sábado, 29 de enero de 2011


Un mundo distraído

El País de España
BÁRBARA CELIS 
29-01-2011


La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Uno de sus grandes pensadores, Nicholas Carr, da claves de su existencia en el libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? El experto advierte de que se "está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma".



El correo electrónico parpadea con un mensaje inquietante: "Twitter te echa de menos. ¿No tienes curiosidad por saber las muchas cosas que te estás perdiendo? ¡Vuelve!". Ocurre cuando uno deja de entrar asiduamente en la red social: es una anomalía, no cumplir con la norma no escrita de ser un voraz consumidor de twitters hace saltar las alarmas de la empresa, que en su intento por parecer más y más humana, como la mayoría de las herramientas que pueblan nuestra vida digital, nos habla con una cercanía y una calidez que solo puede o enamorarte o indignarte. Nicholas Carr se ríe al escuchar la preocupación de la periodista ante la llegada de este mensaje a su buzón de correo. "Yo no he parado de recibirlos desde el día que suspendí mis cuentas en Facebook y Twitter. No me salí de estas redes sociales porque no me interesen. Al contrario, creo que son muy prácticas, incluso fascinantes, pero precisamente porque su esencia son los micromensajes lanzados sin pausa, su capacidad de distracción es enorme". Y esa distracción constante a la que nos somete nuestra existencia digital, y que según Carr es inherente a las nuevas tecnologías, es sobre la que este autor que fue director del Harvard Business Review y que escribe sobre tecnología desde hace casi dos décadas nos alerta en su tercer libro,Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus).


Cuando Carr (1959) se percató, hace unos años, de que su capacidad de concentración había disminuido, de que leer artículos largos y libros se había convertido en una ardua tarea precisamente para alguien licenciado en Literatura que se había dejado mecer toda su vida por ella, comenzó a preguntarse si la causa no sería precisamente su entrega diaria a las multitareas digitales: pasar muchas horas frente a la computadora, saltando sin cesar de uno a otro programa, de una página de Internet a otra, mientras hablamos por Skype, contestamos a un correo electrónico y ponemos un link en Facebook. Su búsqueda de respuestas le llevó a escribir Superficiales...(antes publicó los polémicos El gran interruptorEl mundo en red, de Edison a Google y Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?), "una oda al tipo de pensamiento que encarna el libro y una llamada de atención respecto a lo que está en juego: el pensamiento lineal, profundo, que incita al pensamiento creativo y que no necesariamente tiene un fin utilitario. La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan". Apoyándose en múltiples estudios científicos que avalan su teoría y remontándose a la célebre frase de Marshall McLuhan "el medio es el mensaje", Carr ahonda en cómo las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad: la creación de la cartografía, del reloj y la más definitiva, la imprenta. Ahora, más de quinientos años después, le ha llegado el turno al efecto Internet.


Pero no hay que equivocarse: Carr no defiende el conservadurismo cultural. Él mismo es un usuario compulsivo de la web y prueba de ello es que no puede evitar despertar a su ordenador durante una breve pausa en la entrevista. Descubierto in fraganti por la periodista, esboza una tímida sonrisa, "¡lo confieso, me has cazado!". Su oficina está en su residencia, una casa sobre las Montañas Rocosas, en las afueras de Boulder (Colorado), rodeada de pinares y silencio, con ciervos que atraviesan las sinuosas carreteras y la portentosa naturaleza estadounidense como principal acompañante.


PREGUNTA. Su libro ha levantado críticas entre periodistas como Nick Bilton, responsable del blog de tecnologíaBits de The New York Times, quien defiende que es mucho más natural para el ser humano diversificar la atención que concentrarla en una sola cosa.


RESPUESTA. Más primitivo o más natural no significa mejor. Leer libros probablemente sea menos natural, pero ¿por qué va a ser peor? Hemos tenido que entrenarnos para conseguirlo, pero a cambio alcanzamos una valiosa capacidad de utilización de nuestra mente que no existía cuando teníamos que estar constantemente alerta ante el exterior muchos siglos atrás. Quizás no debamos volver a ese estado primitivo si eso nos hace perder formas de pensamiento más profundo.


P. Internet invita a moverse constantemente entre contenidos, pero precisamente por eso ofrece una cantidad de información inmensa. Hace apenas dos décadas hubiera sido impensable.


R. Es cierto y eso es muy valioso, pero Internet nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa. Lo que yo defiendo en mi libro es que las diferentes formas de tecnología incentivan diferentes formas de pensamiento y por diferentes razones Internet alienta la multitarea y fomenta muy poco la concentración. Cuando abres un libro te aíslas de todo porque no hay nada más que sus páginas. Cuando enciendes el ordenador te llegan mensajes por todas partes, es una máquina de interrupciones constantes.


P. ¿Pero, en última instancia, cómo utilizamos la web no es una elección personal?


R. Lo es y no lo es. Tú puedes elegir tus tiempos y formas de uso, pero la tecnología te incita a comportarte de una determinada manera. Si en tu trabajo tus colegas te envían treinta e-mails al día y tú decides no mirar el correo, tu carrera sufrirá. La tecnología, como ocurrió con el reloj o la cartografía, no es neutral, cambia las normas sociales e influye en nuestras elecciones.


P. En su libro habla de lo que perdemos y aunque mencione lo que ganamos apenas toca el tema de las redes sociales y cómo gracias a ellas tenemos una herramienta valiosísima para compartir información.


R. Es verdad, la capacidad de compartir se ha multiplicado aunque antes también lo hacíamos. Lo que ocurre con Internet es que la escala, a todos los niveles, se dispara. Y sin duda hay cosas muy positivas. La Red nos permite mostrar nuestras creaciones, compartir nuestros pensamientos, estar en contacto con los amigos y hasta nos ofrece oportunidades laborales. No hay que olvidar que la única razón por la que Internet y las nuevas tecnologías están teniendo tanto efecto en nuestra forma de pensar es porque son útiles, entretenidas y divertidas. Si no lo fueran no nos sentiríamos tan atraídos por ellas y no tendrían efecto sobre nuestra forma de pensar. En el fondo, nadie nos obliga a utilizarlas.


P. Sin embargo, a través de su libro usted parece sugerir que las nuevas tecnologías merman nuestra libertad como individuos...


R. La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma. Google es una base de datos inmensa en la que voluntariamente introducimos información sobre nosotros y a cambio recibimos información cada vez más personalizada y adaptada a nuestros gustos y necesidades. Eso tiene ventajas para el consumidor. Pero todos los pasos que damosonline se convierten en información para empresas y Gobiernos. Y la gran pregunta a la que tendremos que contestar en la próxima década es qué valor le damos a la privacidad y cuánta estamos dispuestos a ceder a cambio de comodidad y beneficios comerciales. Mi sensación es que a la gente le importa poco su privacidad, al menos esa parece ser la tendencia, y si continúa siendo así la gente asumirá y aceptará que siempre están siendo observados y dejándose empujar más y más aún hacia la sociedad de consumo en detrimento de beneficios menos mensurables que van unidos a la privacidad.


P. Entonces... ¿nos dirigimos hacia una sociedad tipo Gran Hermano?


R. Creo que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984. Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones.


P. Wikipedia es un buen ejemplo de colaboración a gran escala impensable antes de Internet. Acaba de cumplir diez años...


R. Wikipedia encierra una contradicción muy clara que reproduce esa tensión inherente a Internet. Comenzó siendo una web completamente abierta pero con el tiempo, para ganar calidad, ha tenido que cerrarse un poco, se han creado jerarquías y formas de control. De ahí que una de sus lecciones sea que la libertad total no funciona demasiado bien. Aparte, no hay duda de su utilidad y creo que ha ganado en calidad y fiabilidad en los últimos años.


P. ¿Y qué opina de proyectos como Google Books? En su libro no parece muy optimista al respecto...


R. Las ventajas de disponer de todos los libros online son innegables. Pero mi preocupación es cómo la tecnología nos incita a leer esos libros. Es diferente el acceso que la forma de uso. Google piensa en función de snippets, pequeños fragmentos de información. No le interesa que permanezcamos horas en la misma página porque pierde toda esa información que le damos sobre nosotros cuando navegamos. Cuando vas a Google Books aparecen iconos y links sobre los que pinchar, el libro deja de serlo para convertirse en otra web. Creo que es ingenuo pensar que los libros no van a cambiar en sus versiones digitales. Ya lo estamos viendo con la aparición de vídeos y otros tipos de media en las propias páginas de Google Books. Y eso ejercerá presión también sobre los escritores. Ya les ocurre a los periodistas con los titulares de las informaciones, sus noticias tienen que ser buscables, atractivas. Internet ha influido en su forma de titular y también podría cambiar la forma de escribir de los escritores. Yo creo que aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro.


P. ¿Cuánto falta para eso?


R. Creo que tardará entre cinco y diez años.


P. Pero aparatos como el Kindle permiten leer muy a gusto y sin distracciones...


R. Es cierto, pero sabemos que en el mundo de las nuevas tecnologías los fabricantes compiten entre ellos y siempre aspiran a ofrecer más que el otro, así que no creo que tarden mucho en hacerlos más y más sofisticados, y por tanto con mayores distracciones.


P. El economista Max Otte afirma que pese a la cantidad de información disponible, estamos más desinformados que nunca y eso está contribuyendo a acercarnos a una forma de neofeudalismo que está destruyendo las clases medias. ¿Está de acuerdo?


R. Hasta cierto punto, sí. Cuando observas cómo el mundo del software ha afectado a la creación de empleo y a la distribución de la riqueza, sin duda las clases medias están sufriendo y la concentración de la riqueza en pocas manos se está acentuando. Es un tema que toqué en mi libro El gran interruptor. El crecimiento que experimentó la clase media tras la II Guerra Mundial se está revirtiendo claramente.


P. Internet también ha creado un nuevo fenómeno, el de las microcelebridades. Todos podemos hacer publicidad de nosotros mismos y hay quien lo persigue con ahínco. ¿Qué le parece esa nueva obsesión por eyo instigado por las nuevas tecnologías?


R. Siempre nos hemos preocupado de la mirada del otro, pero cuando te conviertes en una creación mediática -porque lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje-, cada vez pensamos más como actores que interpretan un papel frente a una audiencia y encapsulamos emociones en pequeños mensajes. ¿Estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual? No lo sé. Me da miedo que poco a poco nos vayamos haciendo más y más uniformes y perdamos rasgos distintivos de nuestras personalidades.


P. ¿Hay alguna receta para salvarnos'?


R. Mi interés como escritor es describir un fenómeno complejo, no hacer libros de autoayuda. En mi opinión, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad. La ciencia habla claro en ese sentido: la habilidad de concentrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más. Yo simplemente me limito a alertar sobre la dirección que estamos tomando y sobre lo que estamos sacrificando al sumergirnos en el mundo digital. Un primer paso para escapar es ser conscientes de ello. Como individuos, quizás aún estemos a tiempo, pero como sociedad creo que no hay marcha atrás. 

jueves, 20 de enero de 2011


Luis Jaime Cisneros partió y nos dejó su sabiduría

Fotos: Gustavo Kanashiro
Homenaje
20 de enero de 2011
Escrito por Eloy Jaúregui
LA ESCRITURA DE LA ETERNIDAD
Hoy 20 de enero las letras peruanas están de luto. El filólogo y lingüista Luis Jaime Cisneros, uno de los intelectuales más destacados del Perú, murió por causas naturales, a los 89 años, informaron sus familiares.
«De algún modo somos hechura de sus esperanzas y sus anhelos.

Por alguna razón, con ellos vinculada, El Perú nos pertenece.
Ese lazo que puede escudar su nombre en la palabra tradición o
patriotismo se nos hace visible a través de modos invisibles».
«Mis trabajos y los días». Luis Jaime Cisneros
Y para Renato y que siga.

Yo recuerdo que decía que don Luis Jaime Cisneros es incansable. Tiene cuajo y vitalidad de añejo. Académico tenaz, hombre de esquina lingüística rozada y admirado profesor-confesor, no le pierde pisada a lo que los de a pie llamamos actualidad. A la pulsión política, a la longevidad llaman un clásico. A su tarea de escritor y a mirar al Perú todavía como un lugar decente para vivir y sobrevivir. Ahora me está observando ahí en su estudio biblioteca con su talante de ser viejo y cada vez más sabio. Este es un homenaje a su brillantez y larga vida.

Este hombre que hoy lleva consigo casi 89 años es universal, pertinaz y desprendido. Uno lo observa y pareciera que esta abrigado por lo apacible de la atmósfera, amén de la luz malva de la tarde que se filtra por las cortinas de su estudio de la enorme biblioteca de su casa en la avenida La Paz en Miraflores, a un tris de la quebrada de Armendáriz. Y ahora me está explicando más que contando de su abuelo, don Luis Benjamín Cisneros, poeta romántico contemporáneo de Ricardo Palma, fundador de la Academia Peruana de la Lengua, un espíritu omnipresente, casi un espectro que nos vigila apacible y sonriente. Y luego habla de su padre -es jodido hablar de los padres—Luis Fernán Cisneros, poeta periodista, diplomático, como buen peruano, desterrado por liberal, demócrata y libre pensador.
De repente, sus ojos adquieren un brillo inusual. Y don Luis Jaime que está confesando que su padre tenía una curiosa actitud para la lágrima. Y en ese tiempo él no lo entendía, era tan seguro y dispuesto. Y luego, cuando aquel hijo cumplió los 50 años recién entendió porque lloran los hombres. Y recuerda una discusión del viejo con un sujeto encerrados en el estudio. A los gritos se dijeron de cosas. Luego explicaría conmovido: “este hombre me ha venido a ofrecer dinero” y de puro valiente se echó a llorar como un niño y se perdió al fondo de la casa. Fue una situación límite ahí delante de toda la familia. Y luego Luis Jaime lo rememora por su humor chispeante y porque leía a voz en cuello, después de los almuerzos, El Quijote, después el ajedrez y más tarde las palabras cruzadas.

Tintineando sobre el escritorio me cuenta que su madre alcanzó una pasión inusitada por la música. El violín, el piano. Y que todos los hijos heredaron ese prodigio y tocan juntos y hasta podían ofrecer un concierto de pe a pa. La familia limeña de pronto se vio embarcada a Buenos Aires. Así Luis Jaime realizó los estudios en escuelas públicas argentinas. Su contacto con la instrucción universal lo fue dotando de una pericia especial por la investigación, las ciencias, las artes. De esta manera también se convirtió en un apasionado por el teatro y las operas. La prensa porteña pasaba por su mejor momento y aquel cotejo de las noticias en los diarios lo hizo un potencial periodista. Sin embargo cuando culminó la secundaría la inclinación por la Medicina casi lo convirtió en otro. Las letras lo salvaron.

Hidalgo, nueva versión
Hablamos entonces esa tarde de El Quijote. Y léase quién fuere lo que nos contamos. Que estando fresca todavía la tinta de impresión, hacia la primera mitad del año de 1605 viajaron, desde la península para América, cientos de ejemplares de la novela del Quijote. A bordo del galeón «Espíritu Santo» y, según cuenta Irving Leonard, doscientos sesenta y dos libros tenían como destino la ciudad de México. Dice también que en la nave «Nuestra Señora del Rosario» venía un encargo mayor. Eran sesenta bultos que un librero de Alcalá de Henares, un tal Juan de Sarriá, remitía a un socio que se había acuartelado en Lima. El valioso recado, que tenía como destino el puerto del Callao, llegó primero a Cartagena de Indias y, de allí, a lomo de mulas, pasó a Portobelo y luego a la ya traficada Panamá.
La historia oficial cuenta que de esta manera el Quijote comenzó sus aventuras por el Nuevo Mundo. Lo que no logró jamás Cervantes lo conseguía su criatura, dice. No obstante, nadie ha podido dar cuenta de qué pasó con los diez bultos que se perdieron en el camino. En realidad, sesentaiseis ejemplares se extraviaron, según ciertos monjes despistados de la orden jesuita, en la frondosidad de la selva centroamericana, producto de un hurto de pájaros sin colores de los que ya no hay más. Otro dato creo que exagera. Según una colectividad nativa -ya desaparecida por la ferocidad de los sicotrópicos duros-, esas moles de palabras atamaladas fueron consumidas por el fuego inexplicable que bajó como melaza de ron de piratas desde la copa de un guayabo, hoy convertido en un muñón sin ramas.
La versión de José Antonio Roldán vendría cierta en aquel tiempo. Cuenta el descubridor de «El limbo de los perdidos», que recogió en la costa de Andros la historia de un sujeto prieto de ojos alucinados, sobreviviente de un naufragio excepcional, aquello que balbuceó más que habló instantes previos a morir de eructos pestíferos: «Deciros a vuestra merced que he bebido en Calango del agua del clavelito y que, aunque parezca afrecho de bruja, no lo es, y ya he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser la naturaleza de los encantos». Que un gaznápiro palurdo hable como la misma inflexión y acento que el mismo don Quijote no ha dejado dudas que los bultos que se extraviaron en el istmo llegaron primero al valle de Mala antes que a las bodegas del socio del tal Juan de Sarriá.
No hay duda que gracias a Cisneros que Don Quijote de la Mancha cabalgaba ya en Lima con tufo a camarones cañetanos como en Toledo o en Villanueva de los Infantes [1], a más velocidad que Rocinante y el rucio de Sancho, que ganaban piso a 31 kilómetros en días de verano y 22 en días de invierno en Castilla. Por eso, su saber supino de tapadas y rosquetes, de cómicos y alcahuetes, de soplones y celestinas, de frailes y bandoleros que en aquel tiempo abundaban en exceso [¡Oh, grande Mónica Sánchez en 'Eva del Edén', está buenaza!] en la Ciudad de los Reyes. Y ya pasaron cuatro siglos y don Quijote goza de buena salud y Lima, bueno, sigue igual.
El médico Cisneros
Y yo le digo que no lo imagino de médico. El afina el humor. Me dice que él tampoco. Pero en Buenos Aires los médicos eran políticos, pintores, líricos y hasta poetas. Luis Jaime estudió cuando se consolidaba la Reforma Universitaria argentina como vanguardia en el continente. Y tuvo como profesores a Amado Alonso, Pedro Henríquez Ureña, Ricardo Rojas, Francisco Romero. Que conoció al Papa Pío XII y a Tagore a quien le tocó su enigmática sotana gris. Y le dio la mano al Príncipe de Gales. E igual, hablaba de tango como de fútbol y hasta de la bomba atómica cayendo sobre el Japón. Que cuando terminó la Segundo Guerra y triunfaron los Aliados, junto con sus compañeros universitarios obligaron al diario bonaerense La Nación a que toque la sirena por horas y, abrigado por los dirigentes de la federación estudiantil, armaron un mitin histórico en la Plaza Francia que no tenía cuando terminar.

Tuvo un hermano militar y hasta ahora no se explica por qué. Luis era menor, se hizo merecedor a una beca del gobierno argentino. Es que era un tipo especial, corajudo y audaz hasta sus cachas. Su madre lo bautizó como el “gaucho” porque cierta vez, a los 7 años se cortó los dedos con una navaja y no lloró de puro guapo. Luis, el “gaucho”, fue de la misma promoción que el general Videla y otros militares que terminaron de golpistas y que insuflaban una inclinación por un orden harto vertical. Luis, al Perú regreso como alférez. Cierto, tenía una virtud, le encantaba la lectura. Por eso en casa a nadie le jodió.
Sus maestros en la facultad de Medicina terminaron de premios Nóbel. El Dr. Bernardo Houssay y el médico Francisco Leroi. Luis Jaime se especializó en cirugía. Su internado lo estaba cumpliendo no muy a gusto en el pabellón de niños e infantes cuando el Dr. Nicolás Romano se dio cuenta de su incomodidad y le enrostró que era un engreído y lo pasó a la galera de ginecología. El practicante Cisneros se quería morir. Otra vez regresó a pediatría. Su maestro le dijo: “Oiga, lo que usted quiere es que el paciente le otorgue el diagnóstico. No Cisneros, es la revés”. Luis Jaime hasta ahora se repite esa llamada de atención. Y que era preferible escuchar y no abrir la boca en vano. Ahora me está mirando, baja los ojos y humilde me confiesa: “Sabe, creo que ese es el secreto de mi habilidad como docente”.
En 1947 la familia retornó y se radicaron en la casa de Miraflores. La medicina quedó como un buen recuerdo para curar las gripes y las tristezas. Luis Jaime retomó sus estudios de filología románica y la literatura. En 1948 se doctora e ingresa a la docencia en la Universidad Católica. Después pasa a dirigir el Instituto de Filología y la Escuela de Periodismo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Continúa en el Instituto Riva Agüero. Cuando se casó supo que había que reforzar la economía familiar y ahí se inicia en el periodismo.
Desde ese tiempo Luis Jaime Cisneros va tallando la imagen de gran maestro. Escritores e investigadores que fueron sus alumnos así lo confirman. Cisneros es el profesor de las grandes cátedras, de la clase ilustrada, de la enseñanza interdisciplinaria. Su prédica se entronca en la comprensión de un país ilegible, siempre utópico. Así, genera seguidores continuos, discípulos perpetuos, alumnos atemporales.
El Quijote en Lima
Cuando la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, como celebración del IV centenario del Quijote, presentaron en la Universidad Católica la Edición Extraordinaria de la obra de Cervantes, publicada por el Grupo Santillana bajo el sello Alfaguara, él estaba ahí. Cierto, era el 2004 y Luis Jaime Cisneros fue el encargado del discurso central. Y el preceptor algo afónico de sabidurías aprovechó para pegar una conferencia magistral sobre Cervantes, el Quijote, Sancho Panza, la textualización infinita, el vuelo de la imaginación, los lenguajes excéntricos concéntricos, el genio alucinado de la lengua, la locura de la lectura encantada, en fin, dijo lo que había que decir (que no se había dicho) y habló lo que hay que hablar cuando de genios se habla. Luis Jaime Cisneros era el mismo Quijote galopando sobre los campos de Castilla y llegó al mar de Barcelona y pasó por Chincha y hasta se detuvo en Surquillo a pegarse unas copas en medio de unas coplas: «Bailan las gitanas/ mírales el rey; / la reina con celos, / mándalas prender...».
Dijo el maestro que la novela no estaba terminada porque cada lector la vuelve a inventar y rescribir. Cada lectura es una aventura, cada uno es un Quijote a su vez y revés. Entonces es fregado, a veces, lidiar con el castellano lejano pero vale la pena porque Cervantes habla de justicia, de poderosos, de humillados, de soberbios y de truhanes. Cuenta de amores y desdichas, de blasfemos y adulones. Y acaso así no es la vida. Y que lo diga Vargas Llosa, quien confesó que no a todo el mundo le puede resultar igual de fácil su lectura, que reconoció que no pudo con la obra la primera vez que intentó leerla en sus años de estudiante, que estaba en el último año de la secundaria cuando intentó leerlo y, simplemente, no pudo [2].
Es sábado en su casa y el teléfono y las visitas no paran. Ahora lo están llamando de la Academia de la Lengua, él como presidente tiene que solucionar un asunto sobre una estrofa apócrifa del Himno Nacional. Y llega uno de sus alumnos y lo apura para que firme una carta de recomendación para la Complutense de Madrid y luego tiene dar curso a un oficio para ser jurado del Himno de Lima. Pero este hombre no se agota.
Se ha levando de su asiento muelle junto a enorme tigre de bengala –Borges habita entre nosotros—y me muestra los originales de su libro Introducción de la Sicopatología del Lenguaje y uno se muere de envidia por la vitalidad de este maestro de la vida que de pronto sintió que tenía mayores motivos para seguir habitando en estos páramos cuando nació Luis Jaime Cisneros III, el hijo de Luis Jaime Cisneros Hammann, su hijo periodista de la agencia francesa AFP, casado con otra periodista, Rafaela León, de los León de esta villa del Señor. Y ahí está el abuelo retozando con el nieto. Y lo miro y él me mira. Y es casi un retrato como aquella vez cuando fui redactor y él director del diario El Observador en los ochenta y todos vivíamos imaginando distinción en aquel tiempo, cuando ser periodista era un lujo del peruano.
Cuando esa vez, a finales de 2004, el maestro Luis Jaime presentó la edición de El Quijote cuatrocientos años más tarde [3] y al cupo y con todos los honores este otro debut, Cisneros dijo en el campus de la Universidad Católica, entre afónico y emocionado: “Cuatro siglos celebramos de este libro. No es fácil hacerse a la idea pero vale la pena intentarlo [...] Propongo reflexionar por lo que significaba por entonces asumir empresa semejante. Estamos ante Cervantes descubriéndose a sí mismo. La novedad consiste en mostrarse como hombre preocupado por el libro que el propio lector tiene entre manos. Lo inesperado [y por lo tanto, lo realmente novedoso] es que le mismo lector se sienta un poco protagonista o testigo de todo ello, por cuanto con él es la cosa; para él esta confesando Cervantes todo el maremagno que lo embarga”.
Entonces, yo escribí una crónica a la sazón en el diario Perú 21. Él, maestro sencillo y frecuente, me envío un correo electrónico que a la letra [digital] decía así: “Sí mi amigo, es verdad: cada vez que leo el libro descubro algo nuevo. Y he pensado con Ortega, que es porque cada vez que lo leo, mi circunstancia se encarga del marco y los matices. ¿Usted se imagina hoy a Sancho en el Congreso, aplaudido a rabiar por los Valdez y los Pachecos y los Mufarech y los otros de cuyo nombre no puedo acordarme? Ya somos dos los que abiertamente nos confesamos lectores: el año entrante seremos más. Un abrazo: Luis Jaime Cisneros V”.
Ha caído la noche en Miraflores. Me despido, dejo al maestro sumido en su nieto de 8 meses que no para de sonreírle. Él alza la mirada, me dice adiós y yo le deseo solamente la eternidad.

[1] Villanueva de los Infantes es aquel lugar de cuyo nombre no quería acordarse Cervantes, según desvela un estudio realizado por un equipo científico de la Universidad Complutense.
[2] «La cantidad de palabras cuyo significado no entendía y el tipo de retórica en que estaba escrito el libro prácticamente lo alejaron del Quijote», ha dicho sin vergüenza.
[3] Bajo el sello de Alfaguara, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua, apareció simultáneamente en todo el planeta en edición popular.

jueves, 13 de enero de 2011


De escritores y suicidas


La vida es esa maravillosa experiencia creada por Dios. Recreada por algún Dios, para los que aun dudan de la existencia de un creador. Pero para algunos resulta una carga muy pesada. Un lastre que no distingue posición ni ubicación en las categorías supuestamente más felices; que atormenta a quienes se sienten incomprendidos.

Los psiquiatras opinan que para el infeliz la soledad es una permanente compañera, así el individuo este rodeado de gente. Esa tenue melancolía, sin motivación alguna,  atormenta, muchas veces inconscientemente, a los que perciben la vida como una eterna  letanía.

Para llegar a ese estado, seguramente, algo o mucho ha debido suceder para que esa mente se sienta atormentada por vacios y carencias.

El permanente afán de Jaime Bayly  por tirar al tacho su relación con el mundo, no hace sino corroborar la tesis  de que el depresivo es un “taliban” enfurecido consigo  mismo, capaz de inmolarse con tal de acallar con el pasado que lo persigue. Su caso debe ser desentrañado con la ayuda de quienes dicen amarlo y de un buen psiquiatra.

El propio Mario Vargas Llosa, desde otro punto de vista, ha justificado la muerte cuando la vida se convierte en un suplicio. Abogó en el pasado por el médico estadounidense que ayudo a suicidarse a enfermos terminales que suplicaron su ayuda.

Entonces, esta tendencia, de un desprecio a la vida cuando ésta se convierte en una experiencia  tormentosa, pareciera una corriente filosófica entre los escritores, esos elucubradores que requieren de lozanía y un aparente estado de felicidad permanente para producir y disipar sus mentes de historias y fábulas.

José María Arguedas es un caso latente en este año que se cumplen cien años de su nacimiento. “Mis fuerzas han declinado creo irremediablemente” alcanzó a escribir el gran escritor en lo que se constituyó en un grito final de auxilio que nadie supo oír.

Justamente, esas señales de alerta que lanzan aquellos que tienen el cerebro químicamente desbalanceado, y el alma depredada por el hastío y la insoslayable soledad, casi nunca son reconocidas por su entorno. Más aun, contribuyen, sin proponérselo, a que la víctima se hunda de tumbo en tumbo en un abismo sin retorno.


La pregunta flota: cómo recuperar la ilusión de vivir en aquellos que muestran un desdén por su existencia y que amenazan,entre líneas, no acompañarnos más; cómo descubrir esa tendencia suicida en quienes ni siquiera perciben que tienen ese virus incrustado en el alma. Un reto que tenemos para salvar a algunos de nuestros mejores escribidores e, incluso, a aquellos seres queridos que  se apartan del diario trajinar para zambullirse en un sendero de autodestrucción.

viernes, 7 de enero de 2011


PAÍS DE PENDEJOS



Medio Perú se quedó pasmado al ver a un chofer de bus interprovincial filmado manejando, seguramente a más de 100 km por hora, mientras comía de un taper algún alimento extra que suelen obsequiarle los dueños de restaurantes del camino.

Si juntáramos los videos caseros de avisados ciudadanos, espadachines solitarios de lo lógico en un país que se precia de civilizado, completaríamos un documental de una sociedad minada por una plaga de “achorados” y sinvergüenzas, que hacen lo que les viene en gana, en las narices de las autoridades. Y eso que aun nadie ha filmado a decenas de choferes de combis, cousters y taxis que luego de almorzar se atreven a dormir una siesta entrecortada por los leds en los semáforos de la ciudad.

Quién no ha tomado un taxi y a medio viaje se ha dado cuenta que el conductor esta chateando con su celular o leyendo un periódico, cuando debería estar atento a las incidencias del caótico transito limeño. En fin, son incidencias del diario devenir de nuestra ciudad, plagada, para su mal, de estos desquiciados al volante que juegan a diario a la ruleta rusa, solo que en lugar de ponerle balas a la pistola, exponen ciudadanos cansados de clamar por cordura y seguridad.

 Mientras tanto, la ciudad continúa desguarnecida. Los policías, que deberían prevenir el delito en las unidades motorizadas que el Estado les otorga, con su respectivo presupuesto de gasolina, o están estacionados en una sombrita o simplemente permanecen en sus cuarteles. Todo con el oscuro afán de ahorrar la mayor cantidad de combustible y repartirse lo presupuestado.Y todo esto en las narices de los organismos contralores, llámese Inspectoría de la Policia, etc, etc,etc.

 O bien están haciendo retenes de autos en zonas escondidas para extorsionar a quienes carecen de algún elemento dictado por los reglamentos de transito, o abandonan la ciudad para jugarse una pichanguita (con “fulvaso” incluido) como acaba de registrarse en Trujillo. Toda una vergüenza.

 Mientras tanto, la ciudad se desangra con las arremetidas de las pandillas y los crueles asaltos de los “marcas”, convenientemente agazapados en las afueras de las agencias bancarias sin que nadie se atreva a interferir en sus intenciones. A parte, las bandas de delincuentes de menor rango afinan sus planes, en esquinas, bares y restaurantes que la policía conoce pero desiste en intervenir por oscuros intereses.

 A estas alturas, solo cabe aguardar que Dios nos coja confesado, o que a algún iluminado se le permita cambiar las cosas, de lo contrario esa sólida y publicitada macroeconomía de la que el país goza, será socavada por la inseguridad que provoca la actitud de ese puñado de gente de mierda que parece haberse propuesto hacer de la ciudad un caos a su medida, perjudicando a millones de ciudadanos que se esmeran por prosperar en medio de la adversidad.

  +MÁS
Odisea de vacaciones - César Hildebrandt
Mientras miramos televisión- Jorge Bruce

jueves, 9 de diciembre de 2010


VARGAS LLOSA SEGÚN VARGAS LLOSA

Caretas, agosto de 1972
Entrevista: César Hildebrandt

Una conversación, profunda y disipada a la vez, muestra al ahora laureado escritor en su etapa de pleno desarrollo, con sus dudas y temores, con sus deseos y creencias socializadoras de la época. El marco histórico en que ésta se da tiene que ver con el apogeo de la revolución cubana (atacada por todos los frentes por EE.UU y defendida por la URSS) y en el Perú, con el llamado “gobierno revolucionario” del general Juan Velasco Alvarado.
Sus influencias, sensaciones y frustraciones nos revelan a un escritor repleto de vivencias y sufrimientos, capaz de volcarlos en muchos años en adelante. Y así fue, su producción literaria nunca se apagó y ahora podemos disfrutarlo en la cúspide de su madurés.
La nota escrita por un joven César Hildebrandt, es una seguidilla de preguntas y respuestas, sin puntos aparte, a veces, con exceso de comas, pero resulta apasionante leerla de un tirón. Eran los ensayos periodístico-literarios de la época. Las preguntas en negrita  han sido impuestas por este editor para hacer la tertulia más digerible, acorde a los cánones de entendimiento modernos.
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VARGAS LLOSA SEGÚN VARGAS LLOSA

Mira, tengo un borrador terminado (otro magma), sí, un magma que tiene la ventaja sobre  los otros de ser considerablemente más corto (¿cuántos miles de páginas?), no, no, éste no tiene sino trescientas y pico de cuartillas, de tal manera que si ocurre, como ha ocurrido con mis otros libros, que el resultado final sea un recorte bastante grande de ese magma, será una historia bastante corta, para felicidad de muchos. Cada vez me cuesta más trabajo escribir, cada vez me resulta más difícil. Ese primer borrador es el que más trabajo me da, el que me hace sentir más inseguro, el que me produce más angustia, (¿no exageras un poco?), no, no, es muy curioso pero creo que a muchos escritores nos pasa que mientras más escribes no obtienes un mayor dominio del oficio, al contrario, a medida que progresas más en tu trabajo y en tus ambiciones lo que va surgiendo son mayores complejidades y dificultades. Mira, cada libro ha significado respecto del anterior una complejidad creciente (una complejidad proporcional a tu ambición), bueno sí, es posible que sea eso. Yo creo que “La Casa Verde” es mejor que “La Ciudad y los Perros” y que “Conversación en la Catedral” es mejor que “La Casa Verde”. “Conversación…..” me importa más porque es una experiencia más reciente, pero ya me importa menos que “Pantaleón y las Visitadoras”. Es decir, me siento muchísimo más comprometido con lo que estoy haciendo que con lo que hice. Sin duda que “Conversación….” Es mi libro más ambicioso, el que me costó más trabajo. Ahora,  es el libro más logrado, pues eso no lo puedo saber tanto yo sino los lectores o los críticos, (¿cuál es tu sensación frente al lenguaje ahora?), mira es una enorme incertidumbre, una terrible inseguridad, el lenguaje es algo que yo nunca he sentido totalmente sometido, yo envidio a escritores que pueden escribir directamente, sé que por ejemplo Alfredo Bryce puede escribir sus novelas así, eso para mí es totalmente inconcebible , la primera versión de un texto mío es algo realmente impresentable, es un mundo de deficiencias y caos, incluso creo que hasta en un nivel sintáctico, es un poco mi manera d trabajar, desarrollar primero una historia, a galope tendido, para que surja el monstruo. Y la dificultad mayor tiene que ver siempre con el lenguaje, incluso te diría que tiene que ver más con los diálogos que con las descripciones, es cuando yo tengo que hacer hablar a un personaje cuando siento la mayor inseguridad, y es cuando corrijo y rehago más. Y ésta novela “Pantaleón….” me cuesta muchísimo trabajo, porque está principalmente centrada sobre las voces de los personajes, es una historia que está más dicha que descrita, hay muchos diálogos plurales, (lasitud, saturación…), bueno, mira, “Conversación en la Catedral” tiene un lenguaje mucho menos llamativo o espectacular que el de “La Casa Verde”,  es incluso deliberadamente monocorde, pero eso es bastante premeditado, mi idea era la siguiente: como la historia que cuenta “Conversación……” es esencialmente truculenta, desmesurada, llena de desbordamientos – crímenes, robos, violencia-, entonces, si esa materia tan excesiva era formulada con un lenguaje espectacular, desmelenado, eso hubiera sido totalmente irresistible para un lector, hubiera tenido los vicios de un radioteatro o una telenovela, mi idea era que ya que la historia era explosiva el lenguaje debía cumplir un papel de contrapeso, que debía apaciguar esos excesos y esa violencia, (una opacidad), sí, que fuera antídoto a la desmesura, (aunque hay excesos contados excesivamente, García Márquez), sí, pero él utiliza otros contrapesos, el humor, por ejemplo, que es disolvente, (“Historia de la cándida Eréndira….”: juego, pirotecnia, ¿tú qué piensas?),mira, yo creo que el problema principal que tiene ese libro es “Cien años de soledad”, su cercanía con un libro de semejante riqueza, pero yo no creo que esos relatos deban ser confrontados con “Cien años de soledad”, creo que ellos son como residuos de ese mundo magnífico, una energía sobrante de Macondo, es un libro que no tiene excesiva importancia pero que está hecho con brillantez, con facilidad, con un cierto tono juguetón, (pero hay algo simbólico: los cuentos se trasladan a un aldea costera, anfibia, una especie de búsqueda de García Márquez por abandonar la mediterraneidad de Macondo, por saltar el charco hacia “El otoño del patriarca”), bueno, yo creo que ese  es su propósito, salir de Macondo y entrar a otro mundo, (tú no has sufrido ese problema, el problema de la historia-lastre, tú has saltado de un mundo a otro con una facilidad irritante), es verdad, bueno, creo por lo menos no tener un tema (una pluralidad de fantasmas envidiable), aunque eso sea algo que podrá juzgarse mejor cuanto esté muerto y pueda ser juzgado orgánicamente, pero tengo la impresión que escribo sobre cosas distintas, que no soy escritor de temas recurrentes. Y además lo que me ha pasado es que yo he empezado a escribir una novela cuando le estaba poniendo el punto final a la anterior, así que no tenía tiempo de sentirme aplastado. Sí, en lo que se refiere a mi trabajo sigo bastante disciplinado, bastante ordenado porque es la única manera como puedo escribir (según Bryce, tú te cuadras antes de escribir), sí, García Márquez decía que tocaba una corneta, pero en lo demás no soy nada ordenado, mira, mi mujer me dice todo el día que soy un caos, desordenado, impuntual. (¿El teatro?), me sigue gustando mucho, me gustaría escribir para el teatro, tengo notas, proyectos, pero es difícil, no sé, siempre estoy metido en novelas que me toman años, pero no descarto la idea de escribir para el teatro. (Leímos hace poco un cable), no creas en los cables, (con declaraciones tuyas sobre la situación económica de Cuba, muy bien explotadas por ciertas agencias de prensa), sí, que me han irritado mucho. Mira, te voy a decir exactamente cómo fue: fue un reportaje que apareció en “El Nacional” de Caracas y en el que yo fui particularmente detallista en explicar por qué me sentía solidario de la revolución cubana, por qué creo que es tan decisiva para América Latina, dije cuánto me había alegrado ahora que el Perú había restablecido relaciones con Cuba, y luego, después de dejar muy en claro mi adhesión a Cuba, indiqué que eso no significaba que no tuviese discrepancias y que consideraba mi obligación expresarlas cuando las sintiese. Bueno, pues ahora resulta que lo único que se publican en lo cables son mis discrepancias con la revolución cubana, eso es muy irritante, (tu posición sobre lo que está pasando en el Perú no ha sufrido variaciones…), no ha cambiado, no, parto de la base de que este proceso significa un progreso considerable, que en muchos campos se han hecho reformas muy profundas que favorecen al país –la reforma agraria, nuestra política internacional, que ahora sí me parece respetable-, ahora, al mismo tiempo, ciertas reticencias que tenía se mantienen porque no ha habido cambios en eso, creo que el régimen tiene una estructura cerradamente militar, que la participación civil es prácticamente nula –es de segundo orden-, que no existe ningún mecanismo de fiscalización popular civil de lo que se hace –de las medidas que aplaudo y de las que me siento solidario- y eso para mí es sumamente preocupante, porque da a todos esos procesos de cambio una precariedad indiscutible. El día de mañana puede haber una revolución en Palacio, de la cual nosotros seamos ignorantes, que cambie unas personas por otras en los puestos de mando del régimen, y todo ese proceso de reformas se puede venir abajo, puesto que no hay una participación popular que lo garantice y active. (¿Miedo a que los temas se agoten?), no, no creo, yo creo que un escritor deja de ser escritor no cuando se le acaba el tema sino cuando resuelve su problema. Insisto en que uno es escritor por infeliz, porque le han pasado ciertas cosas. Yo nunca he sentido esa especie de temor al vacío que sienten algunos escritores. Al contrario, yo siento una especie de nostalgia premonitoria, tengo la sensación de que me voy a morir dejando muchos proyectos de historias que nunca podré escribir, yo creo que aun si no me ocurriese nada más en mi vida y viviera uso 30 años más, tendría material reunido, es decir experiencias suficientes como para seguir escribiendo hasta mi muerte. En todo caso, mi temor es más universal, es de no poder escribir con rigor, con profundidad. Eso sí, pero la posibilidad de encontrarme un día frente a una página en blanco lleno de angustia, eso estoy seguro que no me va  ocurrir jamás. Mi problema es al contrario, que tengo un exceso de temas que quisiera desarrollar, y no sé si voy a tener tiempo para hacerlo. Los problemas con el lenguaje claro que existen, como te decía al principio de la conversación: mis dificultades crecen con cada libro, hay una angustia creciente. No hay nada garantizado, cada libro es una aventura nueva, hay escritores que fueron muy buenos en el primer libro, muy malos en el segundo y pésimos en el tercero, (eso, Mario, me hace recordar a alguien que decía el otro día  que no debería haber primer libro, que debía empezarse por el segundo, ahora la pregunta es: qué pasaba si el segundo era peor que el primero salteado), una de las cosas para mí terribles, tu sabes, es esos escritores que se instalan cómodamente en una especie de puesto alcanzado, que a partir de cierto éxito  se empiezan a repetir, a degustarse, esa es una imagen que me resulta muy penosa. (Como escritor de moda, por lo tanto constantemente allanado por los críticos, me imagino que te habrás preguntado  si las influencias que te han atribuido son ciertas o no, me imagino que después de 10 años de lucha con tantas especulaciones habrás llegado a reconocer definitivamente cinco o seis vertientes de tu obra), bueno, sí, indiscutiblemente, creo que esas vertientes son bastante evidentes. Creo que debo muchísimo a Faulkner, creo que si no hubiera leído a Faulkner no hubiera escrito como he escrito, creo que debo mucho a Sartre, no sé si en el plano de la técnica o del lenguaje narrativo, pero sí en una cierta visión de las cosas, y de algún modo más genérico creo que debo mucho a la novela del siglo XIX. Y hay otros escritores que han influido e influyen en mí, menos contantemente tal vez. Ahora, por ejemplo, estaba leyendo la obra de George Bataille, incluso releí algunos libros que había leído hace muchos años, y para mí fue una verdadera revelación descubrir cómo muchas cosas que he dicho en “Historia de un deicidio” proceden indiscutiblemente   de Bataille, de su “Literatura y el mal”, que yo leí con gran entusiasmo hace unos diez o doce años y que creía haber olvidado. Ciertas concepciones, una cierta visión maldita de la vocación literaria, fue descubierta en mí por la lectura de Bataille. Yo no tengo ningún temor a denunciar mis influencias. Lo que pasa es que un autor no es muchas veces consciente de sus influencias, de pronto una novela, un poema leídos distraídamente, se fijan e influyen más que las obras que más nos gustan. En todo caso, estoy mucho más cerca de los novelistas que escribieron el “Amadis….” o “La guerra y la paz”, que de los jóvenes experimentalistas y estructuralistas contemporáneos (a pesar de que has contrasueleado  el lenguaje tanto como ellos), sí, pero yo con la idea de, a través de esos contrasuelazos, hacer más claras ciertas personalidades, ciertas acciones. (¿No hay un libro que últimamente te haya impresionado sobremanera?), bueno, sí, he releído “Madame Bovary” (siempre recurrente), pero ahora lo he leído por razones más interesadas que otras veces, porque va a salir una nueva traducción y entonces voy a escribir un prólogo, y ha sido una experiencia muy hermosa, porque el poder de hechizamiento del libro se mantiene intacto……Yo reconozco que uno de mis defectos es una cierta tendencia hacia la proliferación, a mí podría  ocurrirme empezar a escribir una novela  y ya no terminar nunca más, seguir escribiendo, es una especie de amenaza que siento como posible, no solamente como una broma….Bueno, yo sigo siendo optimista en el sentido de que el socialismo tendrá que avanzar hacia formas menos rígidas, hacia formas democráticas, de tolerancia, y que el triunfo de los oscurantistas y de los dogmáticos será siempre pasajero, pienso que el socialismo marcha porque tiene que marchar hacia estructuras más plurales (hacia una situación óptima en la cual tú seguirías siendo el cuestionador repulsivo para los congeladores del sistema), yo creo que esa sería la función de la literatura, sí, creo que dentro de esa sociedad infinitamente mejor que admitiera  la discrepancia, el rol del escritor sería demostrar a sus lectores, que serían todos, que la realidad siempre está mal hecha, que siempre tiene imperfecciones, que siempre se debe exigir más, que la historia debe marchar hacia esa imposible felicidad general, (a propósito de felicidad, tú pareces  haber sobrevivido a la fama), mira, cuando yo empecé a publicar y ocurrió todo, bueno, me sentí inmensamente halagado, un poco mareado. Y ahora que han pasado como diez años te puedo decir con toda sinceridad que eso que se llama la fama no ha hecho sino crearme dificultades y problemas, es una de las cosas que conspira más contra mi trabajo, ha disminuido inmensamente mi libertad de movimiento. Es increíble cómo afecta eso de ser un personaje más o menos público, y lo peor es que uno no sabe si todo eso que se rechaza, que conscientemente se juzga como una tontería, de una transitoriedad total, uno no sabe si en el fondo es afectado, dañado por la persecución. Yo acabo de tener una especie de polémica, tú sabes, en Caracas. Angel Rama nos acusó públicamente a los escritores del llamado boom de ser unas vedettes, de buscar ser personajes públicos, y eso fue algo tremendamente doloroso, porque yo creo que el malentendido que convierte en personaje a un escritor, que le da la popularidad de un futbolista o de un cantante, es algo que ni por el más frívolo y superficial autor puede ser deseado, porque eso sólo trae complicaciones, y tú no puedes decir nada que inmediatamente no sea manipulado, distorsionado, y tendrías que pasarte la vida desmintiendo, aclarando. Entonces dices no concedo más un reportaje y apareces como un pedante, un soberano creído, y es una imagen que tampoco quiero dar. Ahora, lo que me consuela es que sé que eso es absolutamente efímero, (la imagen de Vargas Llosa es la de un escritor congénito, alguien que trajo al mundo ese defecto de fábrica, pero imagínate –haz un esfuerzo  descomunal- que la literatura no existiese sobre la faz de la tierra), pues sería un hombre de acción, no un científico, no un hombre de gabinete, sino alguien volcado hacia afuera, si hubiera vivido en el siglo XIX me hubiera gustado tener la vida que tuvo Conrad antes de ser escritor, un aventurero, un explorador, tengo una nostalgia de la que no me he librado nunca, quizá cierta frustración de ese tipo es la que hace que para mí la acción sea tan importante en lo que escribo, tan fundamental, eso es lo que me hubiera gustado ser, sí.

Vargas Llosa Segun Vargas Llosa- Caretas- 1972

martes, 7 de diciembre de 2010


Rehenes de Gamarra




Este es el video sin editar que ninguno de los canales se atrevió a retransmitir de los sucesos en el Banco Continental del jirón Gamarra. En él se aprecia, en primer  lugar, la valiente performance del videoreportero Romel  Álvarez  de Panamericana Televisión, a la vez que sus imágenes resumen las horas de terror vividas en ese  recinto. También perenniza el desasosiego, el miedo y  la violencia que una sociedad  hacinada y sin orden es capaz de anidar en la mente de un joven desbocado y sin rumbo.

El camarógrafo supo retener su posición privilegiada pese a los varios intentos de los agentes SUAT por desalojarlo. Se hizo pasar como hombre de “inteligencia” y así pudo captar éstas escalofriantes imágenes, con primeros planos que detallaban el dolor y sufrimiento de los sobrevivientes, mientras que la vida de su verdugo se extinguía en las frías losetas de la agencia bancaria.

Una historia inédita

Había pasado apenas el mediodía del viernes 3 de diciembre y el emporio comercial de Gamarra se aprestaba a retomar su vértigo. Los cambistas afincados en la vereda del céntrico Banco Continental  (ubicado debajo de la gigantesca galería “Guisado Hnos” ), con sus conocidos  chalecos verde fosforescente, contaban maniáticamente sus billetes como llamando en un rito inconsciente a sus clientes. Nadie presagiaba que la monotonía iba a ser rota tan violentamente.

Sucedió en segundos. Cambistas  y transeúntes solo vieron salir despavoridos a dos policías y varios civiles de la puerta principal que se cerraba desde dentro con una sonora cadena.

Horas antes un dispositivo especial de seguridad e inteligencia se había desplegado por las 40 manzanas que conforman la zona comercial más pujante del país. Justamente,  las fuerzas de seguridad esperaban alguna acción llamativa de los remanentes senderistas en la capital ya que ese día era el  cumpleaños de su líder histórico, preso en la base naval del Callao. Por la zona, decenas de policías estuvieron pidiendo documentos a los que consideraban sospechosos.

Tarde de perros

Un alucinado asaltante había ingresado al recinto, cargado con dispositivos electrónicos, una pistola y un maletín bomba. Era un suicidio planificado. Se había cubierto el rostro prolijamente para que nadie lo reconociera en las imágenes de las cámaras de seguridad y pudieran interferir en sus planes utilizando a conocidos y familiares para hacerlo cambiar de actitud.

Sus delirios, fracasos consecutivos y  frustrados afanes de reconocimiento juvenil  habían mellado su psiquis. Su mundo se había derrumbado y con él sus afanes inconscientes de vengarse de una sociedad que nunca lo albergó llegaron a su pico más alto. Sus años en la milicia solo le sirvieron para cristalizar sus afanes violentos anidados en su alma desconsolada.

Lo demás es historia conocida. Un certero disparo en la sien acabó al fin con su pesadilla y la tarde de terror que había planificado macabramente. Más de treinta personas sobrevivieron al infierno desatado por aquel enajenado muchacho provinciano al que su madre le puso como nombre un apellido y  la dura realidad capitalina se encargó de expectorar en una tarde de perros.

viernes, 3 de diciembre de 2010


El alcalde y las chalinas



Por Gustavo Gorriti
Fuente: revista Caretas
02 de diciembre de 2010




De acuerdo con el lenguaje de sus acciones, porque del verbal apenas se le conoce el silencio, Antonio Meier, el todavía alcalde de San Isidro, considera que la historia del Perú asusta a los niños de su distrito. Lo que le falta es pedirle a Disney que la transforme.
El asunto es tan absurdo que uno vacila entre la indignación y la risa. Es la farsa que se alucina drama, el cretinismo con aires solemnes.


El primer acto fue el día jueves 25. La muestra sobre la chalina de la esperanza se inauguró en la biblioteca de la municipalidad de San Isidro. El trabajo estuvo a cargo de un colectivo de dos fotógrafas y una periodista, que escogió un nombre: Desvela, sugerente a la vez de insomnios y revelaciones. Paola Ugaz, Morgana Vargas Llosa y Marina García Burgos tuvieron la idea de que las miles de memorias heridas, los lutos que oscurecen la supervivencia, las desapariciones que se clavan en el recuerdo, pudieran tejerse y así, punto a punto, reconstruirse para dejar de penar.


Tuvieron la idea, según entiendo, al cubrir el trabajo de antropología forense en Putis y hablar con los sobrevivientes. Y así fueron conociendo otros y otros casos. Hablar con una madre cada vez más anciana, que recuerda a su hija eternamente joven, tal como era el día que la vio por última vez, y que sigue pensando en encontrarla porque no la pudo despedir. No una, decenas, centenares de casos de vidas en las que todo se marchita menos el dolor.
Así que las animaron a tejer sus recuerdos y sus casi siempre imposibles esperanzas en chalinas individuales. Luego las unieron en un tejido que se hizo una muy larga fila de memorias, de nombres, de vidas, al fin juntos.


El colectivo se desveló de veras para montar la muestra. Estuve en la inauguración y, como casi todos los muchos asistentes, quedé impresionado por la enorme fuerza de representación de ese tejido multitudinario. “Ahí está mi hijo”, señaló una señora un retazo de la chalina donde estaba tejido un nombre y una fecha ya lejana. La noté conmovida pero sin la pena de estar sola. La memoria que ella no dejó de recordar y buscar ni por un día, estaba ahora abrigada y  no estaba sola.


Al fondo, en una pantalla grande, se sucedía una muestra de las fotos más representativas de los años de violencia. Ahí estaban fundamentalmente las fotos de Óscar Medrano y también había varias de Vera Lentz, Carlos Bendezú, Morgana Vargas Llosa y Marina García Burgos.
Y así terminó el acto del jueves por la noche.
El viernes sacaron el televisor y cancelaron el video y el audio. Lo hizo María Paz Ortiz de Zevallos, una funcionaria de la municipalidad que actuó por orden de Antonio Meier.
El sábado por la mañana, Paola Ugaz fue a ver cómo iba la muestra y se encontró con que no solo habían sacado toda la exposición de fotos y de audio sino que habían puesto barreras para que no se pudiera ingresar a la muestra de chalinas.


Ese día y el domingo fue creciendo el escándalo. El domingo por la noche hubo una reunión final del Colectivo con Ortiz de Zevallos quien repitió que la orden de Meier había sido retirar la muestra de fotos porque, según dijo, “los niños son los principales afectados”. Dijo además, según una de las participantes en la reunión, que las fotos “eran tendenciosas” y que debieran haber sacado a señoras tejiendo bucólicamente.
El lunes, con algunos incidentes entre periodistas y miembros de seguridad municipal, las organizadoras retiraron la muestra, que logró un record doble: la chalina más larga exhibida por el período más corto.


Eso es lo que pasó. Y el incidente me hizo recordar y extrañar a Hubert Lanssiers, filósofo, maestro, noble capellán de prisiones: “A mi una cosa que me resulta muy cansadora”, me dijo en una entrevista, “es luchar contra la imbecilidad. Tú puedes luchar contra la maldad, que tiene una cierta lógica, pero contra la necedad es imposible. El tipo esta cerrado, sin grietas, sin fallas”.


¿Qué consejo se le puede dar a un necio militante? ¿Qué puede hacer para que no se le asusten los niños?


¿Por qué no les enseña nuestra historia interpretada por el ratón Mickey, el pato Donald, el perro Pluto y la vaca Clarabella? ¿Un solemne Tribilín despachando en la alcaldía?
Junto con la corrupción, uno de los grandes problemas en el país es el de la expansiva estupidez. Que se siente digna y respetable en su momento más cretino.


Es verdad que la desinformación de individuos como Rafael Rey, que han atacado el derecho a la verdad para reemplazarlo por supercherías, ha persuadido a algunos simplones y estimulado a otros cínicos.


Pero sostener, como hizo Meier a través de su funcionaria, que las fotos de Óscar Medrano, que retrató al país en su hora más trágica y recogió las luctuosas imágenes de los hechos de la guerra con una visión permeada por el respeto a las personas y el cariño por su pueblo ayacuchano, deben ser censuradas porque asustan a los niños, solo me indican que quizá no solo es improductivo sino excesivo criticar al aún alcalde. A algunos les cuesta llegar a ser inimputables. A otros les sobra la vocación.


Si alguna utilidad emerge de este patético episodio, debiera ser la decisión –ojalá que de la inmensa mayoría– de reclamar el derecho a la verdad; de superar la pugna estéril de grupos y sectores por imponer una versión de la historia antes que la búsqueda de la verdad de los hechos pasados.


Hacerlo ya es lo suficientemente difícil. Tener que pelear por el derecho a investigar, descubrir, revelar, es inaceptable. La verdad puede ser incómoda, pero es una, no varias. Y por dura que sea, enseña. Esconderla tiene, en el medio y largo plazo, un precio mayor que la ignorancia.

sábado, 6 de noviembre de 2010


Google Street View: El Gran Hermano nos observa

sábado 6 de noviembre de 2010

Fuente original: Chile Liberal


La tecnología de Google Street View está a punto de instaurar una sociedad del panóptico

Michel Foucault, un filósofo francés, fue quien comparó la sociedad actual con el panóptico, un tipo arquitectónico de cárcel concebido por el filósofo liberal Jeremy Bentham, en el que los reos son observados por un único celador desde un punto central. Bentham consideraba necesario que los antisociales se sintiesen observados mientras cumplían su sentencia, y que el sentido de vigilancia sobre ellos lograse hacerlos recapacitar sobre sus faltas, con la esperanza de así devolveros rehabilitados a la sociedad. Foucault, genialmente, sostuvo que las la imposición de estructuras sociales jerárquicas actuales buscan normalizar a los individuos, hasta domarlos, lo que en la práctica asemeja a la sociedad  con un gran panóptico.

George Orwell, novelista británico, en su famosísimo libro 1984 nos describe una sociedad colectivista en que la tecnología se pone a disposición de quienes buscan dominar a los individuos. Muchos han notado la colectivización y alienación de los individuos en la sociedad actual a través del poder ejercido sobre nosotros con las cámaras de seguridad vigilancia. El caso más dramático es el Reino Unido, donde se contabiliza una cámara por cada 16 personas, con un gran total de 4,2 millones de cámaras, sin que se aprecie merma alguna en la disminución de los índices de delincuencia, pero el resultado ha sido nefasto: unos pocos, amparados en el poder coercitivo de la ley, vigilan a muchos. Te vigilan a ti. El Gran Hermano te observa. Sonríe.

Hacia la sociedad de la vigilancia
Ya sabemos que hay intentos por dominar la Internet. El probema comienza a ser grave cuando no sólo caminamos como sonámbulos hacia una sociedad del Gran Hermano, sino cuando ya se implanta. Una de las empresas que más admiramos, Google, ha salido con la macabra idea de fotografiar casas y calles  y ordenar esta información en sus bases de datos y ponerlas a disposición de los internautas. El resultado es la brutalidad de que la propiedad privada de los individuos ha sidio violada al fotografiar, sin permiso, sus hogares. Incluso se ha llegado a una situación tan anómala como la de recopilar datos de los propios usuarios. O sea Google, una empresa privada, fotografía tu casa sin autorización, recopila tus información personal y forma una base de datos. Esto es inaceptable.

El tema no es para la risa cuando sabemos que los vehículos que usó Google para fotografiar casas también han captado gente. ¿Qué pasa si fotografian a un familiar tuyo fallecido recientemente? Google ha respondido ante las protestas de grupos de defensa de las libertades indivduales alegando que uno puede salirse del sistema. 244.000 alemanes así lo han hecho, gracias a las leyes de protección ciudadana de aquel país (el fantasma del nazismo ha dejado a los alemanes alertas ante cualquier intromisión).

Cómo defendernos
La cuestión de fondo es que una empresa privada puede también vulnerarnos, tal como lo hace el gobierno. El caso más claro de abuso de poder es el maldito carné de identidad. Es imposible decir "no, señor burócrata, no quiero tener carné de identidad ni me lo pida, mi nombre es Perico, no le muestro mi foto". Sólo el Reino Unido e Irlanda aún mantienen una masa crítica de grupos de defensa ciudadana que jamás aceptarán el carné. Pero, por otro, estos países son los más vigilados por el Estado. Peor aún, incluso los privados pueden abusar, como lo demuestra Google Street View

En este caso, es esperable que tanto el Estado como los privados se anulen a sí mismos y dejen a los individuos en paz. El gobierno checo por ejemplo prohibió Google Street View de rompe y raja, lo que demuestra que el gobierno puede emplear el poder coercitivo de la ley para defender a los ciudadanos. A pesar de ser la República Checa un país pobre y aún empantanado en una colosal burocracia post-comunista, ha demostrado gran visión al prohibir Google Street View (el fantasma del comunismo aún pena). En realidad, ambos, burócratas y privados, pueden abusar del poder. Los ciudadanos deben siempre estar alertas para mantener el frágil equilibrio entre regulación y laissez-faire, entre gobierno y privados, entre defensa de derechos y defensa ante el gobierno (a este conjunto es lo que llamamos "política").

Lo que corresponde es que cada cual entregue su consentimiento para ser fotografiado, sea él mismo o su propiedad. Si cada uno decide —libremente— entregarle sus datos a Google Street View, ¿qué le importa al resto? Si hay mutuo acuerdo, entonces perfecto.

Si para Google es impracticable solicitar autorización previa, entonces debió desistir de esta iniciativa, por loable que pareciese. Esta empresa es un ejemplo admirable de lo que se logra en una sociedad abierta, donde un joven ruso y su amigo norteamericano pueden iniciar un emprendimiento cuyos servicios han permitido organizar la Internet y promover el traspaso de información a escala sin precedente en la historia. Pero es necesario poner límites. Si debemos recurrir a la ley, que así sea. 

Justamente, la postura filosófica de Chile Liberal es designar al gobierno y su poder para que defienda nuestros derechos, no para vulnerarnos ni para otorgarnos derechos, sino para resguardarlos incluso  contra los embistes de una empresa privada que, en teoría, como todo privado, no puede obtener algo de un consuidor sin consentimiento.

El fiasco de Google Street View demuestra la importancia de un Estado mínimo y un gobierno limitado.


Alertados sobre la presencia de las cámaras de Google, dos usuarios decidieron mostrar su anatomía posterior. La foto quedó en el sistema, pero censurada por Google

El panóptico, la cárcel perfecta de Jeremy Bentham


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Publicado originalmente el Miércoles, 11 April 2007 
Fuente: Versvs

Una vez me dijeron que «la cárcel es un lugar donde se hacen experimentos sociales». No todos los experimentos sociales en las cárceles son represivos (los hay integradores), pero la gran mayoría sí. ¿Por qué? Porque si una técnica de represión es aceptada bien por los reclusos y se los consigue doblegar, sin duda alguna también servirá para controlar a la gran masa de población, que es en promedio bastante más dócil y obediente que la población reclusa.

Analicemos el ejemplo de la videovigilancia. Hace ya algunas decadas que la videovigilancia se emplea en cárceles, y sólo hace unos pocos años está dando el salto al mundo civil, a las calles por las que todos nosotros paseamos. Sólo ahora que su eficacia para el control de los reclusos ya está demostrada nos las imponen en las calles. Se aplican así a las personas libres, inocentes mientras se demuestre lo contrario, técnicas de control y coacción. De este modo emplear alta tecnología (lo que en cada momento de la historia sea alta tecnología) para controlar reclusos puede parecer algo nuevo, cuando no lo es en absoluto.

En el origen de la videovigilancia moderna tenemos a Jeremy Bentham, filósofo, y el panóptico, del latín (pan-, todo; -óptico, visión), un modelo de cárcel ideado por él. Bentham es, desde mi punto de vista, el padre de la vigilancia social moderna. El panóptico de Bentham es en realidad una cárcel en la cual todo se puede vigilar desde un único punto, con la ventaja añadida de que puede hacerse sin ser visto. En una cárcel de este tipo el vigilante se sitúa en el centro del edificio y tiene acceso visual a todas las celdas, pero no puede ser visto ni oído. Las celdas están, además, separadas unas de otras. De este modo el recluso no saben en ningún momento cuándo está siendo vigilado o cuando el vigilante está en la otra parte de la plataforma vigilando a otro recluso. Podría haber varios vigilantes, podría haber sólo uno y estar durmiendo, podría no haber nadie en el puesto de vigía... el recluso no lo sabe y no tiene manera de averiguarlo.

La idea tras este diseño no es otra que la de gobernar a los reclusos con el miedo. Coetáneo de la revolución francesa, Bentham había comprendido perfectamente que las viejas formas de castigo ya no servían, y que con la nueva democracia, para evitar el crimen se perseguía no tanto castigar el delito como evitarlo; si bien la democracia pretendía evitar este crimen reinsertando al preso (esta idea persiste en la mayoría de democracias modernas y es la que hace que no haya ni pena de muerte ni cadena perpetua en el sistema penal español), y no asustándolo preventivamente como a una comadreja. Y es que en este panóptico ni siquiera hace falta que el vigilante vigile, bastaría con que los vigilados sientan que podrían ser vistos haciendo algo que no deben, bastaría la idea de mirada, aunque ésta no exista todo el tiempo, sintiéndola pesar sobre sí, para que el individuo termine por interiorizarla hasta el punto de vigilarse a sí mismo y actuar en consecuencia. La mirada, el panóptico en sí, es la idea del poder en sí mismo: poder para controlar a las personas y modificar su conducta.

Esta cárcel perfecta (reclusos que se autolimitan, reducción del número de vigilantes y por tanto de los costes de mantener la prisión) jamás llegó a construirse, a pesar de que Bentham empleó en ello una parte de su fortuna, pues para cuando estuvo ideada la corona inglesa estaba más preocupada por luchar contra Napoleón que por construir modernas prisiones. Sin embargo, desde aquel momento todas las cárceles y centros de trabajo se han construído siguiendo este modelo panóptico de vigilancia. ¿Por qué? Porque tanto en cárceles como en fábricas la idea de que «el jefe» o el «vigilante» siempre te van a ver cuando hagas algo incorrecto era útil al sistema. El miedo preventivo a que nos pillen fuera de nuestro lugar de trabajo está interioriado por todos.

Y es por eso que ahora las ciudades se convierten en panópticos, espacios de vigilancia perfecta repletos de videocámaras que nos coartan, del mismo modo que la RFID modifica nuestra conducta, y nos vigilan para devolvernos a un momento pasado de nuestra historia que no deberíamos repetir.

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