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sábado, 24 de mayo de 2014


Sobre miedo, periodismo y libertad

El único medio del mundo actual para mantener a los poderosos a raya es una prensa libre

22 de mayo de 2014
Fuente original Diario El País de españa
Escrito por Arturo Pérez-Reverte

Hace medio siglo recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 16 años, había decidido ser reportero, y cada tarde, al salir del colegio, empecé a frecuentar la redacción en Cartagena del diario La Verdad. Estaba al frente de esta Pepe Monerri, un clásico de las redacciones locales en los diarios de entonces, escéptico, vivo, humano. Empezó a encargarme cosas menudas, para foguearme, y un día que andaba escaso de personal me encargó que entrevistase al alcalde de la ciudad sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político quizás era demasiado para mí, y que tenía miedo de hacerlo mal, el veterano me miró con mucha fijeza, se echó atrás en el respaldo de la silla, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca: “¿Miedo?... Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.

Pienso en eso a menudo. Y últimamente, en España, más todavía. Ninguna de la media docena de certezas, de lecciones fundamentales que he ido adquiriendo con el tiempo, supera esas palabras que un viejo zorro de redacción dirigió a un inseguro aprendiz de periodista: Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti. Todo el periodismo, su fuerza, su honradez, hasta su épica, se resume en esas magníficas palabras. En esa declaración segura de sí, casi arrogante, formulada por un humilde redactor de provincias.

Miedo, es la palabra. No hay otra. O al menos, no la conozco. Miedo del alcalde correspondiente, o su equivalente, ante el bloc y el bolígrafo, o lo que los sustituya hoy, manejados por una mano profesional, eficaz y honrada en los términos en que el periodismo puede considerarse como tal. He escrito alguna vez, recordando siempre a Pepe Monerri, que el único freno que conocen el político, el financiero o el notable, cuando llegan a situaciones extremas de poder, es el miedo. En un mundo como este, donde las ingenuidades y las simplezas de mecherito en alto y buen rollo a menudo son barajadas por los canallas, como instrumento, y creídas por los tontos útiles que ofician de ganado lanar y carne de cañón, ese es el único freno real. El miedo. Miedo del poderoso a perder la influencia, el privilegio. Miedo a perder la impunidad. A verse enfrentado públicamente a sus contradicciones, a sus manejos, a sus ambiciones, a sus incumplimientos, a sus mentiras, a sus delitos. Sin ese miedo, todo poder se vuelve tiranía. Y el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes de ese saludable miedo, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles.

Nunca en esta democracia, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante en España del periodismo por parte del poder. Aquel objetivo elemental, que era obligar al lector a reflexionar sobre el mundo en el que vivía, proporcionándole datos objetivos con los que conocer este, y análisis complementarios para mejor desarrollar ese conocimiento, casi ha desaparecido. Parecen volver los viejos fantasmas, las sombras siniestras que en los regímenes totalitarios planeaban, y aún lo hacen, sobre las redacciones. Lo peligroso, lo terrible, es que no se trata esta vez de camisas negras, azules, rojas o pardas, fácilmente identificables. La sombra es más peligrosa, pues viene ahora disfrazada de retórica puesta a día, de talante tolerable, de imperativo técnico, de sonrisa democrática. Pero el hecho es el mismo: el poder y cuantos aspiran a conservarlo u obtenerlo un día no están dispuestos a pagar el precio de una prensa libre, y cada vez se niegan a ello con más descaro. Basta ver las ruedas de prensa sin preguntas, el miedo a comparecencias públicas, los debates electorales donde son los políticos y sus equipos, no los periodistas desde la libertad, quienes establecen el formato. Como si hubiera, además, que agradecerles la concesión. Y la sumisión de los periodistas, y de los jefes de esos periodistas, que aceptan ese estado de cosas sin rebelarse, sin protestar, sin plantarse colectivamente, con gallardía profesional, frente a la impune soberbia de una casta a la que, en vez de dar miedo, dan, a menudo, impunidad, garantías y confort.

Aterra la docilidad con la que últimamente, salvo concretas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder. Creo que nunca se ha visto, desde que se restauró la democracia, un periodismo tan agredido por el poder político y financiero. Y nunca se ha visto tanta mansedumbre, tanta resignación en la respuesta. Apenas hay afán por buscar, por investigar, excepto cuando se trata de servir intereses particulares. Entonces, para procurar munición al padrino que a cada cual corresponde o se ha buscado para sobrevivir, entonces sí hay luz verde, y hay medios, hasta que se topa con la línea roja correspondiente a cada cual: la banca, la telefonía, la publicidad, el nacionalismo correspondiente, la Iglesia, tal o cual sigla de partido, lo socialmente correcto llevado hasta extremos de estupidez. Y en pocos casos se trata de hacer reflexionar al lector sobre esto o aquello. Se trata, por lo general, de imponerle una supuesta verdad. Y ese parece ser el triste objetivo del periodismo español de hoy: no ayudar al ciudadano a pensar con libertad. Solo convencerlo. Adoctrinarlo.

España es un lugar con una larga enfermedad histórica que se manifiesta, sobre todo, en un devastador desprecio por la educación y la cultura, y una siniestra falta de respeto intelectual por quien no comparte la misma opinión. Por el adversario. Siempre creí, porque así me lo enseñaron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca son libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier manipulador malvado. A cualquier periodismo deshonestamente mercenario.

Y así, con frecuencia, aquí todo asunto polémico se transforma, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el sentido común. Apenas existe en los medios españoles un debate solvente político, social o cultural merecedores de ese nombre, sino choques de posturas. Diálogos de sordos, a menudo en términos simples, clichés incluidos, de derecha e izquierda. La presencia de nuevas formaciones políticas que buscan espacios distintos no varía la situación. Se sigue buscando situarlas en uno u otro de los tradicionales, como si de ese modo todo fuese más claro. Más definido. Más fácil de entender.

Destaca, significativa y terrible, la necesidad de encasillar. En España parece inconcebible que alguien no milite en algo; y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Aquí, reconocer un mérito al adversario es tan impensable como aceptar una crítica hacia lo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectarismos heredados, asumidos sin análisis. Toda discrepancia te sitúa como enemigo, sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. Y quizá sea de la falta de cultura. De ciudadanos simples surgen políticos simples, como los que muestran esos telediarios en los que, al oír expresarse a algunos políticos casi analfabetos (y casi analfabetas, seamos socialmente correctos), te preguntas: ¿Por quién nos toman? ¿Cómo se atreven a hablar en público? ¿De dónde sacan esa cateta seguridad, esa contumaz desvergüenza?... Sin embargo, la falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes.

Pues bien. Ese “conmigo o contra mí” envenena, también, las redacciones. Los veteranos periodistas recordarán que en los años de la Transición, y hasta mucho después, la línea ideológica, el compromiso activo de un medio informativo, los llevaban el quipo de dirección, columnistas y editorialistas, mientras que los redactores y reporteros de infantería, honrados mercenarios, eran perfectamente intercambiables de un medio a otro. Un periodista podía pasar de Pueblo al Arriba, a Informaciones, a Diario 16 o a El País con toda naturalidad. Incluso redactores de El Alcázar, la ultraderecha de la derecha, tuvieron vidas profesionales en otros medios. Ahora, eso es casi imposible. Las redacciones están tan contaminadas de ideologías o actitudes de la empresa, se exige tanta militancia a la redacción, que hasta el más humilde becario que informa sobre un accidente de carretera se ve en la necesidad de dar en su folio y medio un toquecito, una alusión política, un puntazo en tal o cual dirección, que le garantice, qué remedio, el beneplácito de la autoridad competente. Y ya que hablo de sucesos, está bien recordar que hasta los sucesos, los accidentes, las desgracias, son tratados ahora por los medios, a menudo, según el parentesco político más cercano. Según sea la militancia de los responsables reales o supuestos. Y a veces, hasta de las víctimas.

Apenas hay periodismo político real en España, sino declaraciones de políticos y cuanto en torno a ellos se genera. Raro es el trabajo periodístico que no incluye declaraciones de políticos a favor o en contra, marginando el interés del hecho en sí para derivarlo a lo que el político opina sobre él, aunque esa opinión sea una obviedad o un lugar común, o quien habla maneje mecanismos expresivos o culturales de una simpleza aterradora. Lo que cuenta es que el político esté ahí. Que adobe y remate el asunto. Hasta el silencio de un presidente o un ministro se considera noticia de titulares de prensa. Por modesta o mediocre que sea a veces, la figura del político asfixia a todas las otras. Hasta en la prensa local del más humilde pueblo español, las páginas abundan en politiqueo municipal, convirtiendo cualquier menudo incidente concejil en asunto de supuesto interés público. Los mecanismos internos más aburridos de cualquier formación política importante se examinan hasta el agotamiento. En mi opinión, las horas que un tertuliano de radio o televisión dedica en España a analizar la mecánica interna de los partidos no tienen equivalente en el mundo democrático

Todo eso agota al lector, al oyente, al telespectador. Lo aburre y lo expulsa del debate, haciendo que vuelva la espalda a la política, haciéndolo atrincherarse allí donde las palabras reflexión y lucidez desaparecen por completo. Tampoco ayudan a ello las voces que en ocasiones el periodismo pone sobre la mesa, como algunos tertulianos y opinadores profesionales alineados con tal o cual postura, o que han ido readaptándola cínicamente en los últimos 40 años, de modo que antes de que abran la boca ya sabes, según el individuo y el momento, lo que van a decir. Del mismo modo que reconoces tal o cual emisora de radio, en el acto, por el tono de sus intervinientes, aunque ignores el nombre de estos. Igual que con alguien en la calle, a los pocos minutos de conversación, sabes exactamente que periódico lee o que emisora de radio escucha.

Para cualquier lector atento de varios medios, es evidente que el periodismo en España se ha contaminado de ese ambiente enrarecido, de ese sesgo peligroso que tanto desacredita las instituciones en los últimos tiempos y del que son responsables no solo los políticos, ni los periodistas, sino también algunos jueces demasiado atentos a los mecanismos de la política, el periodismo y la llamada opinión pública. Y tampoco la crisis económica contribuye a las deseadas libertad e independencia. La inversión publicitaria pasó de 2.100 millones de euros en 2007 a menos de 700 en 2013. Eso aumenta la tentación de cobijarse bajo los poderes establecidos, y el periodismo como contrapoder se vuelve un ejercicio peligroso. Por sus propios problemas, algunos medios deciden no ir contra nadie que tenga poder o dinero. Y surge otro serio enemigo del periodismo honrado: la autocensura. Cuando el redactor jefe, en vez de animarte, te frena. Nos gusta ver en las películas cómo periodistas intrépidos consiguen la complicidad y el aliento de sus superiores; pero eso, aunque por fortuna ocurre a veces, no es aquí el caso más frecuente. No se practica con igual entusiasmo en las redacciones, más atentas a notas de prensa de gabinetes que a patear el asfalto. Y así, los partidos, las grandes empresas de la banca, las comunicaciones y la energía, entre otras, aprovechan la dependencia de los medios para dar por supuesta, cuando no imponer, la autocensura en las redacciones.

Supongo que habrá soluciones para eso. Posibilidades de cambio y esperanzas. Pero no es asunto mío buscarlas. No soy sociólogo, ni político. Apenas soy ya periodista. Solo soy un tipo que escribe novelas, que fue reportero en otro tiempo. Y hoy, puesto que aquí me han emplazado a ello, traigo mi visión personal del asunto, parcial, subjetiva, que pueden ustedes olvidar, con todo derecho, en los próximos cinco minutos. La transición del papel a lo digital, los productos de pago en la red, la eventualidad de que nuevos filántropos, capital riesgo y empresarios particulares unan sus esfuerzos para hacer posible un periodismo solvente y de calidad, son posibilidades ilusionantes que sin duda serán abordadas por quienes aún creen que solo un periodismo que pide cuentas al poder, en cualquier forma de soporte inventada o por inventar, tiene futuro. Esa es, y será siempre, la verdadera épica del periodismo y de quienes lo practican: pelear por la verdad, la independencia y la libertad de información pagando el precio del riesgo, en batallas que pueden perderse, pero que también se pueden ganar. Haciendo posible todavía, siempre, que un alcalde, un político, un financiero, un obispo, un poderoso, cuando un periodista se presente ante ellos con un bloc, un bolígrafo, un micrófono o lo que depare el futuro, sigan sintiendo el miedo a la verdad y al periodismo que la defiende. El respeto al único mecanismo social probado, la única garantía: la prensa independiente que mantiene a raya a los malvados y garantiza el futuro de los hombres libres.




jueves, 3 de septiembre de 2009


Periodismo vs Espionaje

A propósito de los "Petroaudios"

El reconocido periodista de investigación Gustavo Gorriti, publica hoy en su columna de Caretas el prólogo de su libro "Petraudios", a ser presentado el lunes 7 de septiembre. Dicho entremés se titula "Espías y periodistas" y en él hace un nutrido análisis sobre la regla de oro del periodista con respecto a la reserva de su fuente.
Sobre el tema, Gorriti escribe sobre las diferencias entre el papel y el status social de los periodistas de investigación y los espías con respecto a la información obtenida:

"Para empezar, hay gran parecido funcional. Periodistas y espías se
esfuerzan por cazar, pescar o recolectar la mejor información posible, en
especial la que tenga mayor relevancia para el Estado o la sociedad. La
diferencia está en la expresión y el destinatario. El espía trabaja para el
Estado o, sobre todo en estos años, para corporaciones; el periodista, por
definición, trabaja para la sociedad. Para el espía, la relación entre
importancia y difusión de la información es inversa: cuanto más importante sea,menos usuarios tendrá; para el periodista es exactamente lo opuesto: cuanto
mejor, más importante y exclusiva, más prominencia y difusión."

A continuación presentamos el trabajo completo de Gorriti publicado hoy en su columna de la revista Caretas.

Espías y Periodistas

Por Gustavo Gorriti Caretas, edición 2094/ 03 de septiembre de 2009

El próximo lunes 7 aparecerá mi libro “Petroaudios”, que relata los pormenores de ese caso. Aunque puede leerse como libro independiente, se trata en realidad de la primera entrega de una investigación mayor. Igual que en los orígenes del periodismo contemporáneo, hemos decidido, con la editorial Planeta, publicar la investigación por entregas. En cada una habrá revelaciones, y la final completará el cuadro. A continuación, les doy un adelanto de parte del prólogo, cuyo título es precisamente el de este artículo.

Todo periodista debe proteger sus fuentes. La metáfora está bien escogida: fuentes. Son los manantiales informativos del periodista en una geografía de escasez y contaminación.
El periodista tiene privilegios reconocidos en la mayor parte de sociedades democráticas para el manejo reservado de la información. No es la única profesión que posee privilegio o deber de reserva: sacerdotes, psicoterapeutas, abogados y banqueros también la tienen, con diversos grados y, a veces, regulaciones.

La analogía y contraposición más interesante en la relación con la información y la reserva es la que contrapone al periodismo con los servicios de inteligencia y, en el terreno individual, a periodistas con espías.
Para empezar, hay gran parecido funcional. Periodistas y espías se esfuerzan por cazar, pescar o recolectar la mejor información posible, en especial la que tenga mayor relevancia para el Estado o la sociedad. La diferencia está en la expresión y el destinatario. El espía trabaja para el Estado o, sobre todo en estos años, para corporaciones; el periodista, por definición, trabaja para la sociedad. Para el espía, la relación entre importancia y difusión de la información es inversa: cuanto más importante sea, menos usuarios tendrá; para el periodista es exactamente lo opuesto: cuanto mejor, más importante y exclusiva, más prominencia y difusión.

La información da poder. Desde esa perspectiva, el espía alimenta el poder de oligarquías, y el periodista, el de democracias. Está claro que un Estado democrático necesita espías, pero aun en ellos, quienes usan la información más poderosa, más secreta cuanto más importante, son el grupo pequeño de mandatarios (o el mandatario) con mayor autoridad: una oligarquía temporal a fin de cuentas. En la misma circunstancia democrática, el periodista contrapesa ese privilegio informativo al publicar información importante y ponerla a disposición de todos. Esa contraposición de objetivos es frecuentemente conflictiva. A veces letal.
El ejemplo más claro de la confrontación entre espías y periodistas, con la información como campo de batalla, fue el que se dio en el régimen de Fujimori entre los espías del Servicio Nacional de Inteligencia (SIN), controlado por Vladimiro Montesinos, y los periodistas de investigación. Fue una lucha por arrebatarse la información para darle en cada caso el uso opuesto. Mantenerla en secreto fortalecía decisivamente a Montesinos y su sistema de gobierno; hacerla pública lo debilitaba y eventualmente lo derrotaba.

Fue una lucha difícil que, con algo de suerte y también torpeza de la otra parte —como sucede en toda guerra—, ganaron los periodistas de investigación.
Pero no debe pensarse que fue una confrontación entre los poderosos servicios de Inteligencia y una prensa indómita, porque no hubo tal. Solo lo fue del SIN contra un puñado escaso de periodistas de investigación y otro más pequeño de medios.

La mayor parte del periodismo —sobre todo los dueños de medios pero también muchos que trabajaron en ellos— colaboró con el régimen y su servicio de Inteligencia o se mantuvo neutral, lo cual ya era en sí una forma de colaboración.
Las analogías, similitudes y, en el caso del Perú, la especial promiscuidad descrita, no solo borraron fronteras sino que, mediante los extraños cruces a que dieron lugar, crearon varios tipos nuevos de periodistas y también de espías.

Los lobos y los perros tienen casi todo en común menos la función, que los enfrenta. Sin embargo, no siempre se matan a dentelladas: a veces dudan, se encuentran y hasta se cruzan.
Siempre ha habido corrupción en el periodismo peruano (y fuera del Perú también, por supuesto). Por alguna razón, quizá por el dulcete pecaminoso de los sobornos, se le conoció entre periodistas como mermelada, y a los periodistas corruptos, como mermeleros.

Pero antes la mermelada era una actividad más bien artesanal. Después de los diez años de gobierno del SIN de Montesinos, el mermeleo ya era industrial.
Quizá no sea justo echarle la culpa de todo al SIN, pero en este proceso jugó un papel protagónico. La oleada masiva de dudosas concesiones y privatizaciones creó, en la gama informativa, nuevas categorías de empleo en las corporaciones: manejadores de imagen, estrategas de comunicación, relacionistas públicos (a veces igualmente privados), con varias especialidades. Una de las más cotizadas fue la prevención de ataques y denuncias en los medios; otra fue la creación de agenda informativa favorable.

Así surgió una nueva categoría de profesionales híbridos, inmunes a la diabetes, que con una variedad sorprendente de matices y estilos circula entre la propaganda, el periodismo y el tráfico informativo mientras hace lo posible por maquillar el hibridaje.(…)
Los más exitosos en ese hibridaje profesional desarrollan cuidadosamente su ventaja mayor: estar bien informados. La siguiente ventaja —que es también un requisito— es estar bien conectados. Por eso, aunque disimuladamente competitivos, son gregarios y se ayudan, se ordeñan, compiten y colaboran entre sí, en congregaciones marcadas por la implícita jerarquía de las remuneraciones.

Ahí, cofrades de circunstancia, se juntan los relacionistas públicos de corporaciones contenciosas con los columnistas con cartera de clientes, con los ejecutivos de empresas de «imagen» y relaciones públicas, con periodistas que luego pondrán un tono catoniano sin que se les corra el maquillaje cuando presenten sus trabajos firmados, con el usual epígrafe de «unidad de investigación» —que es como decir «fuerzas especiales» entre militares—, y que son con frecuencia el resultado de informaciones preparadas para servir los objetivos de quienes les entregaron la información lista y empacada.(…)Así como cambiaron los periodistas, cambiaron también los espías. Aún durante el período de indisputada hegemonía de Montesinos, las privatizaciones y las grandes inversiones que les siguieron —buena parte de ellas logradas gracias a la corrupción y la intervención disyuntiva de Montesinos— necesitaron de aparatos propios de seguridad, información y contrainteligencia.

Casi todos quedaron a cargo de oficiales retirados de las Fuerzas Armadas, especialmente de inteligencia y particularmente de la Marina. En muchos casos se contrató la seguridad corporativa —incluida la inteligencia— a compañías independientes. Aunque parezca innecesario, no sobra añadir que durante la década del noventa toda la seguridad privada, sin importar su tamaño o importancia, sabía que lo que no se podía hacer era antagonizar, provocar o siquiera desagradar al SIN de Montesinos. Sumisión, vasallaje o las dos cosas; pero autonomía, de ninguna manera. Bajo ese esquema, varios prosperaron, mientras que otros, como veremos, fueron aplastados.

Cuando cayó Montesinos, el centro se disgregó, pero se mantuvo un cierto orden. Como el manejo económico apenas sufrió modificaciones y las grandes empresas pasaron de un escenario bueno a otro mejor, sus estructuras de servicios, desde los estudios de abogados hasta sus compañías de seguridad y sus funcionarios de relaciones públicas, permanecieron igual o crecieron.

Pero ya no había SIN, el árbitro de último recurso, con su costosa y centralizada presencia.
Un contingente de espías técnicamente calificados se encontró sin empleador, mientras que jueces, fiscales, dueños de medios y accionistas de empresas quedaban sin alguien que les dijera qué no hacer, qué hacer y por cuánto.

La adaptación no fue difícil. El arte del lobby se hizo más complejo —aunque siempre dentro del ámbito de lo asequible— y requirió mejores servicios profesionales. Como las empresas y estudios de abogados precisaban mejor información, los espías desempleados con capacidad técnica no quedaron mucho tiempo sin trabajo.


miércoles, 6 de mayo de 2009


¿SE ACERCA EL FIN DE LA PRENSA ESCRITA O SU TRANSFORMACIÓN?

Miercoles, 6 de mayo de 2009
¿Es la ‘hora de cierre’ de los periódicos en Estados Unidos?
Crisis de la industria periodística deja en la calle a miles y despierta un debate sobre su rescate y reinvención, así como su impacto en Latinoamérica. Iniciativa legislativa en EE.UU. busca convertir a los diarios en organizaciones sin fines de lucro, y los exoneraría de algunos impuestos.
Enrique Flor, IPYS, Miami.
“Renuncié, te responderé en un correo electrónico”, dijo por teléfono Humberto Castelló el pasado 20 de marzo, al día siguiente de conocerse su salida como director de El Nuevo Herald, uno de los tres periódicos hispanos de mayor circulación en Estados Unidos.
Una semana después, la respuesta no llegó y tras una nueva llamada, Castelló prefirió seguir evadiendo el tema. A pesar de su respetable silencio, es público el desacuerdo de Castelló con los recortes de empleos y reducciones de salarios para ahorrar costos a la compañía, los cuales fueron anunciados por The Miami Herald, diario hermano de El Nuevo Herald, el 11 de marzo.
Se trataba del recorte del 19 por ciento de la fuerza laboral, ante el despido de 175 trabajadores y la eliminación de otras 30 plazas vacantes de los diferentes departamentos de ambos diarios pertenecientes a McClactchy, un conglomerado que es dueño de 30 periódicos en el país.
Sólo en 2008 cerca de 15,400 empleados fueron despedidos o forzados a renunciar, de acuerdo a cálculos compilados por Erica Smith, periodista del St. Louis Post Dispatch, que contabiliza las pérdidas de empleo en el sector.
Y en los tres meses que van de 2009, ya se registran 3 mil nuevos desempleados más, agrega Leonardo Ferreira, profesor y director de estudios de posgrado de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Miami (UM).
“Cuando periódicos tradicionales como el Rocky Mountain News, en Denver Colorado, después de 150 años de existencia cierran por la crisis financiera todo esto habla de una situación muy grave, la crisis que vive la prensa en Estados Unidos es crítica”, afirma Ferreira.
Según él son dos los factores fundamentales que agudizan la crisis de la prensa estadounidense: la crisis económica que soporta el país y el auge de medios alternativos electrónicos.
En el primer caso, de acuerdo con Ferreira, la prensa ha sido afectada por la caída de sus ingresos publicitarios, a raíz de una desaceleración económica en la que la mayoría de industrias ha recortado sus presupuestos de avisaje en diarios.
De acuerdo con la Asociación Nacional de Periódicos de Estados Unidos, los ingresos por publicidad de la prensa cayeron en 18.1% en el último trimestre de 2008. A eso se suma que los periódicos han sufrido una gran pérdida de suscriptores, así como la evidente caída de sus tirajes. Pero además, Ferreira considera que “las divisiones de noticias se diluyeron en un modelo económico del gigantismo, el del gran conglomerado que entró a negocios de entretenimiento, parques de diversiones, telefonía, televisión dramática, cine, etc., que acabaron siendo manejados por abogados y economistas que no entienden de noticias y que terminan debilitando la perspectiva y calidad periodística”.
En segundo lugar, Ferreira explica que existe una desadaptación del periodismo escrito tradicional frente al despegue de Internet.
“La prensa tradicional, que es muy conservadora, todavía no entiende el fenómeno online, y ahora tiene que trabajar sobre la marcha, con presiones económicas muy fuertes”, afirma.
Sin embargo, el investigador puntualiza que Internet aún carece de un modelo económico de autosuficiencia.
“Hasta ahora, de manera general, Internet está dando pérdidas a pesar de los esfuerzos que se están haciendo”, agrega.
Para Mario Diament, profesor y director del programa de posgrado de la Escuela de Periodismo y Medios de Comunicación de la Universidad Internacional de Florida, a los factores antes mencionados se suman otros dos más.
Por un lado, el académico señala que las generaciones más jóvenes en Estados Unidos no leen periódicos. De otro lado, las expectativas de ganancias de los empresarios periodísticos generalmente han sido muy altas. En la mayoría de casos esas expectativas son mayores al 20%.
Proyecto de rescate
Ante el crítico panorama, Diament resalta la iniciativa legislativa para rescatar la industria periodística en Estados Unidos, presentada por el senador demócrata Benjamin Cardin.
Se trata de una propuesta para convertir a los diarios en organizaciones sin fines de lucro denominada “Ley de Revitalización de Periódicos”, que los exoneraría de impuestos por ingresos por publicidad y venta de suscripciones, además de contribuciones para impulsar sus operaciones.
“Para mí no es una propuesta descabellada, creo que algunos periódicos van a considerar la posibilidad de convertirse en organizaciones sin fines de lucro lo cual no significa que sus empleados van a dejar de cobrar”, explica.
“La ley presentada trata de salvar los periódicos en el país apuesta por un modelo algo parecido a la naturaleza de Le Monde, en Francia, el cual posee un modelo cooperativo”, enfatiza Diament.
“Finalmente depende del tipo de producto en el cual se convierta el diario, porque hay teatros que son empresas sin fines de lucro, funcionan muy bien y tienen muchas posibilidades, no tienen ganancias pero pagan muy buenos sueldos”, agrega.
Lo cierto es que en Estados Unidos existen ejemplos de medios financiados por donaciones. Uno de ellos es la Radio Pública Nacional (NPR, por sus siglas en inglés), que suele realizar campañas para la recolección de fondos de la comunidad.
La calidad de los reportajes radiales y el atinado tratamiento de temas de interés público son características que han consolidado a NPR en el dial del país.
Sin embargo, la iniciativa presentada el pasado 24 de marzo, se encuentra en una fase inicial en la Cámara Alta, en Washington, y todavía no logra un respaldo de otros legisladores.
¿Réplica en Latinoamérica?
De acuerdo con Diament, toda esta compleja realidad no necesariamente provocará el fin de la prensa, sino más bien el inicio de una transformación.
“Hay que reconocer que el periódico es un producto del siglo XIX y tiene una complejidad industrial que por su naturaleza hace que no pueda competir noticiosamente con la velocidad de los productos electrónicos. ¡Hace rato que eso no sucede!”
“Hoy en día uno agarra un periódico y sabe todo lo que va a leer, porque lo ha leído el día anterior en Internet; entonces esta fórmula no puede funcionar más”, añade.
Respecto a un potencial impacto negativo en la industria periodística en Latinoamérica, Diament señala que es mucho más factible que ésta tenga mejor suerte de lo que se experimenta en Estados Unidos debido a que, generalmente, la propiedad de los periódicos está en manos de propietarios y familias con criterios no siempre similares al de accionistas de corporaciones y conglomerados que adquieren un medio.
“Aunque en Latinoamérica hay periódicos que han sido comprados, por ejemplo, por corporaciones europeas, la mayoría de diarios sigue estando manejada por empresas familiares o dueños que son más conscientes de que el periodismo no da grandes ganancias”, añade.
Asimismo, Diament afirma que los hábitos de los latinoamericanos, que son muy diferentes de los estadounidenses, favorecen la industria del periódico de papel.
“En América Latina no existe el mismo acceso y la misma frecuencia del online, es menos gente la que usa Internet, de ahí que los periódicos impresos tienen todavía mayor peso y mayor circulación, y por eso no han sentido el impacto de la caída como la han sentido aquí los periódicos estadounidenses".
Remezón en la Academia
Pero si la industria periodística en Estados Unidos está en crisis, la carrera profesional como tal ha sentido un significativo golpe en el país.
De acuerdo con Ferreira, de la UM, ese impacto ha sido fuertísimo.
“El profesor conocedor de la tecnología no es necesariamente periodista, hasta ahora empieza a serlo, y el periodista no suele ser conocedor de la tecnología”, explica el académico de origen colombiano.
“Entonces hay una pugna generacional y lo que está haciendo la universidad es tratar de adaptarse a la nueva generación creando un currículo sobre la marcha, que trate de responder a la crisis y en un momento que tampoco hay dinero para invertir por la disminución de donaciones a las universidades”, detalla.
Al respecto, Ferreira sostiene que esta pugna generacional entre dos escuelas puede resumirse en una anécdota:
El Washington Post, en ese afán por reformarse, decidió contratar a la Escuela de Periodismo de la City University of New York (CUNY) para llevar profesores jóvenes especializados en la plataforma online y los aconsejaran en su edición por Internet, relata Ferreira.
“El problema fue que esa consultaría normalmente la hacía la Universidad de Columbia, y, por primera vez, no la invitaron; entonces hubo un gran debate en el que se decía ‘desde cuándo acá CUNY es mejor o es preferida a Columbia University’, que es la meca del periodismo desde 1912 y del Pulitzer”, cuenta Ferreira.
Aquella elección según el profesor, “fue una cachetada para Columbia University, la escuela tradicional del periodismo".
El profesor señala además una considerable disminución de estudiantes en las escuelas de periodismo, por lo que se viene cuestionando la viabilidad de cursar estudios en una profesión en crisis.
“Hay un temor de que nos vayamos a quedar sin alumnos”, afirma.
De ahí que en 2008 y este año, al menos el programa de posgrado de periodismo de la UM dirigido a profesionales latinoamericanos fue paralizado.
Publicado por Interprensa,boletín de IPYS, 06 de mayo de 2009

domingo, 3 de mayo de 2009


TAMBALEA PRENSA ESCRITA EN ESPAÑA

LA MUERTE DEL PERIÓDICO
Por Enrique Dans
Es domingo, ¿has salido ya a comprar el periódico? Si lo has hecho ya o estabas pensando hacerlo, que sepas que formas parte de una especie en extinción. No porque no haya sido dicho ya en infinidad de ocasiones en los últimos años, que la cosa tiene ya hasta su blog y su Twitter, sino porque el fenómeno se está acelerando hasta tal punto, que lo que originalmente fue una predicción a más de treinta años, ha pasado ya a ser un plazo de tan solo un dígito.
Para algunos, puede que incluso de menos de un dígito: cuestión de decimales. Promotora de Informaciones S.A., también conocida como PRISA, hizo llegar sus cuentas del primer trimestre de 2009 a la CNMV, y lo hizo entre las 22:00 y las 23:00 de la noche del jueves 30 de Abril, víspera del puente de Mayo, intentando minimizar lo más posible el impacto informativo de los resultados presentados. Pero ¿qué resultados son esos que hace falta esconder con tanta premura? Pues ni más ni menos que una caída en ingresos del 30%, de la publicidad en un 36%, y una contracción del EBITDA de un 75%. Entre el primer trimestre del año pasado y éste, el beneficio pasó de los 25.18 millones de euros de entonces a los 2.93 de ahora, una caída del 88.4%. Que se dice pronto. Algunos se refieren ya a PRISA como “ese cadáver mediático andante“, mientras que otros ya directamente les cortan el teléfono por falta de pago. Con ese nivel de beneficios y una tendencia en caída libre, los únicos negocios que sostienen - y mal - a un grupo en estado terminal son los libros de texto de Santillana en el mercado latinoamericano y las regulares pero descendentes cuotas de los abonados de Digital +, precisamente los negocios de los que se tienen a toda prisa que deshacer para intentar hacer frente a una deuda descomunal que nadie quiere refinanciar. El negocio de PRISA, sencillamente, ya no es viable. Con esos ingresos, resulta completamente imposible mantener sus costes. El negocio de la prensa en papel ha cambiado para siempre: solo sobrevivirán aquellos capaces de adaptar su negocio a Internet y vivir en un entorno de total contracción de ingresos y costes, medios nacidos ya directamente en el mundo online o que sean capaces de adaptarse completamente a éste. Los ingresos por publicidad online de PRISA en el primer trimestre del año fueron de unos tres millones de euros, tan solo un 1.5% del total, y eso tras forzar mucho la máquina y presionar a agencias y anunciantes de maneras que no voy a detallar. A eso no se le llama adaptarse, a eso se le llama ser meramente testimonial. La única alternativa que le queda a PRISA es la que menos queremos: que aparezca un caballero blanco llamado Estado y, al mejor estilo de Sarkozy en Francia, enjugue temporalmente sus penas con el dinero de todos. Y ni eso resulta probable.
Las declaraciones de Warren Buffet que vi ayer en BuzzMachine no tienen desperdicio, y menos aún pronunciadas por una persona que tiene inversiones en algunos medios de comunicación y que suele representar bastante bien el pensamiento de muchos de los más importantes fondos de inversión internacionales: “no invertiría en periódicos a ningún precio”:
“The current environment is accentuating problem in newspapers -but it’s not the basic cause. Charlie and I read five a day. We’ll never give them up. We would not buy them at any price. They have the possibility of going to unending losses. They were essential to the public 20 years ago. Their pricing power was essential with customer. They lost the essential nature. The erosion has accelerated dramatically. They were only essential to advertiser as long as essential to reader. No one liked buying ads in the paper - it’s just that they worked. I don’t see anything on the horizon that causes that erosion to end.”
Es lo que hay. Han pasado décadas desde que los periódicos vieron aparecer Internet, y el nivel de adaptación ha sido mínimo. Un periódico de hoy es prácticamente idéntico a uno de 1995, cuando la red empezaba a despertar en su popularidad, y salvo detalles meramente anecdóticos, a uno de 1800. Para un joven de hoy, comprar un pedazo de un árbol muerto sobre el que se han estampado las noticias que sucedieron ayer y sobre el que no se puede hacer clic ni participar de ninguna manera es algo completamente carente de sentido. Y cada día más, ese declive generacional que podría haber dado tiempo a los periódicos a adaptar su modelo de negocio ya no ocurre únicamente con los jóvenes. Yo hace tiempo que dejé de comprar periódicos, y en mi empresa hace años que se pasó de poner dos periódicos - uno económico y uno general - en la mesa de cada directivo, a simplemente dejar un juego de cuatro o cinco en cada local para que quien quiera los coja prestados y para que se entretengan los visitantes si les toca esperar.
Para PRISA, el plazo es, según algunos, de tan solo 15 días. Quince días para conseguir lo que sería un auténtico milagro contra-natura, una refinanciación que supondría el moderno equivalente del timo del tocomocho. Una crisis en caída libre, no solo del modelo de negocio, sino también del modelo de confianza: los lectores no quieren ya noticias filtradas por una línea editorial determinada, con una agenda política establecida y una participación prácticamente nula. ¿Es peligroso para la democracia que los periódicos de papel desaparezcan? ¿Es recomendable traspasar el modelo de lectura de noticias a una pantalla que, según algunos, promueve una lectura menos reflexiva? Son preguntas sin respuesta que quedan en el aire. La crisis de los periódicos no es ni buena ni mala. Ni todo lo contrario. Simplemente es.
Pero, ¿no ibas a bajar a comprar el periódico? Baja, por favor… y guárdalo por si acaso. Puede que acabe teniendo un valor arqueológico interesante.
03 de mayo de 2009, extraído de: http://www.enriquedans.com/

jueves, 19 de marzo de 2009


PERIODISMO DE PERIODISTAS

Le presentamos una discusión entre periodistas peruanos de peso, ocurrida a fines del año pasado y recojida por el blog Utero.TV del periodista Marco Sifuentes.En ella ,se habla de las consecuencias de la dosificación de la información que imponen los grupos económicos propietarios de los medios y de la cada vez más lejana objetividad que se inculca en las aulas.
En seguida,el curtido periodista Juan Gargurevich,alguna vez maestro de la escuela Bausate y Mesa y actual profesor de la San Marcos y la PUCP,nos ofrece su posición sobre el cada vez más frecuente periodismo de periodistas.

La vaca sagrada del periodismo

Por:El "Tío Juan" Gargurevich
Marzo 15, 2009
“La vaca más sagrada de periodismo… es el periodismo mismo” escribió alguna vez, más menos, el famoso George Seldes, pionero del periodismo de investigación en los Estados Unidos. Y era a principios del siglo pasado. Poco después otra leyenda del periodismo del país del norte, Upton Sinclair, comparaba con prostitutas a los periodistas de los grandes diarios neoyorkinos en su ya raro libro “La ficha de bronce”.
Ambos críticos de la prensa llamada de referencia de su tiempo reclamaban a los colegas que fueran capaces de autocriticarse, revisarse, rebelarse ante las imposiciones empresariales que hacían condicionar la información a sus intereses.
Los periodistas argentinos acuñaron el “perro no come perro” para describir la negativa de los colegas del Plata a criticarse. Y en el Perú la frase de Henry Pease “Otorongo no come otorongo” fue más expresiva todavía para evidenciar el falso sentido de solidaridad que hacía que los parlamentarios se protegieran entre ellos bajo el “hoy por tí mañana por mí”.
En nuestro periodismo Rosa María Palacios expresó su desacuerdo con las críticas a los radicales cambios en el diario Perú21 con la frase (no se debe) “Hacer periodismo de periodistas”.
En nuestro medio había un pacto tácito de no agresión por lo menos hasta los años 70 en que las opciones y decisiones velasquistas sobre el periodismo nos separaron de manera tajante porque la competencia no era solo profesional sino partidaria e ideológica.
Más adelante la década del 90 fue testigo de la corrupción generalizada de la prensa que controlaron Fujimori y Montesinos y de los noticieros de TV comprados groseramente por el Asesor Presidencial. Y se debe enfatizar que el periodismo fue el crítico más violento de ese otro periodismo envilecido que desprestigió a la profesión de manera casi irreparable.
Ya no es ahora el periodismo peruano “vaca sagrada” de nadie y menos de los periodistas mismos, que mas bien se han convertido en los jueces principales de lo que consideren desviación de los fines que la sociedad concede a los colegas. No se respeta ya más el “perro no come perro” o como se le llame.
Esa actitud de control y reproche ¿beneficia a la profesión? Puede ser, en la medida en que convierte a los fustigadores en vigilantes de un oficio que exige por encima de todo probidad y como consecuencia credibilidad. Solo faltaría instituir entonces quién vigila a los vigilantes y establecer si tienen las condiciones elementales para ejercer de tales. Antes teníamos instituciones tutelares pero ya no existen más y en consecuencia debemos defendernos solos.