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jueves, 9 de diciembre de 2010


VARGAS LLOSA SEGÚN VARGAS LLOSA

Caretas, agosto de 1972
Entrevista: César Hildebrandt

Una conversación, profunda y disipada a la vez, muestra al ahora laureado escritor en su etapa de pleno desarrollo, con sus dudas y temores, con sus deseos y creencias socializadoras de la época. El marco histórico en que ésta se da tiene que ver con el apogeo de la revolución cubana (atacada por todos los frentes por EE.UU y defendida por la URSS) y en el Perú, con el llamado “gobierno revolucionario” del general Juan Velasco Alvarado.
Sus influencias, sensaciones y frustraciones nos revelan a un escritor repleto de vivencias y sufrimientos, capaz de volcarlos en muchos años en adelante. Y así fue, su producción literaria nunca se apagó y ahora podemos disfrutarlo en la cúspide de su madurés.
La nota escrita por un joven César Hildebrandt, es una seguidilla de preguntas y respuestas, sin puntos aparte, a veces, con exceso de comas, pero resulta apasionante leerla de un tirón. Eran los ensayos periodístico-literarios de la época. Las preguntas en negrita  han sido impuestas por este editor para hacer la tertulia más digerible, acorde a los cánones de entendimiento modernos.
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VARGAS LLOSA SEGÚN VARGAS LLOSA

Mira, tengo un borrador terminado (otro magma), sí, un magma que tiene la ventaja sobre  los otros de ser considerablemente más corto (¿cuántos miles de páginas?), no, no, éste no tiene sino trescientas y pico de cuartillas, de tal manera que si ocurre, como ha ocurrido con mis otros libros, que el resultado final sea un recorte bastante grande de ese magma, será una historia bastante corta, para felicidad de muchos. Cada vez me cuesta más trabajo escribir, cada vez me resulta más difícil. Ese primer borrador es el que más trabajo me da, el que me hace sentir más inseguro, el que me produce más angustia, (¿no exageras un poco?), no, no, es muy curioso pero creo que a muchos escritores nos pasa que mientras más escribes no obtienes un mayor dominio del oficio, al contrario, a medida que progresas más en tu trabajo y en tus ambiciones lo que va surgiendo son mayores complejidades y dificultades. Mira, cada libro ha significado respecto del anterior una complejidad creciente (una complejidad proporcional a tu ambición), bueno sí, es posible que sea eso. Yo creo que “La Casa Verde” es mejor que “La Ciudad y los Perros” y que “Conversación en la Catedral” es mejor que “La Casa Verde”. “Conversación…..” me importa más porque es una experiencia más reciente, pero ya me importa menos que “Pantaleón y las Visitadoras”. Es decir, me siento muchísimo más comprometido con lo que estoy haciendo que con lo que hice. Sin duda que “Conversación….” Es mi libro más ambicioso, el que me costó más trabajo. Ahora,  es el libro más logrado, pues eso no lo puedo saber tanto yo sino los lectores o los críticos, (¿cuál es tu sensación frente al lenguaje ahora?), mira es una enorme incertidumbre, una terrible inseguridad, el lenguaje es algo que yo nunca he sentido totalmente sometido, yo envidio a escritores que pueden escribir directamente, sé que por ejemplo Alfredo Bryce puede escribir sus novelas así, eso para mí es totalmente inconcebible , la primera versión de un texto mío es algo realmente impresentable, es un mundo de deficiencias y caos, incluso creo que hasta en un nivel sintáctico, es un poco mi manera d trabajar, desarrollar primero una historia, a galope tendido, para que surja el monstruo. Y la dificultad mayor tiene que ver siempre con el lenguaje, incluso te diría que tiene que ver más con los diálogos que con las descripciones, es cuando yo tengo que hacer hablar a un personaje cuando siento la mayor inseguridad, y es cuando corrijo y rehago más. Y ésta novela “Pantaleón….” me cuesta muchísimo trabajo, porque está principalmente centrada sobre las voces de los personajes, es una historia que está más dicha que descrita, hay muchos diálogos plurales, (lasitud, saturación…), bueno, mira, “Conversación en la Catedral” tiene un lenguaje mucho menos llamativo o espectacular que el de “La Casa Verde”,  es incluso deliberadamente monocorde, pero eso es bastante premeditado, mi idea era la siguiente: como la historia que cuenta “Conversación……” es esencialmente truculenta, desmesurada, llena de desbordamientos – crímenes, robos, violencia-, entonces, si esa materia tan excesiva era formulada con un lenguaje espectacular, desmelenado, eso hubiera sido totalmente irresistible para un lector, hubiera tenido los vicios de un radioteatro o una telenovela, mi idea era que ya que la historia era explosiva el lenguaje debía cumplir un papel de contrapeso, que debía apaciguar esos excesos y esa violencia, (una opacidad), sí, que fuera antídoto a la desmesura, (aunque hay excesos contados excesivamente, García Márquez), sí, pero él utiliza otros contrapesos, el humor, por ejemplo, que es disolvente, (“Historia de la cándida Eréndira….”: juego, pirotecnia, ¿tú qué piensas?),mira, yo creo que el problema principal que tiene ese libro es “Cien años de soledad”, su cercanía con un libro de semejante riqueza, pero yo no creo que esos relatos deban ser confrontados con “Cien años de soledad”, creo que ellos son como residuos de ese mundo magnífico, una energía sobrante de Macondo, es un libro que no tiene excesiva importancia pero que está hecho con brillantez, con facilidad, con un cierto tono juguetón, (pero hay algo simbólico: los cuentos se trasladan a un aldea costera, anfibia, una especie de búsqueda de García Márquez por abandonar la mediterraneidad de Macondo, por saltar el charco hacia “El otoño del patriarca”), bueno, yo creo que ese  es su propósito, salir de Macondo y entrar a otro mundo, (tú no has sufrido ese problema, el problema de la historia-lastre, tú has saltado de un mundo a otro con una facilidad irritante), es verdad, bueno, creo por lo menos no tener un tema (una pluralidad de fantasmas envidiable), aunque eso sea algo que podrá juzgarse mejor cuanto esté muerto y pueda ser juzgado orgánicamente, pero tengo la impresión que escribo sobre cosas distintas, que no soy escritor de temas recurrentes. Y además lo que me ha pasado es que yo he empezado a escribir una novela cuando le estaba poniendo el punto final a la anterior, así que no tenía tiempo de sentirme aplastado. Sí, en lo que se refiere a mi trabajo sigo bastante disciplinado, bastante ordenado porque es la única manera como puedo escribir (según Bryce, tú te cuadras antes de escribir), sí, García Márquez decía que tocaba una corneta, pero en lo demás no soy nada ordenado, mira, mi mujer me dice todo el día que soy un caos, desordenado, impuntual. (¿El teatro?), me sigue gustando mucho, me gustaría escribir para el teatro, tengo notas, proyectos, pero es difícil, no sé, siempre estoy metido en novelas que me toman años, pero no descarto la idea de escribir para el teatro. (Leímos hace poco un cable), no creas en los cables, (con declaraciones tuyas sobre la situación económica de Cuba, muy bien explotadas por ciertas agencias de prensa), sí, que me han irritado mucho. Mira, te voy a decir exactamente cómo fue: fue un reportaje que apareció en “El Nacional” de Caracas y en el que yo fui particularmente detallista en explicar por qué me sentía solidario de la revolución cubana, por qué creo que es tan decisiva para América Latina, dije cuánto me había alegrado ahora que el Perú había restablecido relaciones con Cuba, y luego, después de dejar muy en claro mi adhesión a Cuba, indiqué que eso no significaba que no tuviese discrepancias y que consideraba mi obligación expresarlas cuando las sintiese. Bueno, pues ahora resulta que lo único que se publican en lo cables son mis discrepancias con la revolución cubana, eso es muy irritante, (tu posición sobre lo que está pasando en el Perú no ha sufrido variaciones…), no ha cambiado, no, parto de la base de que este proceso significa un progreso considerable, que en muchos campos se han hecho reformas muy profundas que favorecen al país –la reforma agraria, nuestra política internacional, que ahora sí me parece respetable-, ahora, al mismo tiempo, ciertas reticencias que tenía se mantienen porque no ha habido cambios en eso, creo que el régimen tiene una estructura cerradamente militar, que la participación civil es prácticamente nula –es de segundo orden-, que no existe ningún mecanismo de fiscalización popular civil de lo que se hace –de las medidas que aplaudo y de las que me siento solidario- y eso para mí es sumamente preocupante, porque da a todos esos procesos de cambio una precariedad indiscutible. El día de mañana puede haber una revolución en Palacio, de la cual nosotros seamos ignorantes, que cambie unas personas por otras en los puestos de mando del régimen, y todo ese proceso de reformas se puede venir abajo, puesto que no hay una participación popular que lo garantice y active. (¿Miedo a que los temas se agoten?), no, no creo, yo creo que un escritor deja de ser escritor no cuando se le acaba el tema sino cuando resuelve su problema. Insisto en que uno es escritor por infeliz, porque le han pasado ciertas cosas. Yo nunca he sentido esa especie de temor al vacío que sienten algunos escritores. Al contrario, yo siento una especie de nostalgia premonitoria, tengo la sensación de que me voy a morir dejando muchos proyectos de historias que nunca podré escribir, yo creo que aun si no me ocurriese nada más en mi vida y viviera uso 30 años más, tendría material reunido, es decir experiencias suficientes como para seguir escribiendo hasta mi muerte. En todo caso, mi temor es más universal, es de no poder escribir con rigor, con profundidad. Eso sí, pero la posibilidad de encontrarme un día frente a una página en blanco lleno de angustia, eso estoy seguro que no me va  ocurrir jamás. Mi problema es al contrario, que tengo un exceso de temas que quisiera desarrollar, y no sé si voy a tener tiempo para hacerlo. Los problemas con el lenguaje claro que existen, como te decía al principio de la conversación: mis dificultades crecen con cada libro, hay una angustia creciente. No hay nada garantizado, cada libro es una aventura nueva, hay escritores que fueron muy buenos en el primer libro, muy malos en el segundo y pésimos en el tercero, (eso, Mario, me hace recordar a alguien que decía el otro día  que no debería haber primer libro, que debía empezarse por el segundo, ahora la pregunta es: qué pasaba si el segundo era peor que el primero salteado), una de las cosas para mí terribles, tu sabes, es esos escritores que se instalan cómodamente en una especie de puesto alcanzado, que a partir de cierto éxito  se empiezan a repetir, a degustarse, esa es una imagen que me resulta muy penosa. (Como escritor de moda, por lo tanto constantemente allanado por los críticos, me imagino que te habrás preguntado  si las influencias que te han atribuido son ciertas o no, me imagino que después de 10 años de lucha con tantas especulaciones habrás llegado a reconocer definitivamente cinco o seis vertientes de tu obra), bueno, sí, indiscutiblemente, creo que esas vertientes son bastante evidentes. Creo que debo muchísimo a Faulkner, creo que si no hubiera leído a Faulkner no hubiera escrito como he escrito, creo que debo mucho a Sartre, no sé si en el plano de la técnica o del lenguaje narrativo, pero sí en una cierta visión de las cosas, y de algún modo más genérico creo que debo mucho a la novela del siglo XIX. Y hay otros escritores que han influido e influyen en mí, menos contantemente tal vez. Ahora, por ejemplo, estaba leyendo la obra de George Bataille, incluso releí algunos libros que había leído hace muchos años, y para mí fue una verdadera revelación descubrir cómo muchas cosas que he dicho en “Historia de un deicidio” proceden indiscutiblemente   de Bataille, de su “Literatura y el mal”, que yo leí con gran entusiasmo hace unos diez o doce años y que creía haber olvidado. Ciertas concepciones, una cierta visión maldita de la vocación literaria, fue descubierta en mí por la lectura de Bataille. Yo no tengo ningún temor a denunciar mis influencias. Lo que pasa es que un autor no es muchas veces consciente de sus influencias, de pronto una novela, un poema leídos distraídamente, se fijan e influyen más que las obras que más nos gustan. En todo caso, estoy mucho más cerca de los novelistas que escribieron el “Amadis….” o “La guerra y la paz”, que de los jóvenes experimentalistas y estructuralistas contemporáneos (a pesar de que has contrasueleado  el lenguaje tanto como ellos), sí, pero yo con la idea de, a través de esos contrasuelazos, hacer más claras ciertas personalidades, ciertas acciones. (¿No hay un libro que últimamente te haya impresionado sobremanera?), bueno, sí, he releído “Madame Bovary” (siempre recurrente), pero ahora lo he leído por razones más interesadas que otras veces, porque va a salir una nueva traducción y entonces voy a escribir un prólogo, y ha sido una experiencia muy hermosa, porque el poder de hechizamiento del libro se mantiene intacto……Yo reconozco que uno de mis defectos es una cierta tendencia hacia la proliferación, a mí podría  ocurrirme empezar a escribir una novela  y ya no terminar nunca más, seguir escribiendo, es una especie de amenaza que siento como posible, no solamente como una broma….Bueno, yo sigo siendo optimista en el sentido de que el socialismo tendrá que avanzar hacia formas menos rígidas, hacia formas democráticas, de tolerancia, y que el triunfo de los oscurantistas y de los dogmáticos será siempre pasajero, pienso que el socialismo marcha porque tiene que marchar hacia estructuras más plurales (hacia una situación óptima en la cual tú seguirías siendo el cuestionador repulsivo para los congeladores del sistema), yo creo que esa sería la función de la literatura, sí, creo que dentro de esa sociedad infinitamente mejor que admitiera  la discrepancia, el rol del escritor sería demostrar a sus lectores, que serían todos, que la realidad siempre está mal hecha, que siempre tiene imperfecciones, que siempre se debe exigir más, que la historia debe marchar hacia esa imposible felicidad general, (a propósito de felicidad, tú pareces  haber sobrevivido a la fama), mira, cuando yo empecé a publicar y ocurrió todo, bueno, me sentí inmensamente halagado, un poco mareado. Y ahora que han pasado como diez años te puedo decir con toda sinceridad que eso que se llama la fama no ha hecho sino crearme dificultades y problemas, es una de las cosas que conspira más contra mi trabajo, ha disminuido inmensamente mi libertad de movimiento. Es increíble cómo afecta eso de ser un personaje más o menos público, y lo peor es que uno no sabe si todo eso que se rechaza, que conscientemente se juzga como una tontería, de una transitoriedad total, uno no sabe si en el fondo es afectado, dañado por la persecución. Yo acabo de tener una especie de polémica, tú sabes, en Caracas. Angel Rama nos acusó públicamente a los escritores del llamado boom de ser unas vedettes, de buscar ser personajes públicos, y eso fue algo tremendamente doloroso, porque yo creo que el malentendido que convierte en personaje a un escritor, que le da la popularidad de un futbolista o de un cantante, es algo que ni por el más frívolo y superficial autor puede ser deseado, porque eso sólo trae complicaciones, y tú no puedes decir nada que inmediatamente no sea manipulado, distorsionado, y tendrías que pasarte la vida desmintiendo, aclarando. Entonces dices no concedo más un reportaje y apareces como un pedante, un soberano creído, y es una imagen que tampoco quiero dar. Ahora, lo que me consuela es que sé que eso es absolutamente efímero, (la imagen de Vargas Llosa es la de un escritor congénito, alguien que trajo al mundo ese defecto de fábrica, pero imagínate –haz un esfuerzo  descomunal- que la literatura no existiese sobre la faz de la tierra), pues sería un hombre de acción, no un científico, no un hombre de gabinete, sino alguien volcado hacia afuera, si hubiera vivido en el siglo XIX me hubiera gustado tener la vida que tuvo Conrad antes de ser escritor, un aventurero, un explorador, tengo una nostalgia de la que no me he librado nunca, quizá cierta frustración de ese tipo es la que hace que para mí la acción sea tan importante en lo que escribo, tan fundamental, eso es lo que me hubiera gustado ser, sí.

Vargas Llosa Segun Vargas Llosa- Caretas- 1972

sábado, 25 de septiembre de 2010


César Hildebrandt: "De cómo PPK me hizo cambiar"

Semanario “Hildebrandt en sus trece
24 de septiembre de 2010
Digitalizado por Muladar News

PPK es a veces una persona abominablemente inteligente. Hace en HD lo que otros hacen con chusquedad. Intriga como si estuviéramos en la vieja Florencia. No mata a puñaladas: envenena vertiendo unas gotas sacadas del compartimento secreto de una sortija. Es un cortesano y un quietista.

Dice PPK que los inversionistas extranjeros se pueden poner inquietos -y de hecho ya nos miran de reojo- si es que “las cosas se mueven en la dirección incorrecta”. O sea, si Susana Villarán gana las elecciones.

Y cita al Barclays Bank diciendo que es el primero que se ha puesto en alerta.

Me extraña que PPK, que es norteamericano de pasaporte, bolsillo y corazón, no sepa que, hace apenas un mes, los piratas financieros del Barclays Bank tuvieron que pagarle al gobierno de los Estados Unidos 298 millones de dólares por realizar transacciones de muchos ceros a la derecha con bancos de Cuba, Irán, Libia y Sudán. ¡Imagínense!

El Departamento de Justicia del gobierno estadounidense hizo la denuncia ante una corte de Nueva York porque comerciar con esos países está prohibido. Y el Barclays Bank hizo todos esos movimientos a través de la bolsa neoyorquina entre los años 1995 al 2006.

“Comercio con el enemigo” fue la acusación principal. Fue en un arreglo no judicial que el Barclays Bank se allanó a pagar los 298 millones de dólares.

¿A quién pretende asustar PPK?

¿Los banqueros especuladores que hicieron del capitalismo una mafia de derivados y de papeles basura están nerviosos porque en la remota Lima una izquierdista aggiornada puede llegar a la alcaldía provincial?

¡No me digan! ¿El Metropolitano se convertirá en el Metro de Moscú? ¿Las madres del vaso de leche levantarán el puño cada mañana? ¿Las escaleras de Castañeda se elevarán hasta el cielo rojo de Mao? ¿Patria Roja izará sus banderas en la Plaza de Armas?

¿Y PPK es el embajador del miedo? ¿Y debemos seguir su flauta como si fuéramos ratones?

No pensaba votar en estas elecciones. Ahora he decidido que sí iré a votar. Y votaré por Susana Villarán, la que, según PPK, desasosiega al Barclays Bank. Me fascina la idea de que la banquería internacional con epicentro en Londres se ponga saltona. Quiero vivir para verlo.

Votaré por Susana Villarán no sólo por sus méritos, sino porque PPK y sus cuyes mediáticos no la quieren.
Y porque me parece repugnante que la derecha quiera aterrorizarnos poniendo a la banca internacional como pretexto.

PPK miente a sabiendas.

Lo hace porque la derecha que él representa -la que viene del contrato Dreyfus, del fugitivo Mariano Ignacio Prado, del cauchero Arana, la madre de todas nuestras derrotas- cree que el Perú es su latifundio y que los peruanos son sus empleados.

Se trata de que nadie discuta nada esencial. Es el fin de la historia en versión de Juan Paredes Castro.

¿Que el modelo no redistribuye?
Eso no se discute.
¿Que nos estamos farreando esta prosperidad?
Eso no se discute.
¿Que los impuestos a las sobreganancias mineras son recomendados hasta por el FMI?
Eso no se discute.

Y cuidadito, peruanos de segunda, si eligen a alguien heterodoxo que haga recordar al barrantismo en olor de multitud.

Porque el Dios de Cipriani -no el que botó a los mercaderes del templo- ha establecido que Fukuyama tenía razón, que la historia ha terminado, que todo lo que venga será un eco redundante y que el libre mercado ha entrado en el santoral.

Ni Bartolomé Herrera se imaginó algo parecido. Ni Riva Agüero. Ni Beltrán.

La derecha que viene de Echenique y sus raterías, la que es hija de la huida y la traición, la nieta de Benavides, ha decidido que nada se puede mover sin que ella y la banca internacional -a veces tan prontuariada como cualquier delincuente- lo autoricen.

Y, claro, votar por la Villarán es desafinar. Porque piensan que la Villarán traerá a Humala. Y Humala es la pezuña del demonio.

Se equivocan. La Villarán lo que puede traer es un poco de aire fresco en esta atmósfera de pedorreos y audios decadentes. Y un poco de fiscalización. Y bastante decencia.

Y lo que puede lograr la Villarán es que Humala se dé cuenta de que el camino de las izquierdas pasa también por los planes concretos, la administración eficaz, las cuentas claras y la simpatía incluyente.

PPK y los suyos no entienden que la izquierda es una opción democrática y que expulsarla del sistema, como quieren sus cuyes, es empujarla al resentimiento y, eventualmente, a la violencia.

En Colombia, los conservadores mataron a tantos liberales que un día un grupo de ellos se fue al campo y no regresó. Hace 45 años que tienen ese cáncer que Uribe quiso curar a bombardeos.

Aquí los PPK no saben que Susana Villarán es lo que en Europa se llamaría una socialdemócrata. Y la socialdemocracia es el moderno centro.

Pero los burros no quieren ni siquiera que nos acerquemos al centro. Quieren la derecha de García, la manga ancha del converso García, las licitaciones del ex aprista García.

Prefieren el enjuague. Y pretenden que su miedo nos paralice.

Que se vayan ya saben dónde.

FUENTE: Hildebrandt en sus trece

martes, 4 de mayo de 2010


“La libertad de expresión es retórica en el Perú”

Diario Expreso
04 de mayo de 2010
Hoy se conmemora el Día Mundial de la Libertad de Prensa en todo el mundo, de acuerdo a la UNESCO. Al respecto, conversamos con el periodista César Hildebrandt, quien hizo un breve repaso del estado actual de esta libertad en el continente.
“La libertad de expresión parece haberse vuelto un poco retórica en el Perú. Nunca ha existido una concentración de medios como tal”, refiere el reconocido periodista, quien además señaló que acaba de enterarse que el grupo El Comercio ha comprado el 51% del portal Perú.com (hasta antes rival del grupo periodístico más importante del país). “Ahora comprar rivales resulta muy rentable, porque tenía dos millones de entradas mensuales”, sostiene.

“Comercialmente no se puede objetar esta compra”, remarca Hildebrandt, pero es innegable que el grupo El Comercio es una especie de holding insaciable, de crecimiento sostenido en todas las esferas. “Claro, a mayor concentración menos variedad; y a menor variedad, menos opciones; y ante menos opciones, menos libertad”, agrega. “Yo diría que en el Perú la libertad de expresión existe, pero está amenazada por esta concentración que, aunque El Comercio lo niegue, tiene que ver con los intereses periodísticos generales”, explicó.

Hildebrandt detalló que nunca en la historia del Perú ha habido una concentración de este tipo. “En el pasado, los pierolistas tenían su periódico; al igual que el civilismo. Don Pedro Beltrán tenía el suyo; de igual forma los agrarios e industriales. Incluso el diario La Crónica era de los banqueros”, recuerda.

El conflicto

El Comercio también tenía lo suyo, recuerda Hildebrandt. Y cuenta que Luis Miró Quesada, a quien entrevistó durante varias noches poco antes de su muerte, y quien sostenía que el negocio del periódico, por decirlo de algún modo, era el periodismo, y que no tenía por qué meterse en otras cosas. “Por eso ahora se nota este conflicto y pareciera que todo está precocido; nos dan papas fritas precocidas”, advierte.

Al interior del país se vive una libertad de expresión de otro tipo, que pareciera ser más abierta que en Lima desde el punto de vista comercial. “Los medios del interior son más vulnerables, entonces siempre hay un problema”, continúa.

En la región

“Si damos una mirada a nuestros vecinos, se puede observar que la libertad de expresión tiene diferentes matices. Por ejemplo, en Venezuela la libertad está en entredicho debido a que un gobierno autoritario quiere imponer sus reglas; nadie es ajeno a esta realidad”, comenta Hildebrandt.

Empero, señala que en Colombia, el reverso de la medalla, el gobierno conservador de Uribe ha logrado el cierre de Cambio, el más importante semanario de investigación (único) de toda Colombia; es decir, “hay que tener mucho cuidado, porque se puede entender que la izquierda y la derecha tienen el mismo objetivo: un prensa domesticada o apaciguada”, precisa.

“En Cuba”, aclara Hildebrandt, “la libertad de expresión es una ironía. En Argentina hay también alta concentración de medios y también un gobierno autoritario que se está enfrentando a esta concentración, con los mismos métodos probablemente rudos del Clarín”, continúa el periodista.

“En cambio en Chile”, comenta Hildebrandt, “el país más institucional de esta subregión, la libertad de prensa existe y se ejerce con cierta plenitud. Lo que pasa es que Chile es un país más satisfecho de si mismo. Entiende que los cuestionamientos son secundarios, no esenciales. En Chile no se discute lo macro; se discute el matiz, lo secundario”, comenta César Hildebrandt.

Amenazas

En resumen, la libertad de prensa en el continente no puede desligarse de una visión mundial. Hay una policía mundial en contra de la prensa independiente. De eso no hay duda. Esa policía mundial nace del inmenso poder de las corporaciones; de las multinacionales que han llegado a tener el control de muchos medios.

En Europa está sucediendo lo mismo. El poder económico se está haciendo del poder mediático. Entonces lo que tenemos es una gran libertad de pequeños medios minoritarios cada vez integrados o vinculados a la internet, “el futuro de la libertad pasa por la internet. Fatalmente, porque yo amo el papel”, concluye Hildebrandt.

Una hazaña personal

De modo personal, César Hildebrandt cuenta que la libertad de expresión la ha vivido a patadas, por decirlo criollamente. “Me han botado 15 veces de la televisión, y la constante o el común denominador de esas echadas ha sido siempre el mismo: el conflicto entre el periodismo y los intereses económicos en algunos casos, políticos o ideológicos”.

“Recuerdo que en el primer programa el que fui echado entrevisté a Yasser Arafat en el Líbano, en plena guerra civil. Me botaron porque hubo presión de un grupo importante judío, que pidió a Nicanor González y a Mauricio Arbulú, directivos del canal para el que trabajaba, que me echaran porque había entrevistado a un terrorista”, recuerda el periodista.

César Hildebrandt siente que la libertad de expresión existe como una conquista diaria y peleona. “Pero no te la dan gratis; no es regalada; no es un obsequio. Te la ganas a pulso. ¿Cuántas veces he visto gente atormentada por haber escrito lo que le ordenaron y no lo que era la verdad? ¿Cuántas veces la ideología se ha impuesto a los hechos? El problema es que en el Perú la opinión y los hechos no se separan”, finalizó.

miércoles, 24 de febrero de 2010


DE TETAS Y ENGAÑOS


Quienes ha tenido la oportunidad de ver completa la famosa película peruana “la teta asustada”, que repentinamente lanzara a la fama a Claudia Llosa y Magaly Solier, de hecho han terminado con un sabor desagradable al finalizar de ver la llamada “obra cumbre del cine nacional”. La cinta, tan auspiciada y propagandizada, es un cúmulo de situaciones que rayan en lo grotesco y de mal gusto. Y en ésta crítica no hay un sentimiento de desprecio a esta producción o asomo de racismo, sino es puro análisis descarnado, desnudo de poses nacionalistas y huachafas que últimamente inundan nuestro espectro mediático y mantiene entretenido al común de la gente.



Pero a la vez uno se pregunta, conforme se va desencantando con el transcurrir del bodrio, cómo los europeos y los llamados especialistas y críticos de cine han podido ver un logro cinematográfico en algo que carece de méritos por donde se le mire. No hay logro actoral que pueda destacarse, así se haya querido economizar al máximo, tampoco hay continuidad y flexibilidad en las imágenes y se recurre al opaco recurso setentero de documentales de cuarta al hacer un plano mudo y oscuro entre escena y escena.


Si se quiere enfocar el film desde el lado sociológico tampoco tiene una explicación valedera ni justificación y menos realismo. No se puede hacer ficción con un hecho tan grotesco e irreal al pretender hacer creer que por un trauma de violencia y agresión sexual, una mujer decide introducirse un tubérculo en la vagina hasta que se pudra y ponga en riesgo su vida. No tiene sentido. Y cada una de las situaciones que se reflejan para componer la trama de la película es más sórdida de la que la antecede.

Otra historia es el devenir de la fama adquirida por la Solier, a quien nadie quita su encantadora ternura y su impresionante valentía para enfrentar la fama impuesta por el destino. Su belleza nativa y exótica, que seguramente encandiló a los europeos del Berlinale, no nos impide apreciar con ojo crítico la puesta en cuestión.


Un fiasco que nos duele porque muestra un cine que los peruanos no merecemos. Y ahora que postula para un Òscar, enfrentándose a películas de calibre y bien logradas, sus posibilidades inevitablemente son escasas. Aunque nuestros corazones hinchen por que gane, debemos ser realistas y desengañarnos despojándonos de esa venda mediática que nos han impuesto desde hace casi un año, presentándonos un producto falso por lo pésimamente logrado.


Hoy, César Hildebrandt tampoco ha tenido miramientos para despanzurrar esa falsa bola de nieve que pretendió por meses mantener cohesionado al país, pintándonos una película “de bandera” que no reúne siquiera los méritos de un documental de un principiante que invierte sus tres mil soles para mostrar en el ecran la fiesta de su pueblo.


PD. No se le ocurra preparar su canchita para espectar ésta mal llamada “producción nacional” porque no podrán digerirla.

Domingo de teta y sustos

La Primera
24 de febrero de 2010
Por César Hildebrandt

Hace unos días hice lo que había aplazado durante largos meses: ver “La teta asustada”, la película peruana más exitosa y reconocida de todos los tiempos, una obra que, sin ninguna duda, debe tener méritos y excelencias que este columnista, por alguna razón entre las que no se encuentra la cicatería, no pudo (o no supo) encontrar.

Como alguna vez he confesado, soy un viejo cinéfilo que ha pasado grandes momentos de su vida viendo películas de todos los estilos, todos los géneros, todos los directores y todas las calañas.

Me había resistido a ver “La teta asustada” porque temía que no me gustara (“Madeinusa” me había parecido un buen intento fallido) y porque, si así sucedía, tendría que escribirlo y no callarme como hacen tantos a la hora de mirar la dirección de los vientos.

Y al no callarme –pensé- tendría que enfrentar el callejón oscuro de los adocenados y los nacionalistas del culo que están viendo “antipatriotas” hasta en la sopa (en la sopa de Acurio por ejemplo, que es, como se sabe, sagrada).

De modo, que compré “La teta asustada” en una versión formal –soy de los que jamás compra piratería: no soy un “peruano cabal”- y la vi. Quiero decir, la vimos.

Cuando aparecieron los créditos finales no sabía a qué espectáculo había asistido: ¿era sólo una mala película o era el resumen más brioso de la huachafería vagamente progre y de exportación, esa que PromPerú podría auspiciar junto a algunas ruinas sobreestimadas?

Vamos a ver. Los actores de “La teta asustada” no son buenos y al no ser buenos no sostienen una historia hiperbólica que hubiera requerido un registro realista que compensara tanto exceso. ¡Y es que el realismo incluye también lo actoral y eso es algo que el cine sudamericano, con algunas excepciones, no logra entender!

La fotografía de “La teta asustada” combina las postales distantes, los planos abiertos de un observador frío, con algunos primeros planos voluntaristamente dramáticos y sin sentido y con encuadres gaudianos, retorcidos y amputadores. ¿Fue un aporte al cubismo que hubiese brazos cortados, contraplanos a media caña, manitas sin antebrazos, codos sueltos?

La película es un tour para catalanes y berlineses perversones en torno a un país trágico que Claudia Llosa se ha empeñado en hacer cómico (y, claro, así, en clave de humor negro y de sal gruesa, elude rozar siquiera el origen de todo: la raíz social no de la papa sino de la injusticia y la escisión social).

Como comedia varias veces involuntaria, “La teta asustada” es prodigiosa. Que un ginecólogo le diga al tío que recomendará “otro anticonceptivo” a la niña que tiene una papa en la vagina –dando por hecho que el tubérculo cumple esa función- es como para sonreír.

Que una ricachona tenga su palacete junto a un mercado del Perú profundo –realidades encarnizadamente enemigas separadas apenas por una puerta eléctrica-, ¿es una manera de ahorrar platós, agudizar las contradicciones o hacer una caricatura abreviada y en pocos metros cuadrados del Perú?

Que esa misma señora le diga a la protagonista que tome asiento cuando ésta ya está sentada, no es una distracción de vieja pituca: es la enésima tontería de un dialoguista empeñado en construir personajes oligofrénicos.

La señorita Llosa es una militante del realismo mágico, pero tiene un problema: no es García Márquez; es, más bien, la secretaria visual de Isabel Allende.

De allí, de ese almacén ingenuo de realismo mágico en versión “Coquito” salen, en desfile continuo, el barco que va a cruzar un túnel más estrecho que su diámetro y su altura, la poda con tijerita de uñas de la papa intravaginal, la venta de ataúdes con escudos futbolísticos para hinchas del más allá, el hecho de que la señorita Solier se desmaye y sea intervenida en un quirófano mientras mantiene en una mano crispada un puñado de perlas, los matrimonios masivos sin alcalde, la santa conservación inodora de un cadáver de varios días, el rostro aceradamente inmóvil y casi enyesado de la señorita Solier en su papel de víctima de la teta, la transformación repentina e inconvincente de la señora pianista luego de su concierto.

Todo folclórico y apretado, todo hecho para arrancar exclamaciones de risas, horror y condescendencia entre europeos culposos, oenegistas con mucho millaje y amantes del exotismo.

Y casi todos los personajes de la película exhiben una estupidez cacasena -¿de origen viral, hereditario, antropológico?-, como aquella novia que, teniendo un vestido con una cola de varios metros, está descontenta porque quiere más tela para más cola y que termina, como idiota mayúscula, subiendo al podio inverosímil que Claudia Llosa le ha puesto, no por los peldaños “majestuosos” de aquel armatoste de cartón sino por una escalera de albañil desde la que está a punto de caer.

“La teta asustada” no es una mala película porque retrate con saña de turista pronazi las miserias y pellejerías de la pobreza urbana de Lima ni aluda, con enorme timidez, a las fechorías que sufrieron nuestros campesinos de manos de terroristas y militares. Es mala porque cinematográficamente es un desastre.

La historia no te la crees –no porque sea irreal sino porque está mal contada-, los actores recitan muchas veces frases sin sentido, la señorita Solier canta cuando no debe –es decir, admitámoslo: casi siempre- y hay empalmes que no se explican, lentitudes que nada aportan, destellos visuales –la señorita Solier con una flor en la boca, el despegue de un artilugio impulsado por helio- que terminan por desbaratar la poca lógica interna que le quedaba a la ficción.

El Perú cambió el mundo con el aporte de la papa ancestral. Esta papa intravaginal y casi hidropónica, física y simbólicamente inmunda, no cambiará la historia del cine.

Sé a lo que me expongo con estas líneas. La verdad es que importa un ardite. Peor hubiese sido sumarme al coro extasiado y patriótico de los que creen que el honor nacional está en juego en la ceremonia del Oscar.

Ni conozco ni envidio ni siento nada por la señorita Llosa. Es más, espero que gane el Oscar y que lo disfrute. Pero eso no me impide decir lo que pienso. Tampoco le temo a sus primos fulminantes ni a sus tíos mitológicos ni a sus vínculos especiales con el agitprop ibérico.

Me alegra que haya tenido la suerte de contar con tantas anuencias internacionales y con tantos píos silencios domésticos. Pero de allí a decir que “La teta asustada” es una “gran película”, como la tetudez colectiva ha impuesto aquí y con letras de neón, hay tanta distancia como la que va de la alfombra roja del teatro Kodak a la posteridad de veras bien ganada.

sábado, 28 de noviembre de 2009


Huachafadas Verbales "Modernas"



¿No se ha dado cuenta que, aquellos con poca educación y escasa actitud para aprender, utilizan mayormente un lenguaje metódicamente alienado y artificial cuando quieren aparentar cultura o “decencia”?

Aunque supuestamente se trata de personas que han vivido más de 30 años, sus argumentos idiomáticos no superan lo esencial en palabras para hacerse entender. Y para dárselas de “cultos” emplean, casi siempre, dos o tres palabrejas rebuscadas que ni ellos mismos entienden como han articulado en su expresión. Ah, y muchos de los que se creen premunidos de “autoridad” (para meter palo) como serenos, vigilantes y policías, no escatiman oportunidad para eludir una responsabilidad o actitud cortés arguyendo el consabido “desconozco mayormente”.

Y no hablamos de barrabasadas como el decir aiga en lugar de haya o el extendido sustantivo de barriada que se utiliza, por ejemplo, cuando se quiere conjugar (en tiempo) el verbo dar. Quién no ha sentido abofeteado su oído con esta expresión: no quiero que me deas eso. Término inimaginable en otras sociedades de habla hispana que, sin embrago, se ha convertido, practicamente, en un peruanismo más en los suburbios de las ciudades.

Pero, qué duda cabe, los términos que se llevan el escapulario del nuevo lenguaje cholo, anclado en el desdén por la lectura y el conocimiento, son tres palabrejas que no se cómo hacen para meterla en su vocabulario dizque “culto”. Ellas son (retoque de suspenso...): Supuestamente, mayormente y practicamente. Si lo nota, agudo lector, todas estan ligadas al término mente.

Pero hay más huachaferías lingüísticas, dignas de un museo a lo estrafalario y carente de buen gusto, que se exponen y publican en medios por quienes debieran darnos clases de expresión correcta y arte sano en el hablar. César Hildebrandt, nos recuerda muchas de esas extravagancias idiomáticas que a diario se ventilan en los periódicos, convirtiendo el lenguaje sencillo y locuaz en un enjambre de palabras rimbombantes e imprecisas. Leamos:
Lengua muerta
“Deleitó a los asistentes” dice la leyenda de una foto puesta en un blog de La Católica.

Los lugares comunes, las barrabasadas idiomáticas, el uso patológico de la ambigüedad se han impuesto en las comunicaciones.

Están en boca de locutores, cronistas, enviados especiales, políticos, economistas y hasta educadores. Cunden en la prosa con siyau de los periódicos y, por supuesto, pueblan los documentos oficiales, los editoriales serios y hasta los considerandos de las leyes.

Gracias a los lugares comunes los términos son “de referencia” o “de intercambio”, los ajustes son “de cuentas” y los suicidas tomaron “una drástica decisión”.

Se ha puesto de moda decir “alertas tempranas”, como si las alertas remolonas fuesen alertas. Y el bárbaro “aperturar” uno lo puede escuchar hasta en el programa de Jimena de la Quintana.

Los choques cruentos y fatales terminan siempre en “un amasijo de fierros retorcidos”. Y cuando un río se sale de cauce y daña las riberas siempre se habla de “la furia de la naturaleza”.

A cualquier manganzón se le despide “dándosele las gracias por los servicios prestados”. Y sólo se requiere estar muy viejo y no haber matado a alguien para merecer aquella frase: “permanente ejemplo de peruanidad”. O esta otra, aún peor: “con honda vocación de servicio”.

Los crímenes de ámbito doméstico suelen perpetrarlos gente que la prensa describe como “presa de los celos”. Y cuando habla algún general de la policía la crónica respectiva deberá de incluir, inexorablemente, la frase “instó a cerrar filas”.

Las “trabajadoras sexuales” son las que antes se llamaban, castizamente, putas y los que padecen una avería cognitiva –digna de toda compasión y de la mayor de las ternuras, dicho sea de paso- es que “tienen habilidades diferentes”.

Cuando el Estado gringo da un maquinazo que hubiese significado la quiebra de un país normal es que “se ha ejecutado un gigantesco plan de estímulo fiscal”. Y cuando la Sunat nuestra roba como loca entonces sale un nerd con cara de pinche de la riquería y dice que “la presión tributaria se está incrementando positivamente”.

Hay comentaristas que llaman a las piedras y a los insultos lanzados por las tribus futbolísticas “miedo escénico” y señoritas que en vivo y en directo sueltan una frase como “en su bolsillo del abogado”.

Y no es que los bonos se vendan, como siempre: se “colocan”. Y no es que las bolsas pierdan un día: es que “ceden”. Y no es que General Motors quiebre: es que “es parte del plan de emergencia y recuperación del presidente Obama”.

De modo que al ejécito invasor de Irak hay que llamarlo "la coalición". A la guerra allí librada por el segundo Bush “Operación Libertad Iraquí”, y a la soldadesca que mata en Afganistán “Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad” (ISAF). Y a los negocios de Halliburton, del criminal Cheney, hay que llamarlos “la reconstrucción de Irak”. Y a los niños asesinados en Gaza por el ejército del aire de Israel tenemos que llamarlos “daño colateral”.

Y así vamos matando el sentido de las palabras, relativizando el crimen, prostituyendo la palabra luego de prostituir el planeta.

Los filósofos de la ambigüedad están felices. Detrás de sus naderías somníferas no hay nada sino encubrimiento, pero nadie puede quitarles el mérito de haber tenido un clamoroso éxito en esto de preparar a los jóvenes para la resignación.

Un mundo como este necesitaba un lenguaje en el que todo estuviese trastocado.

Para el gobierno mediático y global que las corporaciones han construido era imprescindible que, como Orwell lo imaginó, la verdad fuese mentira, la mentira simulase ser erudición, la duda se filtrase en cada párrafo y la ira fuese exiliada como “sobra sesentera y radical”.

Para un mundo que fomenta y que casi exige la idiotez, qué mejor que unos sociólogos que no se pronuncien, una prensa metida en la danza y un lenguaje uniforme y enfermo de eufemismos. Una lengua muerta en la guerra que perdimos.

Extraído del diario La Primera, edición del 28 de noviembre de 2009


sábado, 12 de septiembre de 2009


Siglos Cretinos

Siglos Cretinos
Huérfano de Tecnología ¿O Cretino Conservador?

Por César Hildebrandt
11 de septiembre de 2009


Hace años le escuché decir a Don Hewitt, el creador y productor de “Sesenta minutos” que se acaba de morir, que no se sentía cómodo en el siglo XXI. Lo decía hablando del vértigo, de la impiedad, de la uniformidad y de los excesos de la tecnología.

Era una manera de decir que tampoco se sintió muy bien en los últimos 20 años del siglo XX, preludio analógico de lo que estamos viviendo.

Me sentí plenamente de acuerdo con el viejo Hewitt.
Carezco de Twitter, no frecuento el Facebook, jamás tuve un Blog, desconozco al Blackberry, me libré de los iPod Touch, renuncié a estar de moda, amo los escritorios viejos, creo en los libros, mi reloj sin cronómetro me sigue gustando, uso la computadora como si fuera una máquina de escribir (y aporreo su teclado como si de una Remington se tratara), me he visto obligado a comprar discos compactos, MTV no me emociona, uso el celular con cada vez más renuencia, me aburría soberanamente con las hazañas gravitatorias de los plomazos del transbordador, y en general, tengo ante esta proliferación de prodigios la sensación de que hemos hecho un mundo a la medida de Madonna.

¿Quién diablos nos ha dicho que la rapidez es más importante que el mensaje? ¿Era menos Miguel Strogoff acaso? ¿Cuando el cartero tocaba dos veces la gente no era feliz? ¿Qué hará el Nintendo, a la larga, en el delicado cerebro de los niños?

¿Quién demonios dice que la búsqueda electrónica es más emocionante que la que hundía a Marlowe -y antes a Holmes- en archivos amarillentos? ¿Estamos hechos de píxeles? ¿Quemarán las bibliotecas?

¿Y qué importancia tiene aproximarse a la última partícula de la materia -y aun de la antimateria- si no podemos entender que la materia más preciada, la Tierra en su conjunto, es una madre herida por nuestros desechos?

El siglo XX fue bastante cretino por su maniqueísmo, eso que alguien ha llamado, con razón, una enfermedad de la inteligencia. Pero si el siglo XX fue cretino, detesto igualmente la arrogancia cretina del siglo XXI: sus mares de jóvenes machacados por el mismo ritmo, una misma ideología que niega toda trascendencia, una misma codicia que brutaliza toda relación, una misma resignación que empobrece el espíritu.

Tuve un sueño el otro día: regresaba del trabajo en un Packard pesado y llegaba a una casa con el piso de madera real y encendía una radio de bulbos (Phillips, también de madera) y me ponía a oír radio Selecta.

Un gato gordo me miró a los ojos, reconociéndome.

Miré por la ventana y pude ver el cielo. Hacía frío pero el cielo no era una telaraña de cables telefónicos.
La Primera, 11 de septiembre de 2009

jueves, 27 de agosto de 2009


¡No te metas con mi Jagguar!

Mufarech, adicto a meter juicio a los periodistas, acudió al programa de César hildebrandt y dejó bien en claro que no permitirá que le toquen el tema de su auto Jagguar, presuntamente sobrevalorado cuando lo adquirió hace ya varios años ( y varios juicios).
Para no ser enjuiciados por este matón de corrillos judiciales no le tocamos el tema, solo mostramos lo que dijo esa noche en su defensa y con respecto al juicio por un millon de dólares entablado en contra del blogero José alejandro godoy.





Uyuyuy ........