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lunes, 10 de junio de 2013


TIMERMAN


Por Graciela Mochkofsky

Original revista Puercoespín

Marzo 2013

“Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder” fue publicado por primera vez en 2003. Se convirtió en un clásico del periodismo y la historiografía argentinas. Diez años más tarde, cuando su tema central, las complejas relaciones entre la prensa y el poder, es materia de uno de los debates públicos más ardientes y relevantes de la actualidad, vuelve a ser lanzado en edición corregida y aumentada. Lo que sigue es un fragmento del prólogo de esta nueva edición, que estará en la calle (en Argentina) a partir de este primer fin de semana de marzo de 2013.
Durante el otoño-invierno de 1998, la época en que lo visité en Punta de Este por última vez, Jacobo Timerman recibía cada mañana, excepto los domingos, a Eliana Vinitsky.

Tenían una rutina. Ella le hacía masajes y luego él pedía a Alma, su ama de llaves, que les sirviera el desayuno en la galería, mirando el jardín. Mientras desayunaban, él hablaba por teléfono con su hijo Héctor, que dirigía la revista trespuntos, o con una de sus editoras, e impresionaba a Eliana, cuarenta años más joven, con su autoridad.

La mayor parte del tiempo, Timerman sufría; Eliana también. Llevaba años trabajando como masajista, se había entrenado en Tailandia y tenía suficiente técnica como para enfrentar cualquier contractura o trauma físico. Pero la espalda de Timerman era una tabla de mármol, y por más que presionara con todo su cuerpo, con manos y codos, con todas sus fuerzas, jamás llegaba a percibir tejido blando alguno. Nunca había visto algo así. Era como templar el acero a mano.

Timerman aullaba de dolor. Cuando lo tocaba y cuando no lo tocaba. Su dolor era crónico, inmortal, irremediable. Su espalda era impenetrable, y hablaban sobre ella. Él lo atribuía a las secuelas de la tortura, a todo lo que le había pasado. Cargaba, se compadecía, con el sufrimiento de toda una vida.

Eliana pensaba soluciones y sugería nuevas ideas, pero no sólo chocaba contra ese muro de espalda sino también contra un escepticismo imbatible. Timerman le replicaba con sorna y palabras hirientes. Eliana se despedía de Alma con los ojos llenos de lágrimas; no estaba segura de volver. El ama de llaves la consolaba: nadie más había durado con él una semana; debía considerar un elogio que la siguiera llamando.

Timerman se fue un día de Punta del Este y Eliana se quedó con el recuerdo de esa batalla contra un pasado terrible.

También ella volvió a Buenos Aires, y el 11 de noviembre de 1999 se encontró con alguien que la retrotrajo a aquellas mañanas crueles. En esos días, a veces acompañaba a Timerman una amiga, una entrerriana simpática, a la que también había hecho masajes.

Fue azar. Eliana visitaba a su padre en el departamento de éste en Arenales y Pellegrini. Lo acompañó a la cochera, y allí se encontró a la entrerriana, que resultó vivir en el mismo edificio. Unas horas antes, le contó Eliana, sorprendida, al saludarla, había encontrado una vieja trespuntos que tenía a Timerman en la tapa (había publicado unos textos que, decía, eran parte de sus memorias). Conversaron un rato y Eliana le dejó su número de teléfono.

Dos horas después, recibió un llamado de su padre. ¿Se había enterado? En la radio decían que Timerman había muerto.

Al rato volvió a sonar el teléfono. Era la entrerriana. ¿Podía acompañarla al velatorio? Ella no había conocido a los hijos de Timerman y no se animaba a ir sola; además, no conocía Belgrano, donde lo velaban, y temía perderse.

Cuando la entrerriana pasó a buscarla, ya había anochecido. En la funeraria, esperaron a que dos hijos de Timerman y un rabino salieran de la pequeña sala y entraron calladamente. Una se ubicó al pie y la otra en la cabecera del cajón cerrado, y, por instinto, apoyaron las manos sobre él.

De inmediato se miraron, los ojos muy abiertos, para confirmar que la otra estaba sintiendo lo mismo: el cajón… temblaba.

Como si contuviera olas, pensó Eliana. Olas que golpeaban con una fuerza tal que el cajón iba a estallar.

Salieron en silencio. Se despidieron y nunca volvieron a verse.

(…)

Inicié la investigación en los últimos meses de 1997 (…)

Pero en los seis años siguientes, el tiempo exacto que medió hasta la aparición de Timerman, las condiciones profesionales del periodismo argentino y mi visión sobre él cambiaron dramáticamente. En esos seis años cubrí para La Nación la llegada al poder de la Alianza y del presidente Fernando de la Rúa, su decepcionante gobierno, su desastrosa caída y la fenomenal crisis subsecuente. Fueron años intensos de formación, en los que realicé, sin darme cuenta al comienzo, una doble operación: como cronista del diario, investigaba a los principales jugadores de la vida política y de la prensa que me eran contemporáneos mientras, como biógrafa, reconstruía la historia del juego mismo en el medio siglo precedente. Esto me dio, en momentos afortunados, una claridad que pocas veces uno consigue cuando está inmerso en la pura acción: la de conectar el pasado, el presente y el futuro del periodismo y del país.

En esos momentos, y pese a toda mi pasión por el oficio, entendía que había idealizado el periodismo; lo que yo creía que era, o debía ser, no se compadecía con lo que ocurría cada día. Una parte importante de mi trabajo cotidiano consistía en una pulseada no ya con aquellos que, desde el poder, querían impedir que trascendieran ciertas acciones y planes que mantenían ocultos —máxima central del oficio: «el periodismo consiste en revelar aquella verdad que alguien no quiere que se revele»—, sino con mis editores, que esperaban que mis artículos encajaran en la visión menos crítica del diario y que sopesaban la información según los intereses editoriales del momento. «Esto que escribiste —me dijo una noche un editor, con mi artículo del día todo subrayado en su escritorio— es impecable. Yo mismo confirmé con las fuentes que la información es verídica». Y agregó, terminante: «No lo vuelvas a hacer». Y otro día, para convencerme de que mi voz crítica caía pesada: «Tenés que ser capaz de ver un pájaro bello y describirlo». Le pedí que me avisara cuando un pájaro bello pasara por allí.

Así, mi trabajo consistía, tal como lo veía entonces, en una doble batalla: con las fuentes, para conseguir la información más veraz posible, y con los editores, para lograr que fuera publicada sin distorsiones. Estas distorsiones, cuando no la censura lisa y llana (que, para ser justa, no experimenté en forma directa, aunque sí retiré la firma de algunos artículos que habían sido modificados de un modo que no me convencía), tenían la función de acomodar la realidad a los intereses —económicos, políticos, ideológicos, lo que fuera— de la empresa dueña del diario en el que se trabajaba (y no me refiero sólo a La Nación). Pero, como buena parte de los periodistas que conozco, me negaba a considerarme una simple empleada y creía que dar batalla contra la posible distorsión introducida por los intereses de la empresa para la que trabajaba era una parte importante de mi responsabilidad. No veía esto como una contradicción, sino como la esencia misma de mi tarea.

Gané muchas batallas, perdí otras. En mi balance personal, llevaba más ganado que perdido, por lo que creía que todo valía la pena. O, en todo caso, encontraba en esa doble batalla una suerte de épica profesional.

Pero la crisis que acabó estallando en 2001 y arrasó con la clase política, el modelo económico entonces imperante, una buena porción de la clase media y mucho más, cobró su precio también a los medios y a los periodistas. Los diarios perdían avisadores drásticamente y, al tiempo que las deudas multimillonarias acumuladas durante su expansión de la década anterior se mantenían en dólares, sus menguados ingresos en pesos se redujeron en un tercio, en 2002, por la devaluación de la moneda. El que debía 100 millones de dólares por la moderna planta impresora conseguida en los años de riqueza seguía debiendo 100 millones de dólares; pero, por cada peso-dólar que antes obtenía de la publicidad privada y oficial y de las ventas, ahora sólo obtenía 30 centavos.

Los empresarios entraron en pánico. Ante la perspectiva de caer en la quiebra, o de ser comprados por sus acreedores, recurrieron al gobierno, a los bancos, a otros empresarios, y comenzaron negociaciones para «salvar» a los medios. Y por supuesto, no había que molestar a quienes se pedía ayuda. En las redacciones se cancelaron las investigaciones y la crítica, salvo contra quienes no tenían poder.

Para los periodistas que no nos habíamos vuelto cínicos fue una época deprimente.

Yo tenía, además, una aguda conciencia (que otros, por experiencia o análisis, sin duda debían tener, o deberían haber tenido) de que no se trataba de un escenario excepcional en la historia del periodismo argentino. El mismo ciclo había ocurrido antes, muchas veces, como el lector comprobará en este libro. Aunque un abismo parecía separar los años de Timerman de este presente —su época había sido aquella de la dominación militar del espacio político; ésta era la segunda década de democracia estable—, ciertos mecanismos y reacciones seguían funcionando del mismo modo, e incluso ciertos protagonistas eran los mismos.

Así, este libro, que había comenzado con una idea muy propia del periodismo argentino de los 90 —dominado por la investigación de casos de corrupción—, se convirtió en otra cosa. En origen, pretendía ser una biografía no autorizada que revelaría los aspectos oscuros de un hombre que exhibía una imagen heroica de sí mismo; hasta cierto punto, un exposé. Terminó, en cambio, siendo una biografía clásica —la vida entera, de comienzo a fin, de un hombre de larga e intensa vida—, un ensayo sobre historia argentina de la segunda mitad del siglo XX, y, sobre todo, una indagación sobre la relación entre la prensa y el poder.

(…)

Unos años después de la salida de Timerman y antes de la aparición de Pecado Original, me crucé en la puerta de un restaurante frecuentado por dirigentes kirchneristas con un columnista del diario Clarín y un operador político cercano al entonces presidente Néstor Kirchner. Todavía no había comenzado su guerra con Clarín. El columnista, a quien no veía hacía mucho tiempo, elogióTimerman (el libro) y condenó a Timerman (el hombre) como «el mayor hijo de puta» del periodismo argentino. El operador, que había sido periodista en su juventud, le retrucó, indignado: «¿El mayor hijo de puta? ¿Cómo podés decir eso, si vos trabajás para Magnetto?» Los dos hombres eran amigos, pero allí mismo, en la vereda, comenzó una dura discusión que anticipaba (aunque entonces no podíamos saberlo) las que se harían tan comunes a partir de 2008, y que darían lugar a rupturas permanentes en las que habían sido largas y estables relaciones de amistad. No se trata, para mí, de comparar moralmente a Timerman con Magnetto, lo que, a mi juicio, no permite extraer conclusiones útiles. Ambos han sido jugadores del mismo juego y ambos entendieron agudamente sus reglas y modos de funcionamiento. Timerman era un hombre brillante, a veces obnubilado por su propia brillantez. Pensaba que era más inteligente que los demás (y, en muchos casos, lo era) y que, montado en su astucia y audacia, superaría todo obstáculo y llegaría tan lejos como quisiera. Pero hay límites en ese juego que no quiso reconocer y, cuando intentó ir más allá, lo pagó caro. Su caída coincidió, no por casualidad, con el salto al primer plano de Clarín, que explotaría con gran éxito, bajo un formato más convencional, el mismo modelo de asociación con el poder. Magnetto era gris donde Timerman brillaba, pero llegó adonde éste no pudo: logró sentarse con presidentes e imponerles sus términos —al menos durante ciertos períodos—. De contador ignoto se convirtió en lí- der y accionista de un gran holding nacional. Pero también en su caso la ambición de ser parte del poder (quizá de una parte desproporcionada) se probó desmesurada.

Había un profundo equívoco en la relación de Magnetto (o de Clarín) con el poder político, un espejismo que Timerman también había sabido aprovechar a su modo: la idea de que el medio (revista, diario, radio, televisión), por su presunta influencia sobre un porcentaje de la opinión pública, puede exigir el pago de un tributo a la política y los avisadores —a los que se deja entender que arriesgan amargas consecuencias (nunca abiertamente admitidas) si ese tributo no llega. La tentación de convertir esta presunta influencia, real o ilusoria, en poder real, está contenida en el mismo modelo.

(…)

lunes, 12 de septiembre de 2011


Entre el estilo K y el estilo H


Revista Ideele

Septiembre de 2011


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Mirarse en el espejo argentino puede ser un interesante ejercicio para ver las fortalezas, debilidades y posibles porvenires de una gestión que se estrena en el Perú.
Antes y después de que Humala tomara el mando se instaló una especie de modelofilia en la cabeza de los comentaristas. Quizás alentados por los temores del acá y del acullá, encasillar al mandatario en un esquema conocido podía servir para controlar daños y soliviantar pesares.
Venezolano, ecuatoriano, brasileño y boliviano son modelos que aún juegan en la balota. “Nosotros seguiremos el modelo peruano”, dijo al fin el Presidente del Perú, y agregó el famoso “ni calco ni copia” del Amauta, luego de haber invocado, también, al antagonista Haya de la Torre.
Para contribuir a la modelística presidencial, proponemos un esquema que ha sido poco mencionado y que a algunos podría sonar absurdo debido a las diferencias entre nuestras sociedades: el modelo argentino. No es que ellos tengan su tango y nosotros nuestro Tongo, sino que la propuesta humalista guarda relación con los fundamentos del peronismo histórico, revalorados en la era Kirchner. El peronismo es un fenómeno histórico bastante complejo y muy distinto a la emergencia del nacionalismo que propugna Ollanta Humala, sin embargo hay algunas características que se tocan en el presente.
Asomarnos al espejo argentino permite jugar con los pasivos y activos de un régimen que tuvo y tiene para todos los gustos. Néstor Kirchner  llegó al poder en el 2003 con un gran signo de interrogante como aura. Había sido gobernador de Santa Cruz, cargo en el que no se diferenció mucho de sus antecesores. Ni siquiera el haber desempeñado una labor pública daba muchas luces sobre él.
Néstor, un tipo introvertido y de aspecto sombrío, llegó casi por azar a la Presidencia en un momento en que Argentina se debatía entre la sobrevivencia y la muerte. La respuesta de la siempre irónica historia al grito del “que se vayan todos” fue sentar en el sillón a un curtido político de una de las más añejas organizaciones gauchas: el peronismo.
Kirchner reunía todas las condiciones para ser uno más en la fila de presidentes removidos. Por esa época un analista político comentó que Argentina parecía un casting de malos presidentes. Uno tras otro se sucedían dilapidando los restos de confianza y dignidad. Pero Kirchner sorprendió. En primer lugar, porque logró cumplir su periodo… Bueno, y más. Un logro notable en tiempos en que Argentina había dejado esa sana costumbre. Por esos años el problema en ese país no eran las eternas dictaduras militares, sino los fugaces gobiernos democráticos. Otro de sus logros fue concretar una extrañada estabilidad económica y política. Llegó cargando una mochila de resquemores e indiferencia y terminó imponiendo un inusitado estilo de gobierno. El estilo K no tardó en ser recurrente en los deschaves políticos argentinos.
Antes de que eso ocurriera, Kirchner tuvo que atravesar una ardua contienda en la que se enfrentó nada menos que con Carlos Saúl Menem. Allá, como acá, los poderes fácticos imponen a los candidatos determinadas condiciones para ser “elegibles”. Kirchner prometió mantener al ministro de Economía de Duhalde, Roberto Lavagna, y cumplió; al mismo tiempo que se reunía con expresivos líderes del bloque sur: Chávez y Lula.
El caso del ex comandante Ollanta Humala empata, entre otras cosas, en la parte de la mochila carga-temores. En el Perú conocemos bien la historia: Ollanta fue un comandante del Ejército que protagonizó una rebelión en el poblado de Locumba en contra del régimen de Alberto Fujimori, que por esa época ya fenecía. Luego sería vinculado al “Andahuaylazo”, una asonada protagonizada por su hermano Antauro contra el gobierno de Alejandro Toledo.
Históricamente podría establecerse un paralelo entre los orígenes del movimiento humalista y el peronismo, al que pertenecía el presidente Kirchner, salvando las distancias de tiempo y contenido. Ambos tuvieron al Ejército como incubadora, ambos fueron críticos del statu quo y ambos fueron portadores de un discurso nacionalista y populista. Con el devenir de los años los dos movimientos se institucionalizaron. En el caso del peronismo, hasta convertirse en una de las columnas del sistema en Argentina (con lo precarias y criticables que suelen ser las democracias en nuestro continente, hasta hace poco incontinente en forjar dictaduras). En el caso del nacionalismo todo está aún por verse, aunque hay que anotar que Ollanta Humala terminó siendo el candidato de la sociedad civil en las últimas elecciones. Y de momento no hay señales de que una de las mayores resistencias hacia Humala —la voluntad de patear el tablero— se haga realidad después de haber sido elegido.
Acá algunas otras anotaciones sobre dos experiencias que, a pesar de las diferencias de contexto, reúnen algunas coincidencias interesantes:
Apoyo de la sociedad civil Ollanta Humala no era el favorito de la sociedad civil peruana. Su pasado militar y su pesado familiar no aplicaban para los patrones de un sector en el que se valora más un liberalismo político y un pragmatismo económico. Humala dejó meridianamente claro que es conservador y, si se puede, hasta moralista, y que en lo económico aboga por una mayor participación del Estado.


Pero las circunstancias terminaron convirtiendo a Ollanta Humala en su favorito. Días antes de la definición de la segunda vuelta fueron apareciendo numerosos comunicados de distintos gremios respaldándolo. Nunca las elecciones peruanas registraron un despliegue como ése. En las elecciones del 2006, más bien se podría hablar de una sociedad civil partida en medio de un debate a puerta cerrada. En esta oportunidad la toma de posición fue pública.
El sector profesional progresista, que durante la administración de García estuvo muy alejado del gobierno y que tuvo una mediana participación en el régimen de Toledo, en el actual Gobierno de Humala se ha convertido en su materia prima profesional. Salvando, claro, el tema del manejo económico, aspecto en el que Ollanta, como Kirchner, decidió mantener en el mismo camino que sus antecesores.
Si bien Néstor Kirchner empezó su era familiar con interrogantes pero sin mayor expectativa, fue dando de a pocos señales que mostraban una clara diferencia con Carlos Menem. Se ganó la confianza de un sector de la sociedad civil, en especial las ONG de derechos humanos y organizaciones de víctimas; también del gremio de trabajadores y profesionales. En ese aspecto superó con creces las expectativas que se tenían de él.
Hoy el apoyo a las organizaciones de víctimas de la dictadura de los años 1970 le pasa factura con el escándalo de las Abuelas de Mayo, pero en ese entonces fue un gesto importante que ayudó a subsanar la deuda histórica que tenía el Estado argentino con las víctimas de la guerra interna.
Apoyo a la causa de los derechos humanos Luego de la primera parte del gobierno de Alfonsín (en la que hubo algunos avances), la impunidad se apoderó del país. La Junta Militar argentina, una de las más crueles y sanguinarias de América Latina, pronto fue perdonada y beneficiada con leyes de amnistía y punto final.
Néstor Kirchner, contra todo pronóstico, se compró ese pleito. Derogó las leyes de amnistía que favorecieron a la dictadura y sus cómplices, y dio todo el apoyo al sistema de justicia para que actúe con probidad y eficiencia. Durante su gobierno no se volvió a saber de los zarpazos golpistas de los carapintadas. Las ONG de derechos humanos acompañaron y respaldaron al gobierno en este proceso.
La relación de Ollanta Humala con los derechos humanos es cuando menos singular. El ex comandante del Ejército ha sido acusado de violar los derechos humanos en la Base Militar de Madre Mía. El Informe de la CVR en el Perú menciona a un tal Capitán Carlos como el protagonista de múltiples vejaciones a la población. El tristemente célebre Capitán Carlos no sería otro que el actual Presidente de la República.
De momento, esos sucesos son historia pasada. La justicia peruana no ha logrado probarle nada, pero él tampoco ha podido demostrar fehacientemente su inocencia. Sin embargo, este mismo militar ha sido, desde su irrupción política, uno de los candidatos que más ha incorporado en su discurso el tema del respeto a los derechos humanos.
No solo eso. En su equipo político inicial, y que se ha mantenido hasta hoy, aparece gente ligada al movimiento de derechos humanos; incluso ex miembros de la CVR, como Carlos Tapia. Los últimos anuncios de Ollanta Humala ya como presidente han sido cambiar de nombre al Ministerio de Justicia por Ministerio de Justicia y Derechos Humanos y crear un Viceministerio de Derechos Humanos. Además de poner énfasis en el plan de reparaciones a las víctimas de la violencia política, tema que descuidó ostensiblemente el anterior gobierno.
Si Ollanta Humala fue o no fue el Capitán Carlos, quizá nunca lo sabremos. Pero si la respuesta es afirmativa, a Humala le caería bien aquello de borrar con una mano lo que hizo con la otra. En este caso, sin embargo, la frase tendría una connotación positiva.
No está de más anotar que el primer gobierno de Juan Domingo Perón no fue ajeno a la caracterización de los demás gobiernos militares: mucha represión y violación de los derechos humanos, y que fue en su segundo gobierno cuando la triple A (Alianza Anticomunista Argentina), destinada a eliminar a la guerrilla peronista argentina, inició sus siniestras labores.
Discurso progresista Ollanta Humala, como Perón, nunca se consideró socialista, ni siquiera de izquierda, lo que lo diferencia de los actuales líderes del ALBA, a pesar de que se le ha ligado insistentemente con ellos. Desde un punto de vista doctrinario, el socialismo de Chávez, Correa y Evo podría cuestionarse, y, de hecho, hay en sus países muchos políticos de vieja guardia y larga data que guerrean contra una franquicia socialista que según ellos no pertenece a sus actuales mandatarios.
Durante su primera gestión, Perón implementó una serie de políticas sociales que beneficiaron a los trabajadores. Sumadas a un discurso encendido y al papel de su esposa Eva Perón, abanderada de los “descamisados”, tuvieron fuerte impacto en los sectores populares. Aunque hasta ese momento no se le vinculaba a movimientos izquierdistas o revolucionarios: más bien se hacía hincapié en su relación con el fascismo. De hecho, el largo destierro de Perón fue en la España franquista.
Al finalizar la década de los 60 se empezó a gestar, apadrinado por Juan Domingo Perón, el movimiento de Los Montoneros, una especie de “peronismo revolucionario”; una guerrilla urbana de izquierda que tuvo su origen en el Movimiento Nacionalista Tacuara.
Hubo un tiempo en el que Ollanta Humala también fue acusado de fascista, sobre todo cuando se le vinculaba a su hermano Antauro y el discurso etnocacerista, que inflamaba la cuestión racial. De acuerdo con esa doctrina, la raza cobriza es superior a las demás. Posteriormente Ollanta deslindó con esas posturas y desarrolló el concepto del nacionalismo, término al que la izquierda y la derecha en el Perú, por diferentes motivos, le han tenido siempre alergia. Para los liberales y los izquierdistas ortodoxos el nacionalismo no puede ser otra cosa que un paso hacia el fascismo.
En la era Kirchner no ha habido una reivindicación abierta del nacionalismo, pero sí algunos gestos importantes, como la “Declaratoria de Mar del Plata” y otros en que ha primado un discurso de soberanía. Además de una política internacional alejada de las formas cortesanas con la que sus antecesores se vinculaban a los Estados Unidos, lo que les costó algunos wikilinks. Néstor Kirchner se jactaba de haber terminado de pagar su deuda externa y no deberle un peso al FMI. Sin duda, le inyectó una dosis de autoestima a un pueblo que de pronto se las vio con un déficit de su principal característica.
Ollanta Humala, por su parte, en la primera parte de su campaña hizo del discurso nacionalista su principal argumento de batalla. Inventó, junto a su principal ideólogo en materia económica, Félix Jiménez, el concepto de “economía nacional de mercado”, que nunca han sabido explicar del todo bien, pero que tiene que ver con un deslinde económico con la política de privatizaciones seguida por los gobiernos anteriores y muy acorde con el Consenso de Washington.
Centro-izquierda Actualmente la postura de Ollanta Humala ha virado hacia la centro-izquierda. Se podría considerar como una socialdemocracia en esos tiempos peruanos en que esa tendencia era declarada desierta. Lo más próximo a ella pudo haber estado representado por Perú Posible, pero su líder no parece haber tenido la talla ni la audacia como para hacerse del reto. Por buen tiempo el centro en el país yacía abandonado. Ni bien llegó al gobierno, Alan García lo dejó. Con una voracidad instantánea se hizo sitio en la derecha, una zona donde parecía que ya no cabía ni uno más, tal como señala Aldo Panfichi en su “Alan enterró al APRA popular”. Durante todo ese tiempo Alejandro Toledo emitió señales demasiado difusas como para captar una vacía tribuna intermedia.
Desde la centro-izquierda hasta el extremo le dejaron a Ollanta Humala el camino libre. El APRA histórico guarda muchas similitudes con el peronismo histórico, solo que uno tuvo un origen militar y el otro uno civil. El nacionalismo de Ollanta Humala, de raigambre militar, recogió las banderas que García terminó de arrojar. De ahí que las citas acerca de Haya de la Torre en su mensaje presidencial hayan sido algo más que retórica efectista.
El peronismo, un partido que ha acompañado gran parte de la vida republicana argentina, ha atravesado por diferentes momentos. Para situarnos en las últimas décadas, hubo un tiempo en el que representó los intereses de la derecha en su facción más privatizadora. Fue con Carlos Saúl Menem. Con la era Kirchner el peronismo estaría retomando las banderas históricas del movimiento, que, haciendo un símil con nuestro país, representaría las reivindicaciones por las que el APRA histórico tanto luchó.
El actual peronismo tampoco se ubica en una posición extrema. Tiene buena relación con el grupo del ALBA, pero sin ser parte de él. En Argentina, tanto el Partido Radical como el Justicialista (peronismo) se reivindican como institucionalistas, pero la política social de los últimos, sus posiciones políticas y sus variantes económicas, acompañadas de un discurso por momentos encendido, lo ubican más a la izquierda. A diferencia del APRA de García, que en su reacomodo se arreconchumó hacia la derecha dejando el centro desolado y a una izquierda con viada, el peronismo de los Kirchner dejó a la izquierda sin muchas banderas originales que agitar y sin bastiones sociales inconmovibles.
Tanto el peronismo como el nacionalismo son movimientos políticos de amplio espectro. Ambos tienen un sector de derecha, otro de izquierda y un centro que debe permitirse avanzar sin que se agudicen las contradicciones al interior de ellos. 
Matrimonio de poder La primera asociación que alguien podría hacer entre los Kirchner y los Humala viene del lado parental. Representan, ambos, un matrimonio con claras ambiciones políticas. La connotación negativa o positiva del término depende del lector. Los medios de comunicación han invertido, en el caso de cada país, los roles que le atribuyen a cada cual. En Argentina se decía que Cristina era un apéndice y aprendiz de su esposo. Que el cerebro de la facción peronista que ellos encabezaban era Néstor. Cuando el ex presidente argentino falleció, declararon la muerte en vida de la gestión de Cristina. ¿Qué hará ahora sin él?, se preguntaban algunos, y no se podía disimular un tufo machista.
Pero en el Perú, que no es un paraíso del antimachismo, el análisis del matrimonio ha tenido una connotación distinta. Se dice más bien que es Nadine Heredia quien lleva la voz cantante, y que es el cerebro del movimiento nacionalista. Son conocidas las crónicas de los periodistas que señalan que en cada entrevista o discurso Nadine está a la distancia dictándole la pauta con gestos. 
Círculo hermético Una de las primeras cosas que quedaron claras desde los primeros días del flamante Presidente peruano es que la era de los mandatarios extrovertidos había terminado en nuestro país. Ollanta Humala ha dejado clarito que no le interesa salir todos los días en medios de comunicación, ni tener una relación tan distendida con la prensa como su antecesor.
Pero su timidez no termina ahí. Si ya como candidato resultaba poco asequible, como Presidente ha reforzado este rasgo. En la época en que estaban definiendo el equipo ministerial, circulaba el rumor de que no había nadie en su entorno que supiera con certeza siquiera el nombre de quién sería el Primer Ministro. El núcleo duro era un binomio: el matrimonio presidencial.
Esta etapa tuvo momentos exasperantes, como mostró una carátula del periódico La Primera, que representa el ala izquierda del humalismo, en la que denunciaban que la derecha había prácticamente secuestrado al Presidente y lo tenía alejado de sus bases. Sin embargo, lo observado en ese momento, más que de una reorientación ideológica, hablaba de un estilo de gobierno que seguramente va a seguir generando conflicto. ¿Y abortando otros? Quizá. Un gobernante introvertido viene con hueso pero también con carne.
Claro que el estilo H parece que no tiene que ver con el plan H después de haber vivido dos periodos liderados por presidentes no necesariamente vinculados al trabajo arduo. Entre un presidente caricaturizado como licencioso y el otro inflado por intereses diversos, Ollanta Humala aparece como austero y chambeador.
Los Kirchner también representaron un enigma durante mucho tiempo en Argentina. Penetrar en su círculo resultaba algo muy complicado. Un presidente introvertido pero eficaz era algo que no le caía nada mal a una Argentina que apenas podía salir de la era Menem, quien se caracterizaba más bien por un estilo payasezco con pretensiones de play boy. Por el contrario, el estilo cerrado y austero de Néstor Kirchner fue parte del tan comentado estilo K.
Más bien, la personalidad de las esposas guarda una cada vez mayor similitud. Nadine, que en la etapa “polo rojo” parecía anhelar ser una Evita moderna, defensora de los descamisados peruanos, ha terminado siendo la silueta de Cristina Kirchner, tan glamorosa y extrovertida. La feria de vestidos que pasan por el despacho de la Primera Dama y sus reveladas ansias presidenciales calzan de manera especial con el perfil de la ex primera dama argentina y actual Presidenta.
Relación áspera con la prensa Se sospecha que la pésima relación de los Kirchner con la gran prensa argentina empezó cuando ésta se dio cuenta de que aquel hombre discreto, de pocas palabras y ceño fruncido, no pensaba replicar las fórmulas y formas que hasta ese momento habían hundido a Argentina en una de sus mayores crisis. Algo muy simpático y loable pero que, de facto, se peleaba con algunos sectores que hasta entonces, y a pesar de la crisis y el desfalco generalizado, no se habían “mojado”.
El diario El Clarín no tardó en declararle la guerra. Un conflicto que fue prolongado y que atravesó las tres gestiones del matrimonio. “Nunca se ha visto en Argentina cómo un periódico pueda ser tan insolente con un presidente”, comenta una activista de derechos humanos, en relación con los titulares de los periódicos sobre Cristina Kirchner. La Presidenta, que tampoco aguanta pulgas, no tardó en enredarse en un caso truculento. Se sospechaba que los hijos de los dueños de El Clarín habían sido en realidad hijos de montoneros adjudicados de manera ilegal al matrimonio. Se trataría de uno de los miles de casos de trata de niños perpetrados por la dictadura argentina a finales de los 70. El asunto está en litigio y no tardará en resolverse, pero la relación con la prensa no. Tanto el Ejecutivo como los grandes medios de comunicación sienten que tienen sangre en el ojo.
Ollanta Humala nunca tuvo un punto de ruptura con la prensa. Es que nunca lo quisieron, y es difícil que se rompa algo que nunca existió. Hablamos de la gran prensa, claro. Desde que emergió como hipótesis de candidatura, encarnó los temores más profundos de la clase empresarial, muy especialmente de los medios de comunicación. La vinculación con Chávez desde el 2006 tenía atada la restricción de la libertad de expresión y la amenaza de cierre de medios que estaba ocurriendo en otros países.
En las últimas elecciones bajó el tono de sus propuestas, y subió con ello la adhesión de algunos actores importantes. Pero la gran prensa se la seguía teniendo jurada. Precisamente uno de los puntos que generó mayor controversia es que en una de las partes de su plan de gobierno tomaba como ejemplo la experiencia argentina respecto de la democratización de los medios de comunicación.
Humala no era su favorito, y toda la antesala de las elecciones avizoraba una relación confrontacional. Sin embargo, la batalla fue tan dura que hizo retroceder al Presidente punto por punto. Los medios de comunicación serán intangibles, dijo, y aludía a la libertad de expresión, pero también a la propiedad de los medios existentes. Sin embargo, los dueños de estos medios aún no están tranquilos. Su aún contenida respiración se debe al debate de las licencias de la televisión digital que un obsequioso ex presidente les donó antes de terminar su mandato.
***
Cuando hablamos de los caminos posibles que tiene ante sí el presidente Humala y hacemos referencia a los transitados por otros países sudamericanos, no nos anima el papel de conejos que dan consejos. Por el contrario: pensamos que cada país y cada modelo, por mejor intención que haya tenido en sus orígenes, traen consigo un cargamento de frustraciones propias y ajenas que lo van contaminando.
Si hemos pensado en Argentina como referencia es por las similitudes en el discurso y en el ideario de los movimientos que lideran la gestión en ambos países. Por supuesto que las diferencias son onerosas, para gracia y desgracia. Ambas son sociedades de mucha explosividad social. Ojalá que el presidente Humala logre avanzar en el proceso de cicatrización de heridas.
Entre el estilo K y el estilo H, una seguidilla de emes va creciendo (mmm). Veremos qué pasa.