La pregunta flota: cómo recuperar la ilusión de vivir en aquellos que muestran un desdén por su existencia y que amenazan,entre líneas, no acompañarnos más; cómo descubrir esa tendencia suicida en quienes ni siquiera perciben que tienen ese virus incrustado en el alma. Un reto que tenemos para salvar a algunos de nuestros mejores escribidores e, incluso, a aquellos seres queridos que se apartan del diario trajinar para zambullirse en un sendero de autodestrucción.
jueves, 13 de enero de 2011
De escritores y suicidas
La pregunta flota: cómo recuperar la ilusión de vivir en aquellos que muestran un desdén por su existencia y que amenazan,entre líneas, no acompañarnos más; cómo descubrir esa tendencia suicida en quienes ni siquiera perciben que tienen ese virus incrustado en el alma. Un reto que tenemos para salvar a algunos de nuestros mejores escribidores e, incluso, a aquellos seres queridos que se apartan del diario trajinar para zambullirse en un sendero de autodestrucción.
viernes, 5 de febrero de 2010
Desnudando al Bayly
Bayly y la corrupción
La Primera
Por César Hildebrandt
Jaime Bayly ha llegado a tener seis puntos de intención de voto en Lima.
Su “nicho”, su público, su respaldo light –y quizá mudable- está entre los jóvenes de 18 a 30 años de los niveles sociales A y B.
No parece ser esta encuesta de la Universidad Católica motivo suficiente para que el baylismo limeño haga la fiesta que está haciendo.
Pasar del 6 por ciento capitalino y acomodado a ganar una elección nacional se presenta como una larga marcha. Pero lo que es indiscutible es que Bayly ha obtenido, en un mes de provocaciones ingeniosas, lo que a otros les cuesta años y lo que otros pierden en unos pocos meses.
La fragua de Bayly, políticamente hablando, es su bien ganado narcisismo. Es un escritor torrencial y muchas veces talentoso, un comediante triunfal, un comunicador nato, un neurótico indiscreto y perverso que es capaz de anunciar pesares ficticios y hablar como un notario helado de su propia, inminente y fantasiosa muerte.
Bayly ha llegado a amarse tanto que si pudiera desdoblarse del todo se casaría consigo mismo.
Es también socialmente inimputable y ha logrado, gracias a su simpatía, que se le perdone todo. Las barbaridades que ha escrito, su admisión pública de que “no tiene puta idea de para qué quiere ser presidente”, su prochilenismo fervoroso que lo empuja a plantear la virtual desaparición de las Fuerzas Armadas peruanas, sus oscuras escaramuzas con aquel amante argentino llamado Martín, su degradante persecución en contra de Diego Bertie –supuesta y ocasional pareja precoz del ahora candidato-, toda esa montaña de desatinos habría sepultado las ambiciones de cualquier mortal común y corriente.
Pero Bayly parece tocado por un dios pagano que lo aurolea de teflón y agüita santa, un ángel de la guarda que no lo desampara ni de noche ni de día (sobre todo de noche).
Pero si las locas ambiciones –locas pero legítimas- de este ego omnívoro explican parte de su candidatura, lo cierto, lo dolorosamente cierto, es que Bayly no estaría en la lid electoral si la clase política peruana hubiese hecho una mínima parte de sus tareas.
Es la ruina de la política peruana y el desastre de la educación aquello que explica, en el fondo, el fenómeno Bayly.
Si los partidos son siglas, vientres putos de alquiler, aglomeraciones sin ideas claras, o maquinarias enormes donde las elecciones internas se manipulan y envilecen –tal es el caso del Apra-, ¿qué pueden pensar los desafectos más jóvenes? Pues que un revulsivo esperpéntico nos puede caer bien. Bayly es un astuto fruto del desánimo de muchísimos jóvenes, de su asco por la política, de su rechazo a la farsa. Que quienes rechazan la farsa apuesten por Bayly parece una ironía autoinfligida. Y que su nicho electoral esté en las clases altas da una idea de que, en materia de valores, el desastre educacional del Perú va de la cima a la sima.
Si gente como García, Kouri, Castañeda -y muchos otros más- demuestran a diario que en el Perú la ética está demás y que valores como la honradez, el cumplimiento de la palabra empeñada, la prolijidad en el manejo del dinero público, han dejado de existir, ¿con qué vigas sostenemos la ilusión de país y de nación y de propósitos comunes?
Esto es una escombrera. De este Haití ético que es el Perú de hoy, puede salir cualquier ocurrencia, la más tesonera extravagancia, el capricho más ridículo.
Pero la escombrera también tiene una causa. Y esa causa es lo que podríamos llamar la actual hegemonía de la corrupción.
La corrupción es vieja en el Perú. Pero quien mejor la organizó, quien la convirtió en institución intersectorial y en manual de magisterio fue Alberto Fujimori.
Y en muchos aspectos, el fujimorismo, como clima y nube tóxica, sigue siendo protagónico.
El primer síntoma de esa supervivencia es que en el Perú actual ha crecido aún más la legión de ciudadanos que piensan que el robo es inevitable y que la coima tiene mucho de natural.
Esto no es anomia. La anomia es la prescindencia distante de leyes y de normas sociales.
Lo que pasa en el Perú actual es mucho más profundo y escabroso. Aquí se aprecia, se estima, se alienta la corrupción.
Un corrupto exitoso en el Perú –y sobre todo en Lima, el epicentro de este cáncer- es alguien a quien muchos admiran. Mezcla de machismo, ignorancia, arribismo y propensión a tomar todos los atajos que se presenten, esta cultura de la corrupción, esta autorización tácita para que los encumbrados violen la ley o se hagan de fortunas vertiginosas, ha logrado arrinconar a la virtud y encumbrar a la fechoría llamándola “pragmatismo” y aun normalidad o destino.
Es cierto que en Chile o en Ecuador –o en Colombia y Brasil, para no hablar de los Estados Unidos- la corrupción asoma su pezuña de vez en cuando.
Pero, por lo general, cuando un escándalo de este tipo estalla en esos países hay un cierto revuelo, una sanción social, una intervención muchas veces enérgica de jueces y fiscales.
En pocos países la corrupción se premia o se celebra. Mi país, tocado por una infección de la que ya hablaba hace un siglo González Prada, ha desmantelado, gracias a García, el sistema que permitió encarcelar a algunos malandrines.
Es cierto que hubo un paréntesis de luz en todo este proceso. Y ese tramo soleado tuvo un nombre: Valentín Paniagua.
Pero recordemos qué pasó después. Después llegaron Toledo y PPK a “restaurar el orden”. Entonces supimos que había una delgada línea roja que unía al hotel “Melody” con la fuga de Schutz, a Maiman con el lobismo aventajado de los amigotes de Toledo.
El fujimorismo había vuelto. Pero este era más letal.
Porque a Fujimori lo enfrentamos quienes estamos convencidos de que la democracia es irremplazable. Y entonces fue la batalla entre el despotismo sin ilustración de Fujimori y los valores de la democracia.
Con Toledo, para nuestra desgracia, se desacreditó la democracia. El mecanismo de regeneración del Perú se atascó en los negocios de las licitaciones y las concesiones. La transición se volvió intransitiva y murió con Paniagua.
No necesito abundar en detalles respecto de lo que ha significado el retorno de García.
Ese retorno ha sido la confirmación plena de que en el Perú la tendencia mayoritaria es considerar el bandidaje político como un asunto menor.
No digo que el señor Humala hubiese hecho un buen gobierno –en realidad, con la maleza que arrastró al parlamento habría hecho un gobierno espantoso y anarquizante-. Lo que digo es que tuvimos la oportunidad de elegir a Lourdes Flores, una mujer de centro y hasta ese momento sin tacha alguna, y la desperdiciamos. Optamos por “el mal menor”.
El costo de esa opción ha sido enorme. Nunca sabremos cabalmente de qué tamaño es el actual saqueo del presupuesto nacional y de qué modo la podredumbre ha cundido, de arriba a abajo, desde la cabeza malograda a la circulación periférica, en los ministerios, los municipios, los gobiernos regionales, las instituciones.
Un problema mayor es que la corrupción que padecemos es incompatible con el capitalismo y el mercado. La corrupción no sólo roba sino que desalienta a la honestidad y destruye la meritocracia.
Si para ganar una licitación es mejor ser amigo que ser mejor y si algunas decisiones sobre gasto e inversión pasan por ciertas covachas del compadrismo porteño, ¿de qué liberalismo hablamos?
El capitalismo creador que cambió al mundo no se hizo con lodo sino con trabajo y con valores.
Un maremoto mundial lo ha cambiado casi todo. Lo que hacía Henry Ford ahora lo hacen gansters de la banca.
Pero volviendo a lo nuestro: si el Apra es ese padre que devora a sus hijos, si la oposición es ese silencio, si la prensa del entretenimiento ha derrotado a la prensa seria, si los partidos deambulan en busca de un líder perdido, entonces nadie debería sorprenderse ante lo que está sucediendo: Bayly propone terminar de vender el país y, al mismo tiempo, plantea una revolución. Esa revolución, sin embargo, se detiene en el matrimonio gay, o en el concordato con Roma. Quietismo en lo económico –para que acabemos de cerrar lo poco de industria que nos queda- y audacias de segunda para el cojudeo. Buena fórmula. Malos tiempos.
domingo, 30 de agosto de 2009
¡”Soy capaz de contratar un francotirador…”!
Los parajes de la vida diaria están llenos de seres excéntricos, banales, importantes y famosos pero también odiosos e hijos de puta. También rodean nuestra existencia seres enfermizos, con una ideología nociva, destructiva, que enerva y lo enfrasca a uno en la incertidumbre de desconocerse y abofetear al contrario, al antipático, al que nos mira desafiante o respirar profundamente y seguir viviendo.
Pero nos aguantamos las ganas por norma, “por educación” o quizá por cobardía. Pero si actuáramos como nos place, nos tildarían de violento, racista, homofóbico, intolerante, subversivo o con ese calificativo tan de moda: “anti sistema”. El engranaje social nos reclama guardar las apariencias y comernos el sapo de la vida diaria.
Pero de desenvolvernos auténticamente a sembrar malas artes e inocular la semilla del odio hay abismal diferencia. Dos expresiones acaecidas últimamente explican porque últimamente se han disparado las cifras de crímenes de odio, feminicidios o parricidios en nuestra sociedad.
Las imputaciones llenas de un comprensible despecho lanzadas por el supuesto padre de la famosa modelo Thalía Estabridis, son explicables pero censurables a la vez. “Soy capaz de contratar un francotirador para que elimine a ese…”, fue la amenaza proferida por el desorbitado sujeto que se esmeraba con rabia en defender el honor mancilladlo de la angelical coanimadora del programa “Habacilar”.
Pero más incomprensibles y polémicas han sido las teorías sobre cómo transitar en la vida hecha en dos artículos por el conductor de TV Jaime Bayli, publicadas los últimos días en el diario Perú 21. Ni que hablar del "premio" al escrito más racista obtenido por el columnista del diario Correo, Andrés Bedoya Ugarteche que pedía al gobierno combatir con napalm las protestas ´de nativos de la selva.
Claro que la respuesta de la blogósfera peruana no se hizo esperar ante semejante pedido del decrépito neonazi. Aquí
Recientemente el sociólogo Martín Tanaka ha afrontado así este polémico asunto:
jueves 27 de agosto de 2009
Crímenes de odio y columnas de opinión
Mirko Lauer ha comentado sobre el "premio" que la ONG Survival International ha otorgado al diario Correo por haber publicado "el artículo más racista del año", "¡Pobrecitos chunchos! y otras torpezas". En él "se llama a los indígenas peruanos salvajes, paleolíticos, primitivos, y se sugiere que deberían ser bombardeados con napalm". Ver:Importante premio internacionalJue, 27/08/2009 - Por Mirko Lauer.
Estoy totalmente de acuerdo con Lauer cuando dice: "¿cómo librarnos del racismo? Una forma es no dejándolo pasar inadvertido, es decir señalar su presencia, incluso cuando ella está disfrazada de cualquier otra cosa". Así que yo quiero llamar la atención sobre una "presencia inadvertida".
Primero, ubicaría la discusión sobre el racismo dentro de un marco más amplio, el de los "crímenes de odio". Algunas de las columnas del diario Correo incitan el odio hacia algunos grupos sociales, y por lo tanto incitan la comisión de crímenes en contra de estos grupos. El autor del artículo premiado es un tipo impresentable, podría decirse que nadie que escriba ese tipo de cosas tendrá alguna respetabilidad. Me preocupa por lo tanto que gente "respetable" caiga en estas actitudes.
¿Han leído las últimas columnas de Jaime Bayly? Pienso que Bayly está incitando a la comisión de crímenes de odio. Puede sonar exagerado, pero sobre estos temas no se puede jugar, y creo que hay que señalarlo.En su columna del lunes puede leerse:"Consejos a mis hijas: (...) Traten en lo posible de no matar a nadie.Si es inevitable matar a alguien, háganlo con delicadeza y compasión, procurando el menor sufrimiento a la víctima y no dejando huellas del crimen.Matar puede ser divertido una vez, más ya es vicio. No se envicien. Si se envician, usen silenciador y disparen tres veces, por las dudas. (...) Un día cualquiera, en una ciudad cualquiera, escúpanle sin razón alguna a un peatón. Sigan caminando. No se disculpen." Lun. 24 ago '09 Consejos a mis hijas Autor: Jaime Bayly
¿Son este tipo de comentarios licencias literarias frente a las cuales no deberíamos escandalizarnos? El peligro es que poco a poco se legitiman los actos de violencia, la falta de respeto al prójimo: y quienes terminan siendo víctimas de la violencia son los más débiles, aquellos que tienen dificultades para hacer valer sus derechos.
Pero hay más: en otra de las últimas columnas de Bayly se lee:"(...) Salí del cine agitado, furioso, poseído por una fiebre perniciosa, con ganas de golpear a alguien. Todos los golpes que Bronson había dado y recibido en la película (basada en una historia real) se me habían metido al cuerpo y se habían reunido en un golpe que tenía que darle a alguien, en un golpe latente que bullía en mí y me hacia respirar agitadamente y tenía que descargar, sacudiendo la cara de algún peatón.Nunca había sentido esa necesidad física de pegarle a alguien sin ninguna razón. Nunca me ha gustado pelear. Siempre he despreciado a la gente que zanja sus conflictos a golpes. Pero ahora estaba caminando a medianoche por Copenhague y tenía que romperle la nariz a alguien y no sabía por qué tenía tanta rabia cifrada en ese golpe inevitable, en ese golpe que hervía en mi sangre y estaba condenado a dárselo a alguien o a dármelo a mí.
Atropellando mis pasos, sentí la voz áspera de mi padre que me pedía que descargase ese golpe tanto tiempo agazapado, sentí que había venido a Copenhague a pegarle a un infeliz, a recordar que yo era un bárbaro despreciable, que no podía irme de esta ciudad tan bella sin concederme el innoble placer de agredir a un inocente y tumbarlo de un golpe.Todo ocurrió de pronto y como probablemente estaba escrito en mi destino. Vi que un sujeto de aspecto oriental venía caminando en dirección opuesta a la mía. Era bajo, llevaba anteojos, andaba solo, cargando un bolso, y parecía un turista tailandés, chino, japonés, vietnamita. Lo odie. Lo odié como el bárbaro que soy. Lo odie porque ese sujeto me sobrevivirá.
Cuando lo tuve a un paso, descargué mi puño cerrado en su cara distraída. Saqué el golpe desde atrás, con toda la violencia que pude encontrar en mí, en mi pasado, en el mandato de mi padre, y estremecí sus ojos rasgados, volaron sus anteojos y el pobre hombre cayó al suelo. Escuché voces reprobatorias, pero nadie me tocó ni se me acercó. Lo vi en el suelo, la nariz sangrando, y seguí caminando deprisa hasta llegar al hotel. Fue uno de los momentos más placenteros de mi vida. Tenía que romperle la cara a ese chino cabrón. No me pregunten por qué. Era una cuestión de vida o muerte. O le pegaba o me mataba esa noche.
Y no había venido a Copenhague a morir sino a celebrar la vida que todavía me quedaba. Y a veces encuentras escondido en tus vísceras un golpe irracional que tienes que descargar sobre alguien para reconciliarte contigo mismo. Y por eso aquel golpe sin sentido fue una celebración de la vida, un triunfo personal, un tardío homenaje a mi padre, que tanto habría disfrutado de esa riña callejera.
Duchándome en el hotel, me dije: qué curioso que esta ciudad tan civilizada haya despertado al salvaje que hay en mí." Lun. 10 ago '09 Copenhague Autor: Jaime Bayly
No sé qué pensarán ustedes, pero a mí me parece escandaloso y muy peligroso que tan suelto de huesos se proponga escupir a alguien sin ninguna razón, que se diga que golpear a un desconocido es placentero, que se diga que matar es divertido. No hay que ser muy suspicaz para imaginarse qué grupos sociales serán los escupidos, los golpeados, los asesinados. A mí esto me parece un horror, y peor que venga de alguien como Bayly, que tiene audiencia y cierta influencia. Según la última "Encuesta del poder", Bayly es el segundo "personaje popular con mayor influencia en la opinión pública peruana".Me parece muy importante llamar la atención sobre esto y condenarlo públicamente.






