miércoles, 19 de diciembre de 2012


"Carta abierta a Álvaro Vargas Llosa"


19 de diciembre de 2012
Fuente La República


Docente universitario y diplomático escribe sobre la misiva que el periodista peruano publicó en un diario chileno.
Por Harry Belevan-McBride
Te dirijo estas líneas de respuesta a tu Carta Abierta a Torre Tagle por cuanto, siendo yo un producto diría que hasta genético de lo que alberga esa “casona virreinal”, he sentido que tu escrito también estaba de algún modo dirigido a mí en tanto que hijo, hermano y padre de profesionales formados en esta institución tutelar de la república.
Si bien los planteamientos chilenos con los cuales deduces “… que las posibilidades de que el Perú obtenga el triunfo son mínimas…” constituyen alegatos elocuentes, mal haría con pretender desbaratarlos repitiendo yo también los fecundos argumentos peruanos, pues me resisto a contribuir a la desbordante inflación de comentarios que, en ambos países, han saturado los espacios de opinión acerca del proceso de La Haya.
Sin embargo, el fondo de tu Carta tiene como trasfondo el “cambio de mentalidad que urge en Torre Tagle” porque, a tu juicio, nuestra diplomacia habría urdido esta demanda ante la CIJ por causa de una “mentalidad decimonónica”. Y para que nadie, estimado Álvaro, sospeche que estoy reaccionando bajo el influjo de algún espíritu de cuerpo con mi carrera –extraño lo sería pues hace poco fui cesado de un plumazo sin siquiera el amparo simbólico de una solidaridad interna-, recojo todo lo que dices sobre ese apremio tuyo: “ha llegado la hora de un gran cambio de mentalidad; “el cambio de mentalidad que urge en Torre Tagle exige dejar atrás una forma de entender nuestras relaciones exteriores…”; “Esa mentalidad de la que la generación que nos representa gallardamente en La Haya es tal vez el canto de cisne…”; “Hoy día, solo una inseguridad… puede justificar que ustedes… se resistan a actualizar la mentalidad decimonónica…”; “…ha llegado la hora de que Torre Tagle dé un salto mental muy grande […] Para lograrlo, tenemos que desapolillar una mentalidad que … ahora es un enemigo”.
Con numérica probidad, como diría el genial Borges, para mejor aprovechar el exiguo espacio de una crónica periodística, condensaré algunos rasgos que explican secuencialmente esa “mentalidad” detrás de la diplomacia peruana:     
1- Nuestra frontera con Colombia fue fijada en intrincadas negociaciones llevadas por la cancillería en tiempos internacionalmente muy frágiles para el Perú lográndose, sin embargo, compensar una depredación territorial con otro espacio geográfico que nos proyectó por encima de la Línea Ecuatorial.
2- Semejante papel se cumplió con el Brasil mediante convenciones y tratados negociados por Torre Tagle, que sirvieron para contener la tenaz expansión brasileña que amenazaba con llegar hasta el Ucayali;
3- Fue también nuestra diplomacia que atajó un protervo tratado que Bolivia suscribió con Chile ¡con el que obtuvo Tacna y Arica! Y aun si Torre Tagle logró que Santiago desconociera ese pacto ya firmado, tuvo nuestra diplomacia que enfrentar nuevamente la depravada aspiración de Bolivia pues llevó tan desleal “reclamo” hasta la Liga de las Naciones.
4- Estas batallas fueron ganadas por nuestra tenacidad diplomática más que por balas de fusiles, hasta que solo quedase por sellar las fronteras con Chile y Ecuador. Bien sabes que con este se negociaron límites fronterizos consagrados con la firma del Protocolo de Río. Sin embargo, Ecuador fue durante décadas renuente a acatarlo hasta que, en 1988, Torre Tagle obtuvo la paz definitiva con Quito que, hidalgamente, reconoció la legitimidad de aquel tratado demarcatorio. Finalmente, fue asimismo la cancillería que en 1999 impulsó con Chile la firma del Acta de Ejecución del último artículo del Tratado de Lima pendiente de implementación. 
5- Restaba entonces con estos únicos vecinos oceánicos la tarea final de establecer esas otras dos fronteras, las marítimas. Con el Ecuador se cerraron exitosamente en el 2011. No pudiendo, sin embargo, obtener que Chile negociara bilateralmente los límites marítimos como se le propuso en 1986, Torre Tagle se vio constreñido en el 2008 a solicitar formalmente a la Corte Internacional de Justicia que dirimiera el diferendo. Y entramos así al año 2013, cuando el veredicto definitivo sobre este contencioso permitirá que la totalidad de nuestras fronteras queden fijadas a perpetuidad.
6- Todo este repaso es apenas para decirte que la cancillería fue siempre la abanderada en la construcción de la seguridad, pero también de la prosperidad, de la nación. Porque, en simultáneo con las tareas reseñadas, Torre Tagle fue el primer promotor estatal de acuerdos comerciales con otros países y, con el tiempo, impulsor principal de las negociaciones de tratados de libre comercio, poniéndose además a la vanguardia de todos los procesos de integración regional; no olvides que la Alianza del Pacífico que tú mismo apoyas, fue concebida por un estadista visionario como Alan García pero implementada y negociada exitosamente por Torre Tagle. Y en ámbitos tan diversos como el cultural, medioambiental, académico, armamentístico, científico, turístico y tecnológico, nuestra cancillería ha estado siempre a la vanguardia imaginativa y no a la zaga apolillada de los requerimientos nacionales, convirtiéndose así en la única entidad multifacética del Estado peruano por la diversidad de materias que aborda en su quehacer cotidiano.
7- Lejos entonces de ser “la generación que nos representa en La Haya… el canto de cisne” de una mentalidad que injustamente defines como decimonónica, ella es más bien la estirpe representativa de los diplomáticos nacidos en la década de 1940, que heredaron las tareas pendientes de aquellas generaciones precedentes que construyeron, sin estridencias –condición innata a toda labor diplomática--, el armazón que vertebraría al país. Así, a los nombres proverbiales de la diplomacia peruana del siglo XX como los embajadores Víctor Andrés Belaúnde, Raúl Porras, Alberto Ulloa, Bustamante y Rivero o Alberto Wagner, puedes sumar los de Javier Pérez de Cuellar, García Bedoya o Carlos Alzamora y, ahora, los de Allan Wagner y García Belaúnde, nuestros agentes en La Haya, entre otros diplomáticos de carrera descollantes en diversas disciplinas a los que mal podría requerírseles saltos o desapolillados mentales. Solo así podrás entender, estimado Álvaro, el proceso ante la CIJ como la cronométrica secuencia en el tiempo destinada a fraguar esa heredad forjadora de la identidad peruana, a la que Torre Tagle siempre contribuyó.
8- No debes entonces recelar nuevos traumas o rezagos de rencores en la -para mí negada- hipótesis de un fallo adverso, porque la sentencia de La Haya de todas maneras nos abrirá las puertas grandes del definitivo entendimiento mutuo. Va de suyo que habrá desinteligencias entre vecinos, porque las naciones suelen portarse como las gentes. Pero no abrigues temores de que el pisco o el suspiro de limeña puedan renovar enconos u ojerizas confrontacionales porque, a partir del 2013, el Perú y Chile hemos de caminar juntos hacia un futuro compartido de amistad, cooperación y prosperidad ilimitados.

A Contracorriente:

La Herejía de "Alvarito" que remeció hitos patrioteros

Fuente: La Tercera de Chile


Carta abierta a Torre Tagle

Creo que las posibilidades de que el Perú obtenga el triunfo son mínimas en lo que se refiere al reclamo principal -una delimitación marítima basada en una línea equidistante- y algo mayores, pero no muy grandes, en lo que se refiere al segundo, es decir, la determinación de nuestra soberanía sobre el llamado triángulo exterior, que está fuera de la zona marítima chilena y estaría dentro de la nuestra si ella rebasara el paralelo de latitud.

por Alvaro Vargas Llosa - 15/12/2012


Me dirijo a ustedes -el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú- usando el apelativo con el que se los conoce por la casona virreinal que les sirve de sede principal. Lo hago con respeto por sus vivos y sus muertos, entre quienes están algunos de los peruanos que más admiro. Tengo la esperanza de que vean un ánimo constructivo en estas líneas, con las que quiero expresarles que ha llegado la hora de un gran cambio de mentalidad.
Lo hago ahora que la fase oral del proceso de La Haya ha acabado y sólo falta el dictamen, probablemente dentro de pocos meses. Creo que las posibilidades de que el Perú obtenga el triunfo son mínimas en lo que se refiere al reclamo principal -una delimitación marítima basada en una línea equidistante- y algo mayores, pero no muy grandes, en lo que se refiere al segundo, es decir, la determinación de nuestra soberanía sobre el llamado triángulo exterior, que está fuera de la zona marítima chilena y estaría dentro de la nuestra si ella rebasara el paralelo de latitud.
Explicaré en seguida las razones por las que creo esto y me apresuro a decir que preferiría equivocarme. Temo, además, que el orgullo herido de muchos compatriotas pueda, si el fallo nos es adverso, frenar durante un tiempo el proceso de superación del trauma histórico, del que es prueba el vuelco que hemos dado a nuestras relaciones.
No dramatizo las cosas: confío en que la dinámica de los intercambios y el espíritu de los tiempos nos volverán a acercar, pase lo que pase. Pero es mejor celebrar triunfos que no se dan por seguros que sufrir derrotas que no se le pasan a uno por la cabeza, especialmente en el terreno de las relaciones exteriores, donde los sentimientos suelen adquirir una intensidad tribal muy poderosa que no facilita la sindéresis y el sentido de las prioridades. De allí mi aprensión.
El cambio de mentalidad que urge en Torre Tagle exige dejar atrás una forma de entender nuestras relaciones exteriores que tuvo mucho sentido en el pasado, porque la independencia latinoamericana produjo repúblicas indefinidas en tantos sentidos.
Esa mentalidad -de la que la generación que nos representa gallardamente en La Haya es tal vez el canto de cisne- se concentró en la definición de nuestras fronteras y nuestra identidad republicana de cara a los vecinos y el resto del mundo.
Hoy día, sólo una inseguridad en nosotros mismos puede justificar que ustedes sigan dedicando los mejores esfuerzos a algo que está esencialmente resuelto y que se resistan a actualizar la mentalidad decimonónica. Urge una nueva perspectiva que vea en la integración real -no la ritual que silba en la boca de políticos de poca monta, ni la dictada por la moda o la corrección política- la forma inteligente y patriótica de honrar la promesa de nuestra independencia, de la que pronto se cumplirán 200 años.
En el empeño de la afirmación de nuestras fronteras volcaron sus predecesores en la Cancillería peruana lo mejor de sí. No desmerezco ni por un instante lo que hicieron: sin ellos, no habría República del Perú. Entre los cancilleres que contribuyeron a la afirmación de nuestro espacio como república soberana hay figuras deslumbrantes.
Cito algunas: el liberal Sánchez Carrión, que entendió bien que, a pesar de su mesianismo, Bolívar era indispensable para derrotar a España; el escritor Felipe Pardo y Aliaga, cuyos méritos fueron mayores fuera de la cancillería, pero que dio lustre y cultura a esa institución; y un Toribio Pacheco, el mejor canciller de nuestra historia a decir de los historiadores Riva Agüero y Basadre, un genio que logró la alianza de Perú, Chile, Ecuador y Bolivia ante la amenaza naval española en 1865 y 1866, y que poco antes explicó al mundo en textos memorables la justicia de nuestra causa.
La mejor prueba de que era necesario que sus antecesores dedicaran sus esfuerzos a la afirmación de los límites de la república es que con frecuencia los tratados que se firmaban eran superados por nuevos conflictos o circunstancias que obligaban a hacer nuevos tratados.
Por eso hubo que hacer un nuevo tratado con Brasil en 1909, a pesar del que habíamos firmado medio siglo antes; por eso hubo que ratificar el que teníamos con Colombia, y que una guerra había puesto en cuestión en 1932 y 1933; por eso seguíamos firmando protocolos con Bolivia en 1925, 23 años después del primer tratado limítrofe con ellos; y por eso en 1998 hubo que acabar de sellar una frontera con Ecuador, a pesar de que existía un tratado desde 1942.
No sorprende, pues, que estemos ahora litigando en La Haya, a pesar de que en 1999, poco después del Acta de Ejecución que firmamos con Chile, el Perú anunció que se habían acabado para siempre los conflictos.
Me siento obligado, por un elemental respeto a ustedes, a explicar por qué creo que tenemos mínimas posibilidades de ganar en lo referente al reclamo principal y algo mayores, pero no muy grandes, en lo que atañe al segundo.
La tradición jurídica y política peruana mezcla muchos elementos que van a contrapelo de la formación de quienes van a decidir esto en Holanda. El positivismo jurídico, el formalismo y el reglamentarismo de nuestra tradición hicieron que a menudo le busquemos tres pies al gato. La ley no suele ser para nosotros un conjunto de principios derivados de la sabiduría de los siglos, sino cualquier cosa que dice el que manda.
La hacemos con tanto grado de irrealidad y la interpretamos de una forma tan puntillosa y jesuítica que cualquier cosa puede ser vista como la ley y cualquier cosa como su violación. Esta tradición hace que nos importe la letra pero no el espíritu.
No importa que el espíritu diga una cosa si la letra, torcida por nuestro formalismo interpretativo, dice otra. Por eso en la Colonia se decía “se acata pero no se cumple”. Por eso también tenemos los peruanos una economía informal tan grande y un respeto tan escaso por la legalidad.
¿A dónde voy? A que si aplicamos esta tradición a los documentos clave del proceso de La Haya -el Decreto Supremo en el que el Presidente Bustamante y Rivero proclamó la soberanía sobre las 200 millas marítimas frente a las costas peruanas, la Declaración de Santiago de 1952 y el Convenio sobre Zona Especial Fronteriza Marítima de 1954-, podemos concluir que, en efecto, no hay un tratado perfecto e integral, como lo hubiésemos hecho hoy, de delimitación marítima con Chile.
Pero, para jueces que prestan más atención a cómo entendían los firmantes lo que firmaban, cómo actuaron esos gobiernos y los subsiguientes a partir de dichos documentos, y a cuál era el espíritu, además de la letra, de esos solemnes papeles, será extraordinariamente difícil concluir que no se acordó nunca una frontera marítima.
Y eso -haber acordado una frontera marítima- es lo único que pide el texto de la Convención sobre el Derecho del Mar de 1982, al que nos aferramos como tabla de salvación. Ella establece que nadie podrá extender su mar territorial más allá de la línea equidistante “salvo acuerdo en contrario” (artículo 15), y que la delimitación de la zona económica exclusiva y la plataforma continental se hará “por acuerdo” entre las partes (artículos 74 y 83).
No dice cómo tiene que ser el acuerdo, ni si puede o no estar incluido en un texto que se ocupe también de otras cosas, ni si tiene que tener una redacción determinada. Una revisión a vuelo de cóndor de la jurisprudencia de la corte sugiere que a este tribunal le importa mucho más si, a partir de los textos y la práctica derivada de ellos, se puede interpretar que hay un acuerdo que el estilo, la amplitud, el detalle y las formalidades de lo suscrito.
Bajo esta premisa, enumero aquí algunos elementos que lesionan nuestro caso. Ofrezco primero los que se refieren al reclamo principal y luego los que tienen que ver con el segundo reclamo.
-El Decreto Supremo de 1947, con el cual el Perú proclamó su soberanía y jurisdicción sobre las 200 millas, siguió a la declaración con la que el Presidente de Chile hizo lo mismo. Los gobiernos notificaron uno al otro esta proclamación.
En 1952, ante la violación de sus respectivos espacios por flotas extranjeras, se reunieron Perú y Chile, y se les sumó Ecuador, para formalizar en términos internacionales lo que habían hecho unilateralmente en 1947. Como prueban las actas de la reunión, hay una decisiva línea de continuidad entre los textos de 1947 y la Declaración de Santiago de 1952. Esto ayuda a entender la falta de especificidad y detalle en el texto de 1952 y lo mucho que todas las partes daban por establecido.
-En 1955, García Sayán, el canciller peruano que firmó con Bustamante y Rivero el Decreto Supremo de 1947, publicó un boceto en su libro Notas sobre la soberanía marítima del Perú con la zona marítima peruana. Allí figuran los paralelos como límites.
-El Decreto Supremo de 1947 dice que las 200 millas se medirán siguiendo los paralelos geográficos, que era entonces la manera de trazar el perímetro exterior de una zona marítima. Así se había hecho en 1939, en la Declaración de Panamá, para establecer un cordón de seguridad en el mar alrededor de todo el continente americano. Hoy el Perú ya no usa el método para fijar las 200 millas, pero el cambio no afecta los paralelos, sólo lo que está en su zona.
-Cuando Chile invitó a Ecuador a la reunión en la que se iba a firmar la Declaración de Santiago y otros convenios en 1952, le comunicó que determinar “el mar territorial” era el primer objetivo. No dijo que el objetivo era sólo firmar un convenio de pesca.
-La idea de que la Declaración de Santiago es un simple convenio pesquero choca con dos hechos: al mismo tiempo que ese documento, que fue el principal, se firmaron otros más, entre ellos uno de pesca. Además, el título, el preámbulo y el texto confirman que los países estaban fijando su soberanía marítima, algo, por lo demás, que sentó precedente mundial: el principio de las 200 millas que se incrustó en el derecho marítimo universal, como lo dice la ONU, nació allí y en las proclamaciones de 1947.
-El artículo IV de la Declaración de Santiago, que se refiere al paralelo como límite de la zona marítima, lo hace en referencia al caso de que haya islas de un país firmante que estén a menos de 200 millas de la “zona marítima general” de otro. El artículo supone, pues, la existencia de una zona marítima general claramente delimitada de cada uno de los tres países. Si no, ¿cómo puede una isla estar a menos de 200 millas de ella?
-Las actas de la reunión que produjo la Declaración de Santiago registran que el artículo IV nació como producto de un pedido del delegado ecuatoriano, quien solicitó que se dejase en claro que “la línea limítrofe de la zona jurisdiccional de cada país” era el paralelo del punto en que la frontera terrestre llega al mar. Los delegados del Perú y Chile redactaron el famoso artículo IV con ese entendido, que las actas han inmortalizado.
-En 1954, en las reuniones para suscribir los acuerdos de ese año, se discutió la Declaración de Santiago firmada en 1952 y la correcta interpretación del artículo IV, que habla del paralelo en caso de haber islas. Ecuador pidió incorporar un artículo que dejara muy claro que el paralelo es la frontera que divide las aguas jurisdiccionales. Los delegados de Perú y Chile, como dicen las actas oficiales, dijeron que ello sería redundante porque estaba claro en el artículo IV de la Declaración de Santiago. Todos estuvieron de acuerdo en que figurara oficialmente en las actas.
-El Convenio de Zona Especial Fronteriza Marítima de 1954 fija la frontera en el paralelo en su primer artículo expresamente, sin mencionar islas.
-En la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso peruano que en 1955 ratificó la Declaración de Santiago y la Convención de 1954, el diputado Peña Prado afirmó que el propósito de la conferencia de 1952 había sido establecer los límites marítimos. Es el único discurso que se conoce porque lo publicó “La Crónica” completo.
-Hay varios mapas del Perú aprobados por la Cancillería con los límites marítimos basados en el paralelo de latitud, de acuerdo con un Decreto Supremo de 1957 que decía que no se podía publicar mapas sin su autorización.
-Cuando Colombia firmó su tratado de límites con Ecuador en 1975, el canciller colombiano fue al Congreso a sustentar el pedido de ratificación. Allí justificó el uso del paralelo como límite marítimo porque había sido el utilizado en la Declaración de Santiago por Perú, Chile y Ecuador. Por otro lado, el Departamento de Estado norteamericano ha publicado el mapa con los límites marítimos del Perú y Chile.
-Entre los demás países sudamericanos, el método de delimitación que rige es el del paralelo de latitud, no la línea equidistante u otra fórmula. Todos ellos, cuyos tratados son muy posteriores a los años 50, se inspiraron en el Perú, Chile y Ecuador.
-En 1969, en el juicio sobre el mar del Norte en La Haya, bajo la Presidencia de Bustamante y Rivero, el tribunal oyó a Alemania, Holanda y Dinamarca referirse a la Declaración de Santiago como el documento que había fijado límites marítimos entre Perú, Chile y Ecuador. Junto con el fallo final, Bustamante Rivero emitió, como se acostumbra, una opinión personal sobre el caso. No objetó esa interpretación.
-El Acta de 1930, que dio cuenta del trabajo de la Comisión Mixta de peruanos y chilenos por encargo oficial para demarcar la frontera terrestre de acuerdo con el Tratado de Lima, dice que la “línea demarcada de frontera parte del océano en un punto en la orilla del mar situado a 10 kilómetros hacia el noroeste del primer puente sobre el río Lluta”.
Al decir que el primer hito está en la orilla del mar, no hay contradicción que salte inmediatamente a los ojos entre eso y los textos que muchos años después hablan del paralelo “del punto en que llega al mar la frontera terrestre” (1952) y del “hito número uno, situado en la orilla del mar” (Acta de 1969 de Comisión Mixta que tuvo el encargo oficial de poner las marcas de enfilación para materializar la frontera marítima).
Como La Haya no está facultada para fallar sobre la frontera terrestre, le es indiferente la eventual diferencia entre el hito y un punto exacto en que la frontera toque el mar.
-Antes de acordar los límites marítimos con Ecuador en 2011, el Perú sostenía (lo hizo incluso en la documentación inicial presentada en La Haya en 2009) que no había un problema de delimitación marítima con el vecino del norte. ¿Hay congruencia entre esto y decir que lo que fijó las fronteras con Ecuador es el acuerdo de 2011 y no la Declaración de Santiago? El propio Presidente de Ecuador y el Presidente de Chile hicieron una declaración conjunta formal el 1 de diciembre de 2005, en la que sostuvieron que los límites habían sido fijados por la Declaración de Santiago.
-Cuando el embajador Bákula viajó a Chile en 1986, para plantear la posición peruana contraria al paralelo como límite, el Perú recogió en un memorándum su actuación. Se decía que esa era la “primera presentación” de la posición peruana. Habían pasado varias décadas desde los documentos oficiales que se referían al paralelo.
La tesis de que un arreglo provisional puede durar tantas décadas es rebuscada. Bákula también dejó en claro que el planteamiento surgía de los nuevos elementos de la Convención sobre el Derecho del Mar de 1982. La tesis chilena de que el Perú firmó y aceptó durante mucho tiempo una frontera, y luego la quiso modificar en vista de la evolución del derecho marítimo, tiene aquí un punto de apoyo.
Con respecto al triángulo exterior, estos son algunos elementos que hacen muy difícil que se atienda el segundo reclamo peruano:
-Hay seis fronteras marítimas en Sudamérica y varias más en otras partes del mundo que crean triángulos exteriores. Suele ocurrir cuando se usa el paralelo como límite. Cuando se fija una frontera, sólo se ejerce soberanía, según la jurisprudencia de la corte de La Haya, en la zona delimitada, aunque quede una zona exterior que de otro modo hubiera pertenecido a las 200 millas de una de las partes.
-El Decreto Supremo del Perú de 1947 dejaba abierta la posibilidad de extender la zona marítima más allá de las 200 millas, algo que también Chile había determinado oficialmente. Aunque sabemos que no ocurrirá, este entendimiento fijado en normas legales dificulta que el Perú ejerza soberanía en el triángulo exterior.
No se puede descartar que, en la eventualidad de fallar contra el Perú en lo principal, la corte trate de compensar esa decisión dándonos el triángulo exterior. No es demasiado probable que lo haga, porque si decide que el Perú suscribió acuerdos que delimitan la frontera y, al mismo tiempo, nos otorga el triángulo exterior, creará un precedente que puede suscitar reclamos similares de muchos otros países.
Pero como los jueces no son máquinas sino seres humanos, siempre cabe la posibilidad de que quieran evitarle al Perú un revés sin contemplaciones y nos den esta zona buscando argumentos jurídicos para ello.
Me equivoque o no, lo esencial de esta carta seguirá en pie: ha llegado la hora de que Torre Tagle dé un salto mental muy grande. El Perú tiene que poner su política exterior a la altura de su progreso económico y del mundo en que vivimos, que exige menos fronteras psicológicas y más imaginación. Una forma de hacerlo es acelerar la integración con nuestros vecinos.
¿Cuál es la razón por la que no debemos venderle a Chile gas natural o electricidad, como sostienen tantos compatriotas nuestros? En la eventualidad de que quisieran comprarlo, lo que no será fácil, dado el escarmiento que sufrieron por confiar en un acuerdo de suministro de gas con Argentina que Buenos Aires incumplió, no sólo haríamos un buen negocio: también acometeríamos un acto de integración irreversible. Integrar nuestras redes de interconexión eléctrica es algo que está al alcance de la mano.
Hay muchas formas, pero lo que importa es el principio y la voluntad. Vender gas a Chile, además de electricidad, como se lo vendemos a una decena de países, no es un acto de lesa patria: no hacerlo es un acto poco moderno.
También tendríamos que pensar -y qué rol tan importante podría jugar una Cancillería desprejuiciada en esto- en no ser un obstáculo para que Chile y Bolivia lleguen a un acuerdo que voltee la página del eterno conflicto por la mediterraneidad del segundo.
Siempre hemos vetado, porque el Protocolo Complementario del Tratado de Lima de 1929 nos lo permite, el que Chile otorgue a Bolivia un corredor por el norte de Arica, antiguo territorio peruano. No habrá razón para seguir vetando semejante solución si, eventualmente fortalecido por un resultado airoso en La Haya, Chile decide, con este gobierno o el siguiente, explorar semejante posibilidad.
Si en lugar de estar enfrentados en juicios internacionales diéramos un impulso mucho más audaz a la Alianza del Pacífico, un esfuerzo regional potencialmente más dinámico que el Mercosur y el Unasur, dado que México está preparándose para una gran década y que Brasil se resiste a ejercer el liderazgo regional que todos quisiéramos, lograríamos triunfos más transformadores para nuestros ciudadanos que los de cualquier tribunal extranjero.
¿Por qué tenemos, en nombre de una buena vecindad mal entendida, que resignarnos a que los países del Alba sean los que marcan la pauta al continente en temas regionales en lugar de intentar, sin confrontaciones ideológicas contraproducentes, que seamos los mejores quienes marcamos ese rumbo? Por “mejores” entiendo los países que van a la vanguardia de América en lo que se refiere a su ímpetu en pos del desarrollo.
Chile será el primero en cruzar ese umbral, del que lo separan unos cinco mil dólares per cápita, y el Perú puede ser uno de los tres o cuatro siguientes si logra acabar de incorporar a los de abajo a la prosperidad. Para lograrlo, tenemos que desapolillar una mentalidad que nos sirvió durante mucho tiempo, pero que ahora es un enemigo al que debemos derrotar en el tribunal del siglo XXI.
Ojalá que, si sufrimos un revés en La Haya, no nos abandonemos al rencor y lo convirtamos en una oportunidad para mostrarnos a nosotros mismos que hemos dejado atrás la infancia de la república. En parte dependerá de ustedes.

Reacciones:
Lo que no entiende el marquesito - por Ántero Flores-Araoz
Alvaro Vargas Llosa o la pluma costosa de alquiler - por Guillermo Olivera Diaz


domingo, 16 de diciembre de 2012


El Soldado Desconocido


16 de diciembre de 2012
Fuente La República
Escrito por Mario Vargas Llosa


Lurgio Gavilán Sánchez ha tenido una vida que parece sacada de una novela de aventuras. La cuenta en una autobiografía que acaba de publicar: Memorias de un soldado desconocido (IEP, 2012).  Nacido en una aldea indígena de la sierra peruana, a los doce años se enroló, emulando a su hermano mayor, en un destacamento revolucionario de Sendero Luminoso y durante cerca de tres años fue un activo participante en la sangrienta utopía maoísta de Abimael Guzmán, la “cuarta espada del marxismo”, que quería materializar en los Andes, mediante el terror, el paraíso comunista.
Antes de cumplir 15 años, su destacamento fue emboscado por el Ejército.  Normalmente, hubiera sido ejecutado, como exigían los ronderos (campesinos que lucharon contra Sendero) que participaron en su captura. Pero el teniente de la patrulla militar –nunca conoció su nombre, solo su apodo, “Shogún”– se compadeció del chiquillo, le perdonó la vida y le embutió un uniforme de soldado. También lo mandó a la escuela, donde Lurgio aprendió a leer. Durante siete años sirvió en el Ejército, siempre en la región de Ayacucho, combatiendo a sus antiguos camaradas y participando a veces en operaciones tan crueles como las que perpetraba la Compañía 90 de Sendero Luminoso a la que perteneció.  Llegó a ser sargento primero y, cuando estaba por ascender a suboficial, pidió su baja.
Gracias a una monja, había descubierto en él una vocación religiosa.  Consiguió ser aceptado como aspirante en la orden franciscana y durante algunos años fue novicio, primero en Lima y luego en el convento colonial de Ocopa, en el departamento andino de Junín. Los años que estuvo de novicio franciscano parece haberlos vivido intensamente, entregado al estudio y a la meditación, al ejercicio de la catequesis en aldeas campesinas y visitando centros misioneros de la sierra oriental y la Amazonia.
Pero, luego de algunos años, colgó los hábitos para estudiar antropología, disciplina a la que se dedica desde entonces.
El libro en que Lurgio Gavilán Sánchez cuenta su historia es conmovedor, un documento humano que se lee en estado de trance por la experiencia terrible que comunica, por su evidente sinceridad y limpieza moral, su falta de pretensión y de pose, por la sencillez y frescura con que está escrito. No hay en él ni rastro de las enrevesadas teorías y la mala prosa que afean a menudo los libros de los “científicos sociales” que tratan sobre el terrorismo y la violencia social, sino una historia en la que lo vivido y lo contado se integran hasta capturar totalmente la credibilidad y la simpatía del lector.
Limitándose a contar lo que vivió e intercalando a veces en el relato breves evocaciones del paisaje andino, la desaparición de los compañeros, la muerte de su hermano, el miedo cerval que a veces sobrecogía a todo el grupo, y la ferocidad de algunos hechos –la ejecución del centinela que se quedaba dormido, por ejemplo, y el asesinato de los reales o supuestos soplones–, Lurgio Gavilán instala al lector en el corazón de la locura ideológica y la crueldad vertiginosa que vivió el Perú, en los años ochenta, sobre todo en la región de los Andes centrales, por la guerra que desató Sendero Luminoso. Lo que comienza como un sueño igualitario de justicia social se convierte pronto en un aquelarre de disparates sectarios y brutalidades ilimitadas. A diario hay sesiones de adoctrinamiento en las que los guerrilleros leen –en voz alta para los que no saben leer– folletos de Stalin, Lenin, Marx y Abimael Guzmán y cantan marchas revolucionarias. Al principio, los campesinos ayudan y alimentan a los guerrilleros, pero, luego, estos imponen esta ayuda por la fuerza, y, a la vez, ejecutan matanzas colectivas contra las comunidades rebeldes a la revolución, que apoyan a los ronderos. Al mismo tiempo, ahorcan o fusilan a sus propios compañeros sospechosos de ser “soplones”. Todos viven en la inseguridad y el temor de caer en desgracia, por debilidad humana –robar comida, por ejemplo– pues el castigo es casi siempre la muerte.
El salvajismo no es menor entre los soldados que combaten a los terroristas. Los derechos humanos no existen para las fuerzas del orden ni se respetan las más elementales leyes de la guerra.  Los prisioneros son ejecutados casi de inmediato, salvo si se trata de mujeres, pues a estas, antes de matarlas, las llevan al cuartel para que cocinen, laven la ropa y sean violadas cada noche por la tropa.
Si la autobiografía de Gavilán Sánchez no estuviera escrita con la austeridad y el pudor con que lo está, las atrocidades de las que fue testigo y tal vez cómplice no serían creíbles. Lo son, porque ha sido capaz de referir aquella  historia con una naturalidad y sencillez que sobornan al lector y desarman sus prevenciones. Es extraordinario que quien vivió, desde niño, semejantes horrores no se insensibilizara y perdiera toda noción de rectitud, compasión o solidaridad con el prójimo.
Todo lo contrario. El libro delata en todas sus páginas un espíritu sensible, que ni siquiera en los momentos de máxima exaltación política pierde la racionalidad, deja de cuestionar lo que está haciendo y se abandona a la pasión destructiva. Siempre hay en él un sentimiento íntimo de rechazo al sufrimiento de los otros, a los asesinatos, a las represalias, a las ejecuciones y torturas, y, por momentos, lo colma un sentimiento de tristeza que parece anularlo. Ese afán de redención que lo colma se transmite al paisaje, repercute en las grandes moles de los nevados andinos, estremece los bosquecillos de los valles donde cantan las calandrias.
Esos paréntesis que de tanto en tanto se abren en el relato para describir el entorno, las plantas, los árboles, los cerros, los ríos, arrojan una brisa refrescante en medio de tanto dolor y miseria y son como una delicada poesía en medio del apocalipsis.
Es un milagro que Lurgio Gavilán Sánchez sobreviviera a esta azarosa aventura. Pero acaso sea todavía más notable que, después de haber experimentado el horror por tantos años, haya salido de él sin sombra de amargura, limpio de corazón, y haya podido dar un testimonio tan persuasivo y tan lúcido de un periodo que despierta aún grandes pasiones en el Perú. El suyo es un libro que deberían leer todos esos jóvenes que todavía creen que la verdadera justicia está en la punta de un fusil. Memorias de un soldado desconocido muestra, mejor que cualquier tratado histórico o ensayo sociológico, lo fácil que es caer en una espiral de violencia vertiginosa a partir de una visión dogmática y simplista de la sociedad y las supuestas leyes históricas que regularían su funcionamiento. La esquemática convicción de Abimael Guzmán de que el campesinado andino podía reproducir la “gran marcha” de Mao Tse Tung, incendiar la pradera, arrasar a la burguesía, el capitalismo y convertir al Perú en un país igualitario y colectivista produjo decenas de miles de muertos, miles de miles de torturados y desaparecidos, familias y aldeas destruidas, aumentó la desesperación y la pobreza de los más pobres y desamparados y permitió que se entronizara en el país por diez años una de las más corruptas dictaduras de nuestra historia. Parecía que esta tragedia había abierto los ojos de los peruanos y los había vacunado contra semejante locura. Sin embargo, precisamente ahora, cuando gracias a la democracia y a la libertad el Perú vive un periodo de desarrollo económico sin precedentes en su historia, Sendero Luminoso comienza a reaparecer,  emboscado detrás de supuestas asociaciones que piden abrir las cárceles a los autores de los atentados terroristas de los años ochenta. El momento no puede ser más propicio para la aparición de un libro como el de Lurgio Gavilán Sánchez.

Otras visiones sobre el libro:


viernes, 23 de noviembre de 2012


El Crimen y la Amnesia


20 de noviembre de 2012
Fuente El Correo de Salem
Escrito por Eduardo González Viaña


En la mitología grecorromana, se supone la existencia del Lethes, el río del olvido. Quienes lo atraviesen, pierden la memoria.
Durante su campaña en España, los romanos lo identificaron con el río Lima. Por ello, en plena guerra, los soldados se negaron a cruzarlo. Por fortuna y para hacer frente al terror de sus subordinados, el centurión Décimo Junio Bruto pasó a nado hasta la otra orilla, y desde allí comenzó a llamar a los soldados, uno a uno, por sus nombres.
Dos acontecimientos políticos podrían hacernos suponer que los peruanos ya hemos perdido la memoria, y nada hay que pueda librarnos de la incurable amnesia.
Ellos son: primero, la noticia de que la Comisión de Gracias Presidenciales del Ministerio de Justicia ha admitido a trámite la solución de indulto presentada por los hijos de Alberto Fujimori a favor del ex dictador. En mérito de su próxima liberación, ya han aparecido en Lima carteles con el rostro del reo y la consigna “Fujimori, presidente 2016”.
La otra manifestación de amnesia son los ajetreos gubernamentales y legislativos para aprobar una llamada “Ley del Negacionismo”. En redundancia con la norma que prohíbe la apología del terrorismo, esta ley está destinada supuestamente a censurar y condenar cualquier expresión oral o escrita que justifique las acciones de los subversivos.
La ley del negacionismo que se cocina ahora no se limita a repetir con demasía la anterior disposición fujimorista. La enriquece. Ahora también será penado “menospreciar, hostilizar u ofender gravemente a un colectivo social.” Esos supuestos subjetivos servirán para impedir cualquier alusión a las decenas de miles de víctimas que sufrieron tortura o muerte por parte de los agentes del estado sin estar involucradas en absoluto con el accionar subversivo.
La ley del negacionismo servirá para justificar un “gobierno duro y fuerte.” Vale decir, para organizar legalmente la censura.
Las obras de César Vallejo, Ciro Alegría, José María Arguedas, Alejandro Romualdo e incluso las de nuestro premio Nobel Mario Vargas Llosa podrían ser “cuidadosamente analizadas” para mutilar o impedir la de edición de todo aquello que “ofenda gravemente a un colectivo social.” El periodista tendrá que temer la reacción del censor que lee por detrás de sus hombros, o del sargento que estudiará con lupa las posibles ofensas.
Los dos acontecimientos políticos, la excarcelación de Fujimori y la ley del Negacionismo parten de un supuesto: que nos hemos olvidado por completo de la sangre vertida en los Andes en una espantosa y étnica guerra sucia cuyas víctimas fueron principalmente quienes no podían defenderse, los ancianos, las mujeres, los hombres y los niños de las aldeas serranas.
Como lo dijo el fiscal Avelino Guillén: ” De forma paralela y simultánea, existía una estrategia clandestina, que era una guerra sucia, que consistía en la eliminación extrajudicial de presuntos subversivos. Los ejecutores de esa guerra sucia, todos, han reconocido que ellos eran un grupo de aniquilamiento de ejecución. Ellos ubicaban, capturaban y eliminaban. Ellos nunca tuvieron un solo detenido.”
Son las víctimas innombrables. Nosotros debemos ponerles rostro.
Me apresuro a citar al poeta español Rafael Alberti, antes de que su lectura quede prohibida en el Perú: “Si los condenas a muerte. Si los matas, ellos serán los seis clavos de tu caja. Mueran o no tú estás ya muerto, muerto ya, en la tapa de tu caja hay seis clavos”.
Cuando se pierde la memoria se pierde el futuro. No al encarcelamiento. No al negacionismo. No crucemos el río del olvido.

miércoles, 14 de noviembre de 2012


Contra la Amnesia Selectiva

08 de noviembre de 2012
Fuente El Blog de Gonzalo Gamio

Escribe Gonzalo Gamio Gehri

El embajador del Perú en Argentina, Nicolás Lynch, acaba de renunciar a su cargo por haber recibido una carta de miembros de MOVADEF, el actual brazo “político” de la organización terrorista Sendero Luminoso. El error cometido ha sido grave y Lynch ha tenido que dejar el cargo. Es cierto que Lynch ha escrito contra Sendero y contra la extrema izquierda instalada en las organizaciones del sector educación, pero ello no anula las razones que ponen de manifiesto su error. La cobertura mediática de este incidente ha sido (literalmente)  extraordinaria. Sin embargo, más allá del escándalo suscitado, la cuestión principal, que las pretensiones de MOVADEF son inaceptables en el nivel político y en el legal – la amnistía que solicitan resulta inadmisible en la perspectiva de la legislación en materia de derechos humanos, pues atenta contra la justicia más elemental – sigue sin ser examinada y discutida con rigor. Y lo mismo puede decirse de su aspiración a incorporarse al ejercicio de la política sin haber abandonado la matriz violentista e integrista de su ideología maoísta. No puede intervenir en la vida política quien no respeta las libertades y los derechos ciudadanos, y considera que el uso de la fuerza constituye un método “legítimo” para hacerse del poder.

Estas circunstancias críticas no se resolverán explotando políticamente estos errores o estigmatizando ideológicamente al ex embajador. No se puede derrotar al MOVADEF si no se libra una batalla política basada en la recuperación de la memoria de los crímenes de Sendero Luminoso. Allí están las evidencias, los testimonios. El Informe Final de la CVR y otras investigaciones han documentado rigurosamente estos hechos. Se trata de una lucha contra la impunidad y contra la amnesia. Resulta lamentable constatar que muchos seguidores de este grupo prosenderista son jóvenes que no tienen conocimiento de lo que vivimos en el país en los años del conflicto (o lo tienen, pero no quieren enfrentar lo sucedido, por interés o desidia).

Los argumentos contra MOVADEF son los mismos argumentos que pueden esgrimirse en contra el pedido de indulto de Fujimori. Se trata de combatir la amnesia ética y política que en ambos casos se pretende imponer a través de la amnistía y del indulto. Tanto los adeptos de Guzmán como los fujimoristas confunden deliberadamente la "reconciliación" con la búsqueda de silencio e impunidad, En este punto coinciden plenamente: no olvidemos que el MOVADEF nace como producto de las negociaciones de Guzmán y Montesinos, con la anuencia de Fujimori. Ambos grupos están interesados en minar las políticas de memoria y reparación. Ambos grupos pretenden usar las reglas y los espacios propios de la democracia para beneficiar a sus líderes y ganar posiciones en nuestro precario escenario político.  Cada uno promueve una lectura autoritaria de la vida pública y basa su propia actividad colectiva en el culto a la personalidad del líder.

 En cuanto al  caso del fujimorismo, resulta claro que la legislación internacional rechaza el indulto como figura legal cuando se trata de delitos contra los derechos humanos. Tampoco procede la figura del indulto humanitario, dado que Fujimori no padece una enfermedad que atraviesa su fase terminal. Su centro de reclusión ad hoc le asegura privilegios – visitas ilimitadas, asistencia médica permanente, diversos ambientes, y un largo etcétera – que difícilmente agravan su situación (la sugerencia de Kenji Fujimori es francamente  delirante e irrisoria).

De tal manera que su situación no justifica un indulto, a menos que el juicio de los médicos vaya en otra dirección basándose en evidencia científica. La opinión pública debe recordar las múltiples ocasiones en las que Fujimori ha intentado huir de la justicia y evadir sus responsabilidades: renuncia por fax, escape al Japón, postular al senado japonés, etc. Y ahora este conato absurdo de petición de perdón con un pintoresco autorretrato y sinuosas líneas de apoyo. Hacer memoria en torno a los crímenes y a las triquiñuelas de Fujimori  nos permitirá no ser condescendientes frente a esta nueva estrategia suya por lograr impunidad. Es curioso que la misma prensa conservadora y los “actores” políticos que se muestran severos con las retorcidas pretensiones de MOVADEF sean los complacientes impulsores de la campaña por el indulto de Fujimori; lo mismo puede decirse de quienes, en el ámbito público, cuestionan  al funcionario renunciante pero  muestran una inocultable simpatía por esta cuestionable solicitud (políticos de otras organizaciones partidarias, empresarios, el cardenal, etc.). Un poco de consistencia no les vendría mal.   

VIERNES, 19 DE SEPTIEMBRE DE 2008

DESMONTANDO UN MITO ABSURDO


Gonzalo Gamio Gehri

Sabemos que uno de los “caballitos de batalla” de los más ‘feroces’ críticos de la CVR (antiguos y nuevos colaboradores de La Razón y Expreso, políticos conservadores, autoridades cercanas al fujimorismo, además de algunos extremistas anti-DDHH que frecuentan la blogósfera, etc.) ha sido la denuncia de un “pronunciado sesgo izquierdista” en el Informe Final, que se pondría de manifiesto – la acusación es francamente delirante y delata una absoluta ignorancia frente al documento – en una actitud condescendiente respecto de los grupos terroristas y bastante blanda con los grupos socialistas que tenían representación parlamentaria en los años del conflicto armado interno. 

Esta imputación no tiene el más mínimo asidero, y se refuta inmediatamente leyendo el Informe. La CVR sostiene que el principal perpetrador de violaciones a los Derechos Humanos fue Sendero Luminoso (54% de los muertos y desaparecidos). Se señala que este grupo desató el conflicto y que, frente a ello, “el Estado tuvo el deber y el derecho de defenderse" (Tomo I, p. 89). Debió asumir esta defensa en el marco del respeto de la legalidad y de los Derechos Humanos: en ciertos períodos y lugares esto no fue así.

En una entrada anterior hemos mostrado – en diálogo con especialistas en el tema – que la CVR ha sido sumamente dura con los grupos de izquierda democrática que no hicieron un claro deslinde con el terrorismo. Hemos defendido la tesis – que se hace especialmente patente en el tomo sobre la reconciliación – que el trasfondo ético-político del Informe de la CVR es el de los principios de la democracia liberal y de la cultura de los Derechos Humanos. Esto es evidente. El cuestionamiento final – igualmente falaz, basado en una absoluta no-lectura del texto – era que la CVR no había condenado la ideología senderista. 

Se trata de una crítica malintencionada, carente de todo fundamento, que en su día dirigieron Rey y Giampietri, y que ciertos extremistas conservadores repiten sin cesar, esperando que el “miente, miente, que algo queda” – herencia del marketing político nazi, no lo olvidemos – haga su triste trabajo. Manuel Barrantes nos ha recordado algunos textos del Informe de la CVR en los que se fustiga duramente el fundamentalismo ideológico del ideario terrorista:

Capítulo sobre Sendero del Informe Final de la CVR
1.1.1.1. Orígenes ideológicos
"El PCP-SL tomó de Lenin la tesis de la construcción de «un partido de cuadros, selectos y secretos», una vanguardia organizada que impone por la vía de las armas la «dictadura del proletariado». De Stalin, figura menor entre los hitos históricos que reconoce el PCP-SL, heredó, sin embargo, la simplificación del marxismo como materialismo dialéctico y materialismo histórico y, además, la tesis del partido único y el culto a la personalidad. De Mao Zedong recogió la forma que la conquista del poder habría de adoptar en los países denominados semifeudales: una guerra popular prolongada del campo a la ciudad. Pero, tanto o más que la caracterización de la revolución en países agrarios atrasados, el PCP-SL tomó de Mao los siguientes conceptos".[...]"El denominado «pensamiento Gonzalo» hace «especificaciones» al maoísmo, todas ellas con el fin de simplificarlo o volverlo más violento: a) la unificación de las leyes de la dialéctica en una sola: la ley de la contradicción; b) la universalidad de la guerra popular; c) la necesidad de que la guerra se despliegue desde un inicio en el campo y la ciudad; d) la militarización del Partido Comunista y de la sociedad resultante del triunfo de su revolución; e) la necesidad de revoluciones culturales permanentes después de dicho triunfo. Éstos son, a grandes rasgos, los fundamentos ideológicos del proyecto que desarrolló el PCP-Sendero Luminoso.
1.1.1.3. La trayectoria del PCP-SL en la década de 1970 y su perfil hacia 1980"[...]"La transformación de Mariátegui en precursor del maoísmo fue presentada por el PCP-SL como un «desarrollo» de su pensamiento. Así comenzaba el largo camino de Guzmán a la cúspide de su propio Olimpo. Desde entonces, los documentos del PCP-SL hablan de «Mariátegui y su desarrollo», sin mencionar todavía por su nombre al responsable de ese desarrollo: Abimael Guzmán.Armados con esa base ideológica, los principales cuadros senderistas concentraron su trabajo en la transmisión, en las aulas universitarias, de un marxismo de manual que consistía en la elaboración de una visión del mundo simplista y fácilmente transmisible a los estudiantes".
CONCLUSIONES "El PCP-SL representa la expresión de una ideología fundamentalista, sin respeto a la vida, y es una organización construida en torno del culto a la personalidad de Abimael Guzmán Reinoso, quien se hizo proclamar «el más grande marxista-leninista-maoísta viviente». La exaltación de Guzmán fue un factor muy importante para lograr la cohesión interna del PCP-SL, pero se convirtió en su talón de Aquiles cuando aquél cayó preso en abril de 1992".
 "De acuerdo con sus bases filosóficas, políticas e incluso psicológicas, el PCP-SL «ve clases, no individuos»; de ello se deriva su absoluta falta de respeto por la persona humana y por el derecho a la vida, incluyendo la de sus militantes. Éstos fueron educados en un fanatismo que se convirtió en su sello de identidad, lo cual condujo a la ejecución de acciones terroristas y genocidas".
Existen otros pasajes del Informe igualmente contundentes en este tema. La condena es categórica e implacable. La CVR condena el fundamentalismo del terrorismo, su pretensión de capturar el poder por la fuerza, su creencia en la violencia y su rechazo por los DDHH (tomo I, pp. 88-89), así como su pretensión de conocer las 'leyes de la historia'. Es el primer documento en el que se califica expresamente a Sendero Luminoso como un grupo genocida, en base al conocimiento de las acciones execrables que realizó, por ejemplo, con el pueblo ashaninka. Si esto no es una condena ¿Qué podría serlo?

En los círculos políticos – tan venidos a menos – y en las alcantarillas de la prensa inescrupulosa se ha impuesto la costumbre de juzgar sin conocer, de objetar sin leer. En el caso de los “críticos” de la CVR, esa práctica es sistemática, y goza de impunidad conceptual. Para estos “censores espirituosos”, próximos al gobierno y al fujimorismo, la verdad es lo de menos (a pesar de que sus declaraciones públicas están llenas de invocaciones a la “verdad”). Esa terrible costumbre debe ser erradicada, si queremos vivir en una sociedad decente.

JUEVES, 11 DE SEPTIEMBRE DE 2008

LA CVR Y SUS “CRÍTICOS”: REFLEXIONES SOBRE LA IDEOLOGÍA, EL LIBERALISMO Y LA TIRANÍA

Gonzalo Gamio Gehri

Los comentaristas más virulentos de este blog han repetido una y otra vez – de modo monocorde – que el Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) acusa un marcado sesgo ‘izquierdista’ (el argumento no incorpora matiz alguno). He respondido, con textos en la mano, que la fuente de inspiración del Informe es la cultura liberal de los Derechos Humanos. A veces no es suficiente que uno lo diga exhibiendo toda clase de argumentos: es preciso que lo diga alguien más. 

El martes 9 aparecieron en La República dos magníficos textos que describen muy bien la hipocresía, la ignorancia y el cinismo característicos de los “lobos disfrazados de oveja” que atacan a la CVR. Se trata de dos importantes reflexiones sobre la justicia transicional. Me refiero al texto de Juan de la Puente La ideología y el Informe de la CVR y al de mi antiguo profesor y hoy colega Ciro Alegría Varona, Torturar y matar por la patria. Ambos desenmascaran el carácter ideológico y autoritario de los “objetores” del Informe, a la vez que revelan la apuesta por la impunidad de los perpetradores que inspira sus diatribas. Ambos textos ilustran muy bien mi punto.

De la Puente plantea la tesis directamente: a su juicio el Informe de la CVR , siendo el documento más completo que describe al Perú desde los años 60, contiene valoraciones ideológicas que encuentro bastante decantadas hacia el liberalismo político si nos atenemos a la definición que de éste hace Sartori como "la teoría y la práctica de la defensa jurídica, a través del Estado constitucional, de la libertad política individual" (Sartori; 1984)”. Prueba en varios sentidos esta afirmación, al señalar la intensa defensa de la justicia distributiva y legal en sentido procedimental que hace la CVR en el documento, así como la descripción de la reconciliación en términos de la refundación del pacto social. Del mismo modo consigna las severas críticas que la CVR hace del comportamiento de la izquierda peruana en los años del conflicto armado interno:
“Al contrario, no he apreciado en el Informe una adhesión a la estrategia de la izquierda dura o a sus principios, sino firmes reparos a su espíritu y práctica, a su ambigüedad ante la lucha armada en el caso de la izquierda legal (págs. 174, 175, 193 y 196), a los conceptos de partido y pensamiento únicos (127, 129 y 130), a la inevitabilidad de la violencia (175 y 183), al carácter instrumental de la democracia burguesa (173 y 183), y al seguidismo internacional (160), entre otros”.
Estas evidencias echan por tierra la acusación de "sesgo ideológico izquierdista" - que repite el coro de "críticos" - y permite comprender el Informe en el horizonte democrático en el que se cimentó. El autor no tiene ningún reparo en identificar a los objetores conservadores de la CVR como exponentes de una derecha rancia, autoritaria y anti-ilustrada, predicadora de un “pensamiento único” en lo religioso y lo político. No es difícil reconocer a qué personajes se refiere, y cómo todos ellos comparten una inocultable simpatía por el fujimorismo y un singular encono por los Derechos Humanos, las políticas interculturales y la acción ciudadana en los espacios de la sociedad civil. Hemos denunciado una y mil veces la inexistencia del liberalismo en los círculos políticos, y la existencia de una derecha autoritaria y antiliberal, deudora de Donoso y Schmitt, no de Mill ni de Kant. La campaña de demolición (y de difamación) contra la CVR ha sido su caballito de batalla. De la Puente lo reitera agudamente.
“Los señalamientos falsos al Informe no hacen más que evidenciar el interesante proceso que experimenta la derecha política y religiosa, un ala conservadora de la sociedad que al separarse del cuerpo liberal en el que se cobijó en los 90, resurge con su talante tradicional propio, excluyente, antirrepublicano y, a veces, odioso. A la tradición conservadora, que está de vuelta con fuerza luego de casi medio siglo (en los años 50-60 tenían discurso,” intelectuales, partidos y poder), es imposible pedirle más; no por razones ideológicas sino históricas. No entienden la reconciliación quienes en su momento no advirtieron las fracturas del Perú, y no se les puede demandar que entiendan las diferencias a quienes propugnan un discurso único, político y religioso. Como hace 50 años.”
El texto de Ciro Alegría es valiente y sumamente lúcido. Muestra la entraña tiránica y antidemocrática de quienes exigen silencio y sumisión en pago a los “servicios prestados” en pago por la pacificación. Son los Rey, los Giampietri, los Barba, sus jefes, y algunas mentes serviles de la prensa fujimorista, que clamaban por amnistías para los agentes del Estado que cometieron crímenes de lesa humanidad. Cerraron filas e invocaron al espíritu de cuerpo bajo la consigna “no ‘desmoralizar’ a los militares con acusaciones o procesos judiciales: para ellos ‘la gloria o el silencio’”. Se exigía un cheque en blanco otorgado por el Perú. Olvido para los criminales e indiferencia para con las víctimas. Y una “historia oficial” ad hoc – basada, por ejemplo, en la manipulación y censura de los textos escolares - para omitir las ejecuciones extrajudiciales, las fosas comunes, el abuso.
“Por qué repiten los paladines del orgullo herido de las FFAA, el fujimorismo y el aprismo, que la CVR ha inflado el número de víctimas, que ha dado lugar a procesos penales contra militares? ¿por qué la acusan de mellar la imagen de las instituciones? Porque el único sentido del honor que tienen es el tiránico. ¿Qué caracteriza al tirano? A cambio de un cierto beneficio muy importante, el tirano pide que le den lo que no se le da a nadie. Te he salvado de los asesinos, te he dado de comer cuando te morías de hambre, ahora tienes que decirle a tu hija que venga conmigo, porque tu hija me gusta y no vas a ser malagradecido. Estabas reventado por los terroristas, no tenías seguridad ni para ir a trabajar, los jóvenes tenían que irse del país, ahora tienes que olvidar las bocas que he desdentado a golpes, los cuerpos que he quemado, los detenidos que he hecho matar; más que eso, tienes que convivir con mis guerreros amnistiados, porque ellos son tu seguridad y no vas a ser malagradecido.”
Como decía Unamuno, a veces callar es ser cómplice. Y Alegría habla claro, denuncia la prepotencia y las viejas mañas de los sirvientes de la tiranía. El pensamiento del buen Kant – a quienes los reaccionarios detestan profundamente, pues consideran que simboliza la “modernidad” y su universalismo moral – le ofrece un estupendo horizonte de reflexión:
“La tiranía es la humillación de la justicia. Las máximas de los tiranos de todos los tiempos son, según Kant: 1) fac et excusa, haz lo que sea y da explicaciones después; luego, en caso de que lo anterior no funcione, 2) si feciste, nega, niega que tú lo has hecho; y en todo caso, para debilitar la resistencia 3) divide et impera, trata a los que te acusan como enemigos y oblígalos a dividirse. Este último recurso incluye en el Perú acusar de diversos delitos a quienes trabajan por la verdad sobre la violencia. La acusación favorita es complicidad con SL. Los ayayeros de la autoridad tiránica, los que quieren dejar a sus hijos un recuerdo glorioso de un tiempo de violencia lleno de atropellos contra todo derecho, tienen que hacer callar a la justicia.”
Los ciudadanos libres no debemos temer mirarnos en el espejo de la historia reciente. Las víctimas aguardan por justicia y reparación: su desamparo no puede ser eterno. Democratizar el país implica construir una comunidad de individuos libres e iguales, que estén protegidos en sus derechos básicos. Este proceso no podrá hacerse efectivo mientras quienes padecieron violencia continúen siendo tratados como miembros de “pueblos ajenos dentro del Perú”. Es hora de resistir firmemente – desde los principios democráticos, los canales constitucionales y los espacios ciudadanos – ante la apuesta por la impunidad que predican quienes han sucumbido plácidamente a la seducción de la tiranía.


La Mitadmasuno. La ideología y el Informe CVR
Martes, 09 de septiembre de 2008



Por Juan de la Puente      Fuente La República
 
Los detractores del Informe Final de la CVR lo han tachado de izquierdista y han tenido cierto éxito en dividir las opiniones a partir de la ideología. Otra conquista ha sido enredar en un todo a la CVR y al Informe, borrando la diferencia ontológica entre la causa que condujo a la creación de la CVR, el "ser" de la CVR misma y el Informe. Ahora se sabe que este prejuicio, propio del silogismo equívoco sobre que es malo lo que viene de un mensajero malo, ha impedido a muchos el elemental ejercicio de leerlo.

A ello se debe que en cinco años el Informe haya tenido críticas de poco fuste: a) mal estimado –que no es conteo– del número de muertos; b) debilidad de la condena al terrorismo; y c) excesos en la adjudicación de la responsabilidad de las FFAA. Ultimamente, más que críticas ha recibido ataques, una justificación para la defensa de los casos que la CVR judicializó.

Reconozco que en el campo temático los saberes y los testimonios del Informe están pendientes de estudio. No obstante, siendo el documento más completo que describe al Perú desde los años 60, contiene valoraciones ideológicas que encuentro bastante decantadas hacia el liberalismo político si nos atenemos a la definición que de este hace Sartori como "la teoría y la práctica de la defensa jurídica, a través del Estado constitucional, de la libertad política individual" (Sartori; 1984). Al contrario, no he apreciado en el Informe una adhesión a la estrategia de la izquierda dura o a sus principios, sino firmes reparos a su espíritu y práctica, a su ambigüedad ante la lucha armada en el caso de la izquierda legal (págs. 174, 175, 193 y 196), a los conceptos de partido y pensamiento únicos (127, 129 y 130), a la inevitabilidad de la violencia (175 y 183), al carácter instrumental de la democracia burguesa (173 y 183), y al seguidismo internacional (160), entre otros.

Las recomendaciones son, igualmente, una construcción liberal: la justicia como verdad del Estado, la reconciliación como pacto social y para el futuro, la solidaridad como dimensión moral del Estado (Stuart Mills y Rawls), la participación, entre otros. De allí viene su carácter pedagógico que el ministro de Educación ha hecho bien en ratificar. ¿Hay algo más liberal y moderno que la alianza entre la libertad, el Estado y la participación?

Los señalamientos falsos al Informe no hacen más que evidenciar el interesante proceso que experimenta la derecha política y religiosa, un ala conservadora de la sociedad que al separarse del cuerpo liberal en el que se cobijó en los 90, resurge con su talante tradicional propio, excluyente, antirrepublicano y, a veces, odioso. A la tradición conservadora, que está de vuelta con fuerza luego de casi medio siglo (en los años 50-60 tenían discurso, intelectuales, partidos y poder), es imposible pedirle más; no por razones ideológicas sino históricas. No entienden la reconciliación quienes en su momento no advirtieron las fracturas del Perú, y no se les puede demandar que entiendan las diferencias a quienes propugnan un discurso único, político y religioso. Como hace 50 años.


Deslindes. Torturar y violar por la Patria
Martes, 09 de septiembre de 2008 |



Por Ciro Alegría Varona         Fuente La República

Hasta los más grandes tiranos se las dan de justos. Todos los que celebran victorias, aún cuando las hayan conseguido con infamias y masacres, quieren que la gente los considere hombres buenos. Esta hipocresía es la prueba del poder de la justicia. Los ataques verbales que recibe en estos días el Informe de la CVR son la prueba de que la desvergüenza de los mandones tiene límites. Con el Informe, entre otros muchos hechos de nuestro tiempo, ha caducado el Perú jerárquico. Ha caducado el país de los patrones abusivos agasajados en fiestas familiares y populares, el de los presidentes idolatrados por sus obras y su personalidad, el de la devoción a los héroes militares como si fuesen santos. Se ha erguido el Perú del coraje cívico, el de la justicia insobornable, el de los héroes surgidos del pueblo y fieles a sus terruños, el de Rosendo Maqui.

Los bravucones con altos cargos y rangos están acostumbrados a la gloria fácil de la sociedad jerárquica, en la que estar arriba o simplemente tener armas en las manos es prueba de ser noble y justo. Como el Informe ha resumido lo que todos saben, que esto no es así, que se puede derrotar a un enemigo injusto con medios también injustos, que los poderosos benefactores también cometen abusos execrables, entonces los jerarcas caducos maldicen el Informe, intentan desacreditarlo y amedrentar a quienes lo toman en cuenta. Pero, ¿por qué reclaman airadamente que cesen las investigaciones, que no se abran procesos, que en su lugar reine la amnistía y el perdón? ¿por qué piden con ansias el regalo de una reconciliación automática, en vez de justicia? Porque lo necesitan. Todo lo excusan antes de que se investigue la culpa, y con esto confiesan su profundo remordimiento.

¿Por qué repiten los paladines del orgullo herido de las FFAA, el fujimorismo y el aprismo, que la CVR ha inflado el número de víctimas, que ha dado lugar a procesos penales contra militares? ¿por qué la acusan de mellar la imagen de las instituciones? Porque el único sentido del honor que tienen es el tiránico. ¿Qué caracteriza al tirano? A cambio de un cierto beneficio muy importante, el tirano pide que le den lo que no se le da a nadie. Te he salvado de los asesinos, te he dado de comer cuando te morías de hambre, ahora tienes que decirle a tu hija que venga conmigo, porque tu hija me gusta y no vas a ser malagradecido. Estabas reventado por los terroristas, no tenías seguridad ni para ir a trabajar, los jóvenes tenían que irse del país, ahora tienes que olvidar las bocas que he desdentado a golpes, los cuerpos que he quemado, los detenidos que he hecho matar; más que eso, tienes que convivir con mis guerreros amnistiados, porque ellos son tu seguridad y no vas a ser malagradecido.

La tiranía es la humillación de la justicia. Las máximas de los tiranos de todos los tiempos son, según Kant: 1) fac et excusa, haz lo que sea y da explicaciones después; luego, en caso de que lo anterior no funcione, 2) si feciste, nega, niega que tú lo has hecho; y en todo caso, para debilitar la resistencia 3) divide et impera, trata a los que te acusan como enemigos y oblígalos a dividirse. Este último recurso incluye en el Perú acusar de diversos delitos a quienes trabajan por la verdad sobre la violencia. La acusación favorita es complicidad con SL. Los ayayeros de la autoridad tiránica, los que quieren dejar a sus hijos un recuerdo glorioso de un tiempo de violencia lleno de atropellos contra todo derecho, tienen que hacer callar a la justicia. Para eso empiezan atacando el Informe de la CVR, porque si este se sepulta bien hondo, si se deja de estudiar, si se ignora del todo en escuelas y universidades, entonces podrán pasar luego a desmoralizar al PJ, y –sueñan– podrán levantar un monumento glorioso encima del cerro de cadáveres y al pie de ese monumento celebrarán la santidad de todas las acciones de armas, la amnistía total.

El Informe contiene muchos valiosos estudios sobre el proceso político, militar e institucional del Perú contemporáneo. Sus conclusiones no son recetas fáciles ni indicaciones puntuales, son mandatos morales de autoconocimiento individual y colectivo. Significan, sobre todo, "atrévete a mirar lo que tu Estado ha hecho para que recapacites sobre tu deber de reformarlo". Resistirse a cumplir este deber es ser una persona moralmente atascada, enamorada de una vieja felicidad perdida, enferma de cólera contra todo lo que ha venido después, incapacitada para reconciliarse con la justicia que se abre paso. Otra cosa es leer críticamente el Informe. Está escrito adrede con un estilo seco, lleno de precisiones metodológicas, difícil de popularizar, porque está escrito para ser leído de manera crítica, sin simpatía fácil.

Hay que comentar el Informe para impulsar la realización de su tarea moral, hay que completarlo y profundizarlo con nuevos estudios, no contentarse con refrasear sus conclusiones. La reforma del Estado, en todos sus campos, y especialmente el de la seguridad, está atravesada por el debate sobre lo aprendido en las décadas pasadas. El Estado jerárquico ha caducado. La discusión abierta sobre las responsabilidades en que incurren los titulares de los cargos públicos y de las grandes inversiones es señal del ascenso de una nueva sociedad de igualdad de derechos.