocas y se fue partiendo percudiendo
como dos alas la ambarina luz del sol
gimiendo una imprecación inaudible
a modo de soplo como viene el hombre después de inundar
a la hembra a destrozarse con las aguas un día antes
en las resecas playas en que por primera vez
vi su negra elegancia
y ya no tengo memoria de él con su arco quebrado
sobre las hélices que suben y bajan en su pecho
Y que ahora duermen para siempre Fue mi padre un buen tiempo
en que no creía en ellos Oh consolá consolá me decían antes
los yerros de los vientos al dibujar mi sombra
Qué falsía qué fachada qué cacharro Esa la mía la venérea alta
con que se cubre el rostro de aquel que más quiero
Y qué sentido tienen ya las cruces del camino
qué de los pies áureos resplandeciendo incivilizados
bajo la tierra?
Ya su nombre no resuena no gotea. Y yo ya aprendí a cortar redes
a ser juerte como esposa y deslomado de oficios
golfeando en esta barca las entrañas de la luna
como un animal montaraz escupiendo a la multitud
No sé más que inclinarme en el largo viaje que me espera
Irremediablemente Faustino fue mi padre Irremediablemente
Yo lo Sentencio.
DE LA MADRE
Bendijese oh sí el altar de este catre desnudo
Allí entre velas que calentaban las arrugadas manos de la madre
Vacié todo mi aliento y sobre un puñal de cenizas recordé
La nervuda arena que entraba hasta taparme los pies
torciéndome en un lado diurno y otro oscuro en esta pared
de esteras como plástico barroso que el invierno apaga
y me hablasen de aquella que sobre el polvo me ha hecho
Ella me transida bajaba ululando su tordilla cabellera
por la pendiente haciendo trazos torpes por el peso de la tardanza
O por el sol lastimando sus pómulos su frente sudorosa
Como creí verla al ser arrojado sobre unas sábanas
blancas que amortiguaban mi caída En ese lejano
sembrío de viñas y yo como un recién llegado recibí
estos ecos como si me aserrase el pecho lentamente
entre el rumor de los primus y voces que se cuelan
y hachan las sombrosas telas que aún apañan las hendiduras
del tiempo y ella se levantase y yo en el sitio donde no debo
y me dijiste como un arrebol curtido racha y silente
con que me despierta y aún cegado por lo inesperado
me levanto a tientas a danzar alrededor de su falda
y ella cavilosa y runa contempla el paisaje
donde dirigió su rostro limpio hacia todos los aires
¡Oh ya no será más el aceite tierno de las madrugadas violáceas
ya no seré el hijunagramputa que se incendia falcado
en su regazo y me abrace con su chompa podrida sus cerezos
sus agujas su jardín metálico en que el padre se arrecuesta
como un ocaso mi arrobamiento ante sus palabras necias y dulces
como machacados ajos me llega su llanura sus manos
sus consejos escayolados sobre mi mente que se acrece y se arruga
en tiempos en que me devoran estas faenas impuras y sangrientas
que partían mis noches oh la oscura y china noche como diría
el padre al cerrarse el bar al borde del estribo
una mujer como el día me golpea en la nuca y yo quisiera
al voltear mi tristeza en su tristeza
y bendijese oh sí el altar de este catre desnudo me dé
su inextirpable sonrisa que me azula.

sábado, 2 de marzo de 2013


Javier Diez Canseco, Una Vida en Lucha


A Javier lo conocí en los años más agitados de su lucha; bueno, digamos de su eterna oposición a las conductas lambisconas que acompañan desde hace más de un siglo a la política nacional. Junto a su inseparable pareja, batalló contra la corriente corrupta que siempre ha amalgamado a nuestra derruida política. (Un lenguaje que quizá me asemeja a los peores voceros anarquistas de nuestra choledad).  
Javier siempre fue así. Y eso que me remito a los años ochentas. Hasta los actuales, ese político, que irrita a los oportunistas criollos y lobbistas "modernos", siempre mantuvo esa conducta contestataria a la corrupción. Me consta, y de ello también pueden atestiguar miles de jóvenes a los que él siempre se acercó para inculcarles ideas renovadoras y contrarias a la conducta de los viejos políticos. Ahora afronta la más cruenta de sus luchas. Enfrenta a la vida, en su más crudo escenario. Y el escritor peruano, Eduardo Gonzalez Viaña, radicado en EE.UU, le ofrenda esta semblanza que comparto con ustedes.
Javier, Socialista en el Perú
Escribe: Eduardo Gonzalez Viaña

Pocos lugares hay en el mundo tan peligrosos para tener ideas de izquierda como el Perú democrático.

Me equivoco: Pocos lugares hay en el mundo tan peligrosos para solamente tener ideas como el Perú democrático.

Si quieres participar en la lucha política del país, es más seguro que te juntes a uno de los múltiples clubes de descerebrados (están muriendo los partidos) que pululan en el Congreso y hacen cola para su inscripción frente al jurado nacional de elecciones.

Si quieres participar políticamente y exhibes ideas de izquierda, pero ansías llegar cuanto antes al poder, es mejor que te hagas marxista, pero seguidor del otro Marx, de Groucho, quien solía decir: “Tengo ideas, pero si a usted no le gustan, también tengo estas otras”.

Por ser un hombre de corazón y de acción socialista, el mayor de nuestros poetas, César Vallejo, fue encarcelado en Trujillo. En libertad condicional, viajó a París. No pudo regresar jamás a su patria porque si lo hacía iba a ser enviado de frente a languidecer en alguna prisión infernal.

Todo el mundo conoce a José Carlos Mariátegui. Muchos colegios peruanos llevan su nombre. Su pensamiento es estudiado en las universidades de todo el mundo.

Por su coraje sin revés de hombre de izquierda, se le recordó en vida constantemente y con epítetos perversos el mismo problema físico del que adolece Javier Diez Canseco.

Más aún, un grupo de oficiales del ejército lo atacó físicamente. En su silla de inválido, el pensador brillante y fundador del Partido Comunista fue atacado a golpes y a patadas.

Buen entrenamiento-ensañarse contra un lisiado- para los valientes hombres de armas quienes habían estudiado en la academia cómo hacer la guerra, pero jamás habían participado en una.

En días recientes, amenazaron de muerte al octogenario y también discapacitado periodista de izquierda César Lévano. Tal vez lo hicieron motivados por la envidia contra su inteligencia valiente.

El capitalismo angurriento se ha pasado décadas haciendo creer que su bandera es la del cristianismo. Ya se sabe hoy día que no hay más perverso materialismo que el de los dueños del mundo. Ser socialista, por el contrario, equivale hoy a levantar la cruz del martirio y las ideas del Maestro de Galilea.

Los derechistas hoy se proclaman defensores del mercado. También en eso mienten. La desregulación que ellos proponen, o más bien imponen, conduce al monopolio y al saqueo de las riquezas, o sea a entregar el país y a verter cianuro contra la tierra fértil.

Javier Diez Canseco ha anunciado que padece de una dolorosa enfermedad. Sabemos que le va a hacer frente con la misma intrepidez que ha asumido su pensamiento socialista frente a la persecución, el destierro, las balas y el castigo de los buitres.

Si Javier hubiera renegado de sus ideas o siquiera las hubiera hecho más “pasables” habría conseguido de inmediato el financiamiento de los ricos o el apoyo de los grupos que monopolizan la prensa. Le habrían puesto la presidencia en bandeja… y como dice un famoso político cuyas ideas engordaron demasiado, “la plata llega sola, compadre…”

No es el caso de este hombre que después de haber peleado toda su vida, sigue combatiendo contra “un Estado que no regula ni redistribuye la riqueza vía los tributos. Un Estado castrado de su función social y de garante de derechos fundamentales, servil al sacrosanto mercado dominado por las transnacionales.” (JDC)

¡Resiste, compañero Javier, resiste!… Como en “Masa” te lo decimos con un ruego común: ¡Quédate, hermano!

sábado, 26 de enero de 2013


Emboscados por el destino: Hace 30 años asesinaron a 8 periodistas peruanos y la herida sigue aun abierta


26 de enero de 2013

Como declama el titular, hace exactamente 30 años, un oscuro 26 de enero de 1983, ocho periodistas y dos guias, entre los que se encontraban enviados especiales y corresponsales ayacuchanos, fueron emboscados y muertos por comuneros iquichanos que presumían que las víctimas conformaban una columna de subversivos que venían a pedirles cuenta por refriegas anteriores en donde habían eliminado a uno de los jefes senderistas de la zona. Todo se confabuló para que se produjera la tragedia. Hubo alcohol, suspicacia al extremo alentada por la consigna de jefes militares que ordenaba a los campesinos a rechazar a todo foráneo que se acercara a sus comunidades. Justo ese día y la noche anterior los pobladores de Uchuraccay y poblados menores circundantes se habían trenzado en  discusiones para definir una estrategia de seguridad para enfrentar a las huestes de Sendero que pretendían controlar ese corredor serrano. La asamblea fue dirigida por un misterioso Fortunato Gavilán que nunca fue plenamente identificado. Se enfrascaron en largas discusiones y finalmente acordaron rechazar a todo extraño que se asomara por sus predios. Al final de intensos debates comieron y luego tomaron harto alcohol. En la tarde, trepando la colina, fueron divisados los periodistas, quienes eran guiados por alguien que uno de los comuneros identificó como "cumpa" o senderista. Esa fue la circunstancia mas desgraciada que antecedió a la orgía de desencuentros, presunciones y suspicacias que devino en un baño de sangre contra ocho inocentes que buscaban la verdad en ese calvario de sucesos que empezaba a azotar a la población ayacuchana. Recordemos que los hechos se dieron a inicios de 1983, justamente la época en que la subversión estaba abocada a ganar militantes y bases de apoyo , a las buenas, y principalmente a las malas.

Luego, devino una serie de sucesos que apocaron la persecución de la verdad: hubo una Comisión presidida por el escritor Mario Vargas Llosa que fue inyectada injustamente de sombras como la de su parcialidad e, incluso, en el fragor de la búsqueda para esclarecer la tragedia, se pretendió culpar de la matanza a periodistas de la revistas Caretas quienes habían accedido a un helicóptero para llegar a la zona días después del asesinato masivo de periodistas. Toda una vorágine de presunciones, intrigas, celos y ánimos inculpatorios que alejaron aun más los atisbos de llegar a la verdad de lo sucedido.

En lo personal, me tocó hondamente. Porque uno de los victimados era bausatino, igual que yo. En aquella vez apenas iniciaba mis estudios de periodismo cuando se produjo la tragedia  Ello me hizo definir por una carrera que veía como un pasatiempo o un trampolín para otra. Conocí a la madre del periodista del diario El Observador, Jorge Luis Mendivil. La entrevisté, perseguí sus afanes de esclarecer los hechos. Ví como se le fueron cerrando todas las puertas de la Justicia. Luego la acompañé cuando el juicio fue traído a Lima. Estuve en todas las diligencias.

Tuve frente a frente al principal acusado de instigar la muerte de mis colegas. El Gral EP Clemente Noel salió incólume. El presidente del tribunal que lo juzgó, a él y otros militares y comuneros acusados de perpetrar los hechos, lo absolvió de toda culpa. Solo fueron encontrados culpables tres tristes y desaliñados campesinos, enfermos y acosados por una culpa que nunca supieron desvirtuar. Creo que lo que se produjo en ese remedo de juicio fue una emboscada contra los más débiles para sacar del proceso a los responsables políticos de la matanza. Claro, que objetivamente, nunca se mostraron pruebas que inculparan seriamente a los militares de la zona.

Las hagallas de un verdadero periodista
Willy Retto es el autor de las mas impresionantes imágenes que hayan espectado mis ojos. Tuvo la frialdad, quizá la rabia, de retratar a sus asesinos en el momento justo cuando los periodistas eran interceptados y acusados de ser "senderistas". Creo que sintió el momento como una sentencia. Sabía que no se venía nada bueno y que su destino estaba sellado. Era su presagio y pretendió dejar un testimonio de lo que él sabia hacer, solo que esta vez capturó la noticia de su muerte.Y valla que lo plasmó para la historia. Aquella vez fue su ultima cobertura periodística,  su ultima cita con la noticia, la de su injusto asesinato al lado de sus compañeros de desventura.


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sábado, 22 de diciembre de 2012


Génesis de una Controversia

Fuente Caretas
29 noviembre 2012
Escribe: Hernán A. Couturier Mariátegui *

I Primera parte


Muchos historiadores sostienen que las divergencias entre el Perú y Chile surgieron cuando, allá por la década de 1830, Diego Portales -político chileno que insufló y promovió la rivalidad geopolítica con el Perú por la supremacía en el Pacífico Sur- frustró el espíritu de concordia y cooperación que había caracterizado, hasta entonces, las relaciones entre ambos países. Buenos testimonios de esta armonía son la campaña emancipadora, en la que un importante contingente militar chileno, al mando de Bernardo O´Higgins, acompañó a las huestes argentinas de José de San Martín para liberar al Perú del yugo español, en 1821; así como los cordiales vínculos que fueron establecidos en los albores de nuestra vida independiente.

Sin embargo, hay quienes vislumbran retrospectivamente que la rivalidad y los sentimientos de resquemor de chilenos contra peruanos provienen de mucho más atrás, tan atrás que se remonta a la época de la Conquista y la lucha fratricida entre los mismos conquistadores, cuando “los de Chile” –como se les llamaba a Diego de Almagro y sus seguidores– vieron frustradas sus fantasías de riqueza y poder a causa del choque con una realidad austral que distaba mucho de parecerse siquiera al Imperio Incaico, recién conquistado por Francisco Pizarro, a quien no tuvieron empacho de asesinar en su propio palacio de Lima, nuestro Palacio de Gobierno.

Tampoco deberíamos soslayar el hecho histórico que durante el Incanato los generales cusqueños, temidos en los cuatro Suyos, jamás pudieron domeñar a mapuches y araucanos, quienes hasta ahora son paradigma vivo de altivez y rebeldía para dolor de cabeza de los gobiernos de Santiago.

Las doctrinas portalianas, empero, orientaron durante los siglos XIX y XX, y aún lo hacen a inicios del XXI, esa motivación de la nación chilena contra del Perú, como lo testimonian las campañas expedicionarias de su Ejército, con clara intervención armada en nuestros asuntos internos, al tentar con éxito la destrucción de la Confederación Perú-Boliviana en 1836 y 1839, objetivo geopolítico inicial y de primera magnitud en el proyecto portaliano de consolidar la naciente república chilena a través del menoscabo del Perú, de la expansión territorial hacia el norte y del ansiado predominio naval en el Pacífico Sur.

Este claro proyecto nacional chileno fue brevemente interrumpido por la guerra contra España, en los años 1864-66, en que Chile debió deponer sus designios de poder para, en alianza con el Perú, volver a derrotar los nuevos intentos de conquista de la vieja metrópoli colonial. La experiencia conjunta le sirvió a Chile para apreciar la gran utilidad de contar con un importante poderío naval, que le facilitara el predominio en el océano con fines bélicos y mercantiles.

En su progresión hacia el norte, en busca de nuevas tierras y recursos económicos, observamos cómo discurre la gradual concreción de los objetivos nacionales chilenos.

Así se explica la ocupación virtual de la Provincia Litoral de Bolivia y la consecuente Guerra del Pacífico contra los viejos aliados de la Confederación, quienes de manera asaz errónea pretendieron confiar su defensa en un tratado insubstancial que no contó con la aceptación argentina, por razones que posteriormente le redituaron un gran dividendo a la república del Plata cuando, en medio del conflicto tripartito, logró que Chile le cediera a regañadientes la Patagonia, cuyo territorio resultó siendo varias veces más grande que las conquistadas provincias peruanas de Tarapacá y Arica y la Provincia Litoral de Bolivia.

Esta constante agresión chilena contra dos naciones herederas del Incanato, que son sus vecinas, devino en tiempos de “paz” en actitudes soberbias y arrogantes que, además de materializar el despojo territorial y la imposición de condiciones, siempre pretendieron una superioridad inconducente y contraria al que debió ser un deseo compartido de verdadera paz y concordia.

En una reciente conferencia pública expresé que la Guerra del Pacífico, además de ser un hito determinante y emblemático para el reposicionamiento y la consolidación de las soberanías territoriales de sus protagonistas, significó el ascenso de Chile en términos geopolíticos y de poderío económico, al tiempo que deterioró el liderazgo que hasta entonces ejercía el Perú en nuestra región, afectó seriamente su potencial nacional, permitió la vecindad fronteriza entre el Perú y Chile y dio lugar a una etapa, entre la firma del Tratado de Ancón de 1883 y la del Tratado de Lima de 1929, que se caracterizó por una incesante lucha diplomática para recuperar Tacna y Arica, pero también por los recelos, enconos y desconfianzas que han marcado indeleblemente el talante y la atmósfera que, muy a nuestro pesar, singularizan la relación peruano-chilena signada por el antagonismo y muy poco por la cooperación.

Asimismo, sostuve que, habiendo transcurrido 130 años desde la conclusión de la Guerra del Pacífico, nos resistimos a creer que existe un determinismo vecinal inmutable de carácter conflictivo, pues preferimos pensar que, en la confrontación de las concepciones geopolíticas de Bernardo O’Higgins y de Diego Portales y sus seguidores, habrá de prevalecer en Chile la razón eficiente del primero, con su prédica y con su ejemplo de cooperación, asistencia e integración entre nuestros pueblos y naciones.

En este contexto difuso, contradictorio y marcado por la suspicacia entre nuestras naciones, no obstante, ocurre un acontecimiento de repercusión histórica que habría de marcar un punto de quiebre en el desarrollo del Derecho Internacional y particularmente en la gestación del nuevo Derecho del Mar.

Al término de la II Guerra Mundial, tres pequeños países del Pacífico sudamericano –Perú, Chile y Ecuador– deciden, a partir de 1947, dar un paso inconmensurable en la defensa de sus intereses comunes concernidos en las aguas y los fondos marinos del segmento del Océano Pacífico que les corresponde.

Cada uno, por cuerda separada, proclama a la comunidad internacional que ha decidido extender su soberanía y jurisdicción en su dominio marítimo hasta las 200 millas del mar adyacente a sus costas. De esta inusitada ocurrencia y sus secuelas nos ocuparemos en el próximo artículo. 


La II Guerra Mundial transformó profundamente la estructura del poder internacional y consolidó la hegemonía estratégica y económica de los Estados Unidos.

Como signo de los nuevos tiempos, el presidente norteamericano Harry Truman promulgó, en septiembre de 1945, dos proclamas novedosas.
Una estaba referida a los derechos de jurisdicción y control de los EE.UU. sobre los recursos naturales de su plataforma continental bajo el alta mar, y la otra concernía la reglamentación y control, con fines de conservación y derechos de pesca, de los recursos ictiológicos en zonas del alta mar adyacente a sus costas.

Esas proclamas, sin embargo, no llegaban a establecer extensiones ni límites que excedieran las tres millas clásicas del mar territorial conocido hasta entonces.

Esta iniciativa unilateral del gobierno estadounidense provocó una reacción en cadena.


En los meses siguientes, México, Argentina, Brasil, Panamá, y luego Chile y el Perú, decretaron su soberanía y jurisdicción sobre el zócalo continental y el mar adyacente a sus costas, sin duda más allá de las tres millas susodichas.

En el Perú, la preocupación por el mar y sus recursos, aunque fuera incipiente y poco efectiva, no había estado ausente durante el siglo XIX.
Los gobiernos de Gamarra (1840) y Castilla (1850 y siguientes) llegaron a promulgar dispositivos legales para proteger los recursos marinos y beneficiar a la embrionaria pesquería nacional.

No obstante, antes y después de la II Guerra Mundial, se verificó en las costas del Perú y Chile una verdadera invasión de flotas pesqueras y balleneras foráneas que depredaron sin medida los recursos del Pacífico Sur.

Es así que se produce una reacción entre los empresarios del sector en ambos países, quienes persuaden a sus gobiernos sobre la dación de dispositivos legales que protejan nuestros recursos de la acción depredadora de dichas flotas.

En junio de 1947, el presidente chileno Gabriel Gonzales Videla proclamó la soberanía nacional sobre todo el zócalo continental adyacente a las costas continentales e insulares, así como sobre los mares adyacentes a sus costas, cualquiera fuese su profundidad, reivindicando la protección, conservación y aprovechamiento de todas sus riquezas naturales hasta las 200 millas.

Un mes después, el 1 de agosto de 1947, el presidente José Luis Bustamante y Rivero decretó, a instancias de su canciller Enrique García Sayán, la soberanía y jurisdicción sobre la plataforma submarina o zócalo continental e insular, así como sobre el mar adyacente a las costas del territorio nacional, cualquiera fuese su profundidad, con fines de reservar, proteger, conservar y utilizar sus recursos y riquezas naturales.
El gobierno peruano declara que ejercerá control y protección sobre el mar adyacente hasta las 200 millas de sus costas.

En ambos casos, los respectivos gobiernos garantizaron que con estas declaraciones no pretendían afectar los derechos de libre navegación conforme al Derecho Internacional, dando a entender que la ampliación de dichas aguas jurisdiccionales no era de carácter territorial.

La acción coincidente, aunque individual, del Perú y Chile provocó posteriormente la adhesión del Ecuador, con quien se adoptó, el 18 de agosto de 1952, la Declaración de Santiago sobre Zona Marítima.
En ella, los tres países proclaman la soberanía y jurisdicción exclusivas sobre el mar que baña las costas de sus respectivos territorios, hasta una distancia mínima de 200 millas marinas desde las referidas costas.

La Declaración incluye, también, el reconocimiento al paso inocente e inofensivo de las naves de todas las naciones a través del nuevo dominio marítimo de los tres Estados sudamericanos.


Cabe anotar que esta Declaración, que no cumple ni tiene la formalidad de un tratado y menos aún la de un tratado de límites, solo se refiere –a pedido del Ecuador– a la delimitación del contorno de 200 millas de una isla o grupo de islas, contorno que no podrá sobrepasar o intersectar la zona marítima del país vecino, situación que solo ocurre entre el Perú y Ecuador por la existencia de la islas ecuatorianas de Santa Clara, Puná y La Plata.

Como sabemos, no hay islas en la zona fronteriza peruano-chilena.
El 4 de diciembre de 1954, en Lima, los tres países del Pacífico Sur suscriben el Convenio sobre Zona Especial Marítima Fronteriza, el cual tiene el propósito central de crear dos zonas de tolerancia pesquera entre Ecuador y el Perú, y entre el Perú y Chile.


Estas tendrán una anchura cada una de 20 millas, a fin de evitar incidentes y la aplicación de sanciones a los pescadores que incursionan inadvertidamente en el dominio marítimo del país vecino, tomando como referencia práctica y provisional el paralelo que pasa por el punto de la frontera terrestre que llega a la costa.

Como es sabido, son estos dos instrumentos el fundamento primordial de la argumentación jurídica chilena en favor de la existencia convencional de un presunto límite marítimo entre nuestros dos países.

Chile adicionalmente sostiene que su posición también se basa en la costumbre, esto es el comportamiento o los actos propios observados por el Perú a lo largo de los años, en supuesto acatamiento de dicha frontera marítima fijada arbitrariamente a lo largo del paralelo.


Olvida nuestro vecino que también son actos propios, que le corresponden, la tardía ratificación de este convenio trece años después de su firma, así como su registro en Naciones Unidas en 2004, cincuenta años después de la misma.

Coincidentemente, recién en 1969 Chile comienza a considerar el carácter delimitatorio de ambos documentos, luego de un amplio debate interno entre sus juristas y diplomáticos que tenían serias dudas al respecto.

Es con la llegada abrupta al poder del general Pinochet que se fortalece perentoriamente la tesis de la Marina chilena, que considera absolutamente cerrado el capítulo de la delimitación marítima con el Perú.

Gravitan en esta posición los beneficios económicos y estratégicos que le reporta a Chile el usufructo indebido e injusto de casi 38,000 kilómetros cuadrados que le pertenecen al Perú, de acuerdo a la línea media, equidistante o bisectriz que prescribe la Convención de Derecho del Mar de 1982 y el nuevo Derecho Internacional de la Delimitación Marítima.
A lo largo de las tres décadas posteriores ha sido renovado y persistente el quehacer de la Cancillería para defender los intereses del país en este contencioso, que muchos esperamos sea el último tramo del largo camino hacia la consolidación política y jurídica de nuestro territorio. 

III Tercera parte


Luego de tres conferencias ad hoc de NN.UU., en 1982 se aprueba finalmente en Jamaica la Convención sobre Derecho del Mar (Convemar), la cual es abierta a la firma de todos los países.
De primera intención, 119 Estados la suscriben, entre los cuales no están el Perú ni Chile ni Ecuador.

¿Cómo era posible que no lo hicieran los tres grandes propulsores sudamericanos de las 200 millas y defensores del nuevo Derecho del Mar en el seno de dichas conferencias?

Cada quien tuvo sus razones.

En el caso del Perú, fue producto de una confusa situación derivada de una interpretación errónea de los alcances de la Convemar respecto del mar territorial de 12 millas y la zona económica exclusiva de 188 millas, confusión que inhibió al presidente Fernando Belaunde de aprobar su firma, situación que hasta ahora subsiste.

En la Cancillería peruana esta decisión causó desaliento y preocupación, habida cuenta de la muy importante contribución de los delegados peruanos a la consecución de la Convemar.
Entre ellos, sin duda, destacaron los embajadores Juan Miguel Bákula y Alfonso Arias Schreiber, verdaderos artífices de la misma.

No obstante la singular posición de los tres países, algunas disposiciones consagradas por la Convemar alcanzaron especial relieve.
En particular destacaron las normas para la delimitación de los espacios marítimos de países vecinos y contiguos.

Ya, desde la década de los 70, se habían escuchado en el Perú opiniones llamando la atención sobre la anómala situación de la frontera marítima con Chile, no delimitada formalmente por tratado alguno y bajo un régimen provisorio de carácter pesquero establecido por la Declaración de Santiago de 1952 y la Convención sobre Zona Especial Fronteriza Marítima de 1954.

Este régimen, en la práctica, se orienta por los paralelos geográficos supuestamente hasta las 200 millas, a pesar de que no existía delimitación en la historia conocida que excediera las 3 millas del mar territorial, vigente en ese entonces.

Chile, sin embargo, pretendía ejercer su soberanía marítima hasta el paralelo que pasaba por el punto Concordia, terminus en el mar de la frontera terrestre establecida por el Tratado de Lima de 1929 y la Comisión Mixta de Límites de 1930 integrada por los delegados Federico Basadre (Perú) y Enrique Brieba (Chile).

Los delegados peruanos que atendieron las Conferencias de Mar de NN.UU. en los años 70 y 80, conscientes del problema delimitatorio, procuraron incorporar al texto de la Convemar disposiciones que sirvieran de manera justa y equitativa al propósito de delimitar, en particular, los dominios marítimos del Perú y Chile, habida cuenta que en el caso con Ecuador, por la existencia de islas ecuatorianas y la imposibilidad de cerrar el acceso al Golfo de Guayaquil, la delimitación debía seguir la línea del paralelo.

Cuando en 1982 se aprueba la Convemar, con las normas de delimitación conocidas como línea media, equidistante o bisectriz, se abre una insoslayable oportunidad de plantear la cuestión de la ausencia de frontera marítima definitiva con Chile, mediante negociaciones diplomáticas, evitando así cualquier confrontación inconducente que hubiese supuesto desafiar, en el terreno, la soberanía de facto que Chile ejercía, y aún ejerce, en la zona marítima en disputa.

Hasta entonces, en los gobiernos chilenos, como en los del Perú, salvo determinados sectores, no existía una conciencia clara de la cuestión de los límites marítimos.

Sin duda que esas excepciones eran la Cancillería peruana y la Marina chilena.

Es así como, tan pronto concluye el mandato del presidente Fernando Belaunde en 1985, Allan Wagner, canciller del nuevo gobierno, sostiene conversaciones alusivas a la frontera marítima con su homólogo chileno, el canciller Jaime del Valle, en el curso de una primera visita de acercamiento de nuestro ministro a Arica desde la Guerra del Pacífico.


En seguimiento de ellas, viaja a Santiago el embajador Juan Miguel Bákula, quien, de manera oral y luego escrita, el 23.05.1986, plantea oficialmente al canciller chileno la necesidad de iniciar negociaciones conducentes a la delimitación formal y definitiva de sus respectivos dominios marítimos.

El 19.06.1986, la Cancillería chilena emitió un comunicado de prensa en el que, entre otras cosas, expresó que el ministro Jaime del Valle, “teniendo en consideración las buenas relaciones existentes entre ambos países, tomó nota de lo anterior manifestando que oportunamente se harán estudios sobre el particular”.

Esta admisión chilena del tema marítimo en la agenda bilateral fue, de acuerdo con los trascendidos de la época, causal del término inopinado de Jaime del Valle como canciller de Chile, posiblemente a instancias de su Marina e incluso de una decisión del dictador chileno Augusto Pinochet, motivada por su visión extrema de considerar como casus belli cualquier posibilidad de reabrir la delimitación marítima. Para él, la delimitación había quedado firme y sellada con los documentos de 1952 y 1954.

Después, el enfriamiento de las relaciones como consecuencia del voto peruano en contra de Chile en la Comisión de Derechos Humanos de NN.UU., así como de la frustración de las negociaciones sobre las cláusulas pendientes del Tratado de Lima de 1929, perduró en los años siguientes.

Durante el decenio del presidente Alberto Fujimori, quien tenía sus prioridades, el tema fue encarpetado, en tanto se procuraba concluir la negociación sobre la entrega al Perú del muelle de Arica y sus obras conexas, pendientes desde 1929.

En el año 2000, sin embargo, en la Cancillería peruana se trabajaba intensamente para cuando se presentara la oportunidad de retomar el caso, pues la definitiva delimitación marítima con Chile constituía una firme aspiración institucional del Servicio Diplomático, interpretando así la opinión predominante de amplios sectores nacionales que, además de considerar que los documentos de 1952 y 1954 no eran tratados que hubiesen fijado la delimitación marítima, ven como sumamente injusta e indebida para el Perú la repartija provisional del espacio marítimo fronterizo, que le significa la pérdida de 68,000 km2.


Con el propósito de alcanzar un entendimiento satisfactorio con Chile, en diversas ocasiones se le plantea, sin éxito, ir a la mesa de negociaciones.

Ante su sistemática negativa, se ve por conveniente dar los pasos indispensables que habrían de conducir a la demanda del Perú ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.


Los cancilleres Allan Wagner y Manuel Rodríguez, y el vicecanciller Luis Solari Tudela, implementan los planes proyectados, siendo este último quien recomienda aplicar el Pacto de Bogotá de 1948, vinculante para el Perú y Chile, el cual hace obligatoria la jurisdicción de la Corte de La Haya.

Solari también, en la reunión bilateral de vicecancilleres, celebrada en Santiago el 16.03.2004, plantea por primera vez a Chile la posibilidad de recurrir a la Corte Internacional de Justicia para superar el diferendo marítimo.

Adicionalmente, la Cancillería envía la Convemar al Congreso para considerar su adhesión.

Se promulga entonces la Ley de Líneas de Base Recta y, luego de algunos años, se firma en 2011 el tratado definitivo de delimitación marítima con Ecuador.

No sin dudas iniciales, corresponde al segundo gobierno del presidente Alan García adoptar la importante decisión de interponer la demanda del caso ante el tribunal de La Haya, en seguimiento de una política de Estado. 
(Por: Hernán A. Couturier Mariátegui*)
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* “Diplomático de carrera. Politicólogo, profesor y analista de relaciones internacionales. Embajador en Zimbabwe, Canadá, Bolivia, Brasil y Reino Unido. Representante alterno en NN.UU.