viernes, 5 de febrero de 2010


Desnudando al Bayly


Bayly y la corrupción

La Primera
Por César Hildebrandt

Jaime Bayly ha llegado a tener seis puntos de intención de voto en Lima.

Su “nicho”, su público, su respaldo light –y quizá mudable- está entre los jóvenes de 18 a 30 años de los niveles sociales A y B.

No parece ser esta encuesta de la Universidad Católica motivo suficiente para que el baylismo limeño haga la fiesta que está haciendo.

Pasar del 6 por ciento capitalino y acomodado a ganar una elección nacional se presenta como una larga marcha. Pero lo que es indiscutible es que Bayly ha obtenido, en un mes de provocaciones ingeniosas, lo que a otros les cuesta años y lo que otros pierden en unos pocos meses.

La fragua de Bayly, políticamente hablando, es su bien ganado narcisismo. Es un escritor torrencial y muchas veces talentoso, un comediante triunfal, un comunicador nato, un neurótico indiscreto y perverso que es capaz de anunciar pesares ficticios y hablar como un notario helado de su propia, inminente y fantasiosa muerte.

Bayly ha llegado a amarse tanto que si pudiera desdoblarse del todo se casaría consigo mismo.

Es también socialmente inimputable y ha logrado, gracias a su simpatía, que se le perdone todo. Las barbaridades que ha escrito, su admisión pública de que “no tiene puta idea de para qué quiere ser presidente”, su prochilenismo fervoroso que lo empuja a plantear la virtual desaparición de las Fuerzas Armadas peruanas, sus oscuras escaramuzas con aquel amante argentino llamado Martín, su degradante persecución en contra de Diego Bertie –supuesta y ocasional pareja precoz del ahora candidato-, toda esa montaña de desatinos habría sepultado las ambiciones de cualquier mortal común y corriente.

Pero Bayly parece tocado por un dios pagano que lo aurolea de teflón y agüita santa, un ángel de la guarda que no lo desampara ni de noche ni de día (sobre todo de noche).

Pero si las locas ambiciones –locas pero legítimas- de este ego omnívoro explican parte de su candidatura, lo cierto, lo dolorosamente cierto, es que Bayly no estaría en la lid electoral si la clase política peruana hubiese hecho una mínima parte de sus tareas.

Es la ruina de la política peruana y el desastre de la educación aquello que explica, en el fondo, el fenómeno Bayly.

Si los partidos son siglas, vientres putos de alquiler, aglomeraciones sin ideas claras, o maquinarias enormes donde las elecciones internas se manipulan y envilecen –tal es el caso del Apra-, ¿qué pueden pensar los desafectos más jóvenes? Pues que un revulsivo esperpéntico nos puede caer bien. Bayly es un astuto fruto del desánimo de muchísimos jóvenes, de su asco por la política, de su rechazo a la farsa. Que quienes rechazan la farsa apuesten por Bayly parece una ironía autoinfligida. Y que su nicho electoral esté en las clases altas da una idea de que, en materia de valores, el desastre educacional del Perú va de la cima a la sima.

Si gente como García, Kouri, Castañeda -y muchos otros más- demuestran a diario que en el Perú la ética está demás y que valores como la honradez, el cumplimiento de la palabra empeñada, la prolijidad en el manejo del dinero público, han dejado de existir, ¿con qué vigas sostenemos la ilusión de país y de nación y de propósitos comunes?

Esto es una escombrera. De este Haití ético que es el Perú de hoy, puede salir cualquier ocurrencia, la más tesonera extravagancia, el capricho más ridículo.

Pero la escombrera también tiene una causa. Y esa causa es lo que podríamos llamar la actual hegemonía de la corrupción.

La corrupción es vieja en el Perú. Pero quien mejor la organizó, quien la convirtió en institución intersectorial y en manual de magisterio fue Alberto Fujimori.

Y en muchos aspectos, el fujimorismo, como clima y nube tóxica, sigue siendo protagónico.

El primer síntoma de esa supervivencia es que en el Perú actual ha crecido aún más la legión de ciudadanos que piensan que el robo es inevitable y que la coima tiene mucho de natural.

Esto no es anomia. La anomia es la prescindencia distante de leyes y de normas sociales.

Lo que pasa en el Perú actual es mucho más profundo y escabroso. Aquí se aprecia, se estima, se alienta la corrupción.

Un corrupto exitoso en el Perú –y sobre todo en Lima, el epicentro de este cáncer- es alguien a quien muchos admiran. Mezcla de machismo, ignorancia, arribismo y propensión a tomar todos los atajos que se presenten, esta cultura de la corrupción, esta autorización tácita para que los encumbrados violen la ley o se hagan de fortunas vertiginosas, ha logrado arrinconar a la virtud y encumbrar a la fechoría llamándola “pragmatismo” y aun normalidad o destino.

Es cierto que en Chile o en Ecuador –o en Colombia y Brasil, para no hablar de los Estados Unidos- la corrupción asoma su pezuña de vez en cuando.

Pero, por lo general, cuando un escándalo de este tipo estalla en esos países hay un cierto revuelo, una sanción social, una intervención muchas veces enérgica de jueces y fiscales.

En pocos países la corrupción se premia o se celebra. Mi país, tocado por una infección de la que ya hablaba hace un siglo González Prada, ha desmantelado, gracias a García, el sistema que permitió encarcelar a algunos malandrines.

Es cierto que hubo un paréntesis de luz en todo este proceso. Y ese tramo soleado tuvo un nombre: Valentín Paniagua.

Pero recordemos qué pasó después. Después llegaron Toledo y PPK a “restaurar el orden”. Entonces supimos que había una delgada línea roja que unía al hotel “Melody” con la fuga de Schutz, a Maiman con el lobismo aventajado de los amigotes de Toledo.

El fujimorismo había vuelto. Pero este era más letal.

Porque a Fujimori lo enfrentamos quienes estamos convencidos de que la democracia es irremplazable. Y entonces fue la batalla entre el despotismo sin ilustración de Fujimori y los valores de la democracia.

Con Toledo, para nuestra desgracia, se desacreditó la democracia. El mecanismo de regeneración del Perú se atascó en los negocios de las licitaciones y las concesiones. La transición se volvió intransitiva y murió con Paniagua.

No necesito abundar en detalles respecto de lo que ha significado el retorno de García.

Ese retorno ha sido la confirmación plena de que en el Perú la tendencia mayoritaria es considerar el bandidaje político como un asunto menor.

No digo que el señor Humala hubiese hecho un buen gobierno –en realidad, con la maleza que arrastró al parlamento habría hecho un gobierno espantoso y anarquizante-. Lo que digo es que tuvimos la oportunidad de elegir a Lourdes Flores, una mujer de centro y hasta ese momento sin tacha alguna, y la desperdiciamos. Optamos por “el mal menor”.

El costo de esa opción ha sido enorme. Nunca sabremos cabalmente de qué tamaño es el actual saqueo del presupuesto nacional y de qué modo la podredumbre ha cundido, de arriba a abajo, desde la cabeza malograda a la circulación periférica, en los ministerios, los municipios, los gobiernos regionales, las instituciones.

Un problema mayor es que la corrupción que padecemos es incompatible con el capitalismo y el mercado. La corrupción no sólo roba sino que desalienta a la honestidad y destruye la meritocracia.

Si para ganar una licitación es mejor ser amigo que ser mejor y si algunas decisiones sobre gasto e inversión pasan por ciertas covachas del compadrismo porteño, ¿de qué liberalismo hablamos?

El capitalismo creador que cambió al mundo no se hizo con lodo sino con trabajo y con valores.

Un maremoto mundial lo ha cambiado casi todo. Lo que hacía Henry Ford ahora lo hacen gansters de la banca.

Pero volviendo a lo nuestro: si el Apra es ese padre que devora a sus hijos, si la oposición es ese silencio, si la prensa del entretenimiento ha derrotado a la prensa seria, si los partidos deambulan en busca de un líder perdido, entonces nadie debería sorprenderse ante lo que está sucediendo: Bayly propone terminar de vender el país y, al mismo tiempo, plantea una revolución. Esa revolución, sin embargo, se detiene en el matrimonio gay, o en el concordato con Roma. Quietismo en lo económico –para que acabemos de cerrar lo poco de industria que nos queda- y audacias de segunda para el cojudeo. Buena fórmula. Malos tiempos.





Carlincaturas y un aporte de Heduardo


jueves, 4 de febrero de 2010


Magaly Solier y el Oscar


UNA CHICA QUE NO SE ASUSTA
Allillanchu, señor Óscar

El Comercio
Por Fernando Vivas

Jueves 4 de Febrero del 2010
MAGALY SOLIER recibió el martes pasado la noticia de la nominación de “La teta asustada” en su chacra de Huanta. Esa escena pastoral, producida por su determinación de joven y orgullosa ayacuchana, es tan elocuente como la película

He sido noqueado, una vez más, por Magaly Solier. Y estoy encantado. Creí que ya me había vuelto inmune a sus hoyuelos, a sus alegres y agrestes salidas por la tangente cuando le preguntan si está enamorada, a sus ojazos demasiado intensos para esa belleza lánguida que se enciende ante la cámara, a su piel tiznada por todas las grisuras que asociamos a la sierra y a la pobreza del campo, a su letanía musical, citaray, citaray, citaray. Hasta temí, luego de verla en la película “Altiplano”, del belga Peter Brosens, que se convirtiera en cliché de exportación: virgencita cantora de los Andes, hechizada por los traumas de su cultura atávica y del pasado violento, esperando que un forastero venga con un conjuro para convertirla en sofisticada beldad metropolitana.

Pues Magaly me despertó de esa pesadilla y me volvió a conquistar con su última puesta en escena, que no se la debe a Claudia Llosa sino a sí misma: se fue a su chacrita ayacuchana a esperar las nominaciones al Óscar. Si parece una fábula contemporánea: una chica de Avatar deja su refugio pastoral para pisar la alfombrar roja. Cuando sonó su celular y habló con RPP, estaba trabajando en medio del maizal, a pocos minutos de Huanta, la tierra donde, en 1969, otros jóvenes rebeldes como ella protestaron contra un decreto que les quitaría la educación gratuita si desaprobaban por lo menos un curso. Fue una rebelión airada pero desarmada, seguida de una masacre estudiantil que atizó un odio que unos años después alimentó la violencia demencial de Sendero Luminoso.

Pero Magaly es una hija pacífica de esa violencia histórica, una chica que venció el miedo a su libertad, una criatura tan bien plantada en la tierra, con arado, que cuando le llegó el cambio de fortuna decidió no cambiar en esencia. Ese es el principio fundamental de los que de veras la hacen, mantener sus buenas raíces y desechar las malas. Reclamar por ellas luz, agua, hasta una universidad para Huanta y no un departamentito, como Kina Malpartida.

EL CANDOR Y LA FURIA

No se confundan. El candor de sus respuestas puede ser protocolar. Existe en Magaly una furia sublimada en la actuación y el canto, y apuesto que sin ella Claudia no la hacía en la Berlinale ni llegaba al Óscar, pero la ira también puede aparecer, desnuda, cuando la miras fijamente y oyes su canto de sirena en seco, destilando improperios contra los machistas que abusan de la mujer. En su página web, he encontrado algunos exabruptos feministas que Magaly explica, en pasajes más serenos, se deben al recuerdo de experiencias de amigas suyas abusadas por viejos mañosos y profesores chantajistas.

Entre el candor y la furia, hay una mujer práctica que no está sola (aunque suele evadir el tema, el año pasado presentó a su enamorado Claudino, de 39 años, que trabajó en la producción de sus películas), adaptada igual para el trabajo agrícola que para los festivales y rodajes exigentes. Guarda celosamente los detalles de su próximo proyecto, y está a la espera del estreno de “Amador”, de Fernando León de Aranoa, uno de los mejores cineastas españoles, que la quiso como protagonista de la historia de una joven que cuida a un viejo postrado en cama.

La práctica Magaly también está adaptada para esquivar a la prensa y, cuando ya no puede huir, tiene siempre una respuesta. Deja fluir los sentimientos que quiere compartir —le salieron unas lágrimas cuando habló de los desastres provocados por las lluvias—, pero no suelta sus secretos profesionales.

Magaly, aunque a veces posa para la nota cándida y dice no entender el mundo de flashes y reflectores en el que se ha metido, sabe lo que pesan un Oso de Oro y un Óscar. Por sus respuestas en la atropellada conferencia de prensa que armó en Huanta, podemos presumir que el domingo 7 de marzo no quiere estar en su chacra sino en Hollywood y ya está pensando en qué vestido llevará. Tiene que estar muy linda porque todos los peruanos la vamos a acompañar.

EL DEENEI
NOMBRE Magaly Solier Romero
OCUPACIÓN Actriz y cantante
EDAD 23 años

martes, 2 de febrero de 2010


Magaly Solier se emociona por nominación al Oscar y pide universidad para Huanta



Entrevista de Jonathan Castro de La Mula

lunes, 1 de febrero de 2010


Tomás Eloy Martínez: Entre la crónica y la invención de la historia


Tomas Eloy Martinez (1934 - 2010)


Falleció anoche, a los 75 años, como consecuencia de un cáncer. El escritor tucumano fue testigo inmediato de años turbulentos y develó la raíz más latinoamericana de la política argentina con La novela de Perón. Sus obras de no ficción modernizaron el periodismo.

Revista Ñ de Argentina
Por: Ariel Dorfman

Fue en diciembre de 1973, en la redacción del diario La Opinión, que me encontré por primera vez con Tomás Eloy Martínez, aunque la verdad es que ya nos habíamos leído y puede aventurarse que éramos de alguna manera amigos, con esa fidelidad lejana y feroz que suelen exhibir los lectores hacia un autor admirado. Eran tiempos nefastos. Yo había llegado la noche anterior de un Chile que le había prometido al mundo la revolución de Salvador Allende y nos había dado, en cambio, la asonada de Pinochet. Creo que se me notaban en el rostro y en los hombros las muchas y recientes muertes que cargaba­ un aire fantasmagórico que me iba rondando y que Tomás no tardaría en discernir, él que era tan familiar con la muerte, de la que había sabido, hasta anoche, milagrosamente librarse.

Venía a conversar con Jacobo Timerman y cobrar un premio literario, pero también a juntarme con Osvaldo Soriano; y Soriano estaba conversando animadamente con Tomás, y ahí comenzó todo, así eran las cosas en esa época. Todos los que trabajaban en torno a la cultura en la Argentina formaban parte de una especie de colmena abigarrada de relaciones y sueños, se conocían entre sí e insistían en abrir puertas y ventanas. Eduardo Galeano me dijo que tenía que aproximarme a Rodolfo Walsh, Walsh me introdujo a Paco Urondo y me acuerdo de una noche infinita en que Augusto Roa Bastos me escribió largas y minuciosas listas con sus contactos, incluyendo a Graham Greene y Tomás, que bueno, fue el más expansivo y accesible. Me ofreció desde ese primer día que colaborara en el suplemento cultural que dirigía en La Opinión y también la publicación de un cuento en la revista Primera Plana. Hallé en él una generosidad que nunca cesó hasta el día de su muerte. Me armaba reuniones en su casa con corresponsales holandeses, curas revolucionarios y Montoneros esquivos, siempre bien regadas con vino y pasta y carnes, si bien él prefería el café como su oficina.

Aunque era la urgencia del momento político lo que nos unía en esas conspiraciones ­llegaban noticias de más represión en Chile y cada día era más inquietante la evolución del Argentina en que Perón, en su última presidencia, viraba drásticamente a la derecha­, se infiltró la literatura en las conversaciones, en especial la extraña relación que guarda la ficción con la realidad en nuestra América Latina, la fluida tensión entre lo testimonial/periodístico/histórico y la forma en que la imaginación está obligada a tejer un escenario paralelo. Me dio a leer en manuscrito La Pasión según Trelew. Me pareció una novela más que reportaje y él me confió que la gran novela argentina tendría que construirse en torno al enigma de Perón. Tenía, me dijo, un proyecto para armar algo sobre él y tal vez sobre Evita y ahí supe de las memorias que Perón le había dictado en Madrid. Como tantas veces que Tomás contaba algo (y vaya que era narrador empedernido), no sabía yo si era cierto o no, si lo estaba inventando o había sucedido. Ya estaba especializando en confundir deliciosamente a sus interlocutores, ya iba juntando una pasión por la verdad y una compasión por los excluidos de la historia con una mirada mareante y juguetona que los críticos calificarían como postmoderna.

Lo que no era invento era el peligro que se cernía sobre la Argentina. Yo estaba desesperado por irme, veía que estaba por caer sobre Tomás y sus congéneres una masacre que haría palidecer las de Trelew y Ezeiza. Se lo dije a él y a su primera mujer, Pinky, la noche que fui a despedirme de ellos en febrero de 1974 ­unos días antes de que vi

[an error occurred while processing this directive]niera a buscarme la Triple A al departamento de mi abuela en la calle Urquiza. "Tienen que partir lo antes posible", les dije. "Los van a matar a todos." Tomás sonrió y me aseguró que me equivocaba. Algo malo se venía pero no iba a ser como Chile, él no tenía ganas ya de viajar, había tanto que hacer y construir en la Argentina, tanto que escribir.

No lo volvería a ver hasta 1978 cuando visité Caracas, donde él había buscado refugio unos anos antes.

No me acuerdo si ya estaba casado él con Susana Rotker, una venezolana con la que yo trabaría una amistad tan entrañable como la que tenía con él, pero lo cierto es que a partir de 1984, cuando se instalaron en los Estados Unidos, pudimos armar un vínculo más permanente, puesto que residimos durante tres años en las inmediaciones de Washington D.C.. Ahí leí, antes de que se publicara, la obra que me había susurrado en Buenos Aires: era La novela de Perón, y quedé deslumbrado y hasta adelanté el juicio de que iba a ser imposible que superara aquella obra maestra. "Espérate", me dijo Tomás. "Falta Evita".

En esos años de nuestra expatriación pude, por fin, devolverle la mano a Tomás, ayudarlo como me había ayudado a mí cuando me encontraba náufrago en Buenos Aires. Lo recomendé para una beca en el Wilson Center de Washington (donde comenzó a escribir Santa Evita), y le presenté a mi editor en Pantheon, Tom Engelhardt, que publicó The Perón novel en inglés.

Después, nunca más convivimos en una misma ciudad pero jamás nos perdimos de vista. Y en la medida en que cada cual alcanzó algún grado de celebridad (como en toda auténtica camaradería, aclamábamos el éxito del amigo como si fuera propio), los lazos se fortalecieron. Pasaban meses en que no nos habláramos por teléfono ni nos encontrábamos en conferencias, pero era posible saber del otro por los libros publicados y enviados y, especialmente, por las crónicas periodísticas. No compartimos, desventuradamente, tan sólo los premios, victorias y páginas de un diario, sino también. . . y no hay nada que hacer, tengo que recordar aquella madrugada cataclismática en que Daniel Divinsky me anunció que Susana Rotker había muerto en un accidente de tráfico en Nueva Jersey. Y más tarde la voz de Tomás al otro lado de la línea, desolado, más allá del dolor, y sin embargo contándome todo como si fuera una película, como si no pudiera, aún en los momentos de mayor devastación, dejar de narrar y supiera que sólo relatar esa historia alucinante podía salvarlo de la locura.

Con eso me quiero quedar. Con su empecinada exigencia de doblegar la realidad y construir delirios y engañar el destino precario, el suyo y el de su país y el de su continente. Contra y adentro del lugar común que es la muerte. Con eso me quiero quedar, con eso vamos a quedarnos todos. Con su certeza de que si algo no se cuenta no perdura, no vale la pena que exista.
 
PD. El gran Tomás Eloy Martínez tuvo una vida muy suculenta en alegrías y logros, pero también plagada de baches y sufrimientos. Una de sus peores tragedias fue el presenciar la muerte por atropello de su esposa y compañera en el condado de New Brunswick (New Jersey) EE.UU. En esa acojedora y apacible urbe, habitada por muchos judios y ardillas, don Tomás desarrolló sus mejores obras litearias y artículos sobre la realidad de nuestros pueblos y pasó sus últimos años de vida hasta que el ineludible destino incubó en él el temido cáncer que lo arrancó de este mundo
 
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jueves, 28 de enero de 2010


Las tres instancias de la otredad (1 y 2)

                                              (Foto: M. Pisarro)
Extraído del blog Nerds All Star

Publicado por Marcelo Pisarro
26/01/2010

Hacía bien el filósofo francés Michel de Certeau cuando apelaba a la analogía de las calles y los textos. Las calles y los textos proponen ciertos recorridos, ciertas lecturas, ciertos trayectos. Pero uno puede seguirlos de diferentes maneras, o no seguirlos, o inventarse otros nuevos. Por ejemplo, en lugar de comenzar a leer el periódico por la primera página, puede ir directamente a la sección de espectáculos, a los resultados de las carreras hípicas, a la columna de opinión de tal y cual celebridad de las letras. Puede subrayar las partes que le interesan, completar el crucigrama, dibujar dientes negros en los rostros de las fotografías o ―como el Jefe de Gabinete Aníbal Fernández dijo acerca del diario Clarín― emplearlo para envolver huevos.

También con los recorridos por la ciudad sucede algo parecido: se puede dar una vuelta en una esquina o en otra, detenerse a mirar vidrieras, sentarse en un bar, seguirle los pasos a una chica linda que pasea un perro o simplemente ser guiado por una suma azarosa de desvíos. La palabra clave es “desvío” y del desvío, como de tantas otras cosas, a veces hay que volver.

Existen desvíos en la lectura y en los paseos, aunque también existen desvíos en la escritura. Por ejemplo, el ensayista Aníbal Ford abusaba a diestra y siniestra de esos desvíos, y lo hacía de manera explícita: abría un paréntesis, escribía “desvío”, ponía dos puntos y se salía del argumento principal a gusto. Luego volvía. El texto se enriquecía, el desvío llevaba a algún lugar.

Pues bien, estaba diciendo que la otra mañana estaba aburrido, que me dispuse a inventarme una obligación para salir vagabundear por las calles del Cusco, en Perú, y de pronto comencé a hablar sobre choclos.

El choclo era sólo un desvío.

Lo importante era lo que sucedió antes del choclo, antes de cumplir con la obligación inventada, antes de abrir un paréntesis, explicitar el desvío y poner dos puntos.

(Desvío: choclo)

De vuelta al trayecto.

Era temprano. Poca gente por la calle. Aunque no llovía, el cielo estaba encapotado y se anunciaban más tormentas. Caminaba hacia la Plazoleta Espinar, donde está montada la feria de libros, en busca de un tomo del Inca Garcilaso de la Vega. Bajé por Siete Angelitos y tomé el pasaje Siete Culebras, que desemboca en la Plazuela de Las Nazarenas. Esta plazoleta se encuentra flanqueada por el Museo de Arte Precolombino, la capilla de San Antonio de Abad y la casa de Jerónimo Luis de Cabrera, adelantado español y fundador de la ciudad argentina de Córdoba en 1573.

Fue entonces cuando los vi.

Estaban la chola, estaban las cholitas, estaban las llamas, estaban las llamitas y estaba el turista mirando en derredor para que alguien le tomara una fotografía.

Seguí caminando, la vista clavada en el suelo. El turista (un tipo de unos treinta y pico de años) empezó a chistar y a mover los brazos. Seguí caminando.

―¡Jelou, jelou!

Seguí caminando, simulando que estaba enfrascado en mis propios asuntos o concentrado en un objeto invisible que avanzaba por las baldosas un paso delante de mí.

―¡Jelou, jelou!

Pero la plazoleta es plazoleta, breve, y no había nadie más. Imposible ignorarlo durante mucho más tiempo.

―¡Jelou, jelou!

Bien, hora de un desvío.

Feria de Purmamarca, Provincia de Jujuy. Estas imágenes, que no son de Cusco (como la de arriba), se justifican por el desvío que sigue. Alcanza con ver, en el ángulo inferior de la fotografía que abre la serie, las muñecas de las cholitas jujeñas; el resto es yapa étnográfica. (Fotos: M. Pisarro)

Entre los souvenirs con mayor demanda del norte de Argentina (en provincias como Salta o Jujuy) se cuentan las cholitas. Son muñecas que representan a las mujeres indias, elaboradas con telas, lanas, semillas, frutos secos. Se las encuentra en ferias, puestos callejeros, casas de recuerdos; las mujeres las llevan en canastas a los puntos donde encontrarán turistas o viajeros. Se venden muy bien.

El éxito de estos souvenirs suele explicarse por el bajo precio y el alto cuidado en su elaboración. Pero también porque estas muñecas representan a un “Otro”. Recuerdan, convierten en baratija, una suma de rasgos estéticos y físicos (las trenzas negras, los ojos achinados, las sandalias, la ropa multicolor, las cacerolas de barro, el aguayo con alguna cabecita asomada) asumidos por los compradores como diferencia, exotismo, un margen de “otredad” sincrónica y diacrónica: ellas, las cholas.

Estas muñequitas se consiguen en toda la región andina central, en las localidades y circuitos turísticos asociados al imperio inca. Aunque cambian algunos detalles (de materiales, de diseño, de objetos: las de Bolivia suelen llevar aguayos con niños y las del norte argentino prefieren las vasijas con algún alimento, pero no es un rasgo determinante ni homogéneo), las diferentes versiones se parecen lo suficiente como para que pueda hablarse de una sola muñeca. Varía su gentilicio (la cholita salteña, la cholita jujeña, la cholita paceña, la cholita cusqueña), pero la muñeca es la misma.

O también: la chola es la misma.

La expresión “chola”, femenino del masculino “cholo”, presenta unos cuantos problemas. El significado más antiguo del término es despectivo. Lo usaban los españoles, en el siglo XVI, para referirse a los indios americanos. “Cholo” viene de “xolo”, diminutivo de “xoloitzcuintli”, palabra náhuatl para referirse a los perros sin pelo mexicanos. En el libro de Garcilaso de la Vega que estaba yendo a buscar, Comentarios reales de los incas, publicado en 1609, puede leerse: “Al hijo de negro y de india, o de indio y de negra, dicen mulato y mulata. A los hijos de éstos llaman cholo; es vocablo de la isla de Barlovento; quiere decir perro, no de los castizos (raza pura), sino de los muy bellacos gozcones; y los españoles usan de él por infamia y vituperio”.

“Cholo” se usó para referirse a los mestizos (la palabra quechua “chulu” significa “mezclado”), a los indios urbanizados, a los indios de las montañas; incluso, en los tiempos de los Estados-nación, para vilipendiarse de país a país: en Chile se oye a menudo tratar de cholos a los peruanos o los bolivianos, señalando su provincianismo, atraso, primitivismo.

En la actualidad el término “cholo” se emplea en buena parte del continente americano. Planteándolo en términos esquemáticos, en la región andina central parece haber dos tendencias: quienes afirman que el término “cholo” perdió su carácter peyorativo, y quienes afirman lo contrario: que sigue siendo ofensivo, discriminador, racista.

En Perú se discute bastante sobre esto: si hablar de cholos sigue siendo una forma de referirse a los perros, o si hablar de cholos es referirse a una identidad nacional que los representa ante sí y ante los demás. El cholo como epítome ―y como suvenir― de la cultura andina.

Sea como fuere, lo concreto es que en buena parte de los Andes centrales y de los circuitos asociados al imperio inca, las cholas son personas que se identifican por ciertos rasgos étnicos, ciertos modos culturales que van del vestido a la lengua, el trato de los hijos, la alimentación y un inabarcable etcétera. Y estas personas no sólo se refieren a sí mismas como cholas, sino que confeccionan y venden esas cholitas a las que entienden como signo de otredad (desde la mirada ajena) y, por ende, de propia identidad.

―¡Jelou, jelou!

Fin del desvío, vuelta al sendero principal.

(+) La vuelta al sendero principal, muy pronto: así se explicará el título de "Las tres instancias de la otredad", pues, hasta el momento, parece gratuito.

Las tres instancias de la otredad (2)



                        (Foto: M. Pisarro)

―¡Jelou, jelou!

El turista sacudía los brazos. Más atrás, la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. El cielo encapotado, había llovido mucho y llovería todavía mucho más. La Plazuela de las Nazarenas, en la ciudad peruana de Cusco, estaba desierta y no podía seguir haciéndome el distraído. Tenía que aceptar la interpelación, sumarme a la interacción y volverme partícipe de la primera instancia de la otredad: ser aquél que fotografiara al turista junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas.

―¡Jelou, jelou!

Me detuve, lo miré y ensayé cierto leve cabezazo al aire combinado con un arqueo de cejas: ¿qué?

―Can iu plisss teik mi a pictchuurrr güit de…?

Hizo un ademán hacia la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. Asentí. La clave reside en quedarse con la boca cerrada. Si no hablás, nadie sabrá de dónde sos, qué idioma conocés, qué estás haciendo ahí. Alcanzan los gestos. Si hablás, se corre el riesgo de seguir hablando.

―Du iu spik espanish?

Ufa. El tipo tenía una cara de argentino-en-busca-de-charla que se le caía al piso. Negué con la cabeza. Dios salve a mi fenotipo soviético.

El tipo se sentó junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas. Tomé tres fotografías. Le devolví la cámara.

―Du iu uant...?

Completó la expresión con gestos: ¿Querés que te saque una foto junto a la chola, las cholitas, la llama y las llamitas?

Negué. Levanté levemente la mano a modo de saludo y salí en busca de mi libro de Garcilaso de la Vega y el posterior choclo. El lenguaje corporal es fabuloso.

―¡Zenkiu veri mach! ―gritó a lo lejos el turista latoso.

Esta es la primera instancia de la otredad: reconocer que el otro es diferente y que esa diferencia tiene un valor de mercado, pero hacer, de esa diferencia y de ese valor en el mercado, un hecho equivalente e indisoluble.

Mercancía y diferencia son un mismo artefacto: la chola y el acto de fotografiarla por ser chola forman parte de una misma operación cognoscitiva.

La ciudad de Cusco, “ombligo del mundo”, alguna vez capital del mayor imperio conquistador latinoamericano, es en la actualidad el centro de un enorme circuito turístico sostenido por palabras como “inca”, “patrimonio”, “ruinas”, “arqueología” y “precolombino”. Meca obligada de los recorridos turísticos de la “cultura andina”, su bello y cuidado casco histórico es visitado diariamente por millares de viajeros buscando esa primera instancia de la otredad: un “otro” exótico que fotografiar y cuya imagen llevarse como suvenir. Un “otro” exótico fácil de apropiar. Mejor todavía: institucionalmente fácil de apropiar.

Todos parecen tener algo que ofrecer al turista (artesanías, bebidas, cuadros, ropas, comidas, alojamiento, masajes, excursiones, cambio de divisas), e incluso aquellos que podrían no tener nada para ofrecer, ofrecen su misma otredad: la imagen de esa otredad.

―¡Teik mi a pikchur, míster!

Quienes ofrecen ser fotografiadas son mujeres y niñas, enfatizando cada elemento asumido como propio de su “cholitud”: el peinado, la ropa, los accesorios, los animales. Algunas están mejor producidas que otras, y sin dudas las niñas pequeñas (“ay, qué bonitas”) y las llamas bebé (“ay, qué bonitas”) suman muchos puntos. Se negocia un precio, y entonces el turista puede disponer de la imagen de esas personas (en fin, puede disponer de esas personas) a su gusto: puede pedirles que se paren así y asá, que miren hacia la fuente o hacia la catedral o hacia el cielo o hacia el suelo, puede ponerse entre ellas y todos exclamarán: ¡whisky!

La otredad está institucionalmente al alcance de la mano.

La segunda instancia de la otredad supone una distancia crítica, un recelo, una mirada donde esa otredad se convierte justamente en “otredad”. Donde se entrecomilla, se vuelve concepto y gesto intelectual. Es posible ilustrarla con una ajustada observación del semiólogo italiano Umberto Eco: “El año pasado estuve en tierra de los dogon y le pregunté a un muchachito si era musulmán. Él me contestó, en francés, ‘no, soy animista’. Ahora bien, créanme, un animista no se define como animista si no obtuvo por lo menos un diploma en la École des Hautes Études de París, y por eso ese chico hablaba de su cultura tal como se la habían definido los antropólogos”.

La segunda instancia de la otredad presupone una mirada a la primera instancia de la otredad: se asigna un valor al modo en que ese “otro” es observado, aprehendido, y a la manera en que se presenta en el mercado cultural. Y si alguien tiene bien incorporada la palabra “otredad” en su vocabulario diario, es porque ha recorrido algún claustro y habla como hablan los antropólogos. De una manera más bien ramplona, al entrecomillar la “otredad”, se emite un juicio: al tomarse una fotografía con esas personas, al tratarlas como si fuesen parte del paisaje (una piedra, un árbol, una chola, una nube), se las está cosificando, convirtiendo en mercancías, objetos. Ya no son personas; son cosas.

En general la segunda instancia de la otredad implica una toma de distancia, explícita, respecto al uso turístico de cierto aspecto cultural. Si el primer caso está representado por el tipo que se fotografía con las cholas porque la mercancía y la diferencia le resultan indistinguibles, el segundo caso está representado por el tipo que jamás se fotografiaría con la chola, las cholitas, la llama y las llamitas pues hacerlo significaría perpetuar ese proceso de cosificación.

Este segundo proceso cognoscitivo (que es mi caso), aparte de tender al esnobismo y al etnocentrismo, a la pura mojigatería, se define por la falacia más corriente de las ciencias sociales: el baluarte de la autenticidad.

Lo que veo, al observar a la chola y a las cholitas exclamando “¡Teik mi a pikchur, míster!”, es algún tipo de autenticidad degradada por la industria cultural.

Y eso, además de ser etnocéntrico, soberbio y esnob, es ―conceptual y empíricamente― una falacia.

                            (Foto: M. Pisarro)

En el barrio de La Boca, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires, se podría encontrar una buena clave para cambiar la mirada. No digo una tercera vía a la manera de Anthony Giddens, sino, más bien, alguna suerte de clausura hegeliana: una tercera instancia de la otredad.

Espacio netamente turístico, donde determinados rasgos culturales asumidos como propios se escenifican ante los visitantes, la zona que rodea a la calle Caminito está regada de personas que, al igual que las cholas cusqueñas, exclaman:

―¡Teik mi a pikchur, míster!

Hay gauchos, bailarinas de tango, malevos porteños y hasta algún que otro genovés trasnochado. Los turistas se acercan, negocian, se toman fotografías. Los bailarines de tango tienen particular éxito: se fotografían para un lado, para el otro, la pierna cruzada, la pierna por el aire, mirada seductora, todo eso.

Y uno entiende que estas personas están “actuado de”. Que, disfrazados de tangueros, malevos o gauchos, se hacen unos pesos escenificando algún tipo de alteridad, alguna clase de otredad. Uno no piensa, en Disneylandia, que pobre el Ratón Mickey, que está siendo cosificado por el capitalismo feroz y que se convirtió en una caricatura de sí mismo para insertarse en la modernidad. A lo sumo piensa en el pobre tipo metido adentro del traje y se le ocurre que tiene un trabajo de porquería, pero no le echa encima ninguna valoración etnocéntrica.

Acaso algo así podría decirse de las cholas, las cholitas, la llama y las llamitas de Cusco.

Aunque lleven una ropa muy similar a la que usan en sus vidas cotidianas, aunque acarreen los mismos animales que proveen de carne o lana, esas personas están interpretando una identidad asumida como representativa en un nivel donde la vida cotidiana empírica, y la puesta en escena de una vida cotidiana idealizada para el turismo, están claramente separadas. Sea tomándose fotografías porque se ignora esa separación, sea no tomándose fotografías porque se ignora esa misma separación, el resultado es que uno termina actuando con soberbia y condescendencia, termina convirtiendo a las otras personas en objetos de sus propios mapas mentales. Las cosifica, las convierte en cosas.

La tercera instancia de la otredad consistiría en asignarles a esas personas la capacidad intelectual de establecer una distancia entre sus vidas cotidianas y la representación de esas vidas cotidianas según las exigencias del mercado turístico internacional.

En eso pensaba la otra mañana, aburrido, inventándome una obligación para no trabajar. Al final conseguí el libro de Garcilaso de la Vega y comí un choclo en el Mercado Central. Luego comenzó a llover de nuevo.

Y llovió.

Y llovió todavía más.

Publicado por Marcelo Pisarro el 29/01/2010

Caricaturas que desnudan

Les presento unas "carlincaturas" (caricaturas del genial Carlín, artista y esencialmente político) que describen la coyuntura político-social del último mes. En seguida un ramillete de personajes que esplendorosos reciben a la nueva década, sin tapujos y con rutilante desparpajo. Total, estamos en perulandia, un país desmemoriado en donde los delitos que cometas hoy no necesariamente formarán parte de tu pasado vergonzante.








miércoles, 27 de enero de 2010


Cusco Sufre















Fotos: José Mesa y AP

viernes, 22 de enero de 2010


La Mujer del Oftalmólogo


Perú 21
22 de enero de 2010
Autora: Patricia del Río


Una de las novelas que más me ha impactado en la vida es Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. En ella, todos los habitantes de un país se ven afectados por una epidemia que los deja ciegos. Poco a poco, hombres, mujeres y niños van perdiendo la vista y, con ella, su humanidad. A medida que avanza el mal, el miedo se apodera de los seres humanos, que van dejando salir lo peor de sí mismos con la excusa de la supervivencia: las mujeres son obligadas a prostituirse a cambio de comida. La higiene se pasa por alto y todos hacen sus necesidades en donde les plazca. Es tal el grado de animalización que alcanzan los personajes que Saramago, en un rapto de genialidad, no les asigna nombre propio. Los identifica por su profesión (el oftalmólogo) o por sus características (el niño estrábico), pero no los nombra.

El recuerdo de los ciegos de Saramago me ha perseguido toda la semana. Las tristes noticias que nos llegan de Haití me han remitido inmediatamente a la deshumanización que acarrea toda desgracia de esta magnitud. Hemos pasado de las de-sesperantes historias de sobrevivientes agonizando bajo los escombros a los aún más espeluznantes relatos de saqueos y vandalismos. Hemos visto cómo algunos haitianos han pagado una botella de agua con su propia vida y hemos asistido, horrorizados, a linchamientos , éxodos masivos y llantos de locura. Las cifras, todavía no oficiales, nos hablan de 500 mil personas sin techo, de por lo menos 75 mil muertos y de más de 250 mil heridos. El Estado casi ha desaparecido y la prensa internacional se ha atrevido a decir, no sin razón, que Haití ya no existe.

Hay, sin embargo, una banalización de la muerte que nos vuelve a los que consumimos esta tragedia, desde la comodidad de nuestros hogares, más inhumanos que aquellos que luchan por no morirse. En la era de la súper información recibimos, por todos los medios, crudas imágenes de camiones amontonando cadáveres. Pasan los días y estas estampas de horror nos empiezan a parecer normales, y ni siquiera nos escandalizamos cuando los reporteros hacen sus despachos usando las pilas de cuerpos hinchados como telón de fondo. Como señala David Trueba, del diario El País, el peligro del efectismo sin sustancia, del abuso de la emoción, es que la información termina degenerando en indiferencia. Y esa noticia que antes captaba toda nuestra atención, hoy se vuelve predecible y aburrida.

Entre los ciegos de Saramago hay un personaje que nunca pierde la vista: la mujer del oftalmólogo. Es su mirada la que nos narra esta historia de horror, pero también la que les devuelve esperanza a los que luchan por no sucumbir a la locura de la ceguera. En estos momentos, todos somos la mujer del oftalmólogo, y nos toca sobre Haití una mirada responsable, porque estamos evidentemente ante un drama que durará muchísimo más que nuestra indolente curiosidad.

Si te interesó puedes descargar el libro Aquí:
Ensayo sobre la ceguera- José Saramago

miércoles, 20 de enero de 2010


Bebe Metalero

El no estuvo en el concierto de ayer del grupo Metálica, pero vaya que se divierte a diario en cada paseito que mamá le ofrece. No más le faltó su polito negro.

Bebé adora el rock
Bebé adora el rock

miércoles, 13 de enero de 2010


Ay Haití ¡Cuanta desolación!

Desoladoras imágenes que nos muestra a un Haití devastado por la naturaleza. Ya se habla de cientos de fallecidos, entre los que estarían incluidos los famosos Cascos Azules de varios paises y a casi la delegación entera de la ONU afincada en Puerto Príncipe. Toda una tragedia que nos debe hacer reflexionar sobre la urgente necesidad de mantenernos preparados para soportar la furia de la naturaleza.

Fotos cortesía de Lisandro Suero  de AFP/Getty Images